Reinicio

Es la oportunidad de renunciar  a la tristeza, al barullo de un mundo plagado de «plagas» que nos quieren comiendo en el restaurante de moda, con carro y casa comprados para que los demás digan que, al menos, eres un perdedor que vive cómodamente. El tema pasa por no pensar, no actuar, no rebelarse y mandar a los mismísimos infiernos a los cretinos, tan peligrosos en su pusilanimidad.

En unas horas, lo que fue y nos pareció una tortura, no deberá volver ser jamás una impronta. Es una excentricidad pensar que necesariamente un año termina el 31 de diciembre. Cada bocanada de aire respirada con impunidad es el inicio de un nuevo ciclo, de una vida a la que se debe renunciar, después de un tiempo, para inventar otra mejor o peor, ese es el caramelito que los dioses nos regalan por ser sumisos.

Es bonito este sendero que nos brinda la oportunidad de reiniciar; pero por encima de cualquier cosa, encender de nuevo una pira para buscar estar tranquilos, así sea una hora, los quince segundos que dura un fósforo, un millar de centurias que se pierdan en el balbuceo de un bebé que con dificultad logrará por primera vez ponerse de pie.

¡Gracias, gracias infinitas! Es lo único que sale de mi corazón para los cinco que amo con locura, la decena que quiero, para mis hermanos, mis alcahuetas, mis cómplices, para esos dos chigüiritos maestros de vida que son las únicas entidades astrales que parecen apreciarme, a pesar de mis defectos que retumban en la oscuridad como una moneda que se estrella contra los escalones que en su descenso nos llevan a Estigia.

Gracias, cosmos, gracias gente, por crearme el caos, por decepcionarme, por mostrar su pequeñez, la toxicidad de su soberbia y el ego de quien no le ha ganado a nadie; pero también, les agradezco a los poetas de vida por enseñarme el amor y su carga subversiva, mutante;  por darme la posibilidad de robar el fuego, cual prometeo andino, y no entregarlo a cualquiera sino resguardarlo para quienes en verdad sienten hambre y soledad.

Se acaba un año y de inmediato las hojas del calendario vuelven a apiñarse en las paredes de la historia. El tiempo no es sino la metáfora más delicada con la que se nos  explica el paso por este mar de estrellas que es el sueño eterno: «Como es arriba es abajo, como es adentro es afuera», enseñó el místico alquimista egipcio Hermes Trismegistro, y desafortunadamente para nuestra racionalidad utilitaria, no es descabellado este axioma.

AUTOR: JAVIER BARRERA LUGO (COLOMBIA)
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