La tradición aquí en mi tierra, una montaña agreste y “camandulera”, había dispuesto otrora que el rosario católico se rezaba a la oracioncita, es decir, cuando la tarde se derrumbaba. En Semana Santa nunca lo hacían para dedicarse a desfilar en las procesiones y para batir palmas. En la convulsión de mi barrio, aunque la costumbre no se perdió, nunca se cumplió con la usanza de hacerlo a la oracioncita. No fue fácil juntar una familia tan numerosa cuando de recitar avemarías se trataba. Las mujeres se turnaban para presidir la afinada de los pequeños baloncitos. Y al enganchar con el pulgar derecho todas esas bolitas unidas por una cuerda, el rezo se volvía ordenado pero no dejaba de ser empalagoso y repetitivo. Parecía que con ese conteo incesante de bolitas se estuviera alistando un gatillo, cuyo cañón apuntaba hacia el cristo de la pared. Generalmente era responsabilidad de mi abuela. Se santiguaban, al tiempo que atascaban las voces en medio de unos interminables y estrepitosos ruegos. Tanta devoción hacía que las pestañas se fundieran en un hilo de pelusas que casi quedaba oculto. Como sino no quisieran ver otra cosa que un mundo interior lleno de Ángeles. Hoy, todo es muy distinto. Las devociones por el Rosario están en desuso. Pululan posaderas y traseros en autos y sillas de avión, frunciéndose en medio de un panorama que se advierte pestilente. Estamos intoxicando el planeta con calmantes y mecheros. No hay camándulas fervorosas, ni practicantes con fe. Y lo lamentamos llevándonos una mano a la cabeza pero la otra la levantamos para empinar el dedo del medio en unos gestos fálicos que deprimen a curas y feligreses pero satisfacen a una comunidad impía y librepensadora. Para muchos, lo importante es llegar al límite, convirtiendo al mundo en miserable, fascinante y antirreligioso. Me quedo con aquella fascinación de la oracioncita. Al fin de cuentas derrochar bendiciones no es pecado. No apedreo puritanos, ni soy ningún Pedro para negar a Cristo. Sigo escuchando todas las canciones y respetando todos los escotes. Mi Viacrucis es permanecer como un idiota, añorando las pelotitas de la cuerda.
AUTOR: JOSÉ LUIS RENDÓN (COLOMBIA)
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José Luís Rendón C. Nació en el Municipio de Argelia (Antioquia) – Colombia. Titulado como Profesional en Comunicación Social. Ha sido corresponsal de prensa alternativa independiente, cronista, periodista y locutor de radio. Cuentos: LEOCADIA, obra ganadora del primer puesto del concurso de cuento “Carrasquilla Íntimo” convocado por El Colegio de Jueces y Fiscales del departamento de Antioquia-Colombia y publicado en la revista Berbiquí. Cuento: EL MONSTRUO DE LA PLATANERA (inédito).
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