París olía a lluvia reciente y a tabaco negro la noche en que Graham Ashcroft conoció al hombre que terminaría por convertirse, según los rumores, en el molde secreto de todos los elegantes villanos que Ashcroft escribiría durante el resto de su vida. El escritor británico, todavía sin la fama que años después lo perseguiría como una sombra bien vestida, había llegado al club “Le Chat Noir” siguiendo a un contacto de la embajada que le había prometido, con esa vaguedad tan propia de los diplomáticos, “encontrar gente fascinante». Lo que descubrió superó cualquier expectativa: una sala forrada de terciopelo carmesí, saturada de humo y perfume caro, donde una orquesta tocaba boleros lentos para un público que parecía haber decidido colectivamente que la guerra ya había terminado hacía siglos y no apenas cuatro años.
Fue entonces cuando lo vio.
El hombre estaba de pie junto a la barra, con un esmoquin cortado con la precisión de quien no necesita impresionar a nadie. Tenía el cabello engominado hacia atrás, la piel color caoba pulida por soles que Europa no conocía, y una sonrisa que parecía dibujada más para guardar secretos que para revelarlos. A su lado, una actriz cuyo rostro Ashcroft reconoció de al menos en tres películas reía con la cabeza echada hacia atrás, como si el hombre acabara de decirle la cosa más ingeniosa jamás pronunciada en francés.
—“¿Quién es?” —preguntó Ashcroft a su acompañante, un agregado cultural de mediana edad que llevaba tres Martinis de ventaja.
—“Ah”. —El hombre sonrió con la complicidad de quien está a punto de compartir un chisme delicioso—. “Ese es Rómulo Casona. Dicen que fue diplomático o que todavía lo es, en cierto modo. Se dicen tantas cosas de él, que ya nadie se molesta en distinguir cuáles son ciertas”.
—“¿Y usted qué cree?”.
—“Creo que un hombre que ha estado casado tres veces con las mujeres más ricas de tres continentes, y que sigue teniendo dinero suficiente para comprar autos que ni los reyes se permiten, no llegó ahí solo con encanto. El encanto abre puertas, amigo mío. Pero alguien tiene que decirle qué hay detrás de cada puerta”.
No fue Ashcroft quien buscó el encuentro, sino Casona, que pareció detectar al inglés entre la multitud con la misma facilidad con que un tiburón detecta una gota de sangre en el agua. Se acercó hacia él cuando la orquesta tocaba ya las últimas piezas y la mayoría de los presentes habían sucumbido a la generosidad del champán.
—“Me han dicho que usted escribe historias de espías” —dijo Casona, sin preámbulos, en un perfecto inglés teñido apenas de un acento sudamericano que le daba a cada palabra una musicalidad inesperada.
—“Todavía no he publicado ninguna. Solo las tengo en la cabeza”.
—“Mejor así. Las que están en la cabeza son siempre más honestas que las que terminan en papel. El papel exige explicaciones. La imaginación no”.
Se sentaron en una mesa apartada, y durante las siguientes tres horas Casona habló de todo y de nada, con esa habilidad particular de los seductores consumados para hacer que cada frase suene como una confesión sin llegar jamás a confesar realmente algo comprometedor. Habló de carreras de automóviles en la Riviera, de una guerra civil en su país natal que prefería no describir en detalle. Habló de mujeres —siempre en plural, siempre sin nombres propios— que habían cruzado océanos por él y que él había dejado ir con la misma cortesía con que se despide a un invitado al final de una cena perfecta.
—“¿Y el gobierno?” —Preguntó Ashcroft en un momento, incapaz de contener la curiosidad de quien empieza a sospechar que la conversación esconde más de lo que muestra—. “Tengo entendido que sigue vinculado a su embajada”.
Casona sonrió, y por primera vez en la noche esa sonrisa pareció genuinamente divertida.
—“Todo hombre que ha vivido lo suficiente en las cortes de Europa termina siendo útil para algún gobierno, señor Ashcroft”. La pregunta interesante no es si sirvo a alguien. La pregunta interesante es a cuántos sirvo a la vez, y si ellos lo saben.
En las semanas siguientes, Ashcroft se convirtió, sin proponérselo del todo, en una especie de sombra discreta de Casona por los salones de París. Lo acompañó a cenas en Maxim’s, a carreras clandestinas de automóviles deportivos por las carreteras que rodeaban la ciudad, a fiestas privadas en apartamentos que pertenecían, según le explicaron después, a viudas de industriales o a herederas de fortunas petroleras que jamás preguntaban de dónde sacaba Casona el dinero para los relojes, los trajes, los coches que cambiaba con la misma frecuencia con que otros hombres cambiaban de corbata.
Fue una noche, en la terraza de un apartamento con vistas a los tejados de Montmartre, cuando Casona reveló, entre dos copas de un champán que Ashcroft jamás había probado antes, la lógica secreta que sostenía toda su existencia.
—“Usted cree que soy un hombre frívolo” —dijo, sin que hubiera necesidad de preguntárselo—. “Un playboy, como dicen los americanos. Un cazafortunas”.
—“No he dicho eso”.
—“No hace falta que lo diga. Se le nota en cómo me mira, con esa mezcla de fascinación y desprecio que los ingleses reservan para todo lo que envidian en secreto”. —Casona hizo una pausa, dejando que el humo de su cigarrillo se elevara entre ambos como una cortina—. “Pero le voy a decir un secreto. El deseo es la única llave que abre puertas sin dejar cerraduras forzadas. Un hombre con un arma solo puede entrar donde ya sabía que había algo que robar. Un hombre con encanto entra donde nadie sabía que había algo que perder, hasta que ya lo ha perdido”.
—“Habla usted como si el amor fuera una estrategia militar”.
—“El amor, no. El deseo, sí. El amor es débil, se equivoca, se aferra. El deseo, en cambio, es preciso. Sabe exactamente cuánto dar y cuánto retener. Sabe cuándo una mirada vale más que mil palabras y cuándo el silencio, prolongado en el momento justo, consigue lo que ningún interrogatorio lograría jamás”.
Ashcroft sintió, en ese instante, el escalofrío particular de quien reconoce que está presenciando algo que más adelante entenderá como importante, aunque todavía no sepa nombrarlo del todo.
—“¿Y usted lo ha usado así? ¿El deseo, quiero decir? ¿Cómo arma?”.
Casona lo miró largamente, con una expresión que por primera vez pareció despojada de toda teatralidad.
—“El encanto, señor Ashcroft, es la forma más refinada. No deja marcas. No deja pruebas. Solo deja la certeza de haber entregado algo que no pensaba entregar y la incapacidad absoluta de explicar cómo sucedió”.
Semanas después, Ashcroft presenció de primera mano lo que aquella frase significaba en la práctica, aunque tardaría años en comprender el alcance completo de lo que había visto aquella tarde en el vestíbulo del hotel Maurice. Casona lo había citado allí con la excusa de tomar el té, una costumbre muy británica, pero en cuanto llegaron, quedó claro que la cita era con otra persona: una mujer alta, de cabello plateado y un porte que delataba décadas de entrenamiento en no delatar absolutamente nada, que se presentó simplemente como «madame Duval» y cuyo acento, pese al evidente esfuerzo por disimularlo, parecía más de Europa del Este que de Francia. Durante la hora que duró el encuentro, Ashcroft observó, fascinado y algo incómodo, cómo Casona desplegaba ante aquella mujer un repertorio completo de gestos calculados: la manera en que se inclinaba levemente hacia adelante cuando ella hablaba, como si cada palabra suya mereciera toda su atención; la pausa exacta antes de responder a sus preguntas, suficiente para sugerir reflexión sincera sin llegar jamás a parecer duda; la forma en que sus dedos rozaban, aparentemente sin querer, el dorso de la mano de ella al servirle más té. Madame Duval, que según supo Ashcroft mucho después trabajaba para una agencia comercial que en realidad servía de fachada a intereses de un gobierno del bloque soviético interesado en ciertos contratos de armamento que Francia negociaba en secreto con potencias occidentales, terminó por revelar, casi sin darse cuenta, detalles de esas negociaciones que jamás habría compartido con un interrogador convencional… no lo necesitaba. Cuando la mujer se marchó, dejando tras de sí una estela invisible de perfume caro y la sensación, para cualquier observador casual, de que simplemente había disfrutado de una tarde agradable con un hombre encantador, Casona se giró hacia Ashcroft con una expresión que mezclaba orgullo profesional y un cansancio apenas perceptible.
—“¿Ve usted ahora lo que quería decir?”.
—“No estoy seguro de querer verlo del todo” —admitió Ashcroft—. “Hay algo en esto que me resulta… perturbador”.
—“Debería. Todo lo verdaderamente efectivo perturba a quien lo comprende por primera vez”. —Casona encendió otro cigarrillo, observando el humo elevarse hacia el techo dorado del vestíbulo—. “Pero no me juzgue con demasiada severidad. Yo no les arrebato nada a esas mujeres que ellas no me hayan ofrecido primero, aunque no siempre sean conscientes de estar ofreciéndolo. Y a cambio, les doy algo que rara vez reciben en sus vidas de matrimonios calculados y protocolos interminables: la sensación, aunque sea fugaz, de ser deseadas por sí mismas y no por lo que representan”.
—“Eso no lo hace menos peligroso”.
—“Nada de lo verdaderamente valioso deja de ser peligroso, mi estimado. Ni el amor, ni el poder, ni la belleza. Solo los necios creen que se puede tener lo uno sin arriesgar lo otro”.
Ashcroft dejó París pocos meses después, y aunque mantuvo correspondencia esporádica con Casona durante un par de años —cartas breves, siempre elegantes, siempre evasivas sobre los detalles concretos de una vida que continuaba desplegándose entre capitales europeas y capitales sudamericanas con la misma fluidez con que otros hombres cruzan de una habitación a otra—, los caminos de ambos terminaron por separarse definitivamente cuando la ficción que Ashcroft llevaba años imaginando por fin encontró forma en la página impresa. El personaje que creó no llevaba el nombre de Casona, ni compartía su nacionalidad, ni repetía literalmente ninguna de sus frases. Pero cualquiera que hubiera compartido una sola noche con el diplomático ecuatoriano —perdón, con Rómulo Casona, como Ashcroft insistía siempre en referirse a él en las escasas entrevistas donde alguien se atrevía a preguntar por el origen de su inspiración— habría reconocido de inmediato, en la elegancia calculada y la moral flexible de aquel nuevo héroe de papel, el eco preciso de un hombre real que había entendido, mejor que ningún espía entrenado, que la seducción y el espionaje comparten la misma gramática secreta: ambos consisten en hacer creer al otro que ha ganado algo, justo en el momento en que ya lo ha perdido todo.
Años después, cuando le preguntaron a Ashcroft, ya consagrado como uno de los escritores más leídos, de dónde había sacado la inspiración para el magnetismo peligroso de sus personajes más memorables, él sonrió con esa media sonrisa que había aprendido, sin saberlo del todo, a imitar de aquel hombre conocido en un club nocturno de París.
—“De un diplomático que conocí una vez” —dijo, sin dar más detalles—. “Un hombre que entendía que el encanto, bien empleado, es la forma más refinada. Y que la mejor arma nunca hace ruido al dispararse”.
AUTOR: FRANCISCO ARAYA PIZARRO (CHILE)
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Francisco Araya Pizarro. Nacido en 1977 en Santiago de Chile, Artista Digital, Diseñador Gráfico Web, Asesor en Marketing Digital y Community Manager para empresas privadas y ONGs asesoras de las Naciones Unidas, Crítico de Arte, Cine, Literatura, además de Investigador. Y Escritor de Ciencia Ficción, donde en su blog comparte sus relatos cortos en: www.tumblr.com/franciscoarayapizarro
