COLUMNA DOMINICAL
EL GATO
Por: Julián David Rincón Rivera (Colombia)
Correo electrónico: electrónico: rinconriverajulian@gmail.com

El gato parece angustiado, preocupado, inquieto. Desde hace un par de días se mueve de un lado a otro de la casa, mira insistentemente la puerta, las ventanas, como buscando algo. Esa inquieta actitud la acompaña con un maullido, si bien ligero, es repetitivo, lo cual lo hace algo cansón, quejoso y un tanto estresante para quien lo escucha insistentemente, como si de un niño, un recién nacido se tratara. La mujer del hogar parece ignorar el hecho, sin embargo, el hombre, que es un poco más atento y despreocupado, sabe encontrar en esta nueva manía del animal una clara señal: El gato quiere salir. Cosa extraña, considerando que el animal es, prioritariamente, una mascota casera, que vive hace algo más de un año en la monotonía y hábito de la casa. De hecho, el animal es, en sí mismo, un elemento más de esa circulación cotidiana que hace el hogar lo que es.
Hace unos días, por un tonto descuido, el gato quedó fuera de la casa por un par de horas. Era la primera vez que el animal conocía la realidad fuera de esas cuatro paredes bien conocidas que son su hogar, y su maravilla por este hecho quedó en evidencia al volver sus protectores a casa. Ignorando por completo que el gato gozaba de una libertad descontrolada y prohibida, por decirlo de algún modo, la mujer y el hombre, al reconocer un alegre y entusiasta animal corriendo por el peladero que es el parque público a unas calles de su casa, nunca imaginaron que aquel entusiasta era su mascota. Lograron confirmarlo cuando llegaron a casa y no encontraron al animal. Lo llamaron y lo buscaron por todos los rincones de la casa y a falta de respuesta solo se les ocurrió considerar que el divertido y jubiloso animal del parque era su mascota. Angustiados y preocupados, corrieron al parque, en busca del animal. Allí lo encontraron, corriendo y jugando con otros dos gatos que se divertían con él en el parque. Lo llamaron, con la esperanza de que el animal respondiera a ese bien conocido nombre por el cual era conocido, y el animal respondió, no con la sumisión, indulgencia y disposición que sus dueños esperaban. El animal estaba invadido por el espíritu de la alegría, el juego, la aventura y el descubrimiento. Su respuesta fue lo más natural y coherente que se podía esperar. Corrió huyendo de los intentos y esfuerzos de sus dueños por llevarlo a casa. Cuando se sentía lejos de esa preocupada intención de tomarlo sano y salvo, se agazapaba, a la vista de sus dueños, debajo de un columpio, debajo de una silla, una moto, un carro, o se escondía en las sombras de algún antejardín de una casa próxima al parque público. Se divertía con el anhelo de sus angustiados dueños de atraparlo, y cuando estos estaban cerca de lograrlo, el animal huía de su escondite con la agilidad y rapidez que lo caracteriza para volver a esconderse y provocar otro infructuoso intento por su captura. De no haber sido por unos vecinos del sector que paseaban a sus perros por el parque, el animal hubiera pasado esa noche fuera del calor acogedor y protector de casa.
Desde ese día en que el animal probó calle, parece no querer verse limitado al control y vigilancia de las cuatro paredes de casa. La mujer, por su parte, quien ejerce un control estricto y riguroso, no permite que el animal se asome siquiera por una ventana de la casa. Según ella, si así es, “el gato se enseña a ser callejero”, y no quiere un gato callejero. Ella quiere un gato de casa, que no haga más que dormir, comer y jugar. Que la espere en casa cuando llega del trabajo o de algún encargo o visita esporádica. Que responda a su llamado, que la acompañe cada vez que está en la cocina, en el patio, en el dormitorio, o en el estudio. Que se deje acariciar y acicalar su peludo y bien cuidado cuerpo y, por encima de cualquier cosa, que no forme problemas. La mujer sabe bien que afuera, en el exterior, hay muchos problemas, y ella está harta de los problemas. Su edad le imposibilita afrontarlos como antaño lo hacía, en su juventud. Ella solo quiere un poco de compañía, y toma todas las medidas que sean necesarias para que esa compañía no se le salga del control de las cuatro paredes que son su casa. Aun así, el gato se sigue moviendo con angustia, estrés y preocupación. El hombre así lo observa, lo nota, lo reconoce, y se pregunta: ¿Es que ella no lo nota?
No lo hace o se hace la loca, da igual. La realidad es que el hombre, al ver ese tierno y felino animal, se reconoce así mismo: una criatura limitada y controlada, manipulada y utilizada, desperdiciada y desaprovechada, hasta el punto de llegar a una resignación sumisa, callada y dolorosa. El hombre no quiere que el animal se convierta en eso que él es, así que se plantea la posibilidad de dejarlo salir. De hecho, no cree que sea una posibilidad, es un deber, así que sale corriendo en dirección a la puerta. El animal, por su parte, parece entender de inmediato sus intenciones, como si de un libro abierto se tratara, y se abalanza con el hombre, corriendo en medio de sus piernas, en una maniobra peligrosa en la medida en que el hombre, mientras corre, puede tropezar con el cuerpo del animal que se mueve ágilmente entre una pierna y la otra, dejando la acción en una dolorosa y tal vez graciosa anécdota, pero este no es el caso. El animal se mueve con una habilidad particular en los pies del hombre, que deja en ridículo todas las probabilidades de fracaso. De hecho, parece como si juntos se movieran en una armonía hecha y declarada para esa acción, la libertad del animal. El entusiasmo de estos pensamientos acelera la intención del hombre que no titubea, ni por un segundo, aun y a pesar de la alarmante expresión que encuentra en la mujer al otro lado de la casa, en la cocina. De hecho, cree reconocer, como un eco sucio y lejano, el grito desesperado, descarnado, afónico y desgarrado de la mujer, que parece el aullido ronco de un animal: ¡QUE HACE!
El hombre se abalanza a la puerta, sin miedo y con soltura, gira el pomo, escucha el “click” del seguro saliendo de la chapa, y siente el consecuente balance que es la puerta abriéndose. Aunque el gato, asomando sus tiernos bigotes por la pequeña y recién abertura que se forma, no necesita más que ese ligero espacio para escabullirse al exterior, el hombre abre la puerta con decisión y fuerza desmedida, para que el animal cumpla a cabalidad con su deseo. El júbilo del animal es tal, que los saltos de alegría que emprende lo llevan en menos de cinco segundos al parque público, donde lo esperan otros vagabundos y callejeros felinos peludos. Esta alegría contagia todo el cuerpo del hombre, que reconoce en la decisión del animal que este no volverá, se perderá en esa alegría irresponsable y desenfrenada que es una vida sin objetivo, sin rumbo, sin deberes, preocupaciones, o responsabilidades y, sobre todas las cosas, sin costumbres, hábitos, rutinas y monotonías. De hecho, una curiosa idea le salta a la cabeza: “Así debería escabullirme yo por la vida”. Sin embargo, recuerda a la pobre mujer que ya grita y salta detrás de él. La imagina sola y desamparada, sin propósito, razón u objetivo. Resignado, contiene sus instintos, reprime sus deseos de libertad para ofrecerle a esa mujer esa obstinada necesidad de extender su control y dominio sobre algo o sobre alguien. Ella lo necesita, antes que desearlo, quererlo o amarlo, así que cierra la puerta, con él adentro, a la espera de las consecuencias de su temeraria acción.
AUTOR: JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
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Julián David Rincón Rivera, segundo de dos hijos, nacido en Bogotá, Colombia el 7 de abril de 1994. Profesional de Cultura Física, Deporte y Recreación.
Lector apasionado, escritor por elección, músico por diversión.
Cuenta con tres publicaciones antológicas con la editorial ITA, además de dos publicaciones en proceso, también de carácter antológico, con factor literario y la editorial mítico.
Con varias publicaciones en revistas de américa latina, encuentra en la escritura el mejor sustento para su vida.
Instagram: @relatero_literal
