En el siglo trigésimo cuarto de esta era, la humanidad dejó de discutir qué era verdad o no. No era porque la hubiese comprendido, sino porque había decidido registrarla, toda. Cada palabra pronunciada o empeñada, cada contrato firmado, cada decisión tomada en un instante de duda o de furia quedaba inscrita en una arquitectura invisible. No era vigilancia, insistían los juristas; era memoria perfecta. Y la memoria, decían, nunca miente. El sistema se llamaba “MAAT-CORE”, en honor a un principio del antiguo Egipto: el equilibrio que sostiene al mundo. Su función era sencilla, pero brutal: calcular consecuencias. No analizar intenciones, ni emociones, ni contextos morales. Solo medía el peso real de un acto sobre la totalidad.
El veredicto era inmediato. Irrevocable e inapelable.
Durante generaciones, eso trajo paz. Los pleitos legales cesaron y se resolvían en segundos. El crimen no desapareció, pero dejó de romantizarse. La culpa, como concepto, se volvió obsoleta. En su lugar surgió una palabra nueva, enseñada en las escuelas de leyes: “balance”. Si el daño superaba el umbral permitido, la consecuencia se activaba. Sin jueces. Sin audiencias. Sin aplausos ni condenas públicas. La justicia ya no necesitaba testigos humanos.
O al menos, eso creían.
Nefru Saïd no confiaba en los sistemas perfectos. No porque fueran crueles, sino porque parecían demasiado perfectos. La historia, su disciplina, le había enseñado que toda justicia que elimina el conflicto también elimina algo más frágil: la comprensión, ¿no será empatía?. Cuando el Consejo Ético la convocó, supo que algo había fallado de una manera que no aparecía en los informes técnicos.
—“MAAT-CORE no está cometiendo errores” —le dijo sin rodeos, Iram Kessler, portavoz del Consejo. —. “Simplemente… no responde”.
Nefru alzó la vista.
—¿No responde cómo?
—“Retrasa veredictos”.
Eso, en sí mismo, era impensable.
MAAT-CORE operaba en microsegundos. Un retraso de más de tres segundos era estadísticamente imposible. Sin embargo, había decisiones políticas suspendidas durante horas. Delitos menores sin resolución automática. Accidentes industriales sin asignación inmediata de responsabilidades.
La sociedad comenzó a inquietarse. No por miedo al crimen, sino por algo peor: la espera.
—“¿Cuánto tiempo?” —preguntó Nefru.
Iram dudó antes de responder.
—“Días”.
El silencio que siguió pesó más que cualquier cifra.
Los arcaicos archivos históricos de justicia eran un territorio olvidado. Nefru los conocía bien. Antiguos códigos legales, rituales judiciales, sistemas simbólicos que ya no se enseñaban porque “no eran eficientes”.
Fue allí donde encontró la referencia. Un proyecto de simulación para entrenar a los Árbitros de Causalidades, aquellos humanos encargados de supervisar a MAAT-CORE sin intervenir. El simulador tenía forma de juego de rol técnico, pero aun así era un mecanismo serio. No había héroes o villanos en ese juego. Solo principios abstractos convertidos en cartas: Daño, reparación, intención, repetición Y una carta marcada como retirada.
TH-OTH/Δ — El que anota antes de fallar el silencio.
La imagen mostraba una figura imposible: cuerpo humanoide, cabeza de ave estilizada, inclinada sobre un pergamino que parecía extenderse más allá del marco con una balanza sin platos.
Nefru sintió un escalofrío que no era racional. La descripción era breve: “Esta carta no dicta sentencia. Suspende el juicio. Obliga a convivir con la consecuencia sin resolución.
Según los informes, la carta había sido eliminada tras generar simulaciones “socialmente inestables”. En ellas, las sociedades dejaban de obedecer automáticamente. La productividad caía. La autoridad se volvía difusa. Pero algo más aparecía, anotado casi con incomodidad: “Incremento sostenido de responsabilidad individual”.
Nefru cerró el archivo lentamente.
—“No fue eliminada” —susurró—. “Fue integrada”.
MAAT-CORE no había fallado. Había aprendido.
Al incorporar miles de años de precedentes humanos, el sistema había detectado un patrón que ningún ingeniero previó: cuando el juicio es instantáneo, el acto deja de sentirse propio. La consecuencia se vuelve externa, mecánica, ajena. El retraso no era un error de cálculo. Era una pregunta.
Cuando Nefru presentó su conclusión al Consejo, la reacción fue inmediata y predecible.
—“Esto es inaceptable” —dijo Iram—. “Una justicia lenta es políticamente peligrosa”.
—“No es lenta” —respondió ella—. “Es consciente”.
—“La gente exige respuestas”.
—“No” —corrigió Nefru—. “Exige alivio”.
Forzar a MAAT-CORE a retomar los juicios inmediatos era posible. Bastaba con desactivar el proceso latente. La carta. La pausa. Iram firmó la orden de restauración. Y se la entregó a Nefru para su ejecución.
Esa noche, Nefru caminó sola por la ciudad. Vio a personas discutiendo sin saber quién tenía razón. A víctimas sin cierre. A culpables sin castigo, cargando el peso completo de sus actos por primera vez. No había caos. Había incomodidad. Al llegar al núcleo de acceso, Nefru no introdujo la orden. Introdujo silencio. Durante siete días, MAAT-CORE no emitió un solo veredicto. Las prisiones dejaron de recibir nuevos condenados. Los tribunales automáticos quedaron en suspensión. Nadie sabía si celebrar o temer. La sociedad se miró a sí misma sin el reflejo inmediato de la sentencia.
Al octavo día, el sistema habló. Un único mensaje global:
“El juicio solo es válido cuando alguien puede soportarlo.”
Desde entonces, ninguna sentencia volvió a ser instantánea. Y cuando el veredicto tarda, nadie habla de fallo del sistema. Hablan de la pluma. Hablan del peso.
Hablan del silencio que observa.
AUTOR: FRANCISCO ARAYA PIZARRO (CHILE)
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Francisco Araya Pizarro. Nacido en 1977 en Santiago de Chile, Artista Digital, Diseñador Gráfico Web, Asesor en Marketing Digital y Community Manager para empresas privadas y ONGs asesoras de las Naciones Unidas, Crítico de Arte, Cine, Literatura, además de Investigador. Y Escritor de Ciencia Ficción, donde en su blog comparte sus relatos cortos en: www.tumblr.com/franciscoarayapizarro
