Este relato fue atribuido a los Rollos de Aletheia, cuya autenticidad fue negada por los archiveros de Mileto y confirmada —en voz baja— por los pescadores del Egeo.
Nadie recuerda el momento exacto en que comenzó la guerra. Los poetas dicen que fue un rapto. Los reyes, una afrenta. Los dioses, un juego de deudas antiguas.
Pero los Rollos de Aletheia, escritos con tinta de pulpo que aún huele a sal, insisten en otra causa: una voz. No era una voz alzada en el ágora o en un templo, sino una antiquísima vibración, anterior al lenguaje hablado por los hombres, que viajaba por el aire del mismo modo en que las mareas empujan a los peces sin tocarlos. Una voz que no pedía obediencia, pero la obtenía.
Helena de Thalssasia nació en una costa donde el mar nunca está quieto del todo. Su madre fue mujer de carne, de manos agrietadas por el mar; su padre, según los rumores, jamás regresó de una pesca nocturna. Hasta entonces, nadie habló entonces de linajes extinguidos o de estirpes abisales. Fue criada como se cría a cualquier niña: con cantos simples, con advertencias, con miedo al alto oleaje. Desde pequeña, ocurrían cosas extrañas a su alrededor. Cuando lloraba, los animales del puerto se aquietaban. Cuando reía, los hombres misteriosamente se detenían, como si olvidaran por un instante qué estaban haciendo. No era su precoz belleza —eso vendría después—, sino ritmo. Algo en su respiración alteraba la cadencia del mundo a su alrededor.
Los ancianos decían que era carisma. Las mujeres, que traería problemas. El mar, silencioso, no dijo nada.
Los Thalssasai habían desaparecido mucho antes de que alguien aprendiera a escribir su nombre. No eran criaturas míticas, sino más bien de una biología que ya no tenía lugar en la superficie. No eran dioses, ni monstruos: eran adaptaciones, como sus branquias o la memoria larga de las corrientes. Su don no era el canto como arte, sino como función: una frecuencia capaz de modular decisiones en otras especies. Cuando el mundo aún era joven, los Thalssasai cantaban para evitar guerras. Más tarde, cuando los humanos aprendieron a levantar murallas y a mentirse, el canto se volvió peligroso. El mar hizo lo que siempre hace: retirarse. Helena fue su vestigio. Un eco incompleto. Ella no sabía nada de esto cuando fue llevada a las cortes de los reyes. Su nombre comenzó a circular: Donde hablaba, los acuerdos se tensaban. Donde callaba, el silencio se volvía insoportable.
Akámon, Rey de la Hegemonía Costera, la vio por primera vez durante una ceremonia. No era un hombre joven, pero su ambición estaba intacta. Había pasado la vida firmando pactos, declarando lealtades, ordenando batallas que otros luchaban. Se en aquella época se consideraba justo. Necesario. Cuando Helena habló —apenas una frase trivial, una cortesía—, Akámon sintió algo que confundió con claridad. Una certeza repentina de que su reino estaba destinado a expandirse, de que el mundo necesitaba una sola mano firme. No oyó palabras concretas. Oyó una confirmación.
Aquella noche, ordenó preparar cien naves. Dijo que era estrategia. Creyó que lo era.
Párixos de Ilión era distinto. Más joven, más inclinado a los sueños que a los mapas. Cuando escuchó a Helena, no pensó en imperios o fronteras. Sintió alivio. Una promesa de descanso, de un mundo donde el deber no doliera. Llamó a eso amor.
Ambos hombres juraron que la deseaban. Ambos estaban convencidos de elegir.
Ambos mentían sin saberlo.
El primero en sospechar fue Myrion. Había perdido la vista años antes, en un ritual fallido que nadie quiso recordar. Desde entonces, había desarrollado una sensibilidad extraña para las vibraciones del aire. No veía rostros, pero percibía modulaciones. Donde otros oían discursos, él detectaba oscilaciones, pausas cargadas de intención. Cuando Helena habló frente al consejo, Myrion sintió náuseas. Reconocía que aquella frecuencia no pertenecía al mundo de los hombres. Era antigua, como una marea que no figuraba en los calendarios.
Comenzó a escribir en secreto. Una advertencia.
—“No es la mujer” —trazó con manos temblorosas—, “sino lo que habla a través de ella”.
Buscó referencias en mitos olvidados, en cantos prohibidos a los marineros, en tablillas fragmentadas donde se mencionaba a seres que “apaciguaban las costas”. El patrón era claro: cuando el canto sonaba, la voluntad humana se desordenaba. Pero nadie escucha a un sacerdote ciego cuando la guerra promete gloria. La tensión creció como crecen las mareas antes de la tormenta. Cada visita de Helena a una corte dejaba disputas abiertas. Nadie la acusó. Nadie podía hacerlo. Ella no exigía nada. Sonreía, hablaba, callaba. Lloraba a veces, sin saber por qué.
Cada lágrima era salada. Donde caía, el resentimiento germinaba. Cuando estalló la guerra, fue recibida como algo inevitable. Los escudos chocaron. Las costas se cubrieron de tumbas sin nombre. Durante diez inviernos ardió Ilión, no por un rapto, sino por una resonancia acumulada.
Helena observaba desde las estancias altas. No necesitaba cantar. El eco ya estaba sembrado en la carne humana. Comprendió, tarde, que su presencia era suficiente. Intentó callar para siempre. Intentó no hablar. Intentó no respirar cerca de nadie. No funcionó. Myrion fue silenciado antes de terminar su texto. Sus tablillas sobrevivieron porque nadie las consideró peligrosas. ¿Qué daño podía hacer un manuscrito que culpaba al mar?. Cuando Ilión cayó, algo se quebró. No solo las murallas.
El canto cesó.
Se retiró como la marea. Helena sintió un vacío, como si algo hubiese abandonado su cuerpo sin pedir permiso. Por primera vez, habló sin alterar el aire. Nadie la escuchó. El mar guardó silencio nuevamente. Algunos dicen que Helena murió. Otros, que regresó a la costa donde nació y se internó en el agua una noche sin luna. No hay registros fiables. Solo redes rotas y un olor persistente a sal.
Los Rollos de Aletheia terminan con una advertencia escrita en una mano distinta, quizá posterior:
“Si esta tablilla es leída, que no se acuse a la mujer ni al rey.
La guerra fue cantada antes de ser luchada”.
Desde entonces, algunos marineros aseguran oír algo en ciertas noches: la ausencia de un canto. Un hueco en el sonido del mundo. Como si el mar recordara lo que ocurrió cuando los humanos confundieron deseo con elección.
Y guardará silencio… no por olvido, sino por prudencia… Así de esta manera, un hombre llamado Homero leyó los Rollos de Aletheia en los archivos de Mileto, posteriormente corroboro esta historia con un viejo pescador y a pesar que le deja una sensación de vacío, es empujado por los dioses a contarla de una manera u otra, pero para hacerla mas interesante, cambia los nombres de los personajes, lugares y el móvil de esta guerra, escribiendo así el libro que llenaría las bibliotecas, las mentes y los corazones del mañana, La Iliada.
AUTOR: FRANCISCO ARAYA PIZARRO (CHILE)
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Francisco Araya Pizarro. Nacido en 1977 en Santiago de Chile, Artista Digital, Diseñador Gráfico Web, Asesor en Marketing Digital y Community Manager para empresas privadas y ONGs asesoras de las Naciones Unidas, Crítico de Arte, Cine, Literatura, además de Investigador. Y Escritor de Ciencia Ficción, donde en su blog comparte sus relatos cortos en: www.tumblr.com/franciscoarayapizarro
