COLUMNA DOMINICAL
POLÍTICOS EN CAMPAÑA
Por: Julián David Rincón Rivera (Colombia)
Correo electrónico: electrónico: rinconriverajulian@gmail.com

Todo comenzó el día en que John vio una película. Al salir del cine, le quedó un mal sabor en la boca. La película trataba de ángeles y demonios, además de la particular relación existente entre el hombre y el bien y el mal. A John le llamó la atención la forma en la cual la cultura popular presenta al diablo: prepotente, orgulloso, escandaloso, arrogante. Pensó que, muy seguramente, al diablo no le gustaría dicha forma de interpretación.
“Efectivamente. No le gusta ya que es muy patético.”
John llegó a esta conclusión a razón de su propia idea que tenía acerca del diablo. Lo consideraba un ser muy astuto, sagaz e inteligente. El diablo de la cultura popular es uno que se deja embriagar por la sustancia del intelecto; es decir, era esa astucia la que controlaba y manipulaba a quien la poseía. Por su parte, es el diablo quien manipula y controla todo ese poder intelectual, en consecuencia, un diablo arrogante y prepotente “no encaja”. John se imagina un diablo más empático, ameno, tranquilo, silencioso, incluso amigable, si se toman en consideración sus intenciones. Para John, estas características favorecen en un mayor grado dichas intenciones, pero se trata de una opinión infundada. Para asegurarlo, John quiere conocer la opinión del mismísimo diablo al respecto, concretamente, su opinión personal sobre esa idea popular que se tiene de él.
¿Por qué se interesa John en la opinión del diablo?
No lo sabe realmente. Supone que es simple curiosidad.
“Sí, curiosidad. La curiosidad dejó de ser un pecado cuando Dios se enteró que podía valerse de ella.”
John se deja llevar por la incertidumbre de sus pensamientos, que lo arrastran a un parque público, cerca del cine. Un sendero estrecho, oscuro y de superficie irregular lo guía a una forma de monumento a la Virgen María. Solo un espacio en forma circular con unas cuantas sillas, una caneca de basura y unos pocos arbustos decorativos. Al tomar asiento en una de las sillas, se asegura de ubicarse en esa que da de frente a la imagen de la Virgen María. El parque está prácticamente desierto. La tarde ya pasa a ser noche, las bombillas del alumbrado público iluminan irregularmente los senderos donde nadie pasa, solo el frío y el viento helado de los primeros días de abril. John espera, mientras espera, el monumento de la Virgen María ilumina la imagen con su propia luz, blanca, brillante, más clara y penetrante que la sucia luz del alumbrado público. De forma repentina y sin previo aviso un penetrante y nauseabundo olor a azufre envuelve el lugar. Siente mareo, náuseas, ansias de vomitar. Da un par de arcadas a razón del penetrante olor. Necesita de un tiempo para recuperarse. Aunque el olor a azufre persiste, lo hace de manera moderada y asumible.
“¿Cuál es el último lugar donde se busca al mal? En el seno de una madre.”
Ciertas ideas impulsan su pensamiento inquieto, sin embargo, John hace un esfuerzo consciente por detenerlas, o por lo menos silenciarlas. El monumento iluminado lo protege de esas bruscas ideas que el olor a azufre estimula. Lo que antes eran pretensiones incoherentes e intrusivas, toman una connotación de necesidad, aunque incómoda, justa y tal vez necesaria.
“Dios es ese ser supremo, poderoso, omnipresente (en todos lados), omnipotente (todo lo puede), omnisciente (todo lo sabe). No es algo tangible que se pueda tocar o que se pueda ver. Algunos dicen sentirlo y esa única certeza que se tiene de él es más que suficiente para confirmar y validar su presencia, es decir, su existencia.”
John no puede afirmar que es totalmente ajeno a estos sentimientos intrusivos, aun así, su razonamiento le exige algo más que simples suposiciones para desarrollar certezas. Necesita de algo más y esa incertidumbre misteriosa hace de Dios algo realmente fascinante.
“De acuerdo con esta suposición, Dios parece habitar en una dimensión más allá de todos los sentidos humanos, incluso más allá de su propio entendimiento.”
¿Quiere decir que Dios es algo incomprensible?
Si se plantea desde una perspectiva meramente mundana o terrenal, es cierto. Es necesario entonces aplicar ciertos atributos antropomórficos para llegar a comprender algo, lo más esencial. Ahora bien, si Dios es un ser tan grande, poderoso, supremo, majestuoso, más allá que universal ¿por qué existe esa “relación” entre ese ser y unos seres que parecen tan insignificantes como son los seres humanos?
“Dígalo sin remordimiento ¿por qué existe esa presunta necesidad de Dios en el humano si todo lo puede?”
Para poder explicarlo, John se vale de ese atributo exclusivo a la condición de Dios que es la aseidad (por la cual existe por sí mismo o por necesidad de su naturaleza).
“Él es el Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él. Ya que es el Señor del cielo y de la tierra, no vive en templos hechos por hombres, y las manos humanas no pueden servirlo, porque él no tiene ninguna necesidad. Él es quien da vida y aliento a todo y satisface cada necesidad.” (Hechos 17: 24-25)
En este sentido, se puede interpretar que la “voluntad” de Dios en mantener un enlace, una conexión con el hombre no radica en una necesidad en sí misma.
¿Qué es entonces?
En el libro de Génesis se hace referencia al término imago Dei, que representa la voluntad de ese Dios en extender, ampliar y desbordar su propia existencia en la existencia del hombre. Se habla entonces de un querer, un deseo, un anhelo por parte de Dios que va más allá de una simple y mundana necesidad. Bíblicamente, Dios parece confluir voluntariamente con esa creación, su creación. No es un experimento o un ensayo aislado, Dios se involucra, hace parte, vive, sufre, se deja afectar. Como ejemplos se pueden citar la capacidad de conversación que desarrolla con Adan y Eva, el diálogo que se puede interpretar como discusión, aplicado con Abraham al establecer las bases de la alianza de fe y obediencia incondicional, además de sus múltiples reacciones en los diferentes escenarios y experiencias que se narran en las sagradas escrituras.
“Dios parece un padre sobreprotector, extremadamente preocupado por sus hijos, por sus decisiones, sus errores y sus aciertos. Este Dios parece muy humano.”
¿Es entonces esa conexión, ese vínculo de Dios de carácter paternal, considerando que somos su creación?
Dicha relación encuentra y completa una forma de “reciprocidad” a partir de la adoración que, según algunas interpretaciones, no es por Dios, sino por los humanos en sí mismos. Una vida acoplada a los mandamientos y mandatos de Dios es una vida en orden, benéfica, bienaventurada, dichosa, feliz.
“Muy conveniente, si se puede decir en mejores términos.”
¿Qué pasa si no existe dicha reciprocidad, si el hombre decide ignorar a ese Dios paternal?
John presiente que algo poderoso se aproxima. Sigue sentado en el parque, al frente del monumento a la Virgen María. Ya no percibe el olor a azufre, lo cual lo hace sentir el frío de la noche que lo hace tiritar un poco. Busca en los bolsillos de su abrigo, saca la cajetilla de cigarrillos, se mete uno en la boca. Busca con la otra mano el encendedor, pero ni en los bolsillos del abrigo o del pantalón lo encuentra. Tal vez lo dejó en casa o se le cayó en el cine. Al lado de la imagen de la Virgen María hay un par de velas, señal inequívoca de súplica y reverencia, pero no hay nadie que las encienda. Se pregunta si él mismo fuera el portador de ese fuego auxiliador se atrevería a encender las velas del monumento. Tal vez lo haría. De manera extraña y misteriosa, un fuego mágico de procedencia desconocida le enciende el cigarrillo, además de las velas del monumento. John no cree en artificios mágicos, misteriosos o sobrenaturales. Cree en la razón, en los hechos y veracidades que sus sentidos perciben y cree reconocer en esa falta de reciprocidad entre Dios y el hombre una forma de sustento para el Diablo, que desde el momento en que John se sentó al frente del monumento a la Virgen María le exige algo de atención y ya que le había ayudado con el fuego para su cigarrillo, John lo dejó estar.
Ante la incapacidad del hombre de ver o palpar a Dios, debe crear una conexión con él para asegurar su existencia. Ya que no tiene la capacidad de moverse en ese plano omnipresente, ni omnipotente ni omnisciente, crea un puente que lo acerque a él. Ese puente, en la mayoría de los casos, es la necesidad. La gran mayoría de la gente busca a Dios porque lo necesita y la gran razón o fundamento de dicha necesidad reside en el mal.
¿Qué pasaría si el “mal” no existiera en este mundo? ¿Las personas buscarían a Dios, necesitarían de él?
Seamos sinceros. La gente, en la mayoría de los casos, emprende dicha búsqueda de Dios solo en casos extremos o específicos: sufrimiento, muerte, injusticia, miedo, inseguridad, desolación, pérdida de control o sentido. Para muchos, Dios existe solo en la medida en que es necesario. Y ya que tenía la obsesiva intención de ser real, creo la necesidad. Pero no la impuso, eso es algo muy importante.
Dios, para asegurar su existencia, debe crear un mecanismo lo suficientemente poderoso y convincente para atraer al humano y esa herramienta es la necesidad. Dios conoce bien al humano y sabe que este no irá en busca suya por simple voluntad. Por eso creo el mal. Dios necesita del mal para poder crearse, confirmarse y justificarse. Dios necesita de ese mecanismo que arrastre al humano a buscarlo, a necesitarlo, de este modo, él se crea y se conforma en esa dimensión mundana en la que habita el humano. Dios creó la necesidad de buscarlo para ser él mismo real. La existencia de Dios depende, realmente, de esa necesidad del hombre por él. En este sentido, Dios necesita una fuerza muy poderosa, muy capaz, muy convincente para crear dicha necesidad. Dios necesita al mejor de todos, de lo contrario, sus intenciones carecerán de convicción. El bien necesita del mal para crearse, asegurarse y confirmarse. Sin el mal, el bien no existiría, así de sencillo. Lo que quiero decir: Dios me necesita. Dios me condenó al destierro por voluntad propia, por necesidad, no a razón de mis actos o intenciones. Dios tiene un plan y dicho plan solo se basa en la garantía de su “existencia”. Para que él exista, me utiliza a mí, al mejor de todos, para hacerme su antítesis y así crearse a sí mismo en el espectro de necesidades del humano. Lo dicho, el bien no existe sin el mal y viceversa, pero fue el bien, con su obstinada necesidad de existencia, quien empujó al mal al mundo y lo provocó en el espíritu de cada mortal. El destierro no es entonces una triste anécdota o una desagradable desgracia, es un paso en un plan maquiavélico. No digo entonces que me expulsaron, me posicionaron con el fin de crear una “oposición” para favorecer y fortalecer su propia imagen. De igual forma, Dios, en su afán de generar convencimiento y credibilidad, se encargó de determinar y diferenciar claramente qué es el bien y qué es el mal.
¿Cómo diferenciar el blanco del negro sin caer en los matices de la escala de grises?
La cultura, la sociedad se esfuerza por crear unos criterios que permitan definir y aclarar de manera contundente estos dos estados. Pero dígame, ¿Dónde está esa línea que separa el bien del mal? ¿es tan fácil de determinar? ¿acaso esa línea en algún punto no se difumina? De igual forma, el hombre parece gusta mucho de los excesos, de hecho, el hombre parece necesitar tanto del bien como del mal para crearse y confirmarse a sí mismo.
¿No le parece?
Yo no necesito buscarlos, ellos me buscan a mí. Eso es lo más interesante. Aun sabiendo los beneficios del uno y las consecuencias del otro, mucha gente se decanta por el mal voluntariamente, otros, por necesidad. Eso mantiene el equilibrio de las cosas.
¿Por qué lo hacen?
Usted lo sabe bien, es esa capacidad de voluntad que llaman libre albedrío. Dios es representación de amor y el amor sin libertad puede carecer de sentido, de lo contrario, hablaríamos de ciertas formas de autoritarismo. Si la libertad es una de las bases de ese amor de Dios a los hombres y de igual modo, contamos con esa “capacidad” de elección, ¿Por qué castiga por elegir?
Digo elegir ya que, realmente, parece que es la obediencia a Dios una costumbre, un hábito, la norma a seguir por pura tradición, repetición y no necesariamente por real y auténtica elección…
John tiene suficiente. Baja el telón al diablo, saca a patadas a los asistentes y apaga las luces del recinto.
—Esos dos parecen políticos en campaña.
Le dice a la Virgen María, que se mantiene imperturbable en su monumento. Le da la última calada a su cigarrillo, lo arroja al suelo de gravilla irregular y lo aplasta con la suela de su zapato derecho mientras se pone de pie. Pretende dar el primer paso para salir del parque, pero se detiene un par de segundos y lo piensa mejor. Se agacha, recoge con su mano derecha la colilla extinguida y aplastada, y la deja en forma de ofrenda en el monumento de la Virgen María. Vuelve del sendero del parque a la calle donde pasa uno que otro carro, preguntándose si volverá al cine algún día.
AUTOR: JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
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