En Virelia, la palabra “nacimiento” había dejado de usarse en conversaciones públicas. No estaba prohibida. Simplemente había caído en desuso, como esas antiguas palabras que ya no describen nada real, como también lo hacían las élites esnobs de principios del siglo XXI, reemplazándolas por términos ridículos que nadie entiende, pero aquí no era moda, sino un drama social, la esterilidad de las mujeres y la baja natalidad. Se conservaba en archivos históricos, en libros escolares para niños que no iban a nacer, menos aún abrirían un libro, en canciones que se escribieron para los niños, pero cuyo significado se había vuelto metafórico con el tiempo.
La gente ya no nacía. La gente era asignada.
En los niveles subterráneos del Complejo Central, donde la luz no provenía del sol sino de paneles regulados por ciclos artificiales, Ilan Korec caminaba entre corredores silenciosos. Cada paso resonaba demasiado fuerte, como si el edificio entero escuchara. Había pasado veinte años trabajando allí. Aun así, no lograba acostumbrarse. El proyecto no tenía un nombre oficial. Eso lo hacía más fácil de defender.
En documentos internos aparecía como “Programa de Continuidad Biológica Asistida”. Entre los técnicos, simplemente lo llamaban “El Sistema”. En los rumores externos, cuando alguien se atrevía a hablar, se lo conocía como “el lugar donde crecen los que no tienen madres”. Ilan prefería no llamarlo de ninguna forma. Era genetista de formación, pero había aprendido que los títulos eran irrelevantes cuando el trabajo consistía en observar cápsulas translúcidas donde flotaban cuerpos diminutos, conectados a redes que reemplazaban todo lo que antes hacía un cuerpo humano.
No había vientres. No había partos. Solo procesos.
La extinción había sido detenida décadas atrás, pero no revertida. Después de la Gran Cura —aquella intervención que salvó a la humanidad de la plaga y, al mismo tiempo, cerró para siempre la reproducción natural—, los científicos se enfrentaron a una verdad imposible de suavizar: no habría nuevas generaciones.
Al principio, el mundo celebró la supervivencia. Luego, aceptó la esterilidad como un daño colateral. Finalmente, el silencio demográfico se volvió insoportable. No fue el amor lo que impulsó el Proyecto Útero. Fue el miedo a desaparecer sin dejar rastro. La solución no llegó como un acto heroico, sino como una decisión administrativa.
Se conservaban bancos genéticos desde mucho antes de la Plaga. Millones de perfiles completos, catalogados, preservados en frío. ADN limpio, previo a cualquier alteración irreversible. Alguien propuso utilizarlos. No para crear algo nuevo. Sino para repetir lo que ya había existido.
La clonación integral fue presentada como una restauración. Cada individuo generado sería casi idéntico a alguien que había vivido antes, con pequeñas variaciones introducidas deliberadamente para evitar la degeneración. Diferencias mínimas. Controladas. Aceptables… Bueno, de eso se trata.
Ilan supervisaba una de las salas de desarrollo temprano. Cuarenta y ocho cápsulas alineadas como una galería de sueños inmóviles. Dentro de cada una, un cuerpo en formación siguiendo un calendario exacto, sin desviaciones emocionales, sin accidentes biológicos. No había latidos que escuchar con un estetoscopio apoyado en un pecho humano.
Los sonidos venían de monitores. Ritmos perfectos. Demasiado perfectos.
—“¿Alguna anomalía?” —preguntó una voz a su espalda.
Era Mara Dessen, coordinadora del módulo reproductivo. Nunca sonreía. Nunca parecía incómoda.
—“No” —respondió Ilan—. “Todo dentro de los parámetros”.
Eso era lo que siempre se decía. Cada nuevo ser se asignaba a una categoría funcional antes incluso de completar su desarrollo. No se hablaba de destino, sino de optimización social. Habilidades cognitivas, predisposición emocional, resistencia física: todo era anticipado, medido, ajustado. La reproducción había dejado de ser un acto humano hacía mucho tiempo. Ahora era un trámite.
Un formulario. Una necesidad cubierta por protocolos. Los niños —aunque nadie los llamaba así— no tenían padres. Tenían orígenes registrados. Números de archivo. Referencias genéticas. Historias previas a las que no accederían jamás.
No había genealogías. Solo versiones.
La primera vez que Ilan dudó de verdad fue al encontrar un error en una de las secuencias. Una desviación mínima, casi poética: una variación no autorizada en un patrón neuronal asociado a la empatía. Nada peligroso en este nuevo mundo de valientes sobrevivientes a la plaga. Nada inútil.
Simplemente… innecesario.
El sistema no había previsto esa diferencia.
—“Deberíamos corregirlo” —dijo Mara al ver el informe—. “No hay razón para conservarlo”.
Ilan asintió. Pero no ejecutó la orden. No supo explicar por qué.
A veces, al final de su turno, Ilan se quedaba solo frente a las cápsulas. Observaba los pequeños cuerpecitos suspendidos, ajenos a la historia que los había vuelto posibles. Se preguntaba si, al despertar, sentirían esa ausencia invisible que recorría el mundo: la falta de algo que nunca habían tenido.
Madres inexistentes. Padres irrelevantes. Una humanidad sin origen emocional.
El Proyecto Útero había garantizado la continuidad biológica, pero había eliminado el azar, el error, la herida inicial que daba forma a cada vida. Todo estaba demasiado completo.
El primer fallo público ocurrió diecisiete años después. Un individuo asignado al sector educativo comenzó a hacer preguntas improcedentes sobre su precedente genético. Quería saber quién había sido. No qué habilidades había heredado, sino qué había sentido su versión anterior.
—“Eso no es relevante” —le dijeron.
—“Para mí sí” —respondió.
Fue retirado del sistema días después. Reubicación, lo llamaron. Nadie volvió a verlo.
Ilan entendió entonces lo que habían creado. No era una solución. Una especie condenada a mirarse a sí misma, repetida con ligeras diferencias, sin posibilidad de transformación real. La humanidad no avanzaba. Se reproducía en bucle.
La noche que decidió actuar, Ilan alteró más de lo que debía. Introdujo imperfecciones.
Errores diminutos. Rasgos no optimizados. No buscaba destruir el Proyecto Útero.
Solo devolverle algo que había perdido. La posibilidad de lo imprevisible. Sabía que lo descubrirían. Lo aceptó.
Cuando fue detenido, no hubo violencia.
—“¿Por qué?” —preguntó Mara, con genuina curiosidad.
Ilan miró las cápsulas por última vez.
—“Porque no basta con que sigamos existiendo” —dijo—. “También tenemos que poder cambiarnos”.
Mara no respondió. No había un campo en el formulario para eso.
El Proyecto Útero continuó. Pero en algunos individuos, en gestos mínimos, en pensamientos no programados, empezó a aparecer algo nuevo. Una grieta. Una duda. Quizás algún día eso bastaría. O quizás no. Porque la reproducción había sido resuelta.
Pero nadie había resuelto qué significaba vivir cuando ya no se nace de nadie.
En prisión, Ilan escribe en el muro de su celda: “En quinientos años más, estaremos soñando nuestras vidas copiadas anteriormente; para entonces, Dios quiera que tengamos una solución a lo que creamos; para entonces, que Dios se apiade de la humanidad”.
AUTOR: FRANCISCO ARAYA PIZARRO (CHILE)
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Francisco Araya Pizarro. Nacido en 1977 en Santiago de Chile, Artista Digital, Diseñador Gráfico Web, Asesor en Marketing Digital y Community Manager para empresas privadas y ONGs asesoras de las Naciones Unidas, Crítico de Arte, Cine, Literatura, además de Investigador. Y Escritor de Ciencia Ficción, donde en su blog comparte sus relatos cortos en: www.tumblr.com/franciscoarayapizarro
