I
El lugar no había cambiado mucho en un año de ausencia. El calor, las calles abarrotadas de autos y motos, el parque central, la iglesia, la plaza de mercado, el colegio donde estudié, los bares, mis padres, igual de viejos, igual de comprometidos con unos hijos que aún creíamos en el futuro… todo se encontraba en su sitio, ninguna construcción o calle nueva desviaba la atención de su dilatada monotonía, tampoco personas distintas de las que vivían en el barrio llegaron a habitarlo. El paso del tiempo parecía no tener prisa, era una verdad comprobable en un lugar que se aletargaba cada vez que el sol iba y venía.
Sólo estaba la particularidad de mi amigo Hermes y lo sucedido a su familia. Una noticia que parecía una hoja movida por un viento que rara vez pasaba por el ramaje.
A la semana de haber llegado de la capital, me enteré del asunto. Fue un viernes y lo supe de boca de un amigo del colegio, que me invitó a compartir unas cervezas. Me preguntó sobre la capital y sólo le respondí lo que la mayoría de la gente suele comentar:
—Caótica, como todas las grandes ciudades.
Mis padres no me habían comentado nada sobre el asunto. A mis preguntas sólo respondían que había ocurrido una desgracia, pero no sabían muy bien cómo o por qué o algún hecho más concreto. Tal vez más adelante me entere, pensé, no tardará en llegarme el chisme. Y así fue.
—¿Supiste lo de tu amigo Hermes? —preguntó.
Mi respuesta fue negativa. Pero aun así, mi amigo no me sacó de dudas, pues no sabía mucho, sólo que Hermes y su hermana Bellanira estaban en la cárcel por un asunto de asesinato. Él me facilitó información sobre los horarios de visita a la cárcel: sólo se podía los domingos. Le pregunté si había ido y me dijo que no, que le daba ñáñara esos lugares. Además, él y Hermes no eran tan amigos, apenas se conocían de vista. Yo, en cambio, acudí a la cárcel cada ocho días, durante el tiempo de vacaciones.
Cuando miré de frente a Hermes me pareció más delgado; la panza cervecera, de la que le hacíamos bromas, había desaparecido. En esos tiempos yo no me quedaba atrás, la falta de ejercicio también es notable en quien no es muy amante del sudor ni de quemar calorías. Al comienzo le sorprendió mi visita, pero entendí en su mirada que yo no dejaba de ser su mejor amigo. Me preguntó sobre mis estudios y la capital. Le respondí con los desgastados lugares comunes. Luego el silencio se hizo entre los dos, y no supe más que decirle. Esperé por un momento para darle tiempo a que respirara hondo y decidiera hablar. Como su silencio no parecía tener fin, quise abrir la boca para preguntarle.
Él, con su mirada, supo leer la pregunta que estaba a punto de salir de mi boca.
II
El día de los hechos no tenía nada de particular. Era una tarde como todas las de este pueblo: calurosa, y con falsas amenazas de lluvia, aunque cuando el cielo se enojaba, el agua hacía de las suyas. Hermes había estado en su casa en compañía de su madre, la señora Melina, con quien había tomado una decisión muy importante (y enfatizó la palabra “importante”). Luego salió y llegó al parque central para esperar a don Camilo, su padre. Frente a la oficina, Hermes no apartaba los ojos de la entrada. El tiempo le parecía una eternidad, como si no estuviera a su favor. Tocándose el pantalón, me dijo que aún le parecía sentir el peso del arma en el bolsillo, que se hacía más grave por las dudas en su cabeza. Hermes observaba la calle y a las personas que cruzaban, y se preguntaba si alguna vez lo habrían visto, si podrían imaginar lo que iba a hacer. Ahí parado se sentía incómodo. Decidió sentarse y relajarse, pero aun así los nervios no lo abandonaban. Estaba muy asustado. No le cabía en la mente que iba a decidir sobre la vida de otro hombre, mucho menos que esa vida era la de su padre. Iba a matar a quien estorbaba entre su madre y él, y por quien alguna vez había sentido algo de amor de hijo, (“si así se le puede llamar”, dijo). Me confesó que no estaba seguro de poder hacerlo en cuanto lo viera salir de la oficina. Con un tono de sentencia decía que la vida no depende de la mano de Dios, sino de la de otro de su misma especie. La existencia de una persona adquiere valor cuando depende de la voluntad de otro. A él sólo lo reconfortaba saber que desde ese día su madre y él podrían hacer lo que quisieran.
El deseo por un cigarrillo invadió su lengua. Necesitaba fumar, quería sentir el humo y el aroma como un placebo que mitiga el recuerdo y el dolor. Se levantó y caminó un poco hasta donde un viejo vendedor de dulces. Compró un cigarrillo y regresó a continuar la espera. Su madre siempre fumaba, y al menos la recordaba mejor con un cigarro en los labios cuando terminaban de hacer el amor. El humo del tabaco y ella se hicieron uno. La señora Melina solía mantener entre los labios un cigarrillo mientras le hablaba de cualquier cosa. Una vez le enseñó el consolador con el que satisfacía sus deseos en soledad: era un dildo frío, tallado con el nombre de Hermes en letras mayúsculas. En esos momentos de complicidad entre el silencio y sus fantasías, ella alcanzaba orgasmos nunca antes logrados con su esposo. con el señor Camilo solía fingir ante el miedo que se enojara si ella no sentía nada.
Yo sabía que los padres de Hermes pocas veces lograban entenderse bien. Fui testigo de varias discusiones cuando visitaba su casa. Los problemas parecían enclaustrar la relación en gritos y disputas que, ante la frecuencia, no era importante que estuviera una persona extraña a esa situación, como yo. El padre de Hermes había sido muy infiel con la señora Melina, y la actitud estoica de ella se fue represando cada vez más. La señora Melina solía encontrar condones en la billetera de su esposo; camisas pintadas con labial; un perfume de mujer diferente del de ella; y otros indicios comunes que, asociados a los largos silencios, no podían ser más que una fría y tensa realidad. En esos tiempos yo corroboraba cada vez más que el matrimonio sólo es el mejor pretexto y contexto para la infidelidad; y a su vez, el inicio del hastío entre dos personas. El tiempo se encarga de sustentarlo.
Un día Hermes llegó del colegio y encontró a su madre hecha llanto sentada en el sofá de la sala. Nerviosa, se arrojó a sus brazos y le confesó que don Camilo la engañaba desde hace tiempo con una misma mujer, porque el aroma del perfume nunca variaba. Concluyó la afirmación con una curiosa ironía:
—Si no es así, entonces al desgraciado le gustan las viejas que usan el mismo perfume.
Hermes no supo qué decir, sólo la abrazó con la fuerza que le permitiera a ella comprender que compartía su pena. Como si una extraña manipulación hubiera detrás de lo sucedido, pues nunca se lo pudieron explicar, los dos encontraron en el contacto de las bocas más que un consuelo. Al descubrirse minutos después enredados entre las sábanas, la vergüenza les ruborizó los rostros y el pudor se extendió como una censura. El fin de un acto parece una toma de conciencia ridícula que nunca se vislumbró durante el transcurso de los hechos.
Luego le pregunté por Bellanira, su hermana. Me dijo que estaba en la cárcel de mujeres, que si quería podía ir a hablar con ella para que me corroborara todo lo que él me estaba contando. Y recordó el día en que los dos pelearon con violencia para jamás volver a hablarse.
—¡Déjame! No te me acerques y sal de mi cuarto o, si no, grito —las palabras sonaban distintas, ya no era la chica complaciente y tierna que había sido con él.
—Pero, Nira, ¿qué te pasa?
—Nada. ¿Es que no entiendes que amo a mi padre? Ya te lo dije. Y déjame en paz. Para eso tienes a mi madre, ¿no?
Como un niño tras un regaño, Hermes no respondió y salió del cuarto.
No había más camino ni centro de atención para sus sentimientos que la señora Melina. Hermes prefirió el cariño que ella le brindaba. Odió el rechazo de su hermana, que se hizo más fuerte cuando la imaginaba unida a don Camilo, su padre.
III
Recuerdo muy bien ese viernes. Regresaba de la casa de mi abuela de traer algo para la cena, cuando me sorprendió ver que, en la casa diagonal a la mía, que había estado deshabitada por muchos meses, había luz y personas. Hermes y su familia habían llegado al barrio, justo a la cuadra donde yo moraba. Por unos días su presencia no pareció llamarme la atención, aunque un par de vecinas en común hicieron pronto amistad con él. Gracias a éstas, quienes me llamaron para que les diera mi opinión sobre el nuevo tatuaje que una de ellas se había puesto en un lugar muy sugestivo, me lo presentaron. Intercambiamos algunas impresiones sobre música, porque el tatuaje de la vecina eran unas rosas con unas pistolas, y fue el tema en que encontramos afinidad. Hermes se sabía muchas canciones, y tenía una gran cantidad de casetes de varios grupos.
Desde esa ocasión, los momentos que le dedicamos a escuchar música transcurrieron como agua entre los dedos, con temas que sólo una ciudad pequeña como ésta nos podía ofrecer: un trabajo mal remunerado, licor, alguna que otra novia y deseos de dinero fácil, sin saber definir qué llegaríamos a ser. El presente de una lozana juventud sin expectativas: en eso se convirtió el rock para nosotros. Sólo el rock lograba llenar una indecisión por la existencia y unos problemas familiares que cada cual afrontaba a su manera. Para nosotros era difícil entender, porque era más importante el momento presente, las obligaciones propias de un futuro que inquietaba con frecuencia a nuestros padres, un tiempo venidero que sólo nos llevaba al alcohol, a la búsqueda de chicas y a escuchar el infaltable rock, como ideas perdidas en el alambrado de púas de los conceptos. Pero nada es más poderoso que la fuerte conciencia de los mayores, y eso nos obligaba a equilibrar estudio y diversión. Así podríamos terminar el bachillerato y, si lo queríamos, ganar una pizca de libertad sobre nuestras propias vidas.
Al final de los estudios básicos, dos caminos (eso lo teníamos muy claro) se presentan en la existencia de un joven: más estudio o buscar un trabajo. Muchos se deciden por el segundo casi siempre, la situación económica no da para estirar más los privilegios de la vida de estudiante. Además, la relativa libertad que otorga algo de dinero en el bolsillo acerca más al alcohol, a las mujeres y a la adquisición de una moto, con el fin (eso solíamos decir) de demostrarnos quién sabe qué cosa, o simplemente, sin más remedio, para enseñarnos que soportar en compañía la vida y sus fardos es mejor que en soledad. Otros pocos elegimos el primer camino, que, a su vez, nos señala tres únicas y generacionales posibilidades (si bien la gama de opciones en una democracia se dice amplia): abogacía, medicina o algo con números. Lo demás es una estéril pérdida de tiempo.
Pero, por el momento, sólo queríamos sentir el vibrar de los bafles en los oídos con percusiones penetrantes, guitarras de tonos agudos y voces raspantes. El alcohol era más que una compañía, era como sangre resbalando por las venas, como una pantalla que reflejaba sueños que ni dormidos podíamos percibir; y era una buena excusa para desahogar los momentos de angustia que nos afectaban, con la confidencia que sólo un muerto puede guardar.
Recuerdo uno de los muchos encuentros en que la música nos sirvió de atmósfera. Hermes llegó ofuscado, silencioso, como ajeno a las notas que salían por el equipo de sonido. Yo también estaba ido, enojado por una discusión que tuve en mi casa. Creí que su silencio era una respuesta normal a mi indisposición, a mi silencio, a mi rostro agrio y a mis cavilaciones. Aun así, quise salir del nudo que me ahogaba y le pregunté:
—¿Te pasa algo?
“¿Y tú me lo preguntas?”, parecían decir los segundos en que no respondió y disimuló su silencio colocando una canción. Luego lo escuché tomar aire y al fin decidió desbordar su ofuscación con estas palabras:
—Acabo de meterle la mano a mi padre.
La perplejidad siempre me ha parecido una palabra más significativa que la expresión sorpresa, porque así me encontraba: perplejo. Además, parecía que me hubiera leído la mente porque en algún momento yo también había sentido el deseo de darle unos buenos trancazos a mi padre, pero jamás tuve el valor. Le pregunté qué había ocurrido.
—Lo sorprendí tocando a Bellanira. El muy cabrón arrinconó a mi hermana contra la pared de la cocina y… la besaba y… la tocaba… se aprovechaba que mi madre había salido.
Seguía pensando que las dos primeras sílabas de la palabra perplejidad se asemejan mucho a las que puedes expresar cuando dices: “Pep.. pero…”, para seguir con: “¿…cómo pudo haber pasado?”. Aun así no dije nada, dejé que él hablara.
—¿Sabes qué fue lo que más ira me dio?
Fruncí los hombros en un gesto de no tener ni la más remota idea.
—¡Que ella le correspondía! ¡Gozaba del momento y el manoseo la muy puta! —y puñeteó la pared.
Un mes después, Bellanira y yo nos hicimos novios.
IV
Cuando visité el pabellón de mujeres, pude reencontrame con Bellanira. Ver reducidas sus amplias caderas y sus senos blancos tenía la impresión de momentos que nunca más estarían presentes. Sus ojos me regresaron al pasado, sus lágrimas me sujetaron al presente, y su cabello corto a un futuro que nadie podría predecir. La abracé, y el palpitar y el olor de su cuerpo me reducían al estado de un ser ajeno a lo que los días habían hecho en ella. La besé en los labios, no pude evitarlo y ella tampoco se extrañó ni la sorpresa la dejó sin habla.
De sus labios surgieron palabras abarrotadas que pronto me condujeron a enterarme de otra parte de la historia. Ese día, antes de que Hermes hubiera salido para el parque central a esperar a don Camilo, éste la esperaba en el restaurante donde a veces comían como familia cuando la señora Melina no quería cocinar (“en los buenos tiempos”, enfatizó la frase). En ese restaurante don Camilo le había celebrado sus dieciocho, con una cena sólo para los dos y con un obsequio que ella nunca más despegó de su cuerpo: el perfume que empezó a usar a partir de entonces. Ahí mismo, en ese día, iban a definir el destino de los dos.
Cuando Bellanira llegó, expresó lo que más atraía de su rostro: sonrió, si bien sus ojos cafés, grandes y expresivos hablaban más que cuando abría la boca para proferir palabra. Don Camilo le señaló el reloj e hizo un comentario que ella ya estaba acostumbrada a escuchar: “nunca vas a cambiar, la puntualidad no parece ser una de tus costumbres”. Bellanira tomaba eso como un cumplido tácito, aunque pareciera reprimenda, y después de un profundo beso, se justificó diciendo que sólo habían sido quince minutos y que la contemplación de unos zapatos le habían hecho imposible su llegada a tiempo. Don Camilo le devolvió la excusa con una sonrisa.
—Bueno, siéntate que hoy vamos a definir nuestra situación.
Las palabras sonaban muy seguras, y eso a Bellanira le gustaba.
La costumbre era el mejor puente entre el señor Camilo y su esposa, y un silencio frío se difundía dentro de la casa. Los moradores parecían perfectos desconocidos que vivían en una continua tensión. Cada cual realizaba sus actividades como si estuviera solo, las conversaciones eran escasas y se limitaban a comentarios esporádicos y sin importancia, las palabras de aliento no existían y los pensamientos agradables estaban perdidos en la maraña de los malos entendidos, de las discusiones, del mal humor, de las frases insultantes y de los ahogados silencios. Bellanira y su madre sentían el intento de comunicarse como la presión de una labor que un subalterno debe hacer por órdenes de su jefe. La costumbre parecía esconder más y más una situación que pugnaba por expresarse. Llegaba la noche y las cosas no cambiaban, el sueño era el final simple de un día que a la siguiente salida del sol se repetía una vez más. Fui testigo de esta atmósfera, cuando iba a su casa, o cuando me invitaban a comer.
A pesar de todo, hicieron intentos por mantener la estabilidad del hogar, o, por lo menos, una leve armonía conyugal. Hermes me lo comentaba a veces y Bellanira me corroboraba las situaciones. Incluso ella las ampliaba con detalles que a pocos les gusta que los demás sepan. Como cuando me hizo saber que sus padres habían asistido a terapias de pareja con psicólogos. Aun así, el matrimonio y su amor inicial son como un fuego que arde en un espejismo: cuando se hace presente en nuestra vida, se expande por doquier y consume todo a su paso, hasta que encuentra el final de su furor en una leve zarza olorosa a cenizas, y pronto el frío establece su dominio.
Don Camilo solía desahogar con Bellanira estas tristezas, y ella se conmovía con sus palabras, le decía que no se atormentara, que le ayudaría a superar y a olvidar todo. Con don Camilo, Bellanira encontraba el remanso del diálogo, y creo que por eso ella lo quiso no como a un padre, ni como a un amigo, sino como a un hombre. Consideraba a su padre un hombre sensible, que no sabía cómo demostrarlo de manera abierta, sólo con ella era otra persona, y también cuando el licor volaba en su cabeza. Hermes sabía muy bien eso, pues los dos sólo hablaban cuando estaban compartiendo algunas copas.
Escuché a Bellanira con atención cuando me habló del día en que los dos se besaron, y tomé una de sus manos para que no se derrumbara. La señora Melina cumplía años. Bellanira nunca entendió cómo los cuatro miembros de la casa habían logrado estar contentos, unidos y de acuerdo para celebrarle esa fecha. Quizás a la vida le guste jugar con crueldad disfrazada de armonía cuando algo está a punto de derrumbarse. Ella sentía que a partir de ese momento la atmósfera pesada entre ellos iba a cambiar. Pero todo sucede muy distinto a nuestros deseos, todo tiene un propósito inexpugnable, como si la telaraña estuviera tejida con el único propósito de que un insecto elegido cayera en ella.
La velada había sido amena, una armonía que se desplegó cuando comieron, bebieron, conversaron y se rieron. Quizás en un intento más por mejorar la situación, don Camilo había comprado el pastel y dos botellas de vino. La homenajeada se mostraba contenta al escuchar que las personas con las que compartía la vida le cantaban y le partían el pastel.
El licor se acabó, pero los cuatro querían prolongar el momento. Hermes salió con la señora Melina a comprar otra botella. Bellanira se quedó con don Camilo en la sala de la casa, sentados en la misma silla, no había música, sólo los murmullos de la noche. Como si los dos se acabaran de conocer, él le habló en un tono diferente. Bellanira estaba nerviosa y por dentro su pecho transmitía los latidos del corazón que parecía transpirar por su piel. Don Camilo se le acercó con lentitud, le tomó las manos y las besó. Bellanira escuchó su nombre muy cerca de su oído murmurado sílaba tras sílaba. Giró el rostro y miró fijamente a su padre, en sus pupilas dilatadas pudo contemplarse, y sonrió; como niña asustada, se le abalanzó a los brazos con un beso en los labios que buscaban eco, con timidez y luego con la violencia frenética de una amante. El licor mantenía en ellos un letargo de sentimientos que no deseaban diluir, sino expandir por sus cuerpos que ya se ahogaban prisioneros por la presión de la ropa. Don Camilo le abrió la blusa con manos nerviosas y le tocó los senos, sus caricias parecían las de un lactante hambriento y Bellanira lo dejaba expresarse, que continuara con la exploración de sus pechos y que la hiciera parte de él.
—Espera, papi —sin embargo, se contuvo—. No sé qué me pasa. Mejor hablemos mañana.
Don Camilo le besó los labios y consintió con un movimiento de cabeza. Ella sonrió porque no supo qué decir, porque sabía que también lo había deseado y porque una extraña alegría florecía en su pecho.
La vi titubear un poco, aun así las lágrimas parecían más de alegría que de dolor. Le apreté la mano. Me dijo perdón y yo le limpié la mejilla. Regresó a lo que me había empezado a contar, cuando se vio con don Camilo en el restaurante. Bellanira se contempló en las pupilas dilatadas de don Camilo, y ahora anhelaba escuchar la razón de la cita.
—Quiero que escuches muy bien lo que voy a decirte —dijo él, como avivando su inquietud.
—Desde que llegué aquí no he tenido otro interés, papi —le susurró sonriendo.
—Bien. Escúchame entonces —hizo una pausa, se frotó las manos con lentitud y prosiguió—. Como ya sabes, siempre he tenido la esperanza de arreglar algún día las cosas entre tu madre y yo. Pero creo que todo es inútil. Los de seos por empezar una vida juntos tú y yo me carcomía las ganas. Pero no es tan fácil alejarse de Melina, por eso decidí hacer unos papeleos jurídicos para separarme legalmente de ella.
En un primer instante, Bellanira no supo qué decir. La sorpresa la llevaba a trastabillar palabras en la cabeza.
—¿Y no hubo problema para que te acompañara al juzgado? Porque… —dijo, imaginándose la escena típica de una película con jueces y en un despacho de abogados.
—Espera, déjame terminar. Ella no estuvo presente, lo hice con la ayuda de un abogado muy amigo mío que me debe algunos favores. Me costó un poco, pero valió la pena. Los dos ya estamos legalmente divorciados. Ella ya lo sabe, ya descubrió esos papeles y ya lo discutimos. ¡Ahora los dos podemos empezar a vivir juntos! Tu madre puede quedarse con todo lo adquirido durante el tiempo de convivencia. Total, si los dos vamos a vivir es mejor empezar de cero, ¿no te parece?
Como panal repleto de miel que busca la abeja y al fin lo encuentra, así le parecieron esas palabras a Bellanira. Incontenible por el eco de la alegría que experimentaba, besó a su padre una y otra vez, mientras lo llamaba “amor” y le decía “te amo”. Pero él la contuvo, sus impulsos se detuvieron ante dos pasajes de vuelo que don Camilo le mostraba.
—Son para esta misma noche. Ahora escúchame con atención lo que voy a decirte. Quiero que vayas a la casa y saques los papeles del divorcio que están en el cajón de la cómoda de tu cuarto, guarda los originales y deja ahí las copias. Esas servirán para ella. Después haz las maletas y te espero a las siete en el aeropuerto, ¿correcto?
Bellanira asintió, y haría todo al pie de la letra. Los tiquetes en su mano señalaban un vuelo con destino a la capital. Alegres, ella y su padre se despidieron. Don Camilo siguió hacia su oficina para dejar todo listo con la persona que lo reemplazaría. De regreso a casa, Bellanira caminaba sobre nubes, se sentía inquieta, pero muy contenta.
Continuara
AUTOR: GUILLERMO RÍOS BONILLA (COLOMBIA)
© DERECHOS RESERVADOS AUTOR
LOS SILENCIOS DE LA PIEL
SEGUNDA PARTE
Encuéntrala el 25-08-2026

Guillermo Ríos Bonilla, nació en 1976 en Colombia (Florencia – Caquetá), y en el año 2004 se naturalizó mexicano. Es licenciado en Letras Clásicas por la Universidad Nacional de Colombia; y maestro en Letras Clásicas por la UNAM. Ha trabajado como profesor, investigador, traductor, subtitulador y corrector de estilo.
CONCURSOS DE CUENTO GANADOS
* 2025. Convocatoria Internacional de Cuentos Gold Editorial: Reinos en otra dimensión.
* 2018. XIV Juegos Literarios Nacionales Universitarios de la Universidad Autónoma de Yucatán.
* 2014. Concurso de Cuento de la Universidad de Colima.
– Primer Concurso de Cuento Escríbele a “El Sol de Irapuato”.
* 2010. Concurso de Cuento Universidad de Colima 70 Aniversario.
* 2004. XI Premio Nacional de Cuento Carmen Báez.
– IV Concurso Nacional y Estatal de Cuento José Agustín.
* 1999. II Concurso de Creación Literaria, Género Cuento, realizado por la Universidad Nacional de Colombia.
Segundos, terceros lugares y menciones en otros concursos de cuento en México, Colombia, Argentina y España.
LIBROS DE CUENTOS PUBLICADOS:
* 2025. El árbol de las hojas palabreadas por la Gold Editorial.
* 2017. Réquiem por un polvo y otras senXualidades, e-book, por la editorial Porrúa.
* 2015. Colección “El Rapidín”, cuentos cortos Minimágenes, por la Universidad de Colima
* 2014. Burbujas de aire en la sangre, por la Editorial Samsara.
* 2011. Los vástagos del ocio, por la editorial Samsara.
* 2010. Colección “El Rapidín”, cuento El viejo, por la Universidad de Colima.
* 2008. Historias que por ahí andan, por la editorial Generación Espontánea.
ANTOLOGÍAS:
* 2023. Relatos breves. Antología colombiana, Elipsis Editores.
* 2022. Fictología. Antología del Primer Concurso de Cuento Breve “La Realidad supera a la Ficción… ¿o Viceversa?”.
* 2021. Festival Rulfiano de las Artes. Cuentos seleccionados 2021.
* 2019. Antología Zombie II, editorial Endora.
– Cuentos del sótano VI, editorial Endora.
* 2014. Cuentos del sótano V, editorial Endora.
* 2013. Cada loco con su tema, Grupo Editorial Benma.
* 2010. Leer el cuento, editorial Endora.
* 2009. Cuentos del sótano, editorial Endora.
– Un ojo al gato y otro al garabato, editada por la Casa del Poeta Alí Chumacero.
* 2007. Desde las islas, editada por la Universidad Nacional Autónoma de México.
* 2006. Antes de que las letras se conviertan en arañas, editada por el Instituto Mexiquense de Cultura.
Además, diversas publicaciones en varias páginas de Internet.
