COLUMNA DOMINICAL
REFLEXIONES DE PODER
Por: Julián David Rincón Rivera (Colombia)
Correo electrónico: electrónico: rinconriverajulian@gmail.com

Ella tenía puesta esa blusa morada que tan bien la hacía ver. Aunque su color era el negro, esa blusa morada hacía olvidar el poder del color negro en ella. Encendió una luz fosforescente que no sabía si era azul o morada. Parecía un bar o una discoteca con esa luz. Me preguntó si había traído cerveza. No sabía que le gustaba la cerveza. Puso algo de música y se sentó en esa silla flotante que usa para sus transmisiones. Le dije que hablaríamos del terremoto.
—Todos hablan de lo mismo —dijo.
Vamos a hablar del terremoto, pero no necesariamente del terremoto.
—Voy a utilizar el terremoto para explicar mi teoría.
—¿Tiene algo preparado?
—No —le dije—. Mi mejor plan es no tener plan alguno.
Ella sonrió satisfecha. Me acomodé en un Puff rojo que estaba en un rincón. Apoyé la espalda con la pared que, a pesar de la hora, permanecía fresca y confortante.
El temblor, de cierta forma, ha despertado la conocida y popular solidaridad del pueblo colombiano. Había escuchado hablar mucho de esa solidaridad, especialmente en visitantes y extranjeros. Sin embargo, nunca la había llegado a entender del todo. Me refiero al hecho de que en muchas ocasiones encontré muestras de “solidaridad” impulsadas por la conveniencia. Vi a muchos ser “solidarios” solo con el propósito de ganar algo a cambio. Un cumplido, una recompensa, una propina, o el simple hecho de ser reconocidos por dicho atributo. Realmente, es muy difícil encontrar una solidaridad real, auténtica, genuina y desinteresada.
—Es verdad —dijo ella, recostada en su silla flotante.
Ha sido la tragedia el vehículo que ha despertado la auténtica solidaridad de la gente. En especial con el Chocó, y no hablamos exclusivamente del hecho de ser la región más afectada por el terremoto. Hablamos de una región históricamente ignorada y olvidada, ¿Deliberadamente?, por el estado. Un estado que ha hablado mucho, pero poco ha hecho realmente. La gente, ciertamente cansada de los discursos de estrado y corbata, no quieren seguir alimentando el olvido y la indiferencia de un estado que no los sabe representar íntegramente. Así que se toman lo de la solidaridad muy en serio y bajo sus propias manos.
¡Que no dependa de nadie, sino de nosotros mismos!
Ella, por su parte, argumentó que la gente se toma muy en serio la solidaridad con el Chocó ya que saben muy bien lo que es ser ignorados y olvidados.
—Todos hemos sido el Chocó de algo o de alguien.
De esta forma, el país está entregado a la solidaridad por los damnificados del terremoto. Una demostración y confirmación de esa solidaridad de la que tanto se habla. La muestra de cómo podemos ayudarnos unos a otros en los momentos más difíciles.
—Sin embargo —le dije—, este mundo se sustenta con las dos caras de la moneda.
Le referí el caso de la empresa Blackstone Medical Service, ubicada en Medellín. El supervisor impidió que sus empleados dejaran sus puestos de trabajo para atender la emergencia del terremoto argumentando que, si algún empleado salía del edificio, la acción se consideraría como abandono del trabajo, lo cual implicaría consecuencias para el o los empleados que decidieran salir. De la misma manera, esta “paradoja” del poder quedó en evidencia durante las labores de rescate en la ciudad de Cali después del sismo. El alcalde de la ciudad decretó, la noche del temblor, toque de queda y militarización de gran parte de la ciudad para evitar saqueos y hurtos. Sin embargo, muchas personas, en su mayoría voluntarios, desacataron el decreto de la gobernación para continuar con las labores de búsqueda y rescate de los desaparecidos y las personas atrapadas debajo de los escombros.
¿Qué podía hacer el alcalde en estas circunstancias? Nada, absolutamente nada. De igual forma, la fuerza pública sabía que no podía luchar contra la voluntad de la gente. De hecho, la fuerza pública sabe que la voluntad del pueblo es justa y noble.
—¿El poder es realmente del alcalde de la ciudad? —le pregunté.
Si pensamos en el presidente de los Estados Unidos, quien es considerado una de las personas más poderosas del mundo. ¿Qué pasaría si toda la gente que está bajo su control dice “no” a todos sus mandatos? ¿Qué pasaría si la gente dice “no” a todas sus órdenes? Todo su poder y autoridad se pierden. Ella reflexionó en silencio.
La gente no se da cuenta de que el poder está en sus manos. La gente, cuando se une, tiene el control, el poder, la autoridad. La gente debe entender que el poder les pertenece, pero para poder acceder a dicho poder, debe unirse. Todos por una misma causa. Aun así, la sociedad está constante y fuertemente dividida.
Ella asintió en silencio.
—Pero esa es una forma muy diferente de poder —dijo ella—. Se trata de una distinción entre poder formal y poder efectivo.
Un gerente, un alcalde, incluso un presidente ejerce una forma de poder “formal”. Estas formas de poder funcionan y dependen del cumplimiento. Un presidente puede tener el título, la autoridad, el oficio, el simbolismo, incluso los medios y los recursos para ejercer el poder. Aun así, si la gente se rehúsa a cumplir con dichas órdenes, su poder es obsoleto. En este sentido, el poder no le pertenece a la persona a la que aparentemente lo posee. De hecho, el poder le pertenece a toda la gente que está de acuerdo y reconoce dicho poder. En el caso del terremoto, la solidaridad humana es mucho más poderosa que cualquier ley o decreto.
¿Qué ocurre entonces cuando la gente descubre que son capaces de actuar colectivamente sin esperar por la autoridad? ¿Es solo ante la adversidad y la emergencia en que logramos unirnos por un mismo propósito?
—Todo esto tiene connotaciones muy Camusianas —dijo ella.
No sé porqué lo dijo. Me sorprendió que lo dijera. No parecía ser alguien que gustara de Camus. Las apariencias siempre engañan. Me interesaba mucho. Le pedí explicarse. Según ella, Camus siempre se interesó por la respuesta del ser humano ante el estímulo “absurdo”.
—Es este caso —dijo— el absurdo es el terremoto.
El terremoto ha servido de experiencia “real y auténtica” para analizar el comportamiento de la gente. La gente descubrió que tiene la capacidad de decidir cómo responder a dicho estímulo. ¿Qué ha escogido la gente? La solidaridad, la empatía y la ayuda aun y a pesar de las circunstancias, las amenazas y las normas. Eso dice mucho de la sociedad. Eso nos llevó a la siguiente pregunta: ¿En qué momento la obediencia deja de ser una virtud? ¿Quién otorga poder a la autoridad: la autoridad en sí misma o las persona que la obedecen?
La situación del terremoto nos ha demostrado algo: cuán poderosos podemos llegar a ser en el momento en el que dejamos de obedecer estrictamente. A este respecto, ella argumentó que el poder no es algo que la gente posea permanentemente, es algo que generan de manera colectiva. Me pareció algo muy acertado. En el terremoto, en la tragedia, todas las divisiones quedan en un segundo plano. Se prioriza lo humano, la humanidad. Cualquier persona debajo de los escombros es una prioridad sin importar la ideología política, el género, la raza, o el equipo de fútbol. De esta forma, la conversación tomó unos tintes políticos ciertamente interesantes.
Cuando la gente está dividida, es mucho más fácil de gobernar. En este punto estábamos de acuerdo. Cuando la gente encuentra un objetivo común por el cual todos trabajan en conjunto, se vuelven tremendamente difíciles de controlar.
—¡Que lo diga el alcalde de Cali! —repliqué.
—Pero ojo —dijo ella—. Hay que tener cuidado.
La unidad no significa necesariamente estar de acuerdo en todo. De hecho, eso es prácticamente imposible. Lo ideal debe ser que, aun y a pesar de las presuntas “diferencias”, logremos sobreponernos a ellas y lograr sacar adelante un objetivo común. En este sentido, la popular frase “la unión hace la fuerza” cobra mucho sentido y relevancia.
—Estoy convencido —le dije— de que la humanidad, unida, puede llegar a ser imparable.
De esta forma, retornamos a la cuestión de las diferencias.
—Es el divide y vencerás —dije.
—Es una propuesta que hay que tomar con cuidado —replicó ella.
La política, la religión o incluso el deporte pueden ofrecer a las personas un sentido de comunidad e identidad que no encuentran en algún otro lugar. Esto es necesario, en cierto sentido. El problema es cuando se toma muy en serio dicha pertenencia al grupo, cuando hablamos de fanatismo. Evidentemente, en términos políticos esta unión es fundamental. Para un político es mucho más fácil gobernar y controlar grupos en lugar de personas. De igual forma, cuando se generan divisiones entre los grupos, dichos grupos tienden a focalizar su ira y sus esfuerzos hacia los lados, no hacia arriba. Esto protege, de alguna manera, los intereses de los poderes. Al mismo tiempo, cuando existen diferencias tan acentuadas entre los grupos, las acciones en colectivo son mucho más difíciles y menos frecuentes. Así que, sí, el divide y vencerás es lógico y coherente.
En este punto, admití cierto “temor y reticencia” hacia dicha idea de “unidad”. Cuando la gente hace parte de un grupo, pierde, en cierto grado, parte de individualidad, y la individualidad es algo muy importante para mí. En este sentido, debemos aprender cuando es “correcto y necesario” ser parte de un grupo y cuando es justo y necesario alejarnos del grupo para proteger, cuidar y garantizar nuestra individualidad.
—La unidad puede liberar a la gente, pero también puede consumirla —dijo ella.
El colectivo que pretende resistir a la opresión de la autoridad puede convertirse en un agente opresivo en sí mismo. Cuando el grupo es más importante que el individuo, el individuo puede desaparecer dentro del grupo. Eso es algo claro e inevitable, del mismo modo, difícil de identificar. De esta forma, identificamos dos peligros: La población dividida puede ser controlada más fácilmente ya que no son capaces de actuar colectivamente. Aun así, la población absorbida por completo en un grupo puede ser fácilmente controlable ya que los miembros dejan de pensar individualmente. En este sentido, ni el individualismo, ni la acción en colectivo parecen ser sanos. Es algo mucho más difícil y complejo: la habilidad de moverse entre la acción individual y la colectiva sin perder identidad.
Ella insistió en que esta es una tensión demasiado “Camusiana”. El individuo reconoce la solidaridad con sus semejantes, pero no pretende perder su propia consciencia en el colectivo.
—Somos personas diferentes haciendo algo juntos.
Así que le propuse la teoría del punto de equilibrio.
La mayoría de las cosas en la vida, son mejores cuando se actúa de acuerdo con un punto de equilibrio. Todos los excesos son malos y perjudiciales. Sin embargo, es muy difícil identificar el punto que separa la mesura del exceso. De hecho, parece que la naturaleza humana tiende a priorizar los excesos. No se trata de una zona de confort. De hecho, el punto de equilibrio es todo lo opuesto al confort, ya que es difícil de identificar, al igual que es difícil de procurar.
—Los seres humanos se ven muy atraídos a los absolutos ya que son cognitiva y emocionalmente poderosos —dijo ella.
Lo que se habla es de “moderación”, que a su vez implica el cuestionamiento. Los extremos tienden a generar conformidad. No se negocia, no se discute, no se razona. El extremo dice: esto es lo correcto. La moderación sugiere preguntarse, analizar y reflexionar. El punto de equilibrio no es algo a lo que se llega, es algo que está continuamente en negociación. Hablando de negociaciones, ella dijo que era tiempo de negociar.
AUTOR: JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
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Julián David Rincón Rivera, segundo de dos hijos, nacido en Bogotá, Colombia el 7 de abril de 1994. Profesional de Cultura Física, Deporte y Recreación.
Lector apasionado, escritor por elección, músico por diversión.
Cuenta con tres publicaciones antológicas con la editorial ITA, además de dos publicaciones en proceso, también de carácter antológico, con factor literario y la editorial mítico.
Con varias publicaciones en revistas de américa latina, encuentra en la escritura el mejor sustento para su vida.
Instagram: @relatero_literal
