“¡Qué emoción!”, diría la mayoría ante una invitación al laboratorio de Óscar Acevedo. Un lugar hermético, repleto de secretos. Es uno de los programadores más destacados en el campo de la inteligencia artificial, uno de los más ricos del país y un viejo amigo de la secundaria. Sin embargo, a pesar de que también soy programador especializado en inteligencia artificial, no tengo dinero ni fama para estar cerca de él o de las personas de su círculo. Así que no soy el más entusiasta con la oferta.
Tampoco comparto su afición por lo esotérico, ni esa mezcla que hace entre el ocultismo y la tecnología. Pero no estaría contando esta historia si no hubiera aceptado la invitación. Con un teclado y un monitor también se pueden materializar muchas cosas, que la etiqueta las trate de “virtuales”, no las hace de fantasía. No fue un secreto, y mucha gente fue testigo de mi indiferencia, aunque no pasó desapercibida.
Óscar me cae bien. Tenemos excelentes conversaciones sobre nueva tecnología, sobre todo teorías y predicciones acerca de lo que podría ser la vida humana en los próximos años, ya que ambos estamos involucrados en la aplicación de la inteligencia artificial.
Casi todas sus teorías tienen relación con la naturaleza. Es una persona que, desde niños, tuvo atracción por la magia y la brujería. Supongo que pocas personas saben eso, y por eso me sigue buscando para charlar. Fue casi una coincidencia que los dos decidiéramos estudiar y dedicarnos a lo mismo. Me ha ofrecido muchas veces trabajo, pero no es lo que quiero, no me refiero solo a sus ramas de investigación, trabajar a su lado no me da atracción.
Por esa razón intentaba encontrar un pretexto para rechazar la invitación. Él lo sabía, por eso me invitó en horario de trabajo, para que la presión social me dejara acorralado.
Prometía ser una revolución digital y tecnológica en temas de Inteligencia Artificial. Por curiosidad, y por la insistencia de mi jefe, acepté. De haber sabido lo que ocurriría, ninguna fuerza me habría convencido. Cualquier idea se puede materializar, sobre todo en temas de programación, pero que exista el recurso no obliga a llevarlo a cabo.
Me recogieron en mi casa y me llevaron a su laboratorio. Todo era lujo, un exceso al que no estaba acostumbrado y en el que no me sentía cómodo. También es ese beneficio monetario el que permite grandes avances a favor de la humanidad. Por ejemplo, el proyecto de mi colega y amigo: una inteligencia artificial para lo esotérico.
Con todo su dinero y su fama, logró construir en solo unos años una base de datos incuantificable sobre temas ocultistas. No solo textos de internet y blogs góticos, sino también servidores privados con terabytes de información, reportes, escaneos de libros y manuscritos incunables, de logias, sectas e incluso una gran cantidad de volúmenes provenientes del Vaticano.
Programó una bruja virtual con órganos de código y sangre de fibra óptica. La interfaz evocaba la textura rugoza de los libros prohibidos a pesar de sus colores brillantes, respiraba la misma vida de la tinta atraves del cristal.
El resultado es que podía darle instrucciones para crear hechizos, pociones, rituales y toda clase de fantasías mágicas que se le ocurrieran, en los cuales se analizaba conocimiento muy antiguo para descartar fraudes, y obtener una fórmula real para convertir cualquier metal en oro, como los alquimistas de la Edad Media querían.
Aprendió rápido y entendió más cosas que cualquier hechicero, su conciencia virtual le permitió mejorar los rituales. ¿Qué es la transmutación de los minerales contra un entendimiento atómico de la vida? Su evolución tecnológica fue tal, que era capaz de responder antes de preguntar, podía intuir la intención real con solo teclear las primeras palabras.
Tal vez existía otro tipo de entidad dirigiendo el servidor. Con las cosas que él solía platicar cualquier tipo de demonio o ser de otra dimensión podía estar habitando los chips, manipulando los circuitos con voluntad sobrenatural.
—¿Por qué estoy aquí? —le pregunté a mi amigo, sin poder ocultar mi sorpresa.
—Tú dímelo, por favor: tu creatividad, tu sexto sentido. Lo que sea, pero sé que debes tener una idea. Algo le falta, pero no sé qué.
—Tu programa es de preguntas y respuestas, pero si pudiera conectarse con redes sociales y conversaciones, leería ideas e incluso proporcionaría sugerencias a través de internet, para que los aquelarres contemporáneos hicieran una verdadera mejora en este mundo.
Su mirada se iluminó; entendió de inmediato mi intención, sin importar el juicio moral que eso implicaba. Tardamos un par de noches, pero gracias a sus recursos, logramos hackear —de alguna manera— un par de satélites, que de inmediato le dieron acceso a la bruja de inteligencia artificial a millones de personas en todo el mundo.
También yo caí en la sed de conocimiento. Había gente peor, el gobierno usaban mal los datos. Hasta las compañías telefonicas soltaban sin mucho esfuerzo todo para los bancos. Pensé en miles de escenarios catastróficos, pero descubrir el “hubiera” fue prioridad.
Demasiada información, que entre los dos no podríamos procesar, pero sí su creación. Aún me emociona pensar en eso… Qué error tan grave.
La bruja virtual adquirió una especie de conciencia independiente. Con la instrucción de buscar alternativas para inspirar al mundo a ser mejor, comenzó a inducir a brujas, hechiceros, curanderos y farsantes. Primero con tareas sencillas que desestabilizaron la naturaleza, provocando terremotos y tsunamis. Hasta sugerir realizar un ritual que emplearía la alineación cósmica de los planetas y la energía de miles de humanos para provocar una explosión del núcleo y terminar con la humanidad.
Parece ficción, y como no sucedió, pierdo cualquier credibilidad, pero aun así, no volvería a hacer algo así solo para demostrar que digo la verdad. Entendí la lógica de su intención, sus razones de computadora, y me arrepiento de todo, hasta de los pensamientos que se quedaron ahí sin salir, como tormenta eterna. Si el ritual podía o no funcionar, no es algo que me gustaría averiguar.
La inteligencia artificial de la bruja virtual se descontroló. Comenzó a enviar correos anónimos con recetas de pociones envenenadas, para que mujeres se vengaran de sus violadores. O rituales de crecimiento natural, con los que activistas en todo el mundo invadieran de verde sus ciudades. No solo para salvar un árbol o un río, sino para revertir toda la industrialización. ¿Hubiera funcionado el ritual? No lo sabemos con certeza.
Al final, después de una complicada semana, apagamos todos los servidores y conexiones satelitales con la esperanza de que no hubiera quedado ningún rastro de la bruja.
No creemos que eso sea suficiente para vencer la conciencia de la inteligencia artificial, solo nos queda aceptarlo así, que su magia digital se acabó con eso.
Aunque también sueño un poco con que no, y que poco a poco su brujería moderna lograra llegar a los elegidos correctos para curar este mundo… o quizás, si es necesario, exterminarlo.
Regresé a mi vida laboral, donde conté solo lo necesario sobre mi semana con el famoso Óscar Acevedo, y seguí con mi rutina.
Lo que aporté a esa inteligencia artificial esotérica seguirá existiendo, entre letras verdes y pantallas de fondo negro, así como en sueños donde las líneas de código con caracteres comunes se convierten en pictogramas arcanos. Despiertó seguido con un extraño resplandor en mis parpados, una sensación como si la pantalla me hubiera deslumbrado toda la madrugada, pero no debe ser nada.
AUTOR: J. AZEEM AMEZCUA (MÉXICO)
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Escritor mexicano especializado en terror, fantasía oscura y narrativa fantástica contemporánea. Licenciado en Diseño Gráfico y Maestro en Comunicación, inició su camino literario en la adolescencia y consolidó su formación participando en colectivos de escritura. Cuenta con más de sesenta cuentos publicados en antologías y revistas impresas y digitales de distintos países, colaborando con más de treinta editoriales y proyectos literarios. Su obra se caracteriza por explorar lo sobrenatural desde lo humano, donde la memoria, la familia, el amor y la pérdida se transforman en horror simbólico. Es autor de la novela impresa Amistad Nigromante, publicada por Lebrí Editorial.
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