Desde hace millar cuatrocientos años que aguarda la presencia en el árbol. Justo amado que pernocta el sigilo de su sonrisa. Siempre presente, ausente, cordial e infinita; de magnitud a la miseria estilizada desde el eje de las cosas más dóciles de principados afines no son más que las cosas que reaparecen como un encanto. Teje y desteje lo destejado; el tejado en el que aguarda con la muchedumbre de las suertes; gobierna su majestad. De emblemáticos egos claros de claridad; de vigilia ante la figura consciente sobre el tejado. En las puestas de sol de medianoche que su cola se remueve de un lado a otro, y entremezcla su presencia desde los más aguerridos puentes por los que figuran los muñequitos de porcelana y las de papel, que tanto se estremecen como la presencia de entre lo sigue; y es el más, y es el menos de las cosas más frecuentes; desde los relojes hasta el poderío de las cosas más magnas como las cosas más entredichas. Fue la ternura la que lo puso ahí como todo lo que fue; es y será de entre su forma estilizada que se atreve a ser parte de las cosas. En el puente de todas las cosas más conscientes se abre el paso de la llave que lo transporta millar de cuatrocientos años en el futuro; en el presente; entre el pasado dignificado. Ante la espesura de las cosas que él ve entre las piedras preciosas es su majestad; la que está ahí. Más allá de todo confinado. En el puente del fin de todas las cosas más perpetradas desde sus ojos a la consigna de sus formas; se abre el paso del improperio de su tersura. Apura un rezo magno desde las orillas de sus formas; no es eso que se atreve a guiar a sus recuerdos a contemplar a la majestad más allá de los siglos en los que ha reencarnado es más sutil que todas las cosas más mansas. Es a la era de todas cosas más aguerridas, desde el suelo que se abre paso hasta el puente de las cosas más precisas. Ese al que nutre con un hilo de raso vuelo; ese que es a la espesura de las afrentas sostenidas. Es eso ante lo que revive en el viviente rezo desde las cosas que más son endebles. Hasta lo que contempla desde el tejado; ante lo que es más reacio a repartir como, lo que, es más, como lo es menos. Desde que muda de piel y esa piel es más que piel. Esa piel es más que piel. Esa piel es más que piel. Es como si se viera en el terreno de las aguas; es como si las cosas gobernaran desde su posición en las que se proyecta y en el todo se hace vivido. Millar de cuatrocientos años son más que dignificados para él; en el apuro de sus rezos. Tanto que es inmortal, tanto que es mortal de entre tanto suburbio es a las cosas más estremecidas los que la sostienen, de entre las cosas más aguerridas y ateridas por un solariego principio. A la espesura; a los gorgojos; los corotos desde las cosas que ensamblan el terreno pudiente desde la más sincera virtud; es a lo frecuente sobre el hecho de entre ser y deshacer a su mismo desde la memoria poderosa del repartir a lo conciso desde las siluetas más claras. En el árbol de la prosperidad se abren paso sus uñas de rebeldía inquieta; desde lo que salvaguarda, ante la presencia desde todas las cosas hasta lo más cordial remanente revivido. Su cola se enreda con las flores y el perfume de sus olas; sus pasos son el futuro desde las olas que siente en las entrañas, esas que le otorgan la capacidad para enfrentar a lo que es más sigiloso a lo más indócil. Es a lo que le hace parte de todas las cosas; desde hace millar de cuatrocientos años en el que reencarna para encontrarlo como el repasar de las agujas del reloj sobre sus mejillas y sus bigotes dosificados; y; los corotos que amanecen entre sus pies de dulce cuna. Frecuencia desde el hilo de las cosas; y desde las cosas; porque hay una claridad y una forma más congraciada de aguardar el tiempo preciso como lo que es más y lo que es menos desde toda cosa merecida. Porque es desde el tejado; es desde la estadía de sus cosas; que él aguarda desde la magnitud de todo lo que es y será más conciso, agradecerle a la vida por hacer las paces con esa presencia que se hizo una. Con sus recuerdos.
AUTORA: VANESSA SOSA (VENEZUELA)
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Vanessa Sosa. Mérida, Venezuela (1986). Historiadora del Arte (2018) egresada de la Universidad de Los Andes. Actualmente, ejerce como Docente en una institución. Es una escritora que se considera aprendiz y también autodidacta. Inició en el mundo de la escritura en el año de 2018 con pocos microcuentos y microrrelatos, que transformó después, en relatos más extensos. Se especializa en el género fantástico porque es el que más escribe, sin embargo, considera que hay mucho por mejorar.
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