Elena Blanco recuperó su apellido de soltera hace dos años, el mismo día en que exigió el divorcio y la anulación de su matrimonio. La causa no fue una, ni dos, ni tres infidelidades; descubrió que su esposo coleccionaba traiciones con cualquiera, sin distinción de raza, edad, género o creencias. No hubo perdón.
Muchos en su entorno la criticaron y se burlaron de sus convicciones: —¿No es que cree tanto en Dios? —murmuraban a sus espaldas.
Al principio, Elena se defendía: —Sí, creo en Dios, pero no soy boba. Esa fe me da la fuerza para aceptar lo que decidí, y lo volvería a hacer. No tengo por qué perdonar y mucho menos vivir con un personaje que es pura apariencia. Que le vaya bien, pero lejos.
Un mes después, tras procesar el duelo en silencio, dejó de responder a la «buena gente». Cuando los curiosos se le acercaban para contarle el éxito que su exmarido cosechaba en los medios, ella zanjaba el tema con una cortesía cortante: —Lo quiero… lejos. Gracias por la información.
Elena decidió cambiar de rumbo de forma radical. Dejó atrás la casa familiar donde compartía con sus hermanos, se apartó de las amistades cercanas y se mudó a una cabaña en las afueras, rodeada de vecinos distantes. Hoy vive una existencia tranquila, blindada del pasado, sin parientes, amigos ni compañeros de trabajo. Su contacto con el mundo se reduce a un seco: «Hola y adiós».
Solo viaja a la ciudad una vez al mes para cobrar la renta que le permite subsistir. Al principio, hacía el trámite y huía de inmediato. Con el tiempo, la rigidez cedió un poco y comenzó a permitirse alguna llamada o una visita breve a un familiar lejano.
Sin embargo, los fantasmas del pasado siempre acechan. Una tarde, mientras hacía fila en el banco, una mujer la llamó por su nombre. Era una vieja amiga de sus años de casada, que se iluminó de alegría al reconocerla.
Elena la miró fijamente. Sintió el peso de la vida que había dejado atrás y, sin alterar la distancia que tanto le había costado construir, le devolvió un saludo gélido:
—Gracias.
Dio la vuelta y se marchó, perdiéndose de nuevo en su propio mapa.
AUTOR: LUIS ALFONSO PÉREZ PUERTA (COLOMBIA)
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Luis Alfonso Pérez Puerta (Colombia) es Comunicador Social – Periodista, actor y escritor. Ha participado en diversos talleres literarios en Medellín, entre ellos el Taller Literario Aquileo, del Parque Biblioteca Belén y la Biblioteca Comfenalco. Seis poemas publicados en la antología de los talleres literarios Libro Árbol IV (Comfenalco, 2003). Su poesía y narrativa también han aparecido en revistas digitales como Escritores Rebeldes y en medios como El Correo.co y El Espectador. En 2024 participó en el Festival Internacional de Poesía del Valle del Río Grande (Texas, EE.UU.), con la publicación en una antología en PDF del poema: “Con aroma de café”. Autor de relatos breves, columnas de opinión y ensayos, concibe la literatura como un espacio de memoria, sensibilidad y resistencia, donde la palabra ilumina el instante y proyecta la esperanza.
