Tercera entrega de la serie dedicada a El exorcista
Julián David Rincón Rivera — Escritor y columnista
Carlos Forero — Productor de cine y televisión
Más de medio siglo después de su estreno, El exorcista continúa provocando inquietud, fascinación y debate. En esta entrega especial de Plano y Contraplano, dos voces examinan el fenómeno cultural que rodea la película de William Friedkin y las razones cinematográficas que explican su permanencia en la memoria colectiva.
Bogotá, 31 de octubre de 2026. En una fecha marcada por Halloween, la sección Plano y Contraplano de la revista digital Escritores Rebeldes presenta la tercera entrega de su recorrido por El exorcista (1973), una de las películas más influyentes del cine de terror.
En esta ocasión, el escritor y columnista Julián David Rincón Rivera comparte espacio con Carlos Forero, productor de cine y televisión, para abordar una obra que trascendió las salas de cine y se convirtió en un referente cultural.
A través de dos reflexiones independientes, los autores exploran la construcción del mito, los rumores que acompañaron la producción, el papel del sonido y el silencio, la profundidad de sus personajes y las diferencias entre el terror clásico y algunas de sus expresiones contemporáneas.
Dos miradas que invitan a regresar a una pregunta fundamental: ¿qué hace que una película continúe causando miedo más de cincuenta años después de su estreno?
PLANO Y CONTRAPLANO
EL EXORCISTA: LA PELÍCULA QUE SE CONVIRTIÓ EN UN MITO Y EL TERROR QUE DESAFÍA AL TIEMPO
Por: Carlos Forero (Colombia) – Julián David Rincón (Colombia)
Correo electrónico: rinconriverajulian@gmail.com

La película que se convirtió en un mito
26 de diciembre de 1973. La afluencia de público en algunas de las salas de cine más importantes de Estados Unidos es mucho mayor de lo habitual. Las filas se extienden por varias cuadras. Quienes esperan están dominados por esa emoción nerviosa que suele sentirse antes de cualquier aventura extrema. Las crónicas de la época describen espectadores dispuestos a esperar durante horas para conseguir una entrada. Muchos medios hablan de un fenómeno cultural masivo.
Ese día se estrenó en Estados Unidos El exorcista.
William Peter Blatty había iniciado dicho fenómeno cultural con su novela. Posteriormente, con la confirmación de la adaptación cinematográfica, comenzó a construirse un mito alrededor de la película, mucho antes de su llegada a las salas de cine.
El 21 de diciembre de 1972 apareció en un periódico local un artículo escrito por Iris Jackson y Rose-Marie McCumber. El texto recogía algunas declaraciones de personas vinculadas a la producción. Por ejemplo, se citaba a Blatty, quien consideraba que la película sería más provocativa e interesante que su libro. También se abordaba la dirección de William Friedkin, reconocido por su trabajo en la premiada The French Connection, y se examinaban las expectativas que despertaba su participación.
Por su parte, Chris Newman, responsable del sonido, explicaba algunos de los recursos utilizados para construir los efectos sonoros y la ambientación. Entre otros apuntes, el artículo anticipaba el posible éxito comercial de la película.
Otro artículo periodístico, fechado el 6 de marzo de 1973 y titulado Exorcist Mishaps («Percances de El exorcista»), abordaba diversos accidentes y acontecimientos relacionados con la producción. Entre ellos figuraban lesiones sufridas por integrantes del equipo, un incendio que afectó el escenario de rodaje y relatos sobre la intervención de un sacerdote. También comenzaron a circular historias acerca de fallecimientos de personas vinculadas, de una u otra manera, con la película.
Estos acontecimientos alimentaron el rumor de que la producción estaba marcada por una supuesta influencia maligna. Con el tiempo, las historias documentadas y las versiones difíciles de comprobar terminaron mezclándose hasta convertirse en parte esencial de la leyenda.
Con el estreno de la película, en diciembre de 1973, los rumores adquirieron todavía mayor fuerza.
Distintos estudios y crónicas sobre su recepción han recogido testimonios de espectadores que se desmayaban o se sentían enfermos durante las proyecciones, así como las objeciones formuladas desde algunos sectores religiosos. También surgieron relatos de supuestas posesiones relacionadas con la película. Todo ello contribuyó a crear una especie de frenesí mediático entre finales de 1973 y buena parte de 1974.
Friedkin, en distintas entrevistas, manifestó su sorpresa ante la magnitud de la reacción del público. Al referirse a los acontecimientos extraordinarios del rodaje, recordó especialmente el incendio que destruyó parte del escenario y obligó a interrumpir la producción.
Mientras tanto, Linda Blair, quien interpretó a Regan y tenía catorce años cuando se estrenó la película, recibió amenazas de muerte de personas que se sintieron ofendidas por las representaciones demoníacas y las referencias religiosas. Algunos acusaban a la película de glorificar a Satanás; otros parecían confundir la ficción con la realidad y atribuían a la joven actriz características de su personaje. Ante las amenazas, Warner Bros. proporcionó medidas de protección para ella y su familia.
El mito que acompaña a El exorcista es un fenómeno difícil de ignorar. Basta revisar las numerosas referencias que existen sobre su producción, su estreno y su recepción. Muchos consideran que su fama está plenamente justificada. Naturalmente, pueden existir reservas al respecto; sin embargo, parece haber un reconocimiento bastante extendido de su calidad e influencia.
Aunque las opiniones varían, la realidad es que la película continúa dando de qué hablar. Más de cincuenta años después de su estreno, sigue siendo una referencia recurrente en las conversaciones sobre cine de terror, especialmente durante Halloween.
No hace falta ser un experto para reconocer su popularidad. La pregunta es si toda esa fama está justificada o si se trata de una exageración.
La expectativa está servida. Esto es inevitable y, al mismo tiempo, peligroso. Cuando las expectativas son demasiado altas, la decepción siempre parece una posibilidad cercana. Aun así, considero que El exorcista está muy lejos de ser una decepción.
Aunque muchos digan que las comparaciones son odiosas, me valgo de ellas para explicar lo que, a mi juicio, constituye el verdadero terror cinematográfico.
Si comparamos las películas de It, que abordamos en la columna «Payasos asesinos», con El exorcista, la diferencia resulta abrumadora. El sentido del terror es muy distinto. Su interpretación y la manera de construirlo varían según las estrategias de cada director, las características de cada historia, las actuaciones y el contexto de cada época.
En su momento hablamos de la música, los efectos de sonido y el acompañamiento ambiental en las escenas de terror. También examinamos su importancia para intensificar las emociones que una secuencia busca transmitir.
Aunque la música y los efectos sonoros están presentes en El exorcista, muchas veces se utilizan de manera discreta y mesurada. De hecho, algunas escenas parecen ganar poder, tensión e intriga únicamente mediante los sonidos propios de su ambiente: los pasos al caminar, la respiración o el viento que recorre las calles.
Aquí no existe la necesidad de sobreestimular constantemente los sentidos. No se requiere alterar los nervios del espectador a cada instante para capturar su atención. La película se vale de situaciones aparentemente cotidianas para alimentar la tensión.
Aunque se trata de un proceso más lento y elaborado que los sustos repentinos tan frecuentes en algunas producciones actuales, sus efectos pueden resultar mucho más poderosos y duraderos.
De allí surge esa capacidad de mantener al espectador al borde de la silla durante prácticamente las dos horas que dura la película.
Realmente, me resulta difícil nombrar otra obra que consiga sostener la tensión de una manera tan efectiva. Son dos horas de terror, intriga y misterio que crecen progresivamente.
En cuanto al presupuesto, algunas estimaciones sitúan el costo de producción de El exorcista alrededor de los doce millones de dólares. Recordemos que estamos hablando de una película estrenada en 1973. Para la época, era una producción costosa. Sin embargo, su recaudación superó ampliamente las expectativas.
Más allá de su éxito comercial, considero que la película busca representar de la manera más convincente posible un universo relacionado con demonios, posesiones y exorcismos.
Aunque ciertos efectos especiales pueden parecer anticuados o exagerados —concretamente, el vómito verde de la protagonista, que me recordó la serie de terror de los años noventa Escalofríos—, creo que incluso con recursos mucho más sencillos la película conservaría su credibilidad.
A lo que me refiero es a la intención de mostrar, con una apariencia de realismo, una situación que para muchos espectadores de aquella época estaba rodeada de misterio.
Esto puede observarse en todo el proceso que atraviesa Regan: las primeras consultas médicas, los exámenes, las evaluaciones psicológicas y psiquiátricas y, finalmente, la decisión de recurrir al exorcismo.
Dentro de la tradición católica, la autorización de un exorcismo exige prudencia y la consideración de posibles explicaciones médicas o psicológicas. La película convierte ese recorrido en una parte fundamental de su construcción dramática, mostrando cómo la familia agota distintas posibilidades antes de aceptar una explicación sobrenatural.
De igual manera, la humanidad con la que están construidos los personajes demuestra el interés de Friedkin por presentar una historia cercana a la experiencia cotidiana.
Son hombres que beben, fuman, insultan y sufren. Incluso pueden resultar desagradables en determinadas escenas. Sin embargo, para mi gusto, esos rasgos les otorgan credibilidad y verosimilitud.
La historia es fascinante, se mire por donde se mire.
Hablamos de una temática que todavía hoy puede generar incomodidad, respeto y miedo en numerosos espectadores. Hablar de demonios y posesiones no es lo mismo que hablar de payasos asesinos.
Nos encontramos ante un universo marcado por la paranoia, el misticismo, el secretismo y el misterio. Son elementos que alimentan esa extraña fascinación capaz de mantener al espectador al borde de la silla.
Es precisamente esa naturalidad con la que Friedkin construye los personajes y su entorno lo que resulta tan atractivo.
Sentimos mucho más cercanos los acontecimientos de El exorcista que los de It. Para quienes han crecido escuchando relatos religiosos o historias sobre posesiones, los acontecimientos de la película pueden parecer más próximos a sus creencias y temores.
Esa cercanía emocional hace que lo sobrenatural resulte especialmente inquietante.
El interés también se alimenta de las preguntas sin respuesta que rodean, en el imaginario popular, las posesiones demoníacas y los exorcismos. Incluso hoy, décadas después del estreno, estos asuntos continúan asociados con el misterio y lo desconocido.
Muchas personas prefieren evitar el tema o responder con indiferencia. La película, en cambio, obliga al espectador a enfrentarse, dentro del universo de la ficción, a la posibilidad de una presencia demoníaca.
Lo pone en situación y en contexto.
A través de una representación convincente de la vida cotidiana, muestra cómo una supuesta posesión puede alterar radicalmente la existencia de una familia y de todas las personas implicadas.
Ese acercamiento es, precisamente, lo que provoca tanta incomodidad.
La inquietud que en su momento se manifestó en las salas de cine mediante desmayos, náuseas y otras reacciones físicas continúa encontrando nuevas formas de expresión entre los espectadores.
Por eso El exorcista sigue siendo una película recurrente durante Halloween: porque, a pesar del tiempo transcurrido, su manera de construir el miedo continúa siendo efectiva.
El terror como debe ser
En épocas de Halloween, y como gran aficionado al género de terror en todas sus presentaciones, las películas de este tipo siempre han tenido un espacio importante entre mis preferencias. Hay desde propuestas más superficiales, ideales para pasar una tarde, como las de Viernes 13, hasta otras más elaboradas, como la que nos ocupa hoy: El exorcista, de 1973, dirigida por William Friedkin.
Como aficionado al terror, he visto la transformación que ha experimentado el género hasta nuestros días. La verdad es que se nota cómo se adapta a la realidad de cada generación.
Ahora, el acceso a la información es casi instantáneo gracias a las redes sociales e internet. Por eso, los fenómenos inexplicables parecen generar un impacto diferente. Antes, alguien podía fingir —o no— un acontecimiento paranormal y su historia podía permanecer durante mucho tiempo en el imaginario colectivo.
Hoy, ese mismo relato puede ser examinado por cientos o miles de personas que intentan darle o restarle validez. Sin embargo, así como aparece, también puede perder rápidamente el interés del público, que pasa a consumir la siguiente novedad.
Ahora buena parte del terror parece depender de las tendencias: si algo relacionado con el género se vuelve viral, funciona porque está de moda, pero eso no necesariamente significa que vaya a conservar su vigencia.
Pienso que varias películas actuales, de este y otros géneros, dentro de cien años no serán consideradas clásicas o de culto de la misma manera en que hoy tratamos muchas obras del siglo XX.
Con ese enfoque y, digamos, con algo de anhelo o nostalgia, me propuse revisar El exorcista.
La había visto tiempo atrás, pero regresar a ella fue el soplo de aire fresco que buscaba.
Es una película que no necesita ser explícita en todos sus aspectos para contar su historia con detalle, porque permite que el espectador complete los espacios que quedan abiertos.
Así funcionaba buena parte del cine clásico: había momentos de silencio, tensión y construcción del contexto.
Digo que es un soplo de aire fresco porque es una película que sabe lo que es. Y lo interesante es que el miedo se siente real.
Es cierto que algunos efectos especiales y ciertos elementos del maquillaje pueden haber envejecido mejor o peor, dependiendo de cada espectador. Aun así, la película retrata de manera convincente cómo una familia aparentemente normal se enfrenta a lo desconocido.
Ese elemento tiene una presencia muy poderosa ante la cámara y es lo que más me interesa.
Sin necesidad de explicarlo todo, la película consigue generar un terror directo.
En cambio, considero que algunas propuestas actuales, al no contar con una base narrativa tan sólida, dependen principalmente de un concepto llamativo. Es un terror conceptual, como sentir miedo ante una habitación vacía y amarilla o ante personajes de caricaturas transformados en asesinos propios del slasher.
Para quien no la conozca, la historia es sencilla.
Chris MacNeil es una actriz que vive con su hija Regan, de doce años, en una casa de Georgetown. Poco a poco, la niña comienza a cambiar. Primero aparecen ruidos en el ático; después, comportamientos extraños y, finalmente, acontecimientos que parecen escapar a cualquier explicación.
En paralelo conocemos al padre Karras, un sacerdote y psiquiatra que atraviesa una crisis de fe y carga con sentimientos de culpa relacionados con su madre.
Más adelante adquiere importancia el padre Merrin, a quien vemos al comienzo de la película durante una excavación arqueológica en Irak, en una secuencia que anticipa parte de lo que vendrá.
Cuando estas historias se cruzan, la película ya nos tiene completamente atrapados.
Algo que me parece muy bien logrado es que la narración se toma su tiempo.
Gran parte de la primera mitad no depende de manifestaciones sobrenaturales evidentes. Lo que vemos es a una madre llevando a su hija de médico en médico, sometiéndola a exámenes, punciones y radiografías, sin que nadie consiga darle una respuesta satisfactoria.
Esas escenas del hospital son, para mí, algunas de las más incómodas de toda la película, precisamente porque resultan reales.
Cualquiera que haya tenido a un familiar enfermo conoce la impotencia de no saber qué está ocurriendo.
Ahí está la clave: cuando finalmente aparece lo paranormal, ya creemos en esa familia, nos importa lo que le sucede a la niña y hemos acompañado el agotamiento de las explicaciones médicas.
El exorcismo se convierte en la última opción dentro de la historia, no simplemente en un recurso para provocar sustos.
También está el sonido, que realiza buena parte del trabajo.
No es una película que dependa de sobresaltos cada cinco minutos. Utiliza el silencio, los ruidos de la casa, la voz distorsionada de Regan y ese tema musical tan reconocido, Tubular Bells, de Mike Oldfield, cuya melodía parece casi inocente y, precisamente por eso, puede resultar escalofriante.
No es casualidad que la película ganara el Óscar al mejor sonido, además del correspondiente al mejor guion adaptado.
William Peter Blatty adaptó su propia novela, publicada en 1971. La película recibió diez nominaciones a los premios Óscar, incluida la de mejor película, un reconocimiento especialmente significativo para una producción de terror en aquella época.
Eso dice mucho de la manera en que fue recibida.
No se trataba únicamente de una película de sustos, sino de una obra cinematográfica tomada en serio por buena parte de la industria.
Y eso es justamente lo que, a mi juicio, le falta a mucho del terror actual: tomarse en serio a sí mismo.
El exorcista no le pide permiso al espectador ni le hace guiños constantes. No necesita introducir chistes para aliviar la tensión ni personajes que están allí únicamente para morir.
Cada personaje tiene un peso dentro de la historia.
Chris es una madre desesperada, no una víctima construida a partir de un estereotipo. Karras es un hombre emocionalmente quebrado que debe reencontrarse con sus creencias para intentar salvar a otra persona.
Y el final, sin revelar demasiado, contiene un sacrificio que da sentido a todo su recorrido.
Por eso, cuando uno termina de verla, no se queda solamente con el susto, sino con una sensación más profunda, más pesada y más humana.
Al revisitarla, fue muy grato volver a experimentar ese terror que parece traspasar la pantalla y comprobar que la propia obra es capaz de explicarse por sí misma.
Recomiendo verla, ojalá de noche y a oscuras, para disfrutar con mayor intensidad la experiencia, como considero que deberían verse muchas películas de terror.
Hay que dejarse llevar por una trama que no es solamente terror por terror.
También aborda el arrepentimiento, la soledad y la pérdida de la fe. Son temas que se desarrollan sin depender exclusivamente de un concepto llamativo.
Los personajes sienten, sufren y se enfrentan a un terror desconocido dentro de un entorno reconocible y palpable.
Y eso, más de cincuenta años después, mantiene a El exorcista más vigente, para mí, que muchas películas estrenadas apenas el año pasado.
AUTORES
CARLOS FORERO (COLOMBIA)
Productor de Cine y Televisión
JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
Escritor – Columnista
© DERECHOS RESERVADOS AUTORES
Dos miradas, una película que sigue provocando miedo
Más de cinco décadas después de su estreno, El exorcista conserva un lugar singular en la historia del cine.
Mientras una mirada examina la construcción de su leyenda y el impacto cultural que acompañó su llegada a las salas, la otra encuentra en sus personajes, sus silencios y su estructura narrativa las razones de una vigencia que parece resistir el paso del tiempo.
Ambas perspectivas coinciden en un punto esencial: el terror cinematográfico no depende únicamente de lo que aparece en pantalla, sino también de aquello que el espectador imagina, teme o reconoce en su propia experiencia.
En esta tercera entrega, Plano y Contraplano invita a redescubrir una película que continúa alimentando discusiones sobre el miedo, la fe, el lenguaje cinematográfico y la capacidad del cine para transformar una historia en un mito.
Y tú, ¿consideras que El exorcista sigue siendo una de las películas más aterradoras de la historia o crees que el cine contemporáneo ha conseguido superar su legado?
— Redacción de Escritores Rebeldes

Julián David Rincón Rivera, segundo de dos hijos, nacido en Bogotá, Colombia el 7 de abril de 1994. Profesional de Cultura Física, Deporte y Recreación.
Lector apasionado, escritor por elección, músico por diversión.
Cuenta con tres publicaciones antológicas con la editorial ITA, además de dos publicaciones en proceso, también de carácter antológico, con factor literario y la editorial mítico.
Con varias publicaciones en revistas de américa latina, encuentra en la escritura el mejor sustento para su vida.
Instagram: @relatero_literal
