Hay películas que terminan cuando aparecen los créditos finales. Otras, en cambio, permanecen durante décadas en la memoria colectiva, alimentando preguntas, controversias y temores que parecen resistirse al paso del tiempo.
El exorcista (1973), dirigida por William Friedkin y basada en la novela de William Peter Blatty, pertenece a esta segunda categoría. Considerada una de las obras más influyentes del cine de terror, su historia trasciende la pantalla y nos conduce hacia un territorio donde las creencias religiosas, los testimonios históricos y la imaginación cinematográfica se entrecruzan.
Pero ¿qué ocurrió realmente detrás de la historia que inspiró la película? ¿Hasta dónde llegan los hechos documentados y dónde comienza la construcción del mito?
En Escritores Rebeldes, nuestra sección Plano y Contraplano presenta una serie especial de tres entregas que se publicarán durante los sábados restantes de octubre. A través de ellas, el escritor y columnista colombiano Julián David Rincón Rivera nos invita a recorrer los antecedentes, las circunstancias y las controversias que rodean una de las historias más inquietantes del séptimo arte.
En esta primera entrega, titulada «¿Una posesión inventada?», el autor se adentra en el caso ocurrido en Estados Unidos en 1949, cuya difusión contribuyó a inspirar la novela de Blatty. Entre testimonios religiosos, relatos de sucesos inexplicables e interpretaciones escépticas, la columna examina las distintas versiones de una historia que terminó convirtiéndose en un fenómeno cultural.
Una invitación a mirar más allá del miedo, cuestionar las certezas y descubrir cómo una experiencia controvertida puede transformarse en literatura y, posteriormente, en una película inolvidable.
Porque en el cine, como en la vida, no siempre existe una única versión de los hechos.
¿Crees que el verdadero terror nace de lo sobrenatural o de aquello que todavía no conseguimos explicar?
PLANO Y CONTRAPLANO
El Exorcista: Entre El Miedo, La Realidad y La Ficción
«¿Una posesión inventada?» (Primera Entrega)
Julián David Rincón Rivera (Colombia)
Correo electrónico: rinconriverajulian@gmail.com

Hablar del exorcista es referir muchas cosas más allá de la película en sí misma. Comenzado por la historia que inspiró la novela a partir de la cual la película fue producida. Pasando por la producción, que es toda una historia en sí misma.
Si hablo exclusivamente de la película, me quedo corto. No tenía la intención de ir más allá de la mera opinión después de ver la película. Sin embargo, investigaciones posteriores demostraron que el caso del exorcista va mucho más allá. Sin buscarlo, me estaba involucrando en algo lo suficientemente grande como para pretender abarcarlo en una sola columna, de una sola sentada, en una sola reflexión. Eso me gustó, por ello, he decidido dividir esta experiencia en tres partes. Podríamos llamarlo “la pequeña saga del exorcista”. Perfecta ambientación para este octubre pasado por lluvia, frío y mucha resignación.
Parte 1. ¿Una posesión inventada?
Mientras William Peter Blatty cursa estudios de Literatura inglesa en la universidad de Georgetown gracias a una beca, encuentra una publicación en The Washington Post que le llama poderosamente la atención: “Un sacerdote informa que un niño es poseído por el diablo”. Reza el título del artículo, publicado por un tal Bill Brinkley. Es el 20 agosto del año 1949.
Blatty compra el diario, lo guarda debajo del brazo y se dirige a la biblioteca del recinto universitario. Allí, se sienta en una de las mesas reservadas para el cuerpo estudiantil. Saca el diario y lo lee. El artículo refiere el caso de Roland Doe (seudónimo), un niño de 14 años que vive en un pequeño sector de Maryland, Estados Unidos. Según parece, el niño ha caído víctima de una posesión demoníaca. El artículo cita el testimonio de un sacerdote que, presuntamente, ha aplicado un ritual de exorcismo al niño. Además de ciertos detalles y referencias del ritual, no se habla mucho más del caso. Blatty, con la ayuda de unas tijeras que pide prestadas al bibliotecario, corta el artículo. Lo dobla y lo guarda en su agenda de apuntes. Esa tarde, después de clases, regresa a la biblioteca. Saca el artículo que había guardado. Lo vuelve a leer. Anota nombres, fechas, lugares y algunos otros datos en su agenda. Con todo ello, se pone a investigar.
Roland es el hijo único de Edwin Hunkeler y Odell Coppage. Una familia luterana que vive en un pequeño suburbio de Maryland, Estados Unidos. De mamá y papá no se sabe mucho, solo que este último tiene una hermana, la tía Tillie, como le llaman cariñosamente. A mamá no le agrada mucho la tía Tillie, ya que le ha estado contando historias de fantasmas, demonios y espíritus a Roland.
—Algo inapropiado para un niño de su edad —dice mamá.
—Es eso, o que se quede solo en casa —replica papá.
Roland se viene quejando de ciertos “malestares” que le impiden asistir al colegio. Mamá y papá sospechan que son simples artificios del pequeño para eludir las clases. La realidad es que a Roland no le gusta mucho el colegio. No tiene amigos, es un niño solitario. Ante los hechos, es la tía Tillie la que se queda en casa con Roland. Ella lo quiere, y él la quiere a ella. Esa es la única complacencia que convence a mamá.
Tía Tillie tiene una habilidad inigualable para contar historias. De la misma forma, Roland está en esa edad donde es fácil dejarse cautivar por el misterio y la imaginación. Los dos se entienden a la perfección. Cierto día, tía Tillie llega con un juego nuevo. Es un tablero con el abecedario completo en el centro, los números del uno al cero más abajo, las palabras “si” y “no” a los costados, y la oración “Good Bye” abajo. Se llama “Ouija”. Parece un juego de mesa. Tía Tillie se cerciora de que mamá y papá ya se han ido para mostrarle el juego a Roland. Explica al chico que con él pueden comunicarse con personas de otros lugares.
—¿De otros países y continentes?
—Mejor aún. Lugares desconocidos para nosotros.
—¿Se juega con dados o algo así?
—No. Con esto.
Saca un triángulo de plástico que tiene una especie de lupa en uno de sus extremos. Tía Tillie coloca la tabla sobre una mesa de la sala. Ambos se sientan en el piso, cada uno a un lado de la mesa. Tía Tillie le indica al chico que, para empezar el juego, ambos deben colocar sus dedos sobre el triángulo. Cuando están en disposición, Tía Tillie dice unas palabras en un idioma desconocido para Roland. Entre fascinado y sorprendido, Roland escucha con atención las palabras.
—De acuerdo —dice Tía Tillie después de la introducción—. Ahora, puedes preguntar lo que quieras.
A Roland le fascina el juego. Cada que Tía Tillie lo visita, lleva la tabla con ella y juegan juntos. Así pasan la mayor parte del tiempo, preguntando a personas del otro mundo secretos y curiosidades.
A mediados de enero de 1949, se escucha una especie de goteo en una habitación de la casa. El ruido no dura mucho, sin embargo, inmediatamente después de cesar el goteo, una imagen de un Cristo colgada en una pared se sacude de una manera muy particular, como si alguien estuviera golpeando la pared detrás de ella. En las horas de la noche, se escucha un rasguño debajo de las tablas del suelo en el cuarto de Roland. Aunque los ruidos y sucesos son algo fuera de lo común en la casa, no logran alterar la armonía del hogar. La noche siguiente los rasguños se vuelven a presentar, y la siguiente, y la siguiente. Mamá y papá piensan que se trata de un roedor o algún animal que se mueve debajo de la madera. Después de unas semanas, el ruido desaparece.
El 26 de enero de 1949, Mathilda Louise “Tillie” Hunkeler Hendricks muere a la edad de 54 años, de manera sorpresiva y repentina. Su familia, amigos y conocidos la lloran y duelen. Uno de los que más la sufren es Roland.
Después de la muerte de Tía Tillie, los sonidos vuelven a la casa. En esta ocasión, al cuarto del niño. El rasguño evoluciona a unos pasos andando por el cuarto, en especial en horas de la noche, cuando el niño va a la cama a descansar. Los sonidos continúan noche tras noche, acompañados, de manera progresiva, por movimientos bruscos e inexplicables del mobiliario del cuarto del niño. Además, se escuchan tres golpes claros, seguidos y secos cada vez que se menciona el nombre de la difunta Tía Tillie. A partir de este hecho, mamá descubre que la Tía Tillie no solo había llevado e implementado la tabla Ouija en casa, sino que, además, había enseñado a su hijo Roland a utilizarla. Es así como se descubre que el niño, afectado por la repentina muerte de su tía, ha venido utilizando la tabla Ouija con el propósito de entrar en contacto con ella, en un intento de recuperar el contacto con la única persona con la cual ha sentido un aprecia real y sincero.
Los sucesos continúan noche tras noche, de manera cada vez más intensa y repetitiva.
Cansados y preocupados, la familia acude al pastor luterano Luther Miles Schulze, quien es el guía espiritual de la familia. Si bien el pastor Schulze se muestra algo escéptico en un principio, su interés por la parapsicología lo lleva a estudiar con mayor atención el caso. Dadas las descripciones de los sucesos por la familia, al pastor se le ocurre que es buena idea convidar al niño a pasar una noche en su propia casa para presenciar de primera mano los sucesos. Así se hace y tal parece eso es exactamente lo que ocurre. Después de aquella noche, Schulze afirma haber experimentado golpes y rasguños en las paredes, movimientos en la cama donde dormía el niño y las sacudidas de un sillón. Esta experiencia lo convence de que algo extraño e inexplicable ocurre con el niño. Schulze se comunica con el botánico Joseph Banks Rhine (quien, años después, establece la parapsicología como una rama de la psicología), a quién le comparte su experiencia a la vez que le pide consejo. Aunque Rhine estudia el caso con detenimiento, se muestra escéptico. Sin respuestas ni aclaraciones, Schulze aconseja a los padres del niño consultar a un sacerdote católico.
—Ellos saben de esas cosas —dicen que dijo.
(Tiempo después, Schulze habla sobre este caso en una reunión privada de la sociedad de parapsicología en Washington D.C. De una u otra forma, este testimonio se filtra, llegando a la prensa. Este es el testimonio que aparece en The Washington Post el 20 de agosto de 1949, en forma de artículo. Artículo que William Peter Blatty lee en su momento).
Llegan con el padre Edward Albert Hughes, quien visita a la familia y al niño. Tras una rápida inspección, este les deja una botella de agua bendita y una serie de velas para lidiar con las molestias del pequeño. Desde aquel entonces, las cosas empeoran. El niño empieza a usar la violencia y un lenguaje soez. Los movimientos y ruidos van en aumento, además de que empiezan a presentarse las primeras marcas y rasguños en el cuerpo del niño. El padre Hughes sabe que algo malo ocurre. Por esta razón, pide el permiso correspondiente al arzobispo de Washington para practicar ejercicios exorcistas en el niño, permiso que es concedido. Estos primeros exorcismos se realizan en el Hospital Universitario de Georgetown. Durante una de estas sesiones, el niño, desatando una de sus manos de las ataduras, toma un resorte suelto de la cama y la usa para infligir una profunda cortadura en el brazo del sacerdote. Después de este acontecimiento, el sacerdote se desentiende del asunto. La familia, mientras tanto, sigue lidiando con las difíciles circunstancias que van cada vez más en aumento, en especial las marcas y heridas en el cuerpo del niño.
Según se cuenta en algunos registros y reportes, una de aquellas marcas se presenta en forma de palabra. “LOUIS”, se lee en el cuerpo del niño. La madre, que desde hace algunos meses piensa en un cambio de aires, interpreta este acontecimiento como algo más que una simple señal. De esta forma, la familia se traslada de Maryland a San Luis, con la ilusión de que todos los malestares y circunstancias que acometen al niño se queden en su antigua residencia. En un principio, la familia se hospeda en casa de unos parientes. Los malestares y experiencias inexplicables han seguido al niño hasta San Luis. Uno de los primos de Roland, quien en aquel entonces cursa estudios en la Universidad católica de San Luis, pone en contexto de la situación de su pequeño primo a uno de sus profesores con la esperanza de encontrar ayuda o consejo. El sacerdote Raymond J. Bishop. Este, al escuchar el testimonio de su estudiante, se pone inmediatamente en contacto con un colega suyo, el también sacerdote y miembro de la Iglesia Universitaria William S. Bowdern. Los dos sacerdotes se ponen de acuerdo en que es necesario visitar a Roland para evidenciar y confirmar lo mencionado por el estudiante. Allí, no solo confirman lo que el estudiante menciona, sino que el caso de Roland es más grave de lo que parece. Bowdern no lo duda dos veces. Solicita autorización al arzobispo Joseph Ritter de practicar un ritual exorcista sobre el menor. El permiso es concedido. El arzobispo asigna al mismo Bowdern para liderar el ritual. Del mismo modo, exige que se lleve un registro, en forma de bitácora, del ritual, su seguimiento y sus consecuencias.
—Esto con el fin de preservar una evidencia del ritual.
Exige, de igual forma, mantener en anonimato los nombres e identidades de los implicados, con el fin de preservar y asegurar su privacidad, además de unas cuestiones legales menores. Bowdern confirma a Bishop para hacer parte del ritual (quién, además, llevará el registro, en forma de diario, del exorcismo. Este documento es el que William Peter Blatty utiliza para escribir su novela y por el cual el exorcismo se hace mundialmente conocido).
El ritual lleva más tiempo de lo estimado. Se calcula que se practican alrededor de 20 a 30 sesiones largas, duras y extenuantes. Dada la complejidad del caso, Bowdern solicita la presencia y asistencia de otro sacerdote a las sesiones, Walter Halloran, quien se encargará de sujetar al niño durante las sesiones. Según los registros de Bishop, Roland le rompe la nariz a Halloran en una de las sesiones.
Los registros sugieren que el patrón de comportamiento del niño radica en una actividad normal y cotidiana durante el día. En la noche, después de colocarse su pijama e irse a la cama, el niño entra en trance, empieza a gritar y experimentar un comportamiento “salvaje”. En la mañana, el niño no recuerda lo ocurrido la noche anterior.
Los sacerdotes confirman que el espíritu que invade al niño no es el diablo en sí mismo, cómo según se creía, sino el de su difunta tía.
A medida que pasan los días, las sesiones son cada vez más difíciles, incontrolables y complejas. Los sacerdotes agotan sus recursos y esperanzas, a la vez que el estado anímico y físico del niño empieza a preocupar a todos los implicados. Los sacerdotes, ante la difícil situación, solicitan a los padres enseñar el catolicismo al niño, con el fin de convertirlo para facilitar, en cierto grado, la batalla contra el ente demoníaco. De esta forma, el niño realiza su primera comunión. Sin embargo, esto empeora con creces la violencia de las sesiones.
Finalmente, llega el lunes 18 de abril de 1949, el día después del domingo de pascuas. Este día se conoce como el final del exorcismo.
Según la documentación, mientras se realizan los rituales, alrededor de las once de la noche una voz extraña y profunda, proveniente del niño, interrumpe las oraciones. Esta voz afirma ser el arcángel San Miguel. Tras la presentación, hace las siguientes declaraciones (cita textual):
—¡Satanás! ¡Satanás! Soy San Miguel, y te ordeno, Satanás, y a los demás espíritus malignos, que abandonéis este cuerpo en el nombre del Señor, inmediatamente. ¡Ahora! ¡Ahora!
Los datos más explícitos y detallados de los exorcismos los ofrece el diario escrito por el sacerdote Raymond J. Bishop. Este fue el documento que Blatty usó como referencia para escribir su propia novela llamada El exorcista, publicada el 5 de mayo de 1971. Novela que fue adaptada dos años después al cine, dirigida por William Friedkin. Esta novela no es reflejo fidedigno de lo que fue el caso de Roland. Blatty agregó diversas modificaciones que alteran los hechos, como el hecho de que el protagonismo pasa de un niño a una niña.
Para cuando la película fue estrenada, los verdaderos nombres de los implicados estaban ocultos bajo el anonimato. Pasaron muchos años para que se descubriera la identidad de todos ellos.
Roland y su familia dejaron San Luis algunos días después de concluido el exorcismo con el propósito de llevar una vida normal. Se sabe que Roland se casó en 1970, tuvo hijos, estudió y se graduó con honores como ingeniero. Incluso, llegó a trabajar en la Nasa. Después del suceso de 1949, nunca más volvió a experimentar algo parecido. O eso se dice. Finalmente, murió el 10 de mayo de 2020, a la edad de 85 años.
Con el descubrimiento de esta información, más cosas relacionadas con el exorcismo se fueron revelando. Algunos curiosos investigadores lograron encontrar incongruencias en datos, referencias y testimonios que, de una u otra forma, desacreditan la veracidad de los hechos. De hecho, algunas personas afirman que lo ocurrido en 1949 no se trata, en lo absoluto, de un caso de posesión demoníaca. Justifican el accionar del niño como un fuerte brote psicótico con elementos de auto aflicción. Como sustento, está el curioso hecho, apoyado por el diario escrito por el sacerdote, de que varias de las marcas presentadas en el niño sugerían la ausencia al colegio. Además, muchos afirman que las lesiones se ubicaban en partes del cuerpo accesibles para el mismo niño. De igual forma, algunos testimonios de uno de los sacerdotes implicados ponen en tela de juicio la presunta “presencia de un ente maligno” en el niño. Aunque no lo niega rotundamente, tampoco es capaz de asegurarlo. Nunca encontró que la voz del niño cambiara a sonidos extraños o diabólicos. Las palabras en latín que presuntamente decía no eran más que réplicas de las mismas palabras que los sacerdotes empleaban en sus oraciones. Las lesiones eran autoinfligidas y sus comportamientos violentos no parecían más que meros berrinches para llamar la atención o faltar a clases. De igual forma, duda de la veracidad del accidente del padre Hughes, ya que no existe evidencia que demuestre un verdadero corte en el brazo del párroco.
Al igual que estos datos, en internet se encuentran muchos testimonios que desmienten el presunto exorcismo. Si bien los datos y los registros demuestran que los rituales de exorcismos se hicieron y ejecutaron, no hablan concretamente de la presencia de un ente demoníaco. Tal parece, cada quien determina y define lo que quiere ver. Así lo explica Thomas Benton Allen, un escritor independiente que investigó el caso y dejó más dudas que confirmaciones. Según Allen, este caso, para los psiquiatras, es un claro caso de enfermedad mental. Para los sacerdotes, un caso de posesión demoníaca. Para escritores y productores de cine, una historia “real” que tiene el potencial de ser un éxito de ventas.
JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
Escritor – Columnista
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Julián David Rincón Rivera, segundo de dos hijos, nacido en Bogotá, Colombia el 7 de abril de 1994. Profesional de Cultura Física, Deporte y Recreación.
Lector apasionado, escritor por elección, músico por diversión.
Cuenta con tres publicaciones antológicas con la editorial ITA, además de dos publicaciones en proceso, también de carácter antológico, con factor literario y la editorial mítico.
Con varias publicaciones en revistas de américa latina, encuentra en la escritura el mejor sustento para su vida.
Instagram: @relatero_literal
