¿Qué queda de la humanidad cuando sobrevivir se convierte en el único propósito de la existencia? ¿Cuánto vale una voz cuando el silencio parece ser la única garantía de seguir con vida?
En esta nueva entrega de Voces Rebeldes, el escritor chileno Francisco Araya Pizarro nos conduce a un mundo devastado, donde la civilización ha quedado reducida a pequeños grupos de sobrevivientes y unas enigmáticas entidades, conocidas como los Vigías, recorren territorios desolados, manteniendo a los pocos seres humanos que quedan bajo la amenaza constante de desaparecer.
En medio de este paisaje apocalíptico conocemos a Amalia Neira, una mujer que todavía conserva recuerdos de la vida anterior a la catástrofe, y a Nico, un niño de doce años que ha crecido entre el miedo, la escasez y las ruinas. Ambos forman parte de una comunidad de apenas 37 personas que lucha por conservar algo más que la existencia: su memoria, sus afectos y la posibilidad de un futuro.
Pero «Aquí Quedan Los 37» trasciende los límites de la ciencia ficción y del relato de supervivencia. Bajo la amenaza de los Vigías, el autor construye una reflexión sobre el miedo, la pérdida, la solidaridad y esa necesidad profundamente humana de encontrar a otros, incluso cuando hacerlo representa un peligro.
La narración alcanza su mayor intensidad cuando una señal de radio interrumpe años de aislamiento y plantea una decisión que podría cambiar el destino de toda la comunidad: permanecer ocultos o arriesgarlo todo para demostrar que todavía están vivos.
Con una prosa contenida, descripciones inquietantes y una tensión narrativa que crece hasta sus últimas líneas, Francisco Araya Pizarro nos recuerda que la resistencia no siempre comienza con las armas. A veces nace de un gesto tan sencillo y extraordinario como responder a una voz desconocida.
Porque mientras exista alguien dispuesto a escuchar, recordar y tender la mano, la humanidad conservará una oportunidad de sobrevivir.
Desde Escritores Rebeldes invitamos a nuestros lectores a descubrir este relato, donde el silencio protege la vida, pero la palabra puede devolverle su sentido.
¿Arriesgarías tu seguridad para comunicarte con otros sobrevivientes si existiera la posibilidad de que fuera una trampa?
AQUÍ QUEDAN LOS 37
Hay cosas que uno deja de contar. Los años, por ejemplo. Yo dejé de contarlos cuando el cuaderno donde hacía las rayitas se me mojó en la crecida del río seco y ya no quise empezar otro. Calculo que han pasado 14, quizá 15, desde el día en que el cielo se partió. Tengo 41. Soy Amalia Neira y, según el último censo que alguien se tomó el trabajo de hacer, una de las 4000 personas que quedan en esta mitad del continente. Hace tiempo eran millones. Lo sé porque me acuerdo de la plaza de Antofagasta, un sábado de verano, con los niños corriendo entre las palomas y un hombre que vendía helados de piña. No me acuerdo de su cara, pero sí del carrito, azul, con una campanita que sonaba al empujarlo.
Ahora lo que suena es otra cosa.
El sonido de los Vigías, un tono bajo, parejo, que uno siente más en los dientes que en los oídos, y que llega unos segundos antes de que aparezcan. Los primeros años creí que era mi imaginación. Después supe que los niños nacidos después de la caída lo oyen desde más lejos que los adultos, como los perros. Nico lo oye a medio kilómetro.
Tiene 12 años. Lo encontré en una bodega de Calama, agarrado a una lata de duraznos vacía, tan flaco que se le veían las costillas por debajo de una polera de fútbol que le quedaba enorme. No me dijo su nombre hasta la tercera semana. Desde entonces camina a mi lado, un paso atrás, siempre.
Esa mañana, en el borde del salar, se detuvo en seco.
—“Vienen” —susurró.
Yo no oía nada. Tardé unos segundos. Luego me llegó la vibración en las muelas, ese tono bajo, y le tiré del brazo hacia una grieta del terreno, entre dos placas de sal seca donde cabía un cuerpo acostado.
Los vimos pasar desde el suelo, con la mejilla pegada a la costra blanca. Eran cinco. Altos, más que cualquier persona, de un gris que no reflejaba nada, con las cabezas lisas y sin rostro, como piedras de río pulidas por siglos. Caminaban en fila, sin apuro, con ese paso largo y deliberado que tienen. Arriba, a unos 20 metros del suelo, los acompañaban los ojos: esferas pequeñas, negras, que giraban despacio y que miraban para todos lados a la vez.
A las Rondas las llamamos así, no había mejor palabra. Recorren el territorio sin objetivo aparente, sin urgencia. No disparan a todo lo que se mueve; eso lo aprendimos de la peor manera. Observan. Anotan. Y de vez en cuando, sin patrón que nadie haya descubierto, se detienen frente a un lugar y lo dejan en blanco. Un pueblo, de una vez, en una sola tarde. Lo vi desde un cerro. No sonó ni una explosión. Las casas simplemente fueron borradas, con la misma facilidad con que se borra una anotación en una pizarra. Esperé hasta que la vibración se perdió hacia el sur. Después esperé 20 minutos más, contando despacio, porque a veces uno de los ojos se queda atrás.
La farmacia de Ollagüe todavía existía. Era un pequeño milagro, de esos que una descubre cuando ya no los esperaba: un local de esquina con el letrero medio caído y las vitrinas rotas, escondido detrás de un camión volcado que servía de pantalla. Entramos por la ventana trasera, con la linterna apagada, tanteando. Buscaba antibióticos. Siempre busco antibióticos, la moneda más valiosa que queda. En el pueblo donde vivimos, un puñado de casas pegadas a un manantial, había una mujer embarazada con una infección que no cedía, y un viejo con la pierna hinchada, y Nico, que desde hacía semanas tosía de una manera que yo conocía demasiado bien. Encontré tres cajas. Dos vencidas hacía años, una que podía servir. Las metí en la mochila y seguí buscando, revolviendo estantes. Detrás del mostrador había un esqueleto sentado en un sillón, con una bata blanca que se le había vuelto ceniza. En una mano tenía todavía una libreta de recetas. Le saqué la libreta sin pensarlo. Me avergüenza decirlo, pero la quería para escribir.
—“Amalia” —dijo Nico desde la puerta.
Algo en su voz me hizo darme vuelta de golpe.
Estaba tosiendo. Esa tos corta, seca, que se aguanta con la boca cerrada y que sale igual, un ladrido que rebota en las paredes vacías. No hubo nada que hacer. Lo supe en cuanto el sonido dejó de rebotar. En el silencio apareció, bajito, ese tono que se mete en los dientes, y supe que el muchacho lo había notado antes que yo y que por eso me había avisado con la voz rota. Lo agarré del brazo y lo arrastré hacia el fondo. Había una escalera de servicio, una puerta de metal y, detrás, el subsuelo, un cuarto sin ventanas con estantes llenos de cajas selladas. Cerré detrás de nosotros con una barra de fierro que encontré en el suelo. Nos acurrucamos entre dos estantes, uno pegado al otro, y yo le tapé la boca con la palma de la mano. Fue la media hora más larga de mi vida.
Escuché las pisadas de las Rondas sobre el techo. Lentas. Pausadas. Una, dos, tres. Se detenían, esperaban, volvían a avanzar. Nico temblaba contra mi pecho, y yo sentía en la palma el calor húmedo de su respiración, el esfuerzo de no toser, de aguantar la garganta, de hacerse pequeño.
—“Aguanta” —le susurré al oído, sin sonido, solo con el aire—. “Aguanta, mi amor. Ya falta poco”. No era verdad. Pero uno dice esas cosas.
Cuando por fin se fueron, tardé un rato en poder soltarlo. Tenía las uñas clavadas en su hombro. Nico, con los ojos enormes, me miró en la penumbra y no dijo nada. Luego, muy despacio, apoyó la frente contra mi clavícula, y así nos quedamos, sin hablar, hasta que la noche entró por las rendijas.
Caminamos ocho horas de regreso. No hablamos casi. De vez en cuando Nico tosía contra el codo y yo le pasaba la cantimplora. Se la tomaba toda y me miraba con esa seriedad suya de viejo en cuerpo de niño. En algún punto, hacia el amanecer, me dijo en voz muy baja:
—“¿Te acuerdas de cuando había gente?”.
—“Me acuerdo” —le dije.
—“¿Era mucha?”.
—“Mucha”. —Pensé un momento—. “Tanta que uno no se daba cuenta de que estaba rodeado”.
El pueblo se llamaba “Santa Clara”, aunque nadie ha vuelto a mencionarlo con ese nombre. Son 12 casas, un manantial, una iglesia sin techo y un galpón donde se guarda lo que se puede guardar. Somos 37. Hace 10 años éramos 60. Las Rondas se llevaron a algunos, la sed a otros, y el invierno pasado una neumonía que no supimos tratar a seis más. Los enterramos detrás de la iglesia, en filas cortas, con piedras encima y sin nombres, porque no era seguro dejar nombres.
Hilario nos recibió en el galpón, con su bastón y su chaleco de pescador. Es el más viejo de nosotros, 65 años, ex radioaficionado de Copiapó y, a su manera, lo más parecido que tenemos a una memoria colectiva. Guarda un aparato de radio de onda corta en un rincón, tapado con una frazada, que no enciende nunca. O casi nunca.
—“Trajiste los remedios” —dijo, más a Nico que a mí.
—“Una caja buena. Dos vencidas”.
—“Con eso se hace lo que se puede”.
Le pasé las pastillas. Nico se fue con la mujer que cuidaba a los enfermos, arrastrando los pies. Yo me quedé en la puerta del galpón, mirando el atardecer, con la libreta de recetas en el bolsillo y las manos todavía pasadas de sal.
Hilario me observó un buen rato.
—“Tienes cara de haber visto algo” —dijo.
—“Vi cinco. Pasaron a diez metros”.
—“Eso es lo normal ya” —respondió, con un suspiro—. “Antes uno se asustaba de ver uno solo”.
Habíamos sido más, claro. Eso lo sé porque lo viví. Al principio hubo resistencia de verdad, grupos armados, científicos, ejércitos que no sirvieron de nada, pero que al menos existieron. Después vinieron los años de las columnas en la cordillera y los túneles bajo las minas y esa organización a la que le pusimos los Faroles, las historias que se contaban de que alguien, en alguna parte, mantenía una luz encendida para guiar a los que huían.
Con los años, los Faroles se fueron apagando. A veces por las Rondas, a veces porque la gente se cansa, y cansarse es otra forma de ser derrotado. Ahora, cuando alguien los menciona, lo hace en voz baja y con un gesto de la mano, como quien nombra a un pariente muerto. Nadie quedó en pie para decir que son un recuerdo.
—“No queda nadie” —le dije a Hilario esa noche, sentados al lado de la fogata. No sé por qué lo dije—. “Ni uno solo. Nos olvidamos de lo que era pelear”.
—“No nos olvidamos” —dijo él—. “Nos quedamos sin gasolina. Que no es lo mismo”.
Soñé con el heladero de la plaza, con su carrito azul y su campanita, y desperté con ganas de llorar sin saber por qué. Era de madrugada. Afuera, el viento arrastraba arena contra las paredes de adobe, y en el galpón se oía un sonido que no reconocí al principio. Un crujido. Una estática. Me levanté descalza y fui hasta la puerta del galpón. Hilario estaba de espaldas, encorvado sobre el aparato, con la frazada en el suelo y los audífonos pegados a las orejas. Tenía la mano en el dial. Se la veía temblar.
—“Hilario” —murmuró.
No se volvió. Me hizo un gesto con la otra mano, pidiendo silencio. Después, despacio, se sacó los audífonos y los puso sobre la mesa, y la estática llenó el cuarto con una voz entrecortada, tenue, deformada por mil kilómetros de aire, que decía una sola frase una y otra vez.
“¿Hay alguien?. Habla Puerto Aldaba. ¿Hay alguien ahí?”.
Era una voz de mujer. Joven, cansada. No sabía si era real, si era un truco, si era una trampa de las que fabrican los Vigías para atraernos. Pero tenía un acento del sur, una forma particular de alargar las vocales, y se parecía tanto a la voz de mi hermana mayor cuando me llamaba a comer que sentí que algo adentro se me aflojaba.
—“No contesto desde hace seis años” —dijo Hilario, sin mirarme—. “Si transmito, nos triangulan. Los ojos escuchan todo. Una sola vez que se me pasó la mano, cayó una Ronda a dos días de acá. Murieron once personas. Once, Amalia. Me juré que nunca más”.
—“Lo sé”.
—“Entonces sabes por qué no”.
La voz siguió llamando, entrecortada. “¿Hay alguien?. ¿Alguien?” Y entre una repetición y otra se colaba el silencio de un mundo entero. Pensé en las filas de piedras detrás de la iglesia, tan sin nombre, tan sin nadie que las llorara.
—“Si no contestamos” —dije—, “¿para qué guardamos esto?”.
Hilario no respondió. Tenía los ojos húmedos. Me miró un largo rato, con esa expresión de quien lleva demasiado tiempo cargando una decisión que no era suya y descubre, de golpe, que otro la está queriendo tomar por él.
—“Puede ser una trampa” —dijo al fin.
—“Puede ser”—asentí.
—“Si es verdad, quizá haya otros”.
—“Quizá”.
—“Y si hay otros” —murmuró, casi sin voz—, quizá todavía quede algo”.
Me acerqué a la mesa. Tomé el micrófono, que estaba frío y pesado, y aspiré hondo. Afuera, el viento seguía contra el adobe. Muy lejos, hacia el este, empezó a oírse algo que ya conocía: un tono bajo, parejo, que se sentía más en los dientes que en los oídos.
Apreté el botón.
—“Aquí Santa Clara” —dije, y mi voz sonó más firme de lo que yo esperaba—. “Somos 37. Estamos vivos”.
AUTOR: FRANCISCO ARAYA PIZARRO (CHILE)
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Francisco Araya Pizarro. Nacido en 1977 en Santiago de Chile, Artista Digital, Diseñador Gráfico Web, Asesor en Marketing Digital y Community Manager para empresas privadas y ONGs asesoras de las Naciones Unidas, Crítico de Arte, Cine, Literatura, además de Investigador. Y Escritor de Ciencia Ficción, donde en su blog comparte sus relatos cortos en: www.tumblr.com/franciscoarayapizarro
