No le responden. Simplemente le dicen: “Venga con nosotros”, y lo halan del brazo. El detenido pregunta por qué y se resiste, grita que lo suelten, que no ha hecho nada.
—¡Que venga! Si no… —recalca uno de los dos hombres.
Una pistola se talla contra sus costillas. No tiene más opción que obedecer. Pero pregunta de nuevo por qué, con un dejo de temor en la voz. El otro hombre sonríe. El detenido ve a la chica, que no dice nada. Quiere saber quiénes son. Ellos son tres: dos hombres y una mujer. Uno de los hombres es flaco y el otro parece que ha dedicado un buen tiempo en el gimnasio. La mujer es más joven, su rostro le gusta: es de piel blanca y contrasta con el negro fuerte de su cabello, cortado a la altura de las orejas. Él se siente inclinado hacia ella, para hablarle y preguntarle por qué lo han detenido. Desea apelar al instinto compasivo que se supone tiene toda mujer, por tener el privilegio de cargar con una vida durante nueve meses. Y le pregunta, pero ella no le contesta; le grita y ella se detiene y le da un golpe en la cara.
Lo llevan a la estación de policía del metro. Un pequeño cuarto con un escritorio, una computadora y algunos croquis de las rutas de los trenes, en eso consiste. Atrás del escritorio hay un tapete largo, colgado desde el techo hasta el suelo. Es lo último que él puede ver del lugar.
La chica le ata un pedazo de tela a los ojos. Él siente miedo, el cuerpo le tiembla y una sensación de angustia y vacío recorre su estómago. Piensa en sus padres. Anhela que llamen a la policía cuando sientan la ausencia.
“¿Qué he hecho?”, se pregunta. Rebobina los recuerdos más inmediatos, pero no encuentra una falta grave. Va más hacia atrás, tampoco. Nunca en la vida ha cometido un delito por el cual se le detuviera o sufriera alguna persecución.
Trata de agudizar los sentidos que no tiene bloqueados, y pone atención a cualquier ruido que visita sus oídos. Sólo escucha los latidos del corazón golpeándole los tímpanos. Las pisadas coinciden con los latidos del pecho. Trata de percibir algo a través de los zapatos. Quiere sentir algo especial del suelo que pisa, para saber por dónde va. El suelo del pasillo es duro y húmedo, encharcado. El olor a humedad es penetrante. Le falla el equilibrio y casi se cae. Uno de los hombres lo apoya. Toca los muros, son de ladrillo. Está en un pasillo estrecho, eso puede intuir, porque sólo caben dos personas juntas. A su lado camina uno de los hombres, atrás el otro y la chica adelante.
—Por aquí —escucha sus voces.
Ellos hablan con monosílabos, como cuando se conversa algo muy privado por teléfono en la presencia de una persona ajena al asunto. Giran tres esquinas y se detienen. Él escucha que abren una puerta, y entran. Le quitan la venda de los ojos. El detenido se los soba antes de ver el cuarto en el que está. Es una habitación pintada de blanco, no hay nada más, todo es blanco. Trata de escapar, de rebelarse, de forcejear con los dos hombres, pero las fuerzas no son suficientes y lo someten con golpes en el estómago.
La chica lo mira. Le gustan los ojos de la chica y su rostro le atrae cada vez más. La ve como queriendo preguntarle por qué lo han traído hasta aquí. Intenta mover la boca para pronunciar palabra, pero algo lo distrae. Un grupo de personas entra en el cuarto, vestidas de un modo muy excéntrico. Mira los trajes, que son de diferentes épocas: uno de los presentes sostiene un mazo y viste como cavernícola; otro, con espada en mano, emula a un soldado griego; otro, muy a la romana, lleva una copa de vino en la mano y una túnica blanca de senador cubre su desnudez; otro, con una barbilla postiza en su mentón, luce en la cabeza un gorro egipcio, su porte semeja a un faraón egipcio; una mujer, con unos kilos de más, viste como campesina de la Edad Media; y otra, del Renacimiento; dos hombres llevan trajes del siglo XIX; y tres mujeres y un hombre exhiben ropas más cercanas a nuestros días. Ve a un hombre que sale del círculo que han formado. Es un anciano, de bata blanca, apoyado de un bastón y en la mano lleva una vasija de porcelana.
—¡Aquí está tu elegido! —grita la chica.
Él siente un empujón y cae de bruces en los brazos de dos de los presentes. Mira hacia la puerta por donde lo trajeron e intenta forcejear para escaparse.
—¡Amárrenlo —grita el anciano.
Lo atan y obligan a sentarse en una banca de madera cerca de las paredes.
—Sé quién eres —escucha la voz de una joven.
Ella viste de Edad Media, y está sentada al lado. Su cara redonda y sonrosada trata de ofrecerle calidez con una sonrisa.
—¿Por qué me tienen aquí? ¿Qué les hice? —grita a todos los presentes.
Ninguna respuesta llega a sus oídos.
—¡Tranquilo! Te vi en mis sueños. Te hemos visto en nuestros sueños. Eres muy importante para todos nosotros —dice la chica de al lado y le toca la mano.
“¿Me vio? ¿Sueños? ¿Importante? ¿Qué diablos significa eso? ¿Quiénes son estas… personas?”, se pregunta, y en su cabeza todo gira, todo le da vueltas. “¿Alguna broma de mis compañeros de trabajo?”, quiere convencerse. Trata de reconocer algún rostro, pero a estas personas nunca las ha visto. Intenta acordarse otra vez si últimamente ha hecho algo malo, pero no obtiene respuesta.
Luego escucha rumores. cada uno de los presentes toma la palabra.
—¡Es emocionante! —comenta la chica a su lado un tanto excitada.
Él escucha las quejas. Ellos desean desprenderse de un peso agobiante, y quieren que el bienestar divino se despliegue por sus cuerpos. Lo acusan de ser el culpable de las innumerables desgracias que los afectaban. Y también lo ven como la solución: para que ellos estén bien, el detenido debe pasar por una retribución. Él no entiende nada. “¿Qué les he hecho?”, se pregunta, y siente miedo. No quiere terminar la vida así.
—¿Ya viste lo importante que eres para nosotros? —comenta la chica sentada junto a él.
El anciano jefe se acerca.
—¿Estás listo? —le dice.
Una sonrisa se dibuja en sus labios.
“¿Estar listo? ¿Para qué?”, se indaga. El anciano le pone la mano en la cabeza, la mantiene por un momento mientras ve hacia el cielo y murmura unas palabras. Aplaude dos veces y cuatro personas vienen. Una de ellas le entrega una jeringa. De inmediato, él se resiste, ya sabe para quién es el destino de la aguja. Los cuatro lo sostienen con fuerza, y siente un piquete en el brazo. Le quitan las ataduras, lo levantan en hombros y lo llevan por el lugar ante la vista de todos. Cantos de júbilo llenan el sitio, como si él hubiera obtenido alguna victoria. Empieza a sentirse embriagado como parte de la euforia; ríe, aplaude y repite los cantos que escucha. Lo trasladan a otro lugar igual, como si no los hubieran sacado del primero, sólo que no hay nadie.
—Mañana vas a morir —dice una voz.
Es la chica de piel blanca y cabello negro corto.
—Ya lo sé —y se ríe con entusiasmo.
—No sabes lo que dices —escucha su murmullo.
Ella lo mira, y él desea que le continúe hablando. Como en un profundo acantilado, donde las voces rebotaban haciendo eco, música, así se siente.
—Tú no eres el que buscamos. ¡Mírate!
Se ve, pero no entiende qué quiere decir, ni le importa.
—¡Pero todos le creen al gran jefe!
—¡Bien! —dice.
—¿Bien? ¡No seas imbécil! ¡No ves que…!
La chica se va. Él ya no escucha música, sino un ruido fuerte, un eco profundo y grave.
—Lávenlo bien, perfúmenlo y vístanlo —alguien ordena.
Voltea y reconoce al gran jefe, como ella lo llamó. Alguien le lanza gran cantidad de agua fría desde una manguera.
—¡Hijueputa! —grita.
Siente como si le cayeran muchas rocas en la cabeza. Un pequeño hilo de sangre sale por su nariz.
—¡Esperen! —vocifera el anciano—. ¡Imbéciles, entibien un poco el agua!
Un chorro de agua tibia lo baña, y le agrada. Un hombre le corta el cabello a ras, dejándolo calvo; le rasura las axilas, las piernas, el bigote, el vello público y hasta el que tenía en el culo. Dos hombres le ungen con jabones y champús de muchos aromas.
—¿Qué crees tú? —oye de repente que uno habla en voz baja.
—¿De qué? —pregunta el otro en el mismo tono.
El primero mira hacia un lado y hacia otro.
—¿Crees que sea él? —pregunta.
El otro hace lo mismo que su amigo.
—Pues ojalá porque muchos ya dudan —susurra.
—¡Hagan que sea! ¡Busquen una razón! —grita el anciano jefe que aparece al instante.
Los dos hombres se sobresaltan, bajan la cabeza y con estropajos le restriegan hasta el último rincón de la piel. El anciano se acerca, le observa el pecho y las palmas de las manos.
—¡Fíjense en el pecho! —ordena.
Los dos hombres obedecen.
—¿Qué ven? —pregunta.
—Un punto negro, como un lunar —responde uno de ellos.
—¿Y en las manos?
Los dos hombres le toman las manos por turnos.
—Tiene unas equis —expresa uno de ellos, y el otro confirma con un movimiento de cabeza.
—¡Pues eso es! ¡Es él! ¿Quedó claro? —vocifera el anciano.
Ellos hacen una reverencia y continúan con su labor.
El anciano aplaude dos veces. Un hombre se acerca con un arma y mata a los otros dos.
—Termina de asearlo y lo llevas a la sala principal —ordena el anciano—. Luego saca a este par de idiotas.
Y se pierde en la oscuridad.
El hombre que disparó lo viste con una bata blanca, sujeta a un cinturón hecho de cuero. Le cubre los ojos y lo conduce al lugar indicado.
En la sala principal, ve de nuevo la luz. Ahí están las mismas personas vestidas de época, pero no encuentra a la chica de cabello corto negro y piel blanca. Todos sostienen en las manos copas de vino. En el aire se escucha el murmullo de las voces. El anciano se presenta, y les enseña el lunar en el pecho y las equis de las manos. Todos se ponen de rodillas.
Una melodía sale de la boca del anciano. Como hacen los niños, el detenido sigue la letra, pero sólo repite la última sílaba de cada estrofa.
—¡Empecemos! —ordena el anciano.
Uno por uno pasa frente a él. Cada cual descarga su furia contra su cuerpo con palos, correas o látigos, y repite la misma frase: “Yo (fulanito de tal) te castigo (golpe) por todas las ocasiones que me hiciste sufrir (golpe), por las desventuras pasadas (golpe) y por mi mala suerte (golpe) en esta vida y en las anteriores”. Golpes, golpes, golpes y más golpes. Uno por uno.
—¡Qué putas les he hecho! —grita y no puede contener el llanto.
—¡Que él no es, carajo! —aparece la chica de cabello corto negro y piel blanca.
Todos giran la cabeza. El anciano jefe ordena a algunos de sus seguidores que la detengan. Ellos la amarran y a continuación la azotan con violencia. La chica está con él.
—¡Déjenla! —intenta atacar a los verdugos, pero el fuerte ardor en la espalda no le permite levantarse y cae de rodillas.
Mira a la chica, que recibe latigazos, y se sorprende de que al parecer no le afectan, porque ve en su rostro y en sus gestos algo muy similar a un mártir que acepta el castigo con gozo. Ella parece disfrutarlo. Fue una mala impresión, ella no está con él. Mira al anciano, que con los brazos cruzados lo observa, y luego lo señala con un movimiento de cabeza. Muchas patadas, puños, arañazos, jalones de pelo, gritos, jadeos y respiraciones pesadas caen sobre él de todas partes… El anciano se acerca, y el detenido siente un último golpe con un palo.
**********
Despierta en una cama, y un fuerte dolor recorre su cuerpo. ¡Todo le duele! Los músculos parecen reventar. Escucha ruidos, pasos, voces, metales, órdenes… Mira todo borroso, logra entrever a varias personas que vienen y van. Algunas le preguntan cómo está y otras le dan de comer. Ve un poco mejor y encuentra a la chica de cabello corto negro y piel blanca que le atiende las heridas y magulladuras.
—¿Dónde estoy? ¿Quiénes son ustedes? ¡Alguien ayúdeme! ¿Por qué me tienen aquí, por qué me mantienen encerrado?
Nadie responde. La chica no para de dar órdenes y pedir cosas para que lo atiendan. Alguien le amarra las manos con unas correas a la cama.
—¡Déjenme ir, por favor! ¿Cuánto quieren por dejarme ir?
Nadie le presta atención.
—Listo, ahora preparen el funeral —dice la chica a los dos hombres que la acompañan.
Siente miedo.
—¡No me maten! ¡No me maten! ¿Qué les he hecho? —implora.
Los tres salen y lo dejan solo, en silencio. No vuelve a ver a la chica por varias semanas. Las personas que lo atienden jamás responden a las preguntas ni a los gritos ni insultos.
La luz le pega en los ojos. No sabe cuánto tiempo ha pasado. Ve a una mujer con dos hombres. Los tres levantan la mano y le hacen una reverencia, inclinando la cabeza. Tarda en reconocer a la chica, porque ahora tiene el cabello largo.
—¡Cumplimos con lo establecido y una luz momentánea nos ha liberado —escucha el coro de los tres—. Sentimos un gran alivio en nuestros cuerpos y almas. El cansancio de nuestros cuerpos se acabó. Sentimos un enorme éxtasis en toda la piel. Algo maravilloso sucedió. Usted ha cambiado nuestras vidas. Ya no es necesario seguir buscando, el cambio llegó a nuestras vidas, somos libres gracias a Usted! ¡Dios de la Retribución! ¡Dios de la Retribución!
Está consternado, no sabe qué ocurre.
—¡Suéltenme, desquiciados! ¡Hijueputas! —les grita y la garganta le duele.
Se remueve en la cama y forcejea con las ataduras. La chica se acerca sonriente.
—Nuestro anciano jefe ya murió.
—¡Y a mí qué putas me importa! —la escupe—. ¡Déjenme ir!
La chica se limpia la cara con un pañuelo que le ofrecen.
—Por eso debemos divinizarlo, para que nos ilumine con su luz —dice.
—¡Suéltenme y sabrán de lo que es capaz un dios encabronado! —grita.
La chica pide la jeringa, y él grita y se resiste, pero la aguja penetra en su piel.
Lo sientan en un trono ubicado en una sala igual a la de la primera vez, ante personas vestidas de época. La chica permanece a su lado, sentada en un trono. Él siente el efecto de la inyección, está embriagado, lleno de euforia. Un escanciador pasa por cada uno de los presentes y vierte vino en las copas. Cada uno de los presentes se acerca frente a él y repite la misma frase:
—¡Eres nuestra retribución!
Él aplaude y corea como un idiota la palabra retribución, retribución, retribución. Los presentes liban el vino a sus pies. Uno de ellos le dice:
—¡Un humilde seguidor a sus pies y servicio! ¡Proclamaré sus enseñanzas y fundaré nuevos grupos de fieles!
El coro de los presentes imita las frases.
Otro seguidor trae un libro gordo. Pide que la chica y él coloquen las manos sobre éste para bendecirlo.
—¡Leeré el libro de sus enseñanzas, bendecido con su poder divino, y cantaré sus mitos y hazañas poderosas! —exclama el seguidor, y enseguida escucha el coro con las mismas palabras.
Suena una música de cuerda, y los presentes bailan y cambian una pareja con otra, luego se retiran pasados unos minutos.
Queda a solas con la chica. Ella lo mira directamente a los ojos, se acerca despacio, melosa, y le besa la frente, como una madre a su hijo. Pasa a un beso de amiga en las mejillas; y después a uno de amante en la barbilla, para detenerse más tiempo en los labios. La boca se estaciona por un momento en su pene, y él se deja llevar por las caricias.
**********
Un fuerte dolor de cabeza estalla en su interior, y él intenta llevarse las manos para mitigar las punzadas. No puede, tiene las manos atadas a correas. Mira hacia un lado y ve a la chica acostada a un lado, y alrededor varios presentes les dan los buenos días.
—¡Sagrado dios de la Retribución! ¡Sagrada diosa de la Retribución! —vociferan los presentes.
—¡Ya cállense! ¡Imbéciles! —grita, y en su cabeza pululan agujas.
—Déjenos solos, por favor —dice la chica.
Los presentes abandonan el cuarto.
Ella se levanta de la cama y le ofrece un vaso con una bebida de color naranja.
—¿Otra maldita droga? —rechaza el recipiente volteando la cara.
—¿Quieres aliviarte del dolor o no? —le grita.
—¡Quiero que me dejen ir!
La chica le sostiene el recipiente frente a la cara. La sed lo consume, y accede. Ella lo ayuda para que pueda beber.
—¿Quiénes son ustedes? —pregunta.
La chica no responde.
—¡Yo no soy el que buscan!
La chica se dirige hacia el lugar donde están unas toallas colgadas.
—Lo sé, pero el anciano convenció a muchos… —comenta, y se detiene como si se hubiera arrepentido de haber dicho algo que no debió.
—¿Entonces por qué no me dejas ir? —le ruega.
La chica entra en el baño. El agua cae de la regadera. El dolor de cabeza disminuye. Él forcejea con las correas, pero están bien atadas a los brazos y a la cama. Patalea como niño berrinchudo, y la ira lo hace llorar.
La chica sale del baño, con una toalla en su cabeza a manera de turbante y otra cubriéndole el cuerpo.
—¿Por qué yo? —le grita.
Ella se concentra en secarse la piel. Lo mira y baja la cabeza varias veces.
—Prometo liberarte, a cambio de una condición.
Sus palabras lo sorprenden. No sabe si creerle o tomarlo como una maldita broma. Ella lo vuelve a mirar.
—¿Me estás escuchando?
Él asiente.
—Bueno, entonces se supone que debes preguntar cuál condición, ¿no?
Hace lo que ella quiere oír.
La chica se sienta frente al espejo y empieza a vestirse y a acicalarse.
—Asume tu papel de dios de la Retribución.
“¿Qué diablos es un dios de la Retribución?”, se pregunta.
—¿Y qué tengo que hacer?
—Sólo déjate llevar.
“¿Eso qué significa?”, se pregunta, pero no se atreve a exteriorizarlo.
—¿Por cuánto tiempo?
—El suficiente.
—¿El suficiente para qué?
Ella no contesta. Él no tiene más opción que confiar en sus palabras.
La chica aplaude dos veces. Los guardaespaldas entran y ante una orden lo desatan. Él se soba las muñecas de las manos.
Desde la puerta, los seguidores piden permiso para entrar. La chica ordena que los dejen pasar.
—¡Sagrado dios de la Retribución! ¡Sagrada diosa de la Retribución! —expresan los fieles, inclinando las cabezas.
La chica le insta a asumir la nueva envestidura, pero él no sabe qué hacer, no sabe qué es ser un dios. Ella le susurra al oído que harán cualquier cosa que les pida para complacerlo. “Haz la prueba”, dice, y él siente sus palabras como viento en la oreja. Uno de los presentes da un paso al frente ante una orden suya. Hace la prueba y le ordena al voluntario que se golpee el rostro con el puño. Lo hace hasta sacarse sangre de la nariz, y sólo se detiene cuando él se lo ordena. El voluntario cae al suelo desmayado.
Un día le traen a una mujer enferma en una camilla para que alivie sus males. Él ve el rostro pálido, las manos temblorosas, la boca reseca y los ojos brillosos. Siente temor porque no sabe hacer milagros, pero la chica lo toma de la mano. Él la mira a los ojos, y ella le dice: “Tranquilízate”. Le indica que ponga las manos sobre el cuerpo de la enferma.
—Pero… yo…
—¡Tú hazlo! —le impera elevando un poco la voz.
Él posa las manos sobre el pecho de la afligida por unos segundos, y enseguida ésta se levanta de la camilla, sonríe y salta por el lugar con alegría. Se arrodilla ante él, le besa los pies, le agradece y dice que le obsequiará muchas ofrendas. Los presentes cantan y ovacionan, algunos lloran, otros se desmayan y los más fervientes se castigan la espalda con látigos.
Otro día le presentan a un hombre que ha cometido una falta. Lo descubrieron en el lecho de la esposa de su vecino. La esposa declara que accedió bajo amenaza de muerte de su amante. Los dos culpables se encuentran ante él para que les dicte sentencia. El esposo pide la muerte para el amante, y el perdón para su esposa.
Para él este conflicto se soluciona con unos cuantos latigazos y la expulsión de la pareja. Le comenta eso a la chica, pero ella le objeta en secreto que todos esperan la muerte de los acusados. Él se niega a sentenciar algo así. No quiere llevar sobre la conciencia una muerte humana, y menos dos. Le da la espalda, y ella le increpa con romper el pacto que acordaron. Un hombre se acerca y le entrega un cuchillo que brilla en su filo. Él camina hasta donde los acusados y se pone detrás. A cada uno le cercena el cuello. Los presentes ovacionan y los gritos de ¡Retribución!, ¡Retribución!, ¡Retribución! se escuchan. El esposo corre hasta donde la mujer muerta y con ella en los brazos maldice a la chica, llamándola asesina, puta, traidora y tirana. Ella se levanta de su trono y pide el cuchillo. Se acerca al hombre y se lo hunde en la garganta. Luego ordena que saquen los cuerpos, limpien el lugar de la sangre derramada y lo purifiquen con inciensos y aceites aromáticos.
En la noche de ese día, una vez que el lecho ha sido testigo de su unión carnal, le pregunta por qué ese hombre la llamó así. Ella responde que una persona dolida dice cualquier cosa cuando quiere desahogarse. Pero él vio en los ojos del hombre algo más que un simple desahogamiento.
—¿Hasta cuándo esta farsa? —le grita, entonces.
La chica aplaude dos veces para que vengan sus guardaespaldas. Los dos hombres entran con correas y una jeringa en las manos. Él se arrodilla y le pide perdón. Le promete no volver a hacerlo. Ella lo perdona, y los hombres se retiran.
**********
El tiempo suficiente en el que ha hecho el papel de dios no parece tener conclusión. Ha cumplido con su parte, pero no cree que ella cumpla la suya. Cuando le recuerda, lo amenaza con las correas y la jeringa. Se siente como un niño ante un castigo prolongado de los padres. Ya no confía en ella, la única forma de salir será por sus propios medios.
Durante una de las celebraciones del culto, logra esconder una daga en la vestimenta sin que la chica se dé cuenta. Se dirige al baño para asegurarse de que no se note entre las prendas. Quiere salir de aquí y está dispuesto a hacerlo. Por fortuna, sólo la chica lo echa de menos durante su breve ausencia. Él le dice que estuvo en los baños por una urgencia propia de los mortales, aunque él sea una divinidad. Ella sonríe.
En la noche, espera impaciente y nervioso en los aposentos a la chica. Camina de un lugar a otro e imagina el momento en que la enfrente y le clave la daga en el cuerpo. Sabe que puede ser una locura. No sabe cómo escapará ni qué sucederá cuando se enteren del asesinato. Pero ya no soporta más su situación. Pasan las horas y la chica no llega. Cree que debió haber sospechado algo. Y se prepara para cualquier eventualidad. Quiere permanecer despierto, pero los nervios lo agotan y siente mucho sueño. Cabecea repetidas veces y está a punto de dormirse, pero unos gritos lo ponen alerta y se levanta como movido por un corrientazo:
—¡Mátenla! Mátenla!
Ve entrar a la chica sin la compañía de los dos guardaespaldas. Su rostro se ve pálido, y se cubre el vientre con una mano.
—¡Ayúdame! —implora.
Él no sabe qué ocurre. La chica cae en sus brazos. Escucha el golpe de la puerta contra el suelo, la turba de súbitos la ha derribado. Todo ocurre muy rápido. Dos hombres agarran a la chica, que grita pidiendo ayuda, y otros dos lo sostienen en la cama y le tapan el rostro con una bolsa de tela. Los gritos de auxilio de la chica se apagan. Él siente un golpe fuerte en la nuca.
Los picotazos de un ave en la cabeza lo despiertan. La luz del sol lo encandila. Espanta al ave de un manotazo, luego recorre con los ojos el lugar para ubicarse. Alrededor no se ve algo diferente a amplios campos con pastizales. No hay una sola casa. Se levanta y el dolor en la nuca le cambia la expresión del rostro. Camina un largo trecho y a los lejos ve un auto, escucha el ruido y le hace la parada.
Regresa a casa. Sus padres no pueden creerlo cuando lo ven. La euforia los invade, y lo besan y abrazan. Agotados todos los medios para buscarlo, ya lo daban por muerto.
Él se siente como si en verdad hubiera muerto, como si esa experiencia fuera un paréntesis entre el ayer y el hoy. Su vida era muy simple, del trabajo a la casa y de la casa al trabajo. Pero ahora, esa línea ya no existe. Se ha encerrado en su casa. Teme salir a la calle y descubrir que dos hombres y una mujer lo observan.
AUTOR: GUILLERMO RÍOS BONILLA (COLOMBIA)
© DERECHOS RESERVADOS AUTOR (A)

Guillermo Ríos Bonilla, nació en 1976 en Colombia (Florencia – Caquetá), y en el año 2004 se naturalizó mexicano. Es licenciado en Letras Clásicas por la Universidad Nacional de Colombia; y maestro en Letras Clásicas por la UNAM. Ha trabajado como profesor, investigador, traductor, subtitulador y corrector de estilo.
CONCURSOS DE CUENTO GANADOS
* 2025. Convocatoria Internacional de Cuentos Gold Editorial: Reinos en otra dimensión.
* 2018. XIV Juegos Literarios Nacionales Universitarios de la Universidad Autónoma de Yucatán.
* 2014. Concurso de Cuento de la Universidad de Colima.
– Primer Concurso de Cuento Escríbele a “El Sol de Irapuato”.
* 2010. Concurso de Cuento Universidad de Colima 70 Aniversario.
* 2004. XI Premio Nacional de Cuento Carmen Báez.
– IV Concurso Nacional y Estatal de Cuento José Agustín.
* 1999. II Concurso de Creación Literaria, Género Cuento, realizado por la Universidad Nacional de Colombia.
Segundos, terceros lugares y menciones en otros concursos de cuento en México, Colombia, Argentina y España.
LIBROS DE CUENTOS PUBLICADOS:
* 2025. El árbol de las hojas palabreadas por la Gold Editorial.
* 2017. Réquiem por un polvo y otras senXualidades, e-book, por la editorial Porrúa.
* 2015. Colección “El Rapidín”, cuentos cortos Minimágenes, por la Universidad de Colima
* 2014. Burbujas de aire en la sangre, por la Editorial Samsara.
* 2011. Los vástagos del ocio, por la editorial Samsara.
* 2010. Colección “El Rapidín”, cuento El viejo, por la Universidad de Colima.
* 2008. Historias que por ahí andan, por la editorial Generación Espontánea.
ANTOLOGÍAS:
* 2023. Relatos breves. Antología colombiana, Elipsis Editores.
* 2022. Fictología. Antología del Primer Concurso de Cuento Breve “La Realidad supera a la Ficción… ¿o Viceversa?”.
* 2021. Festival Rulfiano de las Artes. Cuentos seleccionados 2021.
* 2019. Antología Zombie II, editorial Endora.
– Cuentos del sótano VI, editorial Endora.
* 2014. Cuentos del sótano V, editorial Endora.
* 2013. Cada loco con su tema, Grupo Editorial Benma.
* 2010. Leer el cuento, editorial Endora.
* 2009. Cuentos del sótano, editorial Endora.
– Un ojo al gato y otro al garabato, editada por la Casa del Poeta Alí Chumacero.
* 2007. Desde las islas, editada por la Universidad Nacional Autónoma de México.
* 2006. Antes de que las letras se conviertan en arañas, editada por el Instituto Mexiquense de Cultura.
Además, diversas publicaciones en varias páginas de Internet.
