COLUMNA DOMINICAL
¡CÓMO LES GUSTA HABLAR DE AMOR!
Por: Julián David Rincón Rivera (Colombia)
Correo electrónico: electrónico: rinconriverajulian@gmail.com

Allí estaba reunida la crema de la intelectualidad de la ciudad. Desde los artistas más influyentes, pasando por músicos, poetas y escritores, hasta llegar al político o economista con influencia internacional.
—¡Cómo les gusta hablar de amor!
Dijo Piero, el anfitrión, después de presentarlos. Lo dijo como tentando al destino, provocándolo, asumiendo que su intervención era algo más que un simple comentario.
Gregorio quería experimentar algo nuevo, mientras que Sofía buscaba un equilibrio emocional que le ayudara a calmar los nervios de su arte tormentoso. No demoraron mucho en enamorarse y comprometerse. Quien los conociera diría que el de ellos es uno de esos amores necesarios, no porque fueran el uno para el otro, sino porque su experiencia amorosa tiene un alto contenido anecdótico. Él, un intelectual. Ella también muy inteligente, por supuesto, pero más encaminada al arte. Él es puro seso, ella pura emotividad. Cada uno representa el típico arquetipo, como diría Jung, característico de los enamorados.
Gregorio quería a Sofía, la quería mucho, tal vez la amaba, no estaba seguro. Lo dudaba no por él, ni tampoco por ella. La certeza de sus sentimientos era clara y certera, sin embargo, ¿Qué decir de las demás?
Él le había prometido que no sería “una de ellas”, y Gregorio había mantenido la promesa. ¡Pero es que un solo amor no basta, no alcanza, no es suficiente!
Ese derroche de amor que se escurre por las comisuras, por los bordes, que desborda el espíritu, ese temible corazón que se agita, tiembla y palpita a cada cuanto, con cada mujer que lo mira, le habla, le insinúa cosas. Esa alegría nerviosa, ese vértigo de vacío profundo, ese hormigueo cálido que se escurre por todo el cuerpo. No hay sangre que aguante, no hay amor que soporte. Es inaudito, es injusto, es inhumano. El corazón quiere más, lo quiere todo, quiere estallar de pasión, de júbilo, de erotismo, cariño, amor, alegría, pero todo está reglamentado, dirigido y enfocado a una sola.
—Esto no hay cuerpo que lo aguante…
Así que, llamó a las otras. No hubo culpa o remordimiento que lo frenara, lo persuadiera, lo cuestionara, él estaba sobre todo aquello, como en un pedestal. En esa predisposición ciertamente arrogante, encontraba incómodo el compromiso de Sofía. Incómodo por el simple hecho de que ella estaba visiblemente dolida por el compromiso. Aunque no se lo dijera o lo presumiera, Sofía sabía desde el principio que sería “una de ellas”, tarde o temprano. La única demora era saber el cuándo.
¡Cómo sufría aquella mujer!
Un sufrimiento innecesario, anticuado, irracional. Irracional era el adjetivo preferido de Gregorio. Irracional, como la manera de amar de Sofía, siempre preocupándose por una cosa y por la otra. Irracional, como su caprichosa maña de corregirlo por cualquier cosa, en especial en público, cuando estaban con familiares o entre amigos. Irracional, como esa inquieta angustia por mantener el control sobre la relación, sobre él mismo. Irracional, como esa inadecuada e incluso hipócrita costumbre de decir “te amo”, solo por decirlo. Si Gregorio confesaba su amor por Sofía, se vería limitado exclusivamente a ella, la única, la verdadera. Pero la realidad es que ella no era la única, mucho menos la verdadera. Si así fuera, no tendría la necesidad de buscar, correr, perseguir faldas, tacones, peinados, olores, besos, caricias, confesiones. Era irracional verse obligado a olvidar a todas aquellas mujeres de las cuales estaba enamorado, terriblemente enamorado, como si todas, cada una de ellas fuera esa única, esa verdadera. Esa especie de monosílabo era irracional, injusto, innecesario, ya que quería a Sofía, la quería mucho, tal vez la amaba, sin lugar a duda, al igual que a Verónica, Isabella o Amelia. No podía decir que quería a una más que a la otra. Las quería a todas por igual, las amaba a todas por igual. El amor lo invadía, el amor lo controlaba. El amor era algo poderoso, inmenso, sobrecogedor, sobrehumano. Estaba convencido, el amor estaba hecho para ser ofrecido sin medidas, sin límites, sin cuestionamientos, requerimientos o convencionalismos. El amor es para entregarlo airadamente, irracionalmente, enloquecidamente. Así se sentía, desbordado de amor no por una, ni por dos o tres mujeres. Las quería y las amaba a todas con la misma intensidad, con el mismo sentimiento, pero un hombre no puede amar a más de una mujer.
¿Es qué una persona no se puede enamorar de varias personas a la vez?
No quiso armarse un meollo, no quiso complicarse más de la cuenta, así que envió el mensaje, procurando, claro está, mantener el orgullo, el genio, la astucia, y el recato de su persona intelectual. Sofía recibió el email un viernes en la noche. Ese día había participado en una exhibición artística en el Louvre. Mero protocolo y redundancia de su profesión, pero cansaba, vaya si lo hacía. No hablaban con Gregorio desde el miércoles de la semana pasada, cuando este le reprochó a ella sus delicadas y tradicionales maneras de comportarse en público.
—Pareces una de esas señoras mayores que no tolera las actitudes fuera de sus costumbres y hábitos bien establecidos…
Le había dicho él. Ella le dijo que, si le parecía anticuada su manera de ser, ¿Por qué mantenía relaciones con una mujer que lo doblaba en edad? Lo dijo haciendo referencia a una de sus tantas amantes, aunque lo de la edad era una exageración. Él se fue sin despedirse. Sofía supuso que el email era una querella de Gregorio, y le pareció inadecuado que se la hiciera llegar por ese medio.
—Algo irracional…
Pensó Sofía, de manera irónica. El email era algo más que una simple querella. Una confesión, un anuncio que, si bien podría herirla, terminó en un estado de confusión que, sumado al cansancio de la jornada, no pudo tolerar. Irracional sería pretender encontrarle el sentido al email, más aún pretender responder, por ello, le pidió a 107 mujeres, amigas, conocidas, compañeras y desconocidas de diversas profesiones, que interpretaran el mensaje por ella.
—Hagan de este mensaje el fundamento de su arte…
Ella misma hizo arte con las múltiples interpretaciones del email, que era una renuncia a ella. Si bien a Gregorio le valía madres que lo llamaran perro, la seña de la infidelidad que tanto dolor, remordimiento, desprecio y repudio ha generado, la verdad es que el atrevimiento de Sofía le incomodó. Le hubiera gustado que mantuviera las cosas con la mayor discreción posible. Sin embargo, no podía culparla por su atrevimiento.
—Obró con estilo…
Fuera de esa costumbre irracional que tanto le conocía. Irracional sería tratar de cuestionarla por su atrevimiento, así que se quedó callado. En su lugar, buscó complacencia en todos esos amores que lo tenían tan perdidamente enamorado, pero los efectos del ejercicio artístico de Sofía habían influido en estos. Se sintieron “aludidos”, aunque nunca nadie fue mencionado en el ejercicio artístico de manera explícita. Aun así, todos los que lo conocía sabían que Gregorio era el protagonista de la historia. Del mismo modo, no era un secreto para nadie las múltiples andanzas amorosas de Gregorio.
¿Por qué se incomodaron?
Solo hacía falta que alguien les dijera que lo que hacían era algo incorrecto, y no se los dijo una sola persona.
—Pero es qué nadie dijo que era algo incorrecto…
Solo lo asumieron.
—Mal interpretaron el mensaje…
Lo hicieron de manera irracional, como la mayoría de las costumbres y hábitos de esta sociedad. “Esa gente” había caído en las trampas de ese convencionalismo del amor que limita, restringe, encarcela. El amor monógamo no es más que un constructo social que se estableció con el propósito de mantener el control sobre un grupo de personas. Sin embargo, el poder y la influencia de esta norma moral modificó drásticamente la perspectiva del amor en términos psicológicos de manera tan profunda, que ahora es prácticamente intolerable concebir una manera de amar diferente a esta. Se estableció así un límite para algo que parecía ser infinito. El amor se hizo humano: reglamentado, limitado, controlado.
—Y siguen diciendo que una simple infidelidad es una injusticia…
Esta forma límite de entender el amor impide gozar realmente del mismo, sacarle todo el jugo, aprovecharlo al máximo. Si una persona está desbordada de amor, ¿Por qué limitarla a una sola persona? ¿El amor no sería más efectivo y poderoso en la medida en que se exteriorice y exprese entre más personas?
Este convencionalismo del amor tiene una clara connotación enmarcada en la “propiedad”, que puede tener un fundamento en la larga historia machista del ser humano. Consecuentemente, nace un resentimiento, una antipatía, rencor y desprecio hacía el mundo, que toma la forma de cuerpo hostil hacía esa alarmante angustia constante que es perder esa “propiedad” que es el ser amado. Angustia, estrés, tensión, inquietud que sólo sabe desarrollar un estado de cansancio general a nivel físico, emocional y psicológico para aquel que pretende conservar ese estado de propiedad sobre el ser amado. De allí que no es una exageración afirmar que todo enamorado parece estar condenado al dolor y al sufrimiento. Por fortuna, existen personas como Gregorio, sujetos que saben disfrutar de una manera liberada y genuina el amor y la compañía de alguien más. Sensatos que saben reconocer el goce de esta compañía mutua y lo disfrutan sin la necesidad de un compromiso angustiante, desesperante o estresante. Trascienden la interpretación de la experiencia amorosa más allá del estado egoísta mencionado anteriormente para enfocarla en una perspectiva que va más allá de sí mismo. Una experiencia altamente gratificante vale más ser compartida por tantos como sea posible, para que la disfruten y la gocen tanto o más como el mismo implicado, antes que reservársela única y exclusivamente para él solo.
—Esta es la manera “racional” del amor…
Gregorio sabe encontrar en esta interpretación una mayor concordancia con la concepción universal y general que se tiene del amor. Un sentimiento tan poderoso, transformador, empoderador no puede ser entendido de manera egoísta. Si el amor tiene una fuerza de influencia tan poderosa y potente, ¿No vale más repartirlo, esparcirlo y practicarlo de forma poligámica?
De este modo, su influencia puede llegar a más lugares, a más personas, en comparación si se practica de esa manera egoísta y tradicional.
Ahora bien, esto no sugiere la interpretación de la persona origen de este sentimiento de éxtasis como un objeto de simple satisfacción o placer. Esto es como confundir el sexo con el amor. Esta última interpretación, como bien se puede deducir, proviene de esa connotación egoísta propia que tiene el “amor” para algunos irracionales. Aquí se habla de un amor compartido, que goza no solo recibiendo sino también ofreciendo, entregando. Es la reciprocidad del disfrute y la satisfacción de la entrega, del compartir sin remordimientos, miedos, limitantes o pesares.
Otra característica de este “amor racional”, tiene como referencia la percepción de los celos. Ciertamente, la racionalización de esta forma de amor amortigua el poder y la influencia de esta emoción. Vale recalcar que este sentir tiene un claro origen enmarcado en esa idea de posesión tan evidente y marcada del amor convencional. En su lugar, el asumir el amor compartido reduce la eficacia e influencia de los celos. Esto no quiere decir que una persona no pueda sentir celos, sin embargo, su efecto no es tan poderoso e influyente como lo son los tan conocidos celos nocivos, venenosos, que tanto daño hacen y que pueden conllevar a la tragedia. Eliminar entonces esta connotación de “posesión” en el amor parece una noción justa y necesaria.
Hablar de amor racional es hablar de cierto principio del punto de equilibrio. Tal parece, el secreto de una buena vida se puede encontrar en el equilibrio en todos los aspectos de la vida. Es la confirmación de un refrán popular: “Todos los extremos son perjudiciales”. Aun así, ¡Cuán difícil resulta permanecer en este estado! Más que eso, ¿Cómo diferenciar esa brecha que separa el equilibrio del extremo?
Para ser justos y realistas, parece que el ser humano gusta de los extremos. Más que eso, está hecho para caer allí, en el exceso, la desmesura, la desproporción, cosas que llevan, inevitablemente, a la decadencia. Dado este principio, esta forma de amor “racional”, parece se adapta genuinamente a ese punto de equilibro que parecer ser el gusto medio y necesario de las cosas.
¿Pero no es entonces esta forma “racional” de amor un límite, una mesura, un control en sí mismo?
Habrá quien dice que amar no se puede racionalmente, que amar se hace con toda la intención de la que se es capaz, con toda la fuerza, incluso con locura y desesperación. Si no se ama de esa manera, ¿Para qué amar entonces?
¡Y cuánta razón tiene!
Esta forma de amor desbocada, “irracional”, si se puede llamar, tiene también su mérito, por decirlo de algún modo. Para quien ha estado enamorado, el amor es un sentimiento que empodera, nos hace sentir únicos, poderosos, capaces. No parece exista otro sentimiento capaz de llevarnos a un punto de exaltación tan alto como lo hace el amor. De igual forma, el amor tiene la capacidad de sacar lo mejor de nosotros mismos. Cuando se está enamorado, se suele pronunciar el cariño, el aprecio, la solidaridad, el respeto, la admiración, la empatía. Se es más feliz y realizado cuando se está enamorado, de igual forma, la historia nos ha enseñado que, en estos estados, el ser humano es capaz de prolijidades únicas en arte, ciencia, deporte, incluso en aspectos tan simples como logros personales. Sin embargo, así como se está tan alto, también se puede caer, y la caída es estrepitosa y dolorosa. El desamor, al igual que el amor en su máximo apogeo, nos ha demostrado ser un sentimiento igualmente poderoso e influyente. Dos extremos que han dejado en evidencia tanto lo mejor, como lo peor de la raza humana. En este sentido, la “racionalidad”, como punto de equilibrio, mesura y control, puede también limitar la capacidad extrema de las personas. Es entonces una cuestión de elección, de voluntad. Cada quién decide qué opción tomar, qué propuesta acoger, si se disfruta con la “racional” mesura, o se arriesga al extremo, considerando la mejor de las experiencias, como el peor de los pesares.
AUTOR: JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
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Julián David Rincón Rivera, segundo de dos hijos, nacido en Bogotá, Colombia el 7 de abril de 1994. Profesional de Cultura Física, Deporte y Recreación.
Lector apasionado, escritor por elección, músico por diversión.
Cuenta con tres publicaciones antológicas con la editorial ITA, además de dos publicaciones en proceso, también de carácter antológico, con factor literario y la editorial mítico.
Con varias publicaciones en revistas de américa latina, encuentra en la escritura el mejor sustento para su vida.
Instagram: @relatero_literal
