COLUMNA DOMINICAL
EDUCACIÓN, UNA OBLIGACIÓN
Por: Julián David Rincón Rivera (Colombia)
Correo electrónico: electrónico: rinconriverajulian@gmail.com

Andrea se ha negado a aprender inglés desde que se graduó de la universidad. En el colegio logró aprobar la materia gracias a un compañerito que era muy inteligente, pero muy ingenuo. En la universidad, considerando que tendría que enfrentar el idioma sin posibilidades de evadirlo, se encontró con un profesor que sabía mucho, pero tenía en poca estima la metodología cuantitativa establecida por el alma mater para calificar a los estudiantes. El docente solo consideraba la asistencia y la participación activa en sus clases para aprobar la materia. El man era muy lúdico y didáctico, pero ni de esta manera Andrea fue capaz de aprender algo. Considerando que solo con asistencia aprobaba la materia, se aseguró de matricular todos los niveles del idioma con el mismo docente. Puede que no aprendiera, pero sí de esta forma aprobaba, correría el riesgo. Sabía que tarde o temprano tendría que enfrentar el idioma, sin embargo, siempre lo aplazaba. Tal vez en otras circunstancias, sin tanta presión o rigurosidad de por medio, aprendería inglés. Hasta ahora había tenido suerte, pero la suerte no la tendría para siempre, eso lo sabía bien, aun así, guardaba la ingenua esperanza de que pasaría de una forma u otra del idioma, así como lo hizo en el colegio, en la universidad. Su trabajo fue ese punto de inflexión donde no encontraría escapatoria. La obligación era la única razón que la llevaría, realmente, aprender inglés, y ni siquiera de este modo se lo tomó con la rigurosidad que apremiaba el caso. Hizo contactó con un primo lejano del cual no sabía nada desde hacía muchos años. La única certeza que tenía de él era que viajaba mucho, y no se le hizo muy difícil deducir que, a razón de ese envidiable capricho, el hombre sabía inglés. Con la ingenua y conveniente premisa de que a la familia no se le niega favor alguno, le pidió a ese primo, prácticamente un extraño, que le enseñara inglés.
—Así que pretende aprender inglés solo porque se lo exigen.
—Me toca.
—Lo siento, no puedo ayudarle.
La situación de Andrea puede encontrar semejantes en la de un hombre que una tarde entra a una papelería. Vecino del sector, el hombre ronda sus treintas, tal vez los inicios de sus cuarentas. Piel morena, peinado corto, estrictamente moldeado y formado por la maña de la gomina que usa todas las mañanas. Zapatos, pantalón, camisa y corbata, todo en regla. La ausencia del saco confirma la predisposición del hombre en desprenderse progresivamente de toda la rigurosidad protocolaria de su vida que cansa, incomoda y agita. Pide un block de hojas cuadriculadas tamaño carta, esfero azul, lápiz, borrador, compás, regla y transportador.
—¿Está estudiando?
Pregunta la mujer detrás del mostrador.
—Sí, toca.
Dice el hombre, encogiéndose de hombros y esforzándose por demostrar un tono entre frustrado y resignado en su voz. Argumenta que en su trabajo le exigen aprender ciertas nuevas habilidades para poder continuar desarrollando sus funciones en la compañía, de lo contrario, perderá el trabajo. Lo dice sin que nadie se lo pida.
Nadie quiere hacer algo porque le toca, y esto lo confirma y demuestra aquel joven adolescente que un día le confiesa a su madre no quiere estudiar más.
—Yo quiero ser un influencer.
La mujer, preocupada, contrariada, asustada y angustiada, le exige al joven, en lo que parece ser un grito más que un regaño, una razón para su actitud irresponsable, despreocupada y desvergonzada.
El joven no se quiere parecer en nada a ese conocido que es profesional, pero no ejerce su profesión. Cuando alguien pretende hablar al respecto, el hombre elude el tema. Le da tristeza y remordimiento hablar de ello, además de vergüenza. Sí, vergüenza en admitir que es un profesional fracasado y mediocre. Vergüenza con sus padres, que fueron los que, realmente, pagaron los estudios, los que trabajaron día y noche para darle a él, su hijo, la educación. Fue por ellos realmente que el hombre terminó la carrera. No fue por voluntad, interés o iniciativa propia, sino por sus padres. Quería que por lo menos una vez en sus vidas tuvieran la dicha y el confort de dormir tranquilos, si es que eso se lo puede permitir un padre de familia, asegurándoles la garantía de haber cumplido con esa exigencia moral que tienen los padres en darles educación a sus hijos. Lo más sorprendente, asegura el hombre, es que, al igual que él, muchos de sus colegas, compañeros de profesión, se graduaron igual que él, solo por cumplir requisito. Profesionales sin interés, pasión, ambición, ni amor por su profesión. Estudiaban por nota, repasaban apuntes y temáticas solo con el propósito de pasar parciales y quices. Aplicaban la popular frase: “Tres es nota, lo demás es lujo”. A ellos solo les importaba pasar la materia, sin importar el cómo, ni los medios. Si había que hacer trampa, se las ingeniaban muy bien para desarrollar el método más efectivo y contundente para hacerlo. Estudiaban, pero dígame, ¿Qué efectividad tiene el estudio cuando su propósito es garantizar una nota?
Profesionales fracasados y mediocres, que solo se mueven por interés, por obligación, para cumplir requisito. Profesionales que se limitan a lo más mínimo, justo y necesario, aplicando a la perfección la ley del mínimo esfuerzo. Claro que habían interesados y apasionados por la carrera, por la profesión. Sin embargo, era una minoría insólita. Si hubiera que hacer una descripción cuantitativa, podríamos estar hablando de un porcentaje de 70-30, considerando esa mayoría como la mediocre. Debe saber entonces que todos esos conocimientos son sólo momentáneos, de paso. Todo se esfuma de manera prácticamente mágica e inmediata una vez se conoce el resultado numérico de los estudios. Difícilmente algún conocimiento perdura si solo se pretende usar una sola vez, mucho menos si no se pone en práctica lo aprendido.
Se habla de un fracaso y una mediocridad que bien se puede extrapolar a un contexto laboral e incluso cotidiano de nuestra cultura. Es una maña, una costumbre, un hábito cultural que tiene la capacidad de reproducirse de generación en generación. Inconscientemente, parece se les enseña a las nuevas generaciones que la educación es una obligación, que la vida es una obligación.
¿Cuántas veces se ha escuchado a un adulto justificar sus acciones porque “toca”?
Trabajar porque toca, estudiar porque toca, madrugar porque toca, cumplir horario porque toca, moverse porque toca, comer porque toca, hacer las cosas que se hacen porque toca. Esa premisa de que la vida, en sí misma, es una obligación.
¡Vivir porque toca, vaya filosofía de vida!
¿Qué resultados se pueden esperar a partir de esta actitud?
A falta de interés real y auténtico, un estudiante solo se puede limitar a cumplir requisito, no puede ir más allá. Bajo estas condiciones, no se le puede exigir a alguien que haga algo más, si el simple hecho de cumplir requisito representa un esfuerzo ya de por sí supremo. Su límite está demarcado y establecido por los requerimientos que se le exigen. No puede ir más allá, no es capaz de hacerlo. Estamos estancados, restringidos, paralizados. Condenados en ese círculo vicioso en el cual todos caemos, la monotonía de una vida que es sólo repetición, tedio y rutina. No hay deseo, ambición, osadía, ni atrevimiento. No existe hambre de creación, ni deseo de invención. Ni siquiera un ligero atisbo de curiosidad, o de inquietud. Solo el continuo y repetido cansancio extenuante del día a día que se perpetua hasta que el cuerpo, los años y el cansancio dicen “ya no más”.
¿Quiénes somos? ¿Qué queremos? ¿Qué nos gusta?
La ausencia de certezas a este respecto demarca, claramente, esa predisposición natural y consecuente de asumir lo que la voluntad del alma colectiva pretende para cada individuo que la conforma. Si el fundamento, la razón de las acciones humanas se limita al cumplimiento del deber, no se puede esperar algo más de esos límites impuestos y asumidos.
AUTOR: JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
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Julián David Rincón Rivera, segundo de dos hijos, nacido en Bogotá, Colombia el 7 de abril de 1994. Profesional de Cultura Física, Deporte y Recreación.
Lector apasionado, escritor por elección, músico por diversión.
Cuenta con tres publicaciones antológicas con la editorial ITA, además de dos publicaciones en proceso, también de carácter antológico, con factor literario y la editorial mítico.
Con varias publicaciones en revistas de américa latina, encuentra en la escritura el mejor sustento para su vida.
Instagram: @relatero_literal
