COLUMNA DOMINICAL
EL POOP LORD DE LA LITERATURA
Por: Julián David Rincón Rivera (Colombia)
Correo electrónico: electrónico: rinconriverajulian@gmail.com

Anteriormente escribí sobre la educación. Fue un reproche, una queja impulsada por el sentimiento antes que la razón. Hoy retomo la educación, pero procurando guiarla por la razón. Sin embargo, no pienso limitar el sentimiento a un segundo plano. Me valdré de él cuando lo considere necesario y no debe sorprender que se haga con la voz cantante de esta intención.
Cuando comencé a escribir, lo hacía sin un objetivo claro en mente. Quería experimentar, probar, saber qué se sentía escribir. Quería saber si se parecía al sentimiento que nace al leer. Descubrí que era algo mucho más poderoso y misterioso. Ese misterio me inquietó un poco. No sabía qué esperar, no sabía qué iba a encontrar. Poco a poco, el misterio se fue condensando. Fue formando una cosa rara, siniestra y extraña a la altura del abdomen. Era un sentimiento incómodo pero atrayente, incierto pero necesario. Seguí escribiendo, fascinado por esa novedad que empezaba a tomar forma en mi interior. Progresivamente, esa incertidumbre comenzó a tener sentido. Creció y se alimentó con la necesidad para llegar a convertirse en certeza. La certeza de que escribir me otorgaba autoridad y poder. Haría historia con la palabra escrita, pero antes tenía que conquistarme a mí mismo. Lo que había empezado como un mero ejercicio de curiosidad había encontrado un propósito grande y poderoso. Tal vez muy grande para un simple hombre. El ejercicio de curiosidad se convirtió en repetición, de la repetición se pasó al hábito y después del hábito ¿Qué hay? La recompensa, que se encuentra en el hacer. Yo hacía, es decir, escribía, nada más. La gente, consecuentemente, se enteró progresivamente de mi hacer. Les daba curiosidad, tal vez intriga y muchos me hacían una pregunta.
“¿Por qué no estudia?”
Nunca lo había considerado ya que no lo creía necesario. Ya tenía lo que quería y con eso me bastaba. Aun así, la pregunta fue algo reiterativo, tanto así, que no lo podía ignorar. De igual forma, tanta insistencia me generó desconfianza. Había elegido escribir para ser yo mismo y la formación me llevaría, de alguna manera, a copiar a los demás. Progresivamente, la pregunta empezó a desarrollar un tono de reproche ante mi aparente falta de iniciativa. Sin embargo, no se trataba de una simple y deliberada pereza o el resultado de un desinterés voluntario. Necesitaba una razón lo suficientemente poderosa para contrarrestar el peso de la iniciativa de la pregunta. Así, se me ocurrió sospechar que la formación, especialmente en contextos artísticos, puede tomar connotaciones condicionantes. Dadas las reglas y las normas, los criterios y las bases, las estructuras y los lineamientos. ¿Qué le queda al artista?
Ajustarse a ese mundo establecido por reglas, criterios, bases y límites.
¿Qué valor tiene realmente la educación cuando, al parecer, limita, restringe y condiciona? ¿De qué sirve aprender todas las normas, estructuras, lineamientos y reglas si la única posibilidad de acción es limitarse a ellas?
El arte tiende a sonar a libertad y el arte condicionado no parece tener sentido. Tampoco pretendía negar el valor a la educación. Sería muy obtuso, negligente, arrogante y estúpido pretender hacerlo. Lo que necesitaba era una razón real, poderosa y potente para involucrarme en los contextos formativos.
Un lunes en la mañana me enviaron una invitación para unirme a un curso de corrección de estilo y estructura narrativa impartido de forma virtual. Con un aparente descuento del veinte por ciento en la inscripción, la propuesta parecía ser un escenario propicio para tomar el atrevimiento. Acepté la invitación, validé el descuento y en no más de cinco minutos estaba inscrito en el taller. Recibí vía WhatsApp la invitación para unirme a un grupo creado por el orientador el cual estaba integrado por todos los participantes. Allí se compartió toda la información relevante y de interés relacionada con el mismo, tales como fechas, horas, materiales, recursos y demás requerimientos que garantizan una mejor experiencia. Dada la fecha y la hora, el orientador compartió en el grupo de WhatsApp el enlace de entrada a la plataforma Zoom. El componente teórico pasó prácticamente desapercibido. El interés real, como es de esperar, se presentaba en la parte práctica, donde los aprendices ponen a prueba lo aprendido durante la sesión. Una vez terminado el ejercicio práctico, el orientador propuso una actividad interesante. Dentro de las herramientas del taller, existe un Prompt que sirve como método de evaluación de los textos al ser implementados mediante IA. Dicho Prompt es una guía orientada que pretende evaluar los criterios de cada temática presentada durante la sesión, asignando a la IA el rol de evaluador. Básicamente, se le especifica a la IA su rol, se aclaran los parámetros a evaluar en los textos, se determina un sistema numérico de puntaje que se desglosa según los criterios asignados en la guía para que la IA los califique y arroje como resultado un valor total (100) que se resume en la calidad del texto según los criterios asignados. De esta forma, se puede considerar, dada la calificación, si el texto cumple o no los requerimientos asignados en los parámetros estudiados durante la sesión. Además, la IA está programada para detectar errores e indicar las correcciones. También ofrece un cúmulo de sugerencias para ajustar de mejor manera el texto a la rúbrica. En resumen, el Prompt parece una herramienta que sirve como potenciador para perfeccionar los textos según los criterios y necesidades. Para demostrar la efectividad del Prompt, el orientador se valió de un cuento de Hemingway. Le dio las indicaciones a la IA, copió el texto de Hemingway y la magia ocurrió en unos cuantos segundos. La IA desglosó de manera detallada, clara, contundente y precisa, según los parámetros establecidos, el texto de Hemingway. Identificación del sistema narrativo, régimen de focalización, distancia narrativa, infracciones técnicas detectadas, diagnóstico técnico final. Resultado: 97/100.
¡Sorprendente!
Envalentonados con la demostración, algunos aprendices solicitaron pasar por el análisis sus propios textos y así se hizo. Alberto obtuvo un 63, Alex un 68, Yolanda un 57, Mercedes un 48. Los resultados no es lo que vale la pena destacar, sino la manera como fueron interpretados. Muchos comentarios, opiniones e intervenciones. De todas ellas, la que más me interesa es la siguiente:
“Profe, si no obtengo un resultado mayor de 70 puntos ¿significa que mi texto está mal?”
¡Credibilidad señores!
Eso es lo que muchas personas buscan, quieren y procuran. Necesitan que algo o alguien les diga que lo que hacen está bien, es correcto, es idóneo. Si dicha credibilidad se confirma a partir de una escala numérica, mucho mejor. Más certero, verídico, seguro y riguroso.
¡Claro que la educación y la formación genera credibilidad!
Dicha credibilidad va en concordancia con ese estilo de vida que pretende minimizar los riesgos. Nos gusta lo predecible y lo estable. No es extraño entonces que tengamos una voluntad dispuesta a las reglas, a las normas y los criterios si esto garantiza dicha estabilidad y tranquilidad. Los que buscan la credibilidad son aquellos que pretenden lo predecible. Es decir, los que escriben son los que se ajustan a todas estas normas y criterios a la hora de ejercer su arte. Los escritores, lógicamente, se rigen a esas normas y reglas que garantizan su propósito. Si un escritor pretende publicar, es evidente que va a adoptar los comportamientos que van en concordancia con dicha intención. Un escritor, en el sentido más estricto de la palabra, adoptará las actitudes y comportamientos que sus antecesores establecieron. Si a ellos les funcionó, es porque el método es el correcto e indicado. Un escritor con estas intenciones poco deseo o voluntad tiene de innovar, de intentar algo diferente, de arriesgar su genio y sus esfuerzos por algo incierto, desconocido o inoperante. Un escritor con las miras estrechas solo se va a limitar a lo estrictamente establecido y necesario.
¿Es esta la única vía para alguien que escribe? ¿Qué es un escritor, entonces?
Creía tenerlo claro, pero con el paso del tiempo y la garantía de ciertas experiencias, me he dado cuenta de las verdaderas implicaciones de ser un escritor. Ahora, yo ya no sé que es realmente un escritor. Me gusta pensar que la noción de “escritor” puede ser tan diversa como la cantidad de posibilidades que alguien que escribe tiene sobre el papel. De esta forma, llegué a una curiosa conclusión: No todos los que escriben quieren ser escritores. Los que quieren ser escritores juegan a ser ese 97 de Hemingway. En consecuencia, su arte se convierte en un quebradero de cabeza, un quemarse las pestañas para complacer a alguien más. Téngalo por seguro, a esa mujer que preguntó en el taller si su calificación cuantitativa representaba la calidad de su intención narrativa nunca la voy a leer.
¿Qué mensaje me puede ofrecer alguien que duda de sí mismo, que necesita la validez de una máquina?
Se convierten en escritores autómatas y predecibles. La mejor referencia que tengo de esta característica la encuentro en el videojuego Age Of Empires 2. Un juego de estrategia que goza de cierta popularidad, aún y a pesar de tener más de veinte años de ser creado. El desarrollo, la práctica, popularidad y costumbre de este ha creado un estilo de juego llamado “MetaGame”. Este estilo de juego consiste en el desarrollo de tácticas y estrategias que permiten implementar la mejor eficiencia de las dinámicas, las habilidades y recursos del juego, las civilizaciones y los mapas. De esta forma, se estableció un estilo de juego estandarizado que “garantiza” el mejor de los resultados y la consecuente victoria. Jugadores que pretenden la mayor efectividad para obtener el mejor resultado. Los jugadores, en consecuencia, han desarrollado un hábito que parece un algoritmo: haga esto, luego, esto otro, después, esto otro. Ciertamente, este estilo de juego hace del juego en sí mismo algo monótono, aburrido, repetitivo, tedioso y predecible. Los jugadores mejor ranqueados aplican este tipo de estrategias la mayor parte del tiempo. De hecho, parece que no son capaces de jugar otra cosa fuera del MetaGame. Por fortuna, existen excepciones. Dentro de esta comunidad algorítmica, que procura la perfección, nació un pequeño grupo de jugadores que recordó el verdadero propósito de un videojuego: la diversión. Jugadores que no se rigen al algoritmo, que no siguen las reglas, que implementan estrategias impredecibles, un tanto descabelladas y caóticas. Así, se creó el Anti MetaGame. Uno de los máximos representantes de esta innovadora forma de jugar es un personaje que se hace llamar Poop Lord, o el señor de la caca.
Poop Lord es un tipo normal, con empleo, con una familia y una afición: el Age Of Empires 2. El tipo es un genio. Decirlo es fácil, pero demostrarlo es un poco complejo. Su principal razón es la diversión, en este sentido, es claro que un estilo de juego como el MetaGame difícilmente le garantiza eso que busca. Por ende, decide implementar estrategias fuera de lo convencional. Aun así, salirse de lo convencional es quedarse cortos. Caos, desorden, novedad, imperfección, riesgos y pruebas. El sobrenombre, realmente, le queda a la perfección. La única y verdadera estrategia que implementa es la capacidad de adaptación, cosa de la que carecen los jugadores del MetaGame, es decir, la mayoría de los jugadores. De allí, el éxito de sus riesgos y atrevimientos. Pero esto no es lo más sorprendente. Lo que realmente hace a Poop Lord un genio es la respuesta de la comunidad ante su forma de innovación. Ha sido censurado, insultado, baneado, incluso amenazado. La comunidad trata de evitarlo, reprobarlo y condenarlo. Incluso, los mismos desarrolladores del videojuego lo han censurado.
¿Por qué? ¿Por ser diferente? ¿Por limitarse a ser lo que es y no ser como el resto de los jugadores?
La comunidad le tiene miedo ya que es auténtico, único y diferente. Las estrategias que implementa se valen, en gran medida, de ese miedo de los jugadores tradicionales a salirse de lo que conocen bien, de lo que están acostumbrados, de lo que hacen mecánicamente. La gente tiene miedo, mucho miedo de salir de su zona de confort, de sus hábitos, de su vida bien controlada y predecible. Esta comunidad, estancada en la rigurosidad de sus estrategias, no sabe qué hacer ante algo que desconocen. Poop Lord les enseñó que el juego se juega de muchas maneras y la victoria no la asegura un algoritmo repetido hasta el cansancio. Claro que ha perdido miles de partidas, pero lo hace innovando, probando, divirtiéndose, jugando el juego.
¿Quién es el que pierde, realmente?
Tan adaptados están a su mundo de “perfección” que todo lo que sea diferente es peligroso. No se puede permitir ni tolerar, así que se reporta y se denuncia para garantizar el correcto y común funcionamiento de las cosas. Poop Lord es un genio, ya que piensa fuera del molde. Es el único capaz de encontrar una estrategia donde nadie es capaz de hacerlo, ya que la gran mayoría está muy ocupada procurando hacer lo mismo que todos los demás.
Ahora bien, para llegar a esa capacidad de innovación, necesita conocer las reglas a profundidad. Conoce muy bien el MetaGame, se ha perfeccionado en él, lo descubre y lo descifra al pie de la letra. Sólo de esta forma puede romper el MetaGame. No se pueden romper las reglas cuando se desconocen, y Poop Lord sabe muy bien lo que hace, ya que conoce a la perfección no solo el videojuego, sino todas las maneras en que se puede jugar. En este sentido, es un estudioso del Age Of Empires y un experto en el MetaGame. Así, la formación cobra un sentido mucho más poderoso, real, interesante, atractivo y seductor. Aprender las reglas para romperlas, transgredirlas y ser el Poop Lord de la literatura.
AUTOR: JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
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Julián David Rincón Rivera, segundo de dos hijos, nacido en Bogotá, Colombia el 7 de abril de 1994. Profesional de Cultura Física, Deporte y Recreación.
Lector apasionado, escritor por elección, músico por diversión.
Cuenta con tres publicaciones antológicas con la editorial ITA, además de dos publicaciones en proceso, también de carácter antológico, con factor literario y la editorial mítico.
Con varias publicaciones en revistas de américa latina, encuentra en la escritura el mejor sustento para su vida.
Instagram: @relatero_literal
