COLUMNA DOMINICAL
SOBRE LA ADMIRACIÓN
Por: Julián David Rincón Rivera (Colombia)
Correo electrónico: electrónico: rinconriverajulian@gmail.com

Imagen generada con IA / Chat GPT
Desde el primer momento en que apareció en el umbral de la puerta con toda su juventud, belleza, vitalidad, vigor, porte, elegancia, respeto y honorabilidad, reconocí algo familiar en él. Su hermano lo recibió con alegría y euforia, mientras que su madre lo llenaba de besos al tiempo que trataba de contener las lágrimas. Claramente, aquel hombre joven era un ser querido en la casa. Unas cuantas páginas bastaron para enterarse de que el recién llegado era Karim, el hijo ausente que había decidido abandonar la comodidad del hogar para buscar otros horizontes. Desde la perspectiva del criado de la casa —un muchacho que recién había llegado para ayudar a la madre del hogar en las labores domésticas—, la llegada de Karim fue toda una novedad. Había oído hablar a los miembros de la casa de manera efusiva sobre un hombre joven, inteligente, capaz, amable y cordial mientras recogía la mesa, barría el patio frontal de la casa, aseaba los baños de los cuartos o lavaba los platos. Supuso que aquel de tan dignas cualidades era Karim, el recién llegado. Sin embargo, su apariencia física no parecía contener todo lo que entre pasillos, comidas, risas y chanzas del tiempo del café a media tarde se hablaba. No le bastó más que ese primer saludo con Karim para cerciorarse de todo lo que había escuchado a hurtadillas. Su trato era ameno, respetuoso y cálido. Lo miraba a la cara, directamente a los ojos, como si tratara con un igual. El criado, por su parte, recibió los saludos del joven hombre, percibiendo el afecto y la cortesía de alguien que lo valora y lo reconoce. Esto no significa que este trato fuera una novedad desde el día en que llegó a la casa; aun así, consideró que aquel hombre joven, adiestrado en las normas, maneras y hábitos del mundo exterior, gozaba de la autoridad suficiente para introducir una frontera jerárquica entre los dos. Aunque el trato que todos los miembros de la casa dispensaban al criado era cordial, respetuoso y ameno, este sabía que su rol era el de ayudar en la cocina, recoger la mesa, asear los baños, barrer el piso y otras tantas labores domésticas que, indiscutiblemente, lo diferenciaban de todos y cada uno de los miembros de la casa.
La historia continuó su desarrollo a medida que las páginas iban siendo leídas. Mientras tanto, Karim se iba integrando a la monotonía y cotidianidad de la casa. Sería el jardinero quien le contaría al criado que el recién llegado se trataba del hijo menor de la familia, que estaba cursando estudios universitarios y llegaba a pasar la temporada vacacional en casa de sus padres. Cierta tarde, después de haber terminado sus labores diarias, el criado, como era costumbre, se encerró en su habitación personal. Dejó un poco entornada la puerta con el fin de que la luz clara del pasillo ayudara a la bombilla LED de poco voltaje a iluminar el pequeño cuarto, falto de ventanas. Comió una merienda rápida, organizó un poco el cuarto y se disponía a recostarse un poco en la cama cuando alguien tocó la puerta. Era Karim, que lo saludó cordialmente, pidió permiso para entrar en el pequeño y oscuro cuarto y se sentó en el baúl de madera cerca de la puerta. Quería entablar conversación con el criado. Le preguntó su nombre, su edad, el nombre de sus padres y de sus hermanos. Preguntó por sus estudios, su interés por el conocimiento y la lectura. El criado le dijo que había terminado sus estudios básicos en un instituto cerca de la ciudad donde vivía su familia.
—¿Allí aprendió inglés?
Karim lo había visto en el patio con el jardinero, escuchando algo a través de un parlante que este último utilizaba para amenizar las horas de su trabajo. Al acercarse, reconoció que el parlante transmitía algunas noticias internacionales en inglés. Mientras el locutor radial anunciaba las consecuencias de un nuevo ataque de Rusia a una ciudad ucraniana, el joven criado le iba traduciendo al jardinero, que asentía en silencio con la cabeza mientras plantaba unos geranios rojos en la tierra húmeda del patio frontal de la casa.
—Lo básico —dijo el criado.
—¿Por qué no continuó sus estudios?
No lo hizo ya que su familia no contaba con los recursos suficientes. Karim, al escuchar su respuesta, se cruzó de brazos y dejó la mirada en un punto muerto, cerca de la cabecera de la cama, como reflexionando sobre la situación del joven criado. No preguntó nada más. Antes de salir, le regaló unos cuantos libros.
La continuación del texto describe la facilidad con la cual Karim se adaptó a la normatividad de la casa. De vez en cuando se acercaba al criado y buscaba conversación. Hablaban de fútbol, música, literatura, mujeres, algo de historia y geografía. Su temporada vacacional la ocupó ayudando a su hermano mayor en una farmacia que había heredado del padre. Salía de vez en cuando a divertirse con sus viejos amigos de escuela y encontraba entretenimiento en las actividades culturales de la ciudad. Una tarde llevó a una delgada, alta, elegante y muy bella mujer a almorzar con su familia. Tiempo después la presentó como su novia. Finalmente, la temporada vacacional llegó a su fin. Karim tenía que volver al campus universitario para retomar sus estudios. La despedida, como era de esperar, fue sobrecogedora. Karim se despidió efusivamente del joven criado. Le dio un cálido abrazo, agradeciéndole todos los servicios ofrecidos a él y a su familia, y le recordó el interés y la importancia de la lectura. A su vez, le sugirió encontrar un espacio para continuar su formación en algún área de interés. Le confesó al joven criado que se había tomado el atrevimiento de pedir el permiso necesario a sus padres para que le brindaran todo lo necesario para dicho propósito. El joven criado quedó encantado. Karim tomó sus maletas, las subió a un taxi que lo estaba esperando y emprendió el viaje al campus universitario fuera de la ciudad. El joven criado, reunido con el resto de la familia en la puerta de la casa, sintió la partida de Karim. Sin duda alguna, se trataba de un hombre maravilloso, lleno de cualidades, inteligencia y buen corazón. Creyó sentir algo parecido a la admiración y se prometió considerar empezar sus estudios si con ello lograba agradar al joven hombre en su regreso a casa.
El capítulo del libro de Abdulrazak Gurnah cerraba de esta manera, con un sentimiento nacido en el criado a partir de esa interacción con Karim. Sentimiento que encontró resonancia en ese lector que, además, descubrió que la sensación de familiaridad al leer la detallada descripción de Karim a lo largo del capítulo no era para nada infundada. Karim le recordaba a Juan.
Juan es el mayor de cuatro hermanos, quien tuvo que arrastrar un cúmulo de injusticias que no se cuentan, no se admiten y de las que nadie habla. Sufrió de manera directa la falta de experiencia de unos padres primerizos que lo dejaron al borde de la muerte por asfixia a causa de un trozo de juguete ingerido en un descuido cuando era un niño de no más de tres años.
—Aunque creo que mis padres exageran.
A falta de testigos que verifiquen los testimonios, se asumió la experiencia como verdad.
Adquirió un rol paterno con sus hermanos menores, quienes no encontraron en su hermano mayor esa figura de autoridad a la cual obedecer y respetar. En consecuencia, la interacción entre el hermano mayor, con pretensiones de autoridad, y sus hermanos, contaminados por el germen de la rebeldía, terminaba en fuertes discusiones que, en varias ocasiones, finalizaban en peleas a puño limpio. Perdió progresivamente todos los privilegios que por derecho le correspondían por ser el primer hijo a medida que sus hermanos llegaban a este mundo. En definitiva, el hermano mayor siempre lleva las de perder. Aún y a pesar de todo, Juan nunca perdió el don de vigor y vitalidad que tanto lo asemejaba a Karim. Era un hombre joven, en la flor de la vida, en ese momento donde todo se puede y todo se quiere con igual intensidad, donde el mundo parece un lugar apto para ser conquistado. Es factible considerar que tan desmedido deseo no es más que un capricho insensato si Juan no tuviera de respaldo la belleza, la juventud, la inteligencia y el entusiasmo que nunca más se repiten en el transcurso de esta vida. Aunque es una característica común en todas las personas de su edad, Juan resaltaba otras tantas cualidades que no era posible identificar en esos contemporáneos suyos.
Juan estudiaba, trabajaba y se daba el lujo de divertirse con sus amigos cada fin de semana con una facilidad inverosímil. Todo esto lo hacía con una ligereza y simplicidad que parecía envidiable. Estaba apto para cualquier actividad, cualquier reto, cualquier circunstancia. Lo disfrutaba todo y no se quejaba de nada. Solo sabía encontrar buenos momentos, alegrías y experiencias en cada una de sus actividades diarias. La vida le sonreía. Él, a cambio, vivía con una intensidad inaudita que generaba envidia y resentimiento en muchos que lo conocían. Era como si la felicidad fuera una decisión tan ligera y simple como decidir si tomar café o chocolate para el desayuno, o elegir los calzones azules o negros, o preferir caminar antes que tomar el bus. Nunca nadie lo conoció enojado, nunca nadie le escuchó una mala palabra, nunca nadie lo encontró en una situación comprometedora. Aunque alguna vez alguien lo vio irse a los puños con uno de sus hermanos o discutiendo con su señor padre, aun y a pesar de todo esto, parecía que Juan no perdía los papeles. Su persona denotaba tranquilidad, serenidad, atención y un dominio de sí mismo poco usual en los hombres de su edad. Siempre parecía muy centrado, calmo y recto. Es decir, se interponía a las circunstancias; no dejaba que estas lo dominaran, controlaran y manipularan. Era eso, precisamente, lo que más se reconocía de él: no dejaba que las circunstancias le ganaran. Imponía la razón al sentimiento, lo que lo llevaba a tomar las mejores decisiones. Esto le otorga más mérito a su persona en comparación con Karim. De igual forma, le da una razón más lógica a su comportamiento: Juan tenía los pies bien puestos sobre la tierra.
Admirar. Tal vez es el sentimiento primario en este caso. Tal vez es la sensación que invadió al criado al despedir a Karim en aquella tarde de un febrero temprano, pasado por un sol tímido y un viento agresivo que levantaba todo el polvo acumulado del año inmediatamente anterior. Aun así, admitir que aquello es real y auténtica admiración es demasiado. En primer lugar, no cree conocerlo lo suficiente como para admitir semejante apreciación. Para admirar como se debe, como es justo, como es necesario, se debe admirar no solo los aspectos más agradables, simpáticos, favorables y convenientes de una persona. Admirar significa reconocer toda la complejidad de esa persona, tanto lo bueno como lo malo, lo bonito como lo feo, lo conveniente y lo no tan conveniente. No quiere admirar a medias, ni mucho menos una admiración hipócrita. Si va a admirar, quiere hacerlo con toda la fuerza de su corazón, con todo el ímpetu de su voluntad, con todo el deseo de su alma. Quiere admirar, aunque le duela hacerlo, aunque lo condene, aunque lo torture. No quiere admirar porque sí, sino aun y a pesar de.
¡Qué irracionales y patéticos son todos aquellos que admiran a una persona que no conocen realmente!
¿Qué es lo que admiran? Lo que los medios de comunicación muestran, lo que internet enseña, lo que la sociedad cree conveniente para ser admirado. Muchos caen en el juego de una manera tan ingenua que duele, quema, carcome.
Siguiendo este principio, la necesidad de una certeza de la persona que se admira, la posibilidad de admiración se reduce drásticamente.
¿Es justo? Puede que no lo sea, pero lo considera necesario. En este sentido, el reconocimiento de la admiración recae en ese círculo tan estrecho y limitado que es la familia, los amigos y los más cercanos. La admiración parece tener una connotación mucho más real y auténtica cuando se admira a alguien aun y a pesar de su grado de complejidad. Es mucho más admirable admirar a mamá o papá, a un hermano, un tío, un abuelo, a un hijo o a la pareja antes que una estrella deportiva en el auge de su carrera o a un artista en las ínfulas de su reconocimiento.
Hay que encontrarle a Juan ese algo, ese capricho, ese remordimiento, ese reproche para comprobar si el sentimiento de reconocimiento puede confirmarse como admiración. Pero es que el cabrón parece limpio, inmune, totalmente ajeno a esas mañas que nos hacen ser lo que somos. Le dio vueltas y vueltas y no encontró nada. Es necesario que la similitud de Juan con Karim vaya más allá del capítulo en mención. Necesitamos esa transformación del personaje de la novela de Gurnah. Necesitamos pasar del modélico hombre dotado de todas las características de un hombre de sociedad hasta llegar al tipo con tintes de villano que no es más que un hombre cercado por la vulnerabilidad. O tal vez esto es ir demasiado lejos. Ni modo. A falta de argumentos para encontrarle ese reproche que justifique la admiración, no queda de otra más que inventárselo.
Juan fue acumulando años, responsabilidades, reproches, lamentos y tal vez uno que otro arrepentimiento. ¿Quién lo puede negar?
Los años, de una manera extraña, misteriosa y tal vez injusta, aplastan el ímpetu de cualquier mortal. La energía se acaba, la vitalidad se esfuma, la ambición se pierde. Llega la resignación, el cansancio, el desespero. Poco a poco, Juan va perdiendo todo lo que era reconocible en él. Juan, poco a poco, se va convirtiendo en un adulto. Uno con los ojos tristes y cansados. El pelo corto y adecuado. La sonrisa corta y resignada. El cuerpo grande y pesado. Juan ya no es el de antes. Ha caído en el desgraciado juego que es vivir la vida arañando cada posibilidad, cada instante, ahogado por las deudas, cansado por la rutina, desgastado por la monotonía. El momento culmine, el punto de no retorno, llegó cuando se anunció que sería padre. Su vida, de por sí ya compleja, ocupada, llena y trajinada, terminó de consumirlo en el tedio de la responsabilidad con su nuevo rol de padre. Sus amigos lo perdieron, su familia lo extrañaba y entre ese correr diario para rebuscarse un mejor futuro ya no solo para él, sino para su hija y su mujer también, hacía galas de malabarista para rescatar algo de tiempo para los suyos, que ya eran unos completos extraños.
Ese día vio a Juan… diferente. No sabría decir si se debía al hecho de no haberlo visto desde hacía algo más de un año o si realmente Juan había cambiado. Aquel sábado en la noche, como era habitual, se reunían entre algunos familiares y amigos para jugar fútbol. El fútbol era una excelente excusa, tal vez la única y real manera que se permitían para mantener los vínculos familiares más allá de las responsabilidades y obligaciones de cada uno. Como era de esperar, era un gusto, pero esos gustos se secan y extinguen con el tiempo. Para algunos, el gusto representaba esa posibilidad de asegurar esa obligación moral que es verse de vez en cuando con la familia. Para otros, un respiro de la ajetreada rutina diaria. Allí, en el campo, se expulsan todas las penas, remordimientos, rencores, dolores y pesares de la vida diaria. Al menos una hora para olvidarlo todo y simplemente jugar y divertirse con los amigos y la familia. Para todos ellos, esa hora cada sábado en la noche era sagrada; aunque no lo dijeran o expresaran, el tiempo así lo demostraría.
Juan llegó sobre el tiempo. Entró de manera apresurada al parqueadero de la cancha, saltándose los baches del terreno adoquinado con su Peugeot 206 Vinotinto. Parqueó en la plaza más cercana a la cancha, sin preocuparse mucho en hacerlo bien. Al bajar del vehículo, ya estaba cambiado. Tenía un uniforme de la Roma de Italia que le quedaba muy ajustado, lo que resaltaba la prominente barriga que se le había desarrollado en ese último año. La pantaloneta le quedaba más arriba de las rodillas y las medias, desgastadas de tantas lavadas, no se ajustaban a las piernas, sino que se deslizaban perezosamente a la altura de los tobillos. El calzado, a juzgar por el resto de la indumentaria, parecía nuevo.
Para la mayoría de los presentes, Juan era una novedad en ese ámbito deportivo que se celebró como si se tratara de un gol. Saludos fraternales, alegres, conmovedores y efusivos. La atención se centró en ese nuevo integrante al cual se le preguntó el bienestar tanto personal como el de la nueva familia que integraba. Su respuesta fue una resignación que intentaba, por todos los medios, emitir esa ligereza, tranquilidad, serenidad y alegría que se le conocía. Este dramático esfuerzo que implementó fue ciertamente doloroso, tanto para él como para el resto de los presentes.
El hecho no pasó a mayores, ya que el cronómetro implementado a un costado de la cancha ya había empezado su cuenta atrás, y el tiempo en ese contexto cuesta. Se formaron los dos equipos de manera rápida y empezó el partido. Nadie se percató de la camioneta blanca que entró en el parqueadero de la cancha hasta que, al intentar parquear junto al Peugeot 206 Vinotinto de Juan, lo chocó, emitiendo un ruido extraño y escandaloso de latas que se retuercen.
—¡Juan, su carro! —dijo alguien.
Juan, que hasta ahora había implementado un trote suave y cansino para intentar aguantar los sesenta minutos, corrió de un extremo a otro de la cancha con zancadas largas, la cara preocupada y los puños apretados.
—No puede ser. Dios mío.
Al percatarse de los daños, que para ser sinceros no eran mayor cosa, su actitud se desmoronó. Confrontó al conductor de la camioneta blanca, que era un muchachito de unos diecisiete años que no tenía permiso de conducir y estaba pálido del susto. Pidió disculpas y se apresuró en llamar a sus padres para que vinieran a auxiliarlo.
—El parqueo no es que sea precisamente su mayor don —dijo alguien que estaba allí de pie con el resto de los curiosos, refiriéndose a Juan, quien era el dueño del Peugeot 206 Vinotinto mal parqueado.
No le quedó de otra más que esperar a que llegaran los padres del conductor de la camioneta blanca. Mientras tanto, sus ojos, llenos de resignación, tristeza y remordimiento, explicaban a uno y a otro lo difícil de la situación. El carro venía de una costosa reparación que había generado un disgusto entre Juan y su mujer.
—Cuando se enteré de este golpe…
Un hecho revelador para quien lo conocía unos años atrás. Su confesión era la certeza de que Juan también podía sangrar, por decirlo de alguna manera, por vivir esta vida que a todos nos toca y que, en términos generales, parece tan alegre y sencilla, pero que, en una perspectiva individual, adquiere una complejidad inaudita.
Juan, definitivamente, había cambiado ¿Cómo lo sabía? Simple: ya no era digno de ese sentimiento de admiración que antes despertaba.
AUTOR: JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
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Julián David Rincón Rivera, segundo de dos hijos, nacido en Bogotá, Colombia el 7 de abril de 1994. Profesional de Cultura Física, Deporte y Recreación.
Lector apasionado, escritor por elección, músico por diversión.
Cuenta con tres publicaciones antológicas con la editorial ITA, además de dos publicaciones en proceso, también de carácter antológico, con factor literario y la editorial mítico.
Con varias publicaciones en revistas de américa latina, encuentra en la escritura el mejor sustento para su vida.
Instagram: @relatero_literal
