COLUMNA DOMINICAL
CARTA DE UN ESCRITOR A SU EDITOR
Por: Julián David Rincón Rivera (Colombia)
Correo electrónico: electrónico: rinconriverajulian@gmail.com

No recuerdo cuándo fue la última vez que escribí para solicitar un nuevo plazo. Se que ésta es la cuarta solicitud ¿o la tercera? No estoy seguro. No escribo única y exclusivamente para solicitar una nueva ampliación del plazo. Si esta fuera la única razón, bien sabe usted que no me hubiera decantado por esta formalidad. Simplemente hubiera tomado el celular, hubiera marcado el número y hablaría: “Hola Felipe ¿Qué más? Sí, sí. Todo bien, todo bien…” Hubiera dicho que no me ha alcanzado el tiempo, que he tenido problemas, que la cosa va andando. Todo mentiras, usted lo sabe bien. Así que, si me tomo el trabajo de sentarme a escribir, es por una buena razón. Primero que todo, quiero pedirle disculpas por mi falta de compromiso. Sé que es difícil lidiar, en especial de su parte, con las ampliaciones de plazos. Se me cae la cara de vergüenza tener que solicitar, una vez más, un nuevo plazo. Sé que han tenido mucha paciencia, más de la necesaria. Esto me ha llevado a obligarme a mí mismo a entregar no un buen trabajo, sino el mejor, como una forma de retribución a toda la espera y paciencia con la cual me han correspondido.
¡Me he esforzado, Felipe, créame que me he esforzado!
No sé si esto sirva para algo, pero siento una gran deuda por toda la confianza y esperanza que han puesto en mi persona. Créame entonces si le digo que me cuesta un montón esta carta.
¿Recuerda cuando salió la primera publicación, con ese instituto académico el cual usted hacía parte? ¿Recuerda que ese mismo día le dije que, a partir de aquel momento, ya no desaprovecharía ninguna oportunidad? ¿Qué de allí en adelante el éxito de mi profesión dependería del mérito de mi trabajo? No quiero que piense que soy un mentiroso, un irresponsable, un fraude, un hipócrita o un descarado. Por mucho puede que sea un atrevido, pero déjeme explicarle las razones que me han llevado a solicitar, una vez más, un nuevo plazo y que se resumen en una confesión.
Uno de los principales objetivos de todo escritor es desarrollar su propia voz narrativa. No soy ajeno a esta intención. Por ello, he decidido hacer la trampa de copiar. Copiar para poder desarrollar esa forma de identidad individual y personal. Muchos lo han hecho. Yo he tomado como prototipo a Albert Camus. Cuando escribo, lo hago pretendiendo simular su narrativa. Quiero parecerme a él, acercarme, simularlo, pero antes de un sentido estrictamente narrativo, me agrada la idea de saborear la gloria de su persona, de su pensamiento punzante, poderoso y estimulante. Quiero vivir en carne propia las estimaciones del reconocimiento y la fama. Sí, yo también soy víctima de esa necesidad de reconocimiento, de aprecio y, porque no decirlo, de fama. Mi orgullo lo desea, mi ego lo anhela. Sin embargo, no quiero otorgarles esa posibilidad. Conozco bien lo estéril de sus resultados, que no dejan más que un mal sabor de boca y una sensación de sequía, vacío y aridez. ¿Cómo le hace uno para escapar a esos anhelos que parecen ser completamente ajenos a la voluntad de la persona? Supongo que la única y real manera es caer en ellos, gozarlos en su efímera presencia, sufrirlos en su inevitable consecuencia y disfrutar las lecciones de sus anecdóticas experiencias.
Con este propósito en mente, de hacer de mi narración una exquisitez para el paladar de cualquier lector, pienso cada palabra, cada frase, cada oración. No digo que esto sea incorrecto, pero la constante reflexión lleva a la duda y la ambigüedad. Pienso más de lo debido, más de lo necesario. Dudo en exceso, en consecuencia, nada me complace, nada me agrada. Todo tiene un tono envalentonado, presuntuoso, arrogante, con un aire de superioridad, con una escondida y oscura intención pretenciosa. Está de sobra decir que la diferencia entre mis esfuerzos y el resultado estimado es abismal. Antes que complacerme, parece busco complacer al lector. Más que eso, quiero demostrarle mi inteligencia, el poder de mi pensar, de mis ideas, de mi genio narrativo y creativo.
¡Estupideces! ¡Banalidades!
Entre más esfuerzo aplico para procurar esto, más alejado me encuentro de mi verdadero deseo. En consecuencia, mi narrativa es lenta, sosa, tediosa, aburrida y presuntuosa, tal cual me disgusta, tal cual condeno y desprecio. Pretendiendo complacer a muchos, he llegado a despreciarme a mí mismo. Ya no soy capaz de encontrarme en eso que escribo. Ya no me leo en esas ideas, en esos pensamientos. Me alejo de eso que quiero ser, que procuro ser, para pretender algo que no soy, con el fin de quedar bien, de gustar, de agradar. No se imagina lo descorazonador, traumático y desconcertante que es no encontrarse en eso que uno mismo escribe. Ese es principalmente mi problema; escribo pensando en la fama, el reconocimiento, la recompensa económica. Por eso me va tan mal. Copiar un estilo para procurar la recompensa que este supo ganarse en su tiempo, cuando debería copiar el estilo como preámbulo y cimiento que sirva de impulso para el desarrollo de un estilo propio, personal, fresco, actual, poderoso, inquietante y estimulante. Usted sabe bien la importancia de afirmar y afianzar un estilo narrativo propio y personal. ¿Cómo puedo garantizarlo si me engaño continua y repetidamente a mí mismo?
¡Debe valer más la satisfacción propia, personal! ¡El goce del ejercicio, la satisfacción en el obrar!
Es aquí donde las palabras de Bukowski adquieren sentido: “Yo escribo para mí mismo”. Ahora bien, no se trata de una actitud egoísta, terca o negligente. Se trata de una forma de autenticidad, la certeza de encontrarme en mis palabras. Que cada texto, cada párrafo, cada frase sea un segmento de mi reflejo. Se escribe para crearse, confirmarse y afianzarse. Se escribe para confirmar los ecos del yo, para extender la vorágine de los sonidos internos que reafirman y confirman lo que cada uno es en la intimidad, en silencio. Si Bukowski escribía para sí mismo, era para mostrarle al mundo lo que él mismo era, sin la necesidad de gustar, agradar o ser aceptado. Eso mismo es lo que yo debo procurar; la reafirmación de mi propia persona, no la de otro cualquiera. Vale más el fracaso siendo auténtico que el éxito pretendiendo ser algún otro ajeno ¿No le parece? Pues en ese cuento estoy.
¿Cree usted que este es mi único obstáculo? Si así fuera, créame que no lo importunaría con mis alegatos.
En internet es fácil encontrar métodos y remedios para cualquier cosa. Abundan los que ofrecen la respuesta para vencer la pereza, la infelicidad, la procrastinación, la pobreza, la miseria o la soledad. Todos parecen tener un método eficaz y asegurado que promete algo. Pues yo también tengo mi método, aunque no para la felicidad, ni tampoco asegura algo. De hecho y para serle sincero, a mí ya no me interesa la felicidad. Cuando la procuro, desde ese momento me siento cohibido, condicionado, angustiado y preocupado. La no confirmación de ese estado es como un aseguramiento de un fracaso rotundo. Si no se es feliz, la vida no vale nada. Es como si la felicidad fuera la única alternativa, la única posibilidad. La felicidad es el santo grial de la vida. Ahí tiene entonces, a todos corriendo detrás de ella, procurándola, asegurándola. Luchan entre sí, muerden, rasguñan, golpean y pisotean. Intente quitarle a alguien algo que lo hace feliz y descubra su reacción. Es una lucha cansada, angustiante, mortal e inhumana. Me cansé de perseguirla, de procurarla la mayor cantidad del tiempo, como una llama tibia, ligera y abrigadora que espanta toda la oscuridad de la noche. El problema es que la llama se apaga, amigo mío. Hay frío, hay viento, hay otros que pretenden esa misma llama y dado que no la pueden asegurar, soplan para apagar la de los demás. Si ellos no la tienen, que nadie la tenga. Yo apagué mi propia llama, no necesité a nadie que lo hiciera por mí y le aseguro que me siento muy complacido de haberlo hecho. Desde que dejé este propósito, me siento más tranquilo y ligero. Llámelo como lo quiera llamar. Muchos me reprochan una actitud conformista en mi decisión, aunque yo no lo veo completamente de ese modo. Conformista es el que no aspira a nada y se deja arrastrar, irresponsablemente, por las corrientes engañosas de la vida. Yo aspiro varias cosas, como se lo he tratado decir, pero pareciera que la no aspiración a esa dicha y felicidad de la que tanto hablan es un argumento para reprochar, reprobar, condenar y castigar. Ya no estoy interesado en esa angustiante carrera, ya no quiero encontrar excusas para vencer el malestar. Prefiero, antes que ser feliz, vivir, y para mí vivir es algo más, mucho más que simple y exclusivamente ser feliz. No quiero decir con esto que me niegue a alguna forma de felicidad si las corrientes de la vida así lo procuran. Quiero disfrutar de la vida con todo el poder de su condimento, con toda la fuerza de su complejidad. Quiero reír, quiero sufrir, quiero llorar, quiero caer, quiero amar, todo con la mayor intensidad posible. Quiero vivirlo todo y no dejar nada en el plato. Quiero llenarme el apetito con todas las gamas de posibilidades, aún y a pesar de que muchas no sean gratas, agradables o complacientes. Para ello, elegí la entrega sin límites, excusas o remordimientos a los efectos de ese ejercicio tenaz y disciplinado: el pensamiento juicioso y constante.
Déjeme le hablo del pensamiento. Tendría la necesidad de referirle, una vez más, a Camus.
En él es fácil descubrir un talento innato, alimentado con su aguda inteligencia. De eso no hay duda. Sin embargo, el aspecto que mejor sé reconocer y más puedo admirar de su persona es la pasión. El talento que emana de cada uno de sus textos, de sus párrafos, de sus líneas, de sus ideas es inigualable. ¿De dónde ha salido tanto talento? Creo tener la respuesta. Ese talento no fue adquirido, como en muchas ocasiones pasa por obra y gracia del destino, la providencia, Dios, la casualidad, llámelo como lo quiera llamar. Existen muchos que nacieron con un talento innato y adquirido, uno que está tan arraigado a la persona, a sus hábitos, sus actos, sus costumbres, sus maneras, que es difícil imaginar a la persona fuera de ese talento. Talentos que entrenados, practicados y ejercitados terminan de pulirse en una forma de obra maestra capaz de cautivar a cualquier indiferente del arte, las letras y la literatura. Talentos que parece no requieren esfuerzo, sacrificio, esmero, paciencia o dedicación. Talentos que, a fin de cuentas, hacen de sus poseedores unas leyendas en vida. Pues bien, tengo la certeza de que este talento no fue adquirido al nacer, sino que ha sido desarrollado, más que con dedicación, esmero, esfuerzo o sacrificio, con pasión.
¿Cómo más hacerlo si no con pasión? Sí, pasión, ese es el elemento primordial. Pasión no solo por leer o escribir, pasión por pensar. Camus era un pensante por encima de cualquier otra cosa. Uno obstinado que mantenía su cabeza trabajando continuamente. Ahora bien, me dirá que todos piensan. Indudablemente. Yo pienso, como seguramente usted también lo hace, pero no todos lo hacemos de la misma manera. Muchos lo hacen de una forma mecánica, inconsciente, involuntaria. Muchos dejan que sus pensamientos determinen el rumbo, la dirección, el destino de sus decisiones y de sus vidas.
¿Cuántos nos hemos sorprendido con pensamientos intrusivos, incoherentes, descarados, inmorales, sucios, perversos y peligrosos? ¿Cuántos, del mismo modo, nos dejamos llevar por la magia silenciosa y reservada de estos pensamientos?
También los hay que no les gusta pensar. Es mucho más fácil dejar que otros lo hagan por uno mismo. Pensar requiere un esfuerzo enorme, más aún si no se está habituado a ello. A lo que me refiero es a esa forma de pensamiento controlada, consciente, voluntaria y dirigida. Eso es lo que sabía hacer muy bien Camus; lograba controlar, dominar y manipular sus pensamientos. A diferencia de muchos de nosotros, tenía la capacidad de poner en orden sus pensamientos, no permitía que estos lo manejaran o manipularan a su antojo. Esa es su principal virtud, su gran poder, la capacidad de controlar sus pensamientos y lo desarrolló con el esfuerzo consciente, dedicado y juicioso de esta tarea. Estas personas, estos pensantes de voluntad y consciencia, lograron hacer amistad con estos, sus pensamientos. Usted sabe bien lo que dicen, el peor enemigo de cada uno es uno mismo. Pues bien, el peor enemigo de cada persona son sus pensamientos porque, digámoslo, lo que ocurre en la cabeza de cada uno puede resultar algo insano, alucinante, insólito, incluso peligroso. Así que es muy favorable ponerlos de nuestro lado. Pero claro, no resulta algo fácil y rápido. Así como Camus existen muchos más que han puesto a su disposición y voluntad sus propios pensamientos. Personas que con el ejercicio juicioso, dedicado y cotidiano han logrado desarrollar esta habilidad. Expertos que, como cualquier otro experto en cualquier área, son capaces de encontrar un perfeccionamiento casi sublime a partir de la ejecución repetida, continua y perseverante de su labor. No es de extrañar que los más talentosos sean los que dedican más tiempo a esa labor que saben desarrollar tan bien. De igual forma ¿Qué tan peligroso puede llegar a ser sumirse en una burbuja inducida por el pensamiento constante y repetitivo?
En estos momentos, me llegan a la mente varias referencias: Poe, Dostoievski, Baudelaire, entre muchos otros, quienes, a causa de ese talento y genio esmerado, trabajado y desarrollado, también sufrieron las consecuencias de tan negligente labor. Aunque sería injusto asignar al pensamiento la principal causa de dichos malestares, puede que, en mayor o menor medida, influyera. Aun así, seamos claros. Pensar trae muchas consecuencias, más aún si se hace por iniciativa propia. Camus no fue una excepción. Su negligente labor le provocó más de un altercado, dificultad y molestia. Y se puede decir que la sacó barata, si se considera que su muerte fue, como según se hace creer, a causa de un accidente de tránsito. Pero no son este tipo de consecuencias a las que me refiero. Para ser claros y certeros, digo que vale la pena reconocer la labor de Camus ya que no llegó a perder la cabeza por ello. ¿Se puede afirmar que el ejercicio creativo, aquel que implica un esfuerzo esmerado, trabajo y consciente del pensamiento, puede llegar a rozar la locura?
Creo, si me permite el atrevimiento, que el genio creativo y la locura son vecinos acérrimos. Hermanos siameses, en el mejor y más claro de los casos. Incluso, se puede asegurar que el genio creativo sin su buena dosis de locura no llega a ese nivel de influencia que lo caracteriza. En lo personal, me gustaría llegar al nivel de Camus, pero me es inevitable no encontrar una diferencia abismal. Camus desarrolló esta habilidad de forma tal, que parece intrínseca, natural, demasiado arraigada en su persona. A diferencia de otros escritores o pensadores, la narrativa de Camus es clara, contundente, poderosa, sin la necesidad de ser presumida u ostentosa. El talento es más que evidente, además de trabajado y pulido por una inteligencia tenaz, todo esto detallado con una dedicación y esmero abismal. Es decir, toda producción de su autoría resulta como un ejercicio fresco, auténtico, agradable, poderoso, influyente y de calidad. En mi caso, cuando pretendo emular la calidad de sus esfuerzos, se nota el costoso esmero, el trabajado empeño, el angustiante deseo. Parece un esfuerzo doloroso que se arrastra, suplica, reniega y grita por algo de reconocimiento y aprobación. Esa es precisamente la característica que más envidio de Camus; sus ideas y pensamientos fluyen de manera ligera, feliz, natural y agradable.
Camus tenía vía libre para sus pensamientos. No existían obstáculos, distracciones o despiste alguno. Su ejercicio pensante y creativo estaba tan bien adiestrado que parecía un animal salvaje corriendo libremente por todo lo largo y ancho de una pradera lo suficientemente bella y extensa como para que cualquier agente externo interrumpiera la cabalgata. Las ideas, de esta manera, se ven alimentadas, estimuladas y alentadas. Gozan de muy buena salud, de imponente vitalidad. Son fuertes, poderosas, como el rugido de un león joven y salvaje, como el espléndido vigor de un tigre sano y fuerte. No es de extrañar que sus ideas tuvieran una potencia, una relevancia, una influencia tal que la sociedad no pudo pasar por alto.
¡Cómo desearía ser así de capaz!
Sin embargo, soy terriblemente procrastinador, ingenuamente distraído, dolorosamente descuidado. Tengo el propósito de aplicar la regla del pensamiento juicioso, consciente y esmerado, pero eso toma mucho tiempo y mucho trabajo. De igual forma, sé encontrar muchos obstáculos en mi camino que me impiden respirarle en la nuca a la figura literaria y narrativa de Camus. Tenga en cuenta que, al igual que la literatura y la narrativa, también existe la música, el alcohol y las mujeres.
Le confieso entonces que soy un espíritu procrastinador por excelencia. Soy, en el mejor de los casos, un hombre de la actualidad, la era moderna, la era tecnológica. Una víctima, una consecuencia del desarrollo desenfrenado, desencadenado de la tecnología que nos ha arrojado a una mecanización y consumismo descontrolado. Si usted me pregunta qué deberes tengo, le respondería que muchos, empezando, claro está, por mi compromiso con la editorial. Aun así, aquí me tiene, deliberando plácida y alegremente sobre mis deberes, que se van acumulando día tras día. Sin embargo, no sabe cuán importante es esta confesión para mí. Usted no se imagina el alivio que me proporciona poder contarle a alguien las pequeñas desgracias que me acometen día tras día y qué mejor persona que usted, mi editor, porque sépalo, Felipe, que antes que mi editor, es usted mi amigo.
Bien dicen que los amigos son esa familia que cada quién escoge. Por mi parte, le puedo asegurar que he sido un hombre afortunado, por lo menos en este aspecto. Si le comparto esta parte tan íntima de mi persona, es porque, más que confiar en usted, sé que encontraré en usted un espíritu que sabrá entender y comprender mi situación.
¿No le pasa que tiene toda la voluntad, todo el deseo, poder, decisión y anhelo de hacer todo lo que debe en los momentos inadecuados?
A mí me pasa mucho cuando estoy fuera de casa, dando un paseo o en una cafetería, en un bar, en un centro comercial, en un restaurante almorzando o sentado en algún parque mirando los perros, las ardillas, las mariposas revolotear, observando cómo se mueven las blancas nubes tapando el cielo azul y el resplandor del sol, observando a los jóvenes estudiantes después de clase, con su elegante ligereza y despreocupación. Me gusta mucho su auténtica juventud, su poder rebelde y su elegancia elocuente. Los envidio. Más que recordarme en esa edad, desearía ser uno de ellos, pero no con esa ingenuidad atrevida, arriesgada y auténtica. Desearía ser un joven con la madurez de un adulto. O cuando me paso por las calles del centro, cruzándome con los oficinistas y el personal de los bancos, que salen a almorzar. O en las zonas más retiradas de la ciudad, donde se encuentra la cara más amable y tranquila de la misma, es decir, su lado más salvaje y natural. Desvarío. A lo que me refiero es a esos momentos donde me encuentro haciendo algo totalmente diferente a lo que mi deber y obligación requiere. Me refiero a esos momentos que Miller describe en su trópico de Cáncer, cuando sale a dar un paseo por París, con el propósito de encontrar un amigo, a lo menos un conocido y asegurarse el alimento de esos días solitarios, fríos, desocupados y desabridos de París. Usted más que nadie sabe lo importantes que son estos momentos de distracción y dispersión para un artista, para la creatividad, para el correcto funcionamiento de las cosas. Usted sabe muy bien que es en estos momentos cuando suele aparecer el genio creativo. Se que usted me comprende y me entiende a la perfección en estos términos, por eso digo que es usted mi amigo. Precisamente es allí, al estar desocupado, alejado de mis deberes y obligaciones, cuando una alegría, un entusiasmo, una emoción y excitación particulares me atrapan, me absorben y me alimentan. En estas circunstancias se me es muy fácil encontrarle el interés, el encanto, la diversión y el disfrute al asunto. Todo se presenta con una claridad que emociona, excita y entusiasma. Defino claramente los procedimientos, los pasos, los mecanismos que permitirán no sólo cumplir con satisfacción mis obligaciones, sino que harán del borrador el mejor de todos los borradores jamás presentados.
“Cómo me gustaría tener una secretaría a mi lado, a la cual narrarle todos los sucesos que acompañan mis pasos por París…”
Algo así dice Miller y eso mismo es lo que me pasa en las calles, pero no precisamente de París. Bien podría valerme de la tecnología para simular a la secretaria de Miller. Si así fuera, téngalo por seguro que el apelativo de secretaria se quedaría corto. La tecnología perfectamente puede superar las estimaciones de una, pero me conozco bien. Si me atrevo a usar la tecnología como apoyo para procurar un tipo de aseguramiento de estas explosiones de creatividad, la inspiración se cortaría de sopetón. Ahora bien. No quiero que subestime mis interpretaciones, Felipe, tampoco creo hablar de una sobreestimación que rose la exageración. Cuando le digo que de allí surge lo mejor que he llegado a producir, es porque así es, así lo siento. Son esos momentos eureka tan comunes en los grandes artistas. No quiero decir con esto que soy un gran artista, pero la calidad de mi arte en esos momentos así lo sugiere. Así que no quiero que crea que estas son puras falacias, fantasías o excusas para justificar mi petición. Créame que en estos momentos me alegra saber que responderé de la mejor manera a toda la confianza, paciencia y credibilidad con la cual usted y la editorial me han premiado. Nada me hace más feliz y complacido que así hacerlo. Con este entusiasmo a cuestas me esfuerzo al máximo por encontrar los mejores resultados de los que soy capaz. Así, no me limito simplemente a dar cumplimiento a mis deberes, sino que transformo, evoluciono y revoluciono el mismo. Aunque no me lo crea, estoy cambiando el mundo con mis ideas. Me maravillo tanto de ellas, que me pregunto por qué aún sigo andando a pie, por qué sigo usando una Mac vieja y obsoleta, por qué sigo pagando un arriendo, por qué vivo en una ciudad de clase media. Al llegar a casa todo el sentimiento, toda esa emoción, todo ese impulso creativo desaparece, se pierde. No sé qué pasa conmigo, parezco uno totalmente diferente al que venía planeando, a ese genio que está a punto de revolucionar el mundo. Cuando llega el momento, la hora de la verdad, cuando me siento frente al ordenador, abro los documentos y se supone ocurre la magia, sucede que simplemente no ocurre nada. Ese fluir tan limpio, claro y eficiente se encuentra con un cúmulo de piedras grandes, poderosas y pesadas que impiden fluir con libertad. Tropiezo precipitadamente con cualquier obstáculo, sepultándome en él y estancándome allí. No se imagina la pena y frustración que me acomete al enterarme que no puedo llegar a ser eso que imagino, aspiro o pretendo. Respiro, miro por la ventana y comprendo que aún no estoy preparado, que no soy ese genio revolucionario que me imaginaba mientras estaba afuera, distraído y relajado. Soy una mala idea de ese invento creativo, como una mentira, como un mal chiste. Sin la posibilidad de hacer algo productivo y angustiado porque se me pierda el tiempo entre las manos, me sumerjo en internet. No sé por qué lo hago. La nada me paraliza, me asusta y me intimida. Una inquietud extraña y desesperante me impide quedarme allí sentado, pensando o reflexionando. La verificación de la hora en el ordenador no ayuda mucho. Ya sabe usted que no tengo redes sociales. Sabe también que la principal razón es debido a la pérdida deliberada de tiempo que allí ocurre, así que preferí eliminar esa tentación. Aun así, internet ofrece muchas alternativas para ello: perder el tiempo. Una de ellas es YouTube. Desde su página de bienvenida, ofrece una gama de posibilidades que me resulta prácticamente imposible de ignorar. En estos términos, debo condenar enfáticamente ese algoritmo que ofrece el mejor de los contenidos para cada una de las necesidades. Conocen bien mi angustiante necesidad de entretenerme con un video corto para distraerme un rato y eso es lo que me ofrecen.
¡COBARDES!
Se valen de mi necesidad y vulnerabilidad para sacar provecho de ella.
No tengo el hábito de la constancia, de la concentración, de la tenacidad y la perseverancia, tan vitales y elementales en esta, mi profesión. No puedo ser ese revolucionario, ese genio, ese gran artista si no soy lo suficientemente perseverante, concentrado y firme en mi intención. ¿Cómo pretendo sacar la mejor de mis potencialidades si me distraigo? ¿Cómo pretendo desarrollar lo mejor de mi talento si no me concentro? ¿Cómo pretendo presentar lo mejor que he llegado a hacer si no lo hago con juicio? ¿Cómo pretendo corresponder a toda la confianza y paciencia que usted Felipe me ha retribuido si ni siquiera puedo completar una página de un solo intento?
Esto es lo que más impotencia me genera; el no poder corresponder todo ese valor, toda esa confianza que usted ha depositado en mi persona, en mi talento. Usted y yo sabemos que talento tengo de sobra, pero ¿De qué sirve tanto talento sin un juicio, constancia y disciplina que lo direccione?
Soy mucho talento para tan poca persona. ¿Es qué me falta la pasión de Camus? No lo creo o, mejor dicho, no lo quiero creer así. ¿Qué sería de mí entonces? No quiero decir con esto que no me pueda permitir una distracción o entretenimiento durante el día. El problema resulta cuando estas formas de entretenimiento se interponen entre mi voluntad para trabajar y mis acciones. Entre cada párrafo, punto, idea, tiempo, interpongo un rato de entretenimiento.
¡Es inaudito!
Esto, inevitablemente, rompe con la concentración, la dinámica, la frecuencia y el impulso que vengo desarrollando. Todo queda interrumpido por esa necesidad de distracción rápida, ligera y efímera. Es como si esta necesidad hiciera parte íntegra de todo el proceso creativo. Sin ella, no sería capaz de consolidar estos ligeros intentos que pretenden revolucionar la literatura universal, presentar la mejor de mis creaciones, compensar todo el tiempo que ha pasado desde la primera fecha pactada con un muy buen trabajo. Así es como llego, cada dos por tres, a las páginas de internet. En estos contextos, pueden ocurrir dos cosas. Al pretender ese entretenimiento ligero que parece una forma para tomar un nuevo impulso, un nuevo interés, siempre me digo a mí mismo que dicho entretenimiento no me tomará más de cinco minutos ya que, al otro lado de la pantalla, en otra ventana, me sigue esperando mi labor, que aguarda pacientemente para convertirse en ese gran borrador que revolucionará el género narrativo. El primer problema surge al reconocer que soy terriblemente selectivo al momento de escoger dicha forma de entretenimiento. No sé si se deba a la cantidad de opciones y posibilidades que internet ofrece. Como creo que usted ya lo sabe, hay para todos los gustos, caprichos y necesidades. Es así como esos cinco minutos destinados para dicha labor pueden convertirse fácil y perfectamente en más de media hora, simplemente buscando y eligiendo dicho entretenimiento que alivie mi angustia y me permita continuar con mi deber. Divago entre la cantidad de oferta disponible en la pantalla. Algunos títulos llaman mi atención, otras impresiones me sugieren algo interesante o entretenido. Las voy considerando en mi mente, ya que, si solo tengo cinco minutos, vale más malgastarlos en algo que realmente valga la pena. Si elijo algo que al final no sabe compensar ese “sacrificio” al tenaz desarrollo de mi labor creativa, termino con una insatisfactoria sensación de que ese deseo de entretenimiento ligero no ha sido compensado y, como imagino debe adivinar, busco algo que sí logre compensar esa angustia. Así me puedo quedar en una forma de perpetuidad de reproducción insatisfecha, reproduciendo video tras video, intentando satisfacer ese deseo que parece exigentemente riguroso e insaciable. En este sentido, es muy conveniente para mis propósitos, como para el borrador en sí mismo, que dé con el video indicado. Si así es, no demoro más que la reproducción de ese video para retomar la labor creativa, que puede estar aún fresca, activa y entusiasmada si no ha pasado suficiente tiempo desde su interrupción. Las ventajas de estas distracciones rápidas y ligeras es que me permiten retomar el acto creativo con facilidad, sin demora, como si nada hubiera pasado. Sin embargo, si ese primer intento de entretenimiento no es compensado, la labor se extiende hasta un tiempo indefinido. De esta forma, puedo reproducir perfectamente video tras video sin darme cuenta, sin enterarme, esperando a que algo llene completamente ese deseo vacío de entretenimiento. Es muy fácil quedar allí atrapado, en esa reproducción continua y repetida. Lo realmente difícil es salir de allí. Aquello me absorbe, me engulle. Pierdo el entusiasmo, el impulso, el control, la voluntad, toda noción del tiempo, de la responsabilidad, del deber, de la creatividad, incluso me puedo perder a mí mismo. No soy el que pretende un pequeño tiempo para entretenimiento, soy como un alma vacía, desocupada, descerebrada que ve unas imágenes en la pantalla, sin un sentimiento claro, sin una intención clara. La mirada me pesa, me da sueño, cansancio. Pierdo todo el interés por ese acto creativo que revolucionará la literatura universal, que compensará todo el tiempo empleado por usted Felipe y por la editorial. De hecho, lo pierdo todo, ya nada me preocupa, me angustia o me motiva. Soy solo un ente frente a una pantalla, que no dice nada, no piensa nada, no siente nada y, en consecuencia, no aporta nada. Cuando me entero, ha pasado más de una hora. Como podrá usted imaginar, un sentimiento de alarma, desespero, decepción, impotencia y frustración me invaden. Me reprocho esa falta de compromiso, firmeza y seriedad para con esa tarea, ese deber que se supone es de mi total gusto y agrado. Intento retomar mi labor, pero no imagina lo difícil que es. Estoy perdido, cansado, agobiado, distraído y desinteresado. Dado el largo tiempo implementado en la distracción, el cerebro, el espíritu, el ánimo y el impulso se han perdido, han desaparecido, se han ausentado. Todo parece sumergido en un espesor negro, pegajoso y pesado. El más ligero movimiento requiere una fuerza de voluntad titánica que, a esas altas horas de la noche, ya está en sus últimas reservas. Si pretendo retomar una vez más la labor que quedó interrumpida por esos cinco minutos de entretenimiento rápido, efímero y vacío, debo hacerlo retomando todo el ejercicio que estaba desarrollando para reavivar la idea, el impulso y el genio creativo. Esto implica otro largo tiempo y esfuerzo revisando lo ya hecho, y mis energías ya no están para tan ardua tarea. Ya estoy muy cansado y agotado como para pretender un esfuerzo más. En consecuencia, me parece más fácil y sensato dejar toda mi labor por ese día y retomarlo al día siguiente, donde me comprometo a emplear toda la fuerza de mi voluntad renovada para retomar y desarrollar la labor creativa interrumpida, ya que allí y solo allí, en la claridad del espíritu, la voluntad y el pensamiento, se puede desarrollar algo de valor. Porque recuerde, Felipe, que esta labor es la mejor de todas, la mejor que he llegado a producir, la que justificará todo el tiempo empleado a la misma. En su lugar, me es igualmente fácil retomar esa entretención vacía, efímera y rápida como mecanismo para terminar de agotar el cuerpo, el espíritu y la concentración y llegar al final del día lo suficientemente cansado y agotado para no darlo del todo por perdido. Sin darme cuenta y sin siquiera enterarme, había reemplazado la pasión de mi labor creativa por una perpetuidad de entretenimiento vacío que al final del día da como resultado un sentimiento desmoralizador. Todo con una facilidad tan insólita, que cualquier tipo de voluntad, firmeza o tenacidad no pueden hacerle frente. Ya no era capaz de completar una jornada sin mi dosis de entretenimiento. De hecho, no lograba siquiera llevar el desarrollo de mi ejercicio creativo a una hora de trabajo ininterrumpido. No era capaz de concentrarme por algo más de quince minutos. Todas las ideas se fragmentaban en diminutos pedacitos, que no encontraban coherencia unas con otras. Lía, pero no comprendía. Trataba de escribir, pero todo se interrumpía con una facilidad inquietante, como si nunca en mi vida hubiera dedicado mis esfuerzos a esa labor. No era capaz de completar una frase, no lograba expresar una idea con claridad, ¿Cómo pretendía entonces terminar el borrador que compensaría toda la espera?
Allí me enteré de que estaba perdido, completamente perdido. Había tocado fondo. No podía terminar el borrador, no podía corresponder a su paciencia, no podía pretender por los méritos de mi trabajo ser ese genio que revolucionaría la narrativa. Era una farsa, un embuste, una mentira. Me repudié, me condené. Incluso, llegué a odiar el reflejo que el espejo me presentaba cada vez que me ubicaba frente a él. ¿Quién es ese? Un mentiroso, un embustero, un cobarde.
Esta carta hubiera sido perfectamente de renuncia definitiva y así lo consideré. No valía la pena hacerlo esperar más, no valía la pena seguir burlándome de toda su paciencia, confianza y credibilidad. Me dio vergüenza, la verdad me dio mucha vergüenza confesarle esta verdad, Felipe, porque lo aprecio, lo respeto, lo admiro y lo envidio.
¿Sabe qué fue lo que me hizo cambiar de opinión, lo que me llevó hacer un último intento por salvar el borrador y mi carrera como escritor? Su amistad, Felipe. Podía perderlo todo, menos su amistad. El alma me volvió al cuerpo. La sensatez y el espíritu de la responsabilidad volvieron a tomar su sitio en mi persona. No procuraría escribir para revolucionar la literatura o demostrar mi genio creativo. Lo haría para demostrar todo el aprecio, respeto y valor que le tengo a nuestra amistad. Así volví al ruedo, pero esta vez, lo haría de la forma correcta. Si quería entregarme por completo al ejercicio del pensamiento consciente y constante, tenía que alejar todo tipo de distracciones. Dado que tenía la intención, el deseo, la voluntad de salvar lo que quedaba de mi persona, de mi pasión, de mi profesión, consideré necesario arriesgarme y jugármelas con la soledad. Como resultado, me complace asegurarle que he logrado sobreponerme a todos los contratiempos que impedían el desarrollo de mi ejercicio creativo con esmero, dedicación, locura y obstinación, como debe ser.
¡No se imagina usted lo feliz que termino un día, una jornada en la que he dedicado conscientemente mis esfuerzos!
No ha sido una labor fácil, como creo imaginará. De igual forma, no todos los días son victorias. Aunque una que otra vez caigo en la tentación, me complace decir que esos días ya no son tan comunes como lo eran antes. A su vez, he encontrado que esta costumbre de imponer mi voluntad a los deseos y arrebatos han afectado favorablemente mi concentración, empeño y dedicación. Ahora, siento que tengo el poder, la autoridad, el control, la fuerza y la voluntad para priorizar mi ejercicio creativo por encima de las distracciones. De esta forma, solo resta reconciliarme con mi creatividad y el genio creativo. Sospecho que eso tomará algo más de tiempo, pero soy optimista al respecto, ya que llegará más tarde que nunca y lo hará mientras me encuentre trabajando. De aquí que esta carta no sea una correspondencia netamente negativa. Si bien no he finalizado el borrador según las fechas pactadas, le aseguro que, esta vez es con toda la sinceridad y veracidad de la cual soy capaz, las cosas van por buen camino, muy buen camino. Si he insistido tanto en que este trabajo es el mejor del que he sido capaz, es porque así lo siento, no solo en mi ejecución imaginativa. Sobre el papel, las cosas se han presentado de una manera muy favorable. Puede que la intención de revolucionar el género literario sea, efectivamente, una exageración, pero estoy completamente seguro de que el resultado final argumentará todos los plazos y el tiempo implementado. De igual forma, usted puede considerar innecesario tan extenuante confesión, si mi intención es ser sincero. Ciertamente, la sinceridad no necesita de muchas explicaciones. En eso estamos de acuerdo, pero si he decidido extenderme en mis confesiones y ofrecimientos, es porque hace mucho tiempo no soy sincero. Estoy harto de las mentiras. Es una carga muy pesada que se hace prácticamente imposible de soportar si se deja pasar el tiempo y se alimenta con más mentiras. Ya no puedo soportarlo más ¿Qué le queda a un mitómano cuando ya no cuenta con sus mentiras? Pues eso, la sinceridad.
Conocí a un mitómano de profesión que estaba harto de las mentiras y se decantó, como yo procuro hacer, por la sinceridad. Sin embargo, descubrió que no podía serlo, más que eso, no sabía cómo hacerlo. Todo el tiempo, toda su vida estuvo estimulada por la mentira, el engaño y la hipocresía. Cuando le llegó el momento de hablar con la verdad, dudó. Su lengua se amarró, su pensamiento se derrumbó. Sus ideas se extraviaron en una laguna oscura, llena de tinieblas. No sabía por dónde empezar y el que quiere llegar a algún lado tiene que dar el primer paso. Este hombre no sabía dar ese primer paso. Así, descubrió que no sólo él había sucumbido a la mentira del engaño y la hipocresía. Todo su entorno, toda su realidad era eso, una mentira. Su vida era un engaño, sus sueños, sus ideales, sus propósitos y sus principios. Estaba tan acostumbrado a la mentira que la verdad y sinceridad estaban más allá de sus aspiraciones, deseos, intenciones, voluntad y posibilidades. Cansado de lo uno e imposibilitado de lo otro, resolvió no decir nada en lo absoluto. Se amarró la lengua, guardó las manos en los bolsillos y dejó que el pensamiento cabalgara libremente, pero en silencio. Era eso o retornar al engaño de su vida. Usted me dirá que es peor.
¿Qué no puedo con la verdad, con la sinceridad? No me subestime, Felipe. Decir que soy un mitómano tal vez sea una exageración, pero con ello pretendía ser lo más claro posible. Y creo que usted me entiende bien. Supongo que no se ofenderá si le digo que usted es un mentiroso ¿Quién no lo es? Todos somos mentirosos en algún momento, en cierto grado. No digo con esto que usted es exclusiva, apasionada y negligentemente un mentiroso, eso solo lo sabe usted. Lo que digo es que, al igual que todos, usted debió, en algún momento, reconocer los efectos de la mentira para su vida. Sabrá entonces que no son nada favorables, si uno quiere aspirar a algo. En este sentido, creo que conocerá mi voluntad por la sinceridad y las posibilidades que tengo para ello. Estoy firmemente convencido, solo espero la oportunidad para demostrarlo y puede que esto sirva de preámbulo. Solo me resta pedirle un poco más de paciencia, Felipe. Sé que ha tenido que esperar por mucho tiempo, que ha tenido que enfrentarse a situaciones bochornosas, incómodas, incluso vergonzosas por mi causa, pero le aseguro que todo será muy bien recompensado. Si ha esperado lo más, solo resta esperar lo menos. De hecho, he llegado a considerar que esta misiva puede servir de preámbulo a lo que será la versión final y definitiva. Esto se puede interpretar como una primera parte del borrador. No se va con las manos vacías, Felipe. Considere mi propuesta con el grupo editorial.
AUTOR: JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
© DERECHOS RESERVADOS AUTOR

Julián David Rincón Rivera, segundo de dos hijos, nacido en Bogotá, Colombia el 7 de abril de 1994. Profesional de Cultura Física, Deporte y Recreación.
Lector apasionado, escritor por elección, músico por diversión.
Cuenta con tres publicaciones antológicas con la editorial ITA, además de dos publicaciones en proceso, también de carácter antológico, con factor literario y la editorial mítico.
Con varias publicaciones en revistas de américa latina, encuentra en la escritura el mejor sustento para su vida.
Instagram: @relatero_literal
