COLUMNA DOMINICAL
HASTA QUE RETOME LA LECTURA
Por: Julián David Rincón Rivera (Colombia)
Correo electrónico: electrónico: rinconriverajulian@gmail.com
Me interesa su opinión dado su propio interés en que la primera misiva funcione como preámbulo del futuro texto. La verdad es una propuesta muy interesante. De hecho, le propongo anexar toda la correspondencia a la versión definitiva del texto. ¿Qué le parece?

En lo personal, me sorprendió su última opinión. Desde su actitud como lector y su perspectiva como escritor, pensé que ofrecería una forma de comprensión y apoyo. Nunca imaginé que se tomaría tan mal las razones que llevaron a Daniel a buscarme. Aun así, lo comprendo. Creo adivinar que la angustia en su caso se debe a un afán de carácter económico. Espero no se moleste si lo digo de esta forma. Lo que quiero decir es que comprendo muy bien su situación como artista. En este país un artista está prácticamente condenado a pasar hambre. No cualquiera hubiera arriesgado todo para entregarse definitivamente a su arte y usted parece haberlo arriesgado todo. Por eso lo admiro.
En un accidente o en un descuido, llámelo como lo quiera llamar, Daniel leyó su primera carta. Quedó sorprendido. Dijo que usted tenía una habilidad muy poderosa en su narrativa. Dijo que tenía la capacidad de convencer y persuadir. Le dije que tal vez se debía a la larga exposición que usted presentó de su caso.
—Más que eso —dijo—. Es el poder, el deseo y la ambición de alguien que sabe lo que quiere.
Al mirarlo a los ojos, lo vi a usted. ¿No le parece extraño? Hablamos al respecto. Ese día, como ya se lo dije antes, leía su borrador.
—Dele una oportunidad —me sugirió Daniel.
Por la misma razón que decidí aceptar su primera carta y leer su borrador, me ofrecía ayudar a Daniel. Discutimos un buen rato al respecto. Al final, lo convencí de que tenía que ir al funeral de su madre. Él no quería ir solo, así que acepté acompañarlo. Realmente, deberíamos hablar de un deber. Aunque ni él ni yo mismo lo adoptamos de esa manera, eso es lo que era.
Las funerarias, en esta ciudad, tienen ciertas particularidades. Se ubican en un segundo piso y tienen una cafetería cercana. Esta no era la excepción. Todo el camino, del apartamento a la funeraria, lo recorrimos en silencio. Al bajar del carro, él dirigió nuestros pasos. Franqueó la puerta de la funeraria con decisión y puso pie firme al subir las escaleras que daban al segundo piso. Mientras ascendíamos por las escaleras, nos llegó de manera clara los lamentos de un hombre. Pensé que este hecho trastornaría a Daniel, pero él continuó con decisión. A medida que íbamos subiendo, los gritos del hombre se iban haciendo cada vez más claros. Al llegar al segundo piso, nos topamos de cara con la escena. En una de las habitaciones, un hombre, cuan largo era, estaba recostado sobre la madera reluciente del ataúd que estaba en el centro de la habitación. Sus lamentos penetraban con tanta facilidad en la superficie carrasposa de nuestra piel, que no pude evitar el ligero temblor de un escalofrío. Su actitud desoladora, devastada y destrozada indicaba el claro dolor difícilmente tolerable para su condición. Realmente, aquella escena me hizo preguntarme cómo un hombre es capaz de soportar semejante cantidad de dolor, el de perder a su madre. Llegué incluso a compadecerlo. Sin embargo, este último sentimiento no duró mucho. El hombre que lloraba como un niño sobre el ataúd de su madre era el alcalde de la ciudad. Aquel con esa expresión sería, rigurosa, fría, madura y llena de determinación, ahora se retorcía en una mueca de dolor irreconocible. Ese era el lado más humano del alcalde, el que me hizo apiadarme de él, el que me animaba ir a su lado y tratar de consolarlo. Daniel parecía igual de conmovido, o incluso más. Sus ojos se humedecieron y brillaron. De manera repentina, apretó el paso para una de las habitaciones de la funeraria. Todos los presentes lo recibieron con sorpresa, pero Daniel no les prestó atención. Se arrojó cuan largo era al ataúd de su madre y sin demora ni vacilación empezó su propio espectáculo de lamentos, gritos y sollozos. Lo soltó todo, lo entregó todo. Era una confirmación de ese peso que llevaba en soledad. Me ubiqué en la entrada de la habitación, no completamente sumergido en la intimidad de aquel sepelio, pero tampoco completamente indiferente. Allí lograba reconocer con claridad el lamento de los dos hombres, al unísono, el de Daniel y el del alcalde. Sabrá entonces que allí se confirmaron nuestras sospechas. Daniel se derrumbaría. Sin embargo, no lo hacía con los suyos. Estos permanecían ajenos, apartados, a una distancia prudencial de Daniel y el cuerpo de su madre. No estaban preparados para compartir ese dolor con el hijo, no aún. Sabían muy bien los protocolos. Era necesario que el hijo se desahogara a solas con el cuerpo vacío de su madre. Después, uno de los mayores, tal vez un tío o un primo, se le acercaría, lo tomaría en sus brazos, lo abrazaría y le diría que es suficiente.
Me daba pena pensar en este hecho al alcalde. Es decir, teniendo en cuenta que allí, en el funeral de su madre, no había más que seis personas. ¿Quién consolaría al alcalde?
En el sepelio de su madre no existía nadie con la suficiente madurez, experiencia e interesa para hacerlo.
Solo quedaba esperar, o bueno, eso por mi parte. A los presentes en un sepelio, lo suficientemente ajenos como para no sentir del todo el dolor del fallecido, solo les queda eso, esperar. Esperan la muerte, como lo hacemos todos, pero en esas paredes forradas y selladas con solemnidad, respeto, luto y dolor, esos pensamientos adquieren una certeza mucho más clara y certera. Nunca se siente la muerte tan cercana y veraz como en esos momentos. Por primera vez en mucho tiempo, una persona es capaz de considerar las reales consecuencias de la muerte, no en un sentido personal y egoísta, sino como una consecuencia colectiva que deja más sufrimiento y dolor antes que cualquier otra cosa, y las personas, evidentemente, hacen lo posible para evitar el dolor y el sufrimiento.
Dado que yo era un completo desconocido para los miembros de la familia de Daniel, nadie se acercó a preguntarme el grado de parentesco con la fallecida. Mejor para mí. Por fortuna, apareció uno de los empleados de la funeraria, vestido pulcramente de negro, lleno de respeto y solemnidad, cargando una bandeja llena de vasos de tinto y aromática. Escogí tinto. Fui el único que lo hizo. El empleado de la funeraria entendió el gesto. Al terminar de hacer su labor, dejó las sobras de la bandeja en una habitación anexa, se acercó y se ubicó a mi lado.
—¿Por qué vino?
—Soy un conocido del hijo.
—Ah —dijo, meneando ligeramente la cabeza en gesto afirmativo—. La pasa mal el muchacho.
—No tanto como el de la otra habitación.
—Ja. Ya quisiera que así fuera…
Ante mi desconcierto, el empleado continuó.
—¿Qué? ¿No sabe quién es?
—Sí, claro. El alcalde.
—Ya veo que no sabe nada.
Ese hombre, porque aquí se tiene que hablar del hombre, del hijo en lugar del alcalde, quien llora a su madre con toda la fuerza y el empeño del que es capaz, ha despertado la compasión de los pocos que lo han visto en acción. Claramente, la acústica del lugar, en especial la de la habitación donde el alcalde hace su numerito, ayudan a pronunciar los lamentos del hombre.
—Veo que está muy enterado de la arquitectura del lugar. ¿Cuánto tiempo lleva trabajando aquí?
—¿Yo? Que va. Apenas llevo una semana. Digo lo de la acústica porque un par de ingenieros vinieron hace un par de días a hacer estudios. Probaron en cada una de las habitaciones, hicieron mediciones y experimentos. Supongo que sabrá quién terminó pagando todo eso.
Al alcalde lo acompañaban en el sepelio de su madre seis personas. Dos de ellas, del cuerpo de seguridad. ¿No le parece curioso este hecho? Que un hombre tenga que ir al sepelio de su madre con cuerpo de seguridad es el colmo de los descaros. De la misma forma, algo muy sugerente. No es ninguna sorpresa para nadie que un hombre tenga enemistades, especialmente uno de su calibre. Lo que sí llama la atención es el nivel de estos, que obligan al alcalde llevar cuerpo de seguridad al sepelio de su madre. Ya ni siquiera la muerte de la mujer más importante de un hombre se respeta. Cualquiera pensaría que solo pretenden preservar la poca intimidad que le queda al alcalde. Nada más lejos de la realidad.
El empleado se me acomodó a mi lado, rozando mi brazo derecho. Con su hombro, me dio un ligero golpecito, para que pusiera atención.
La alcaldía local había invitado a toda la comunidad al sentido homenaje póstumo de la madre del alcalde. Todos estaban invitados, desde los miembros de la familia, pasando por los altos cargos de la alcaldía local, hasta llegar al miembro más insignificante e irrelevante de la ciudad.
—Obviamente —dijo el empleado—, los miembros de la familia no querían compartir su sufrimiento con una parranda de desconocidos.
Es algo, ciertamente, difícil de creer. Parecía, antes que nada, un irrespeto no solo hacia la memoria de la difunta, sino a la familia en sí misma. Un chiste, de muy mal gusto, dadas las circunstancias.
—Nada me gustaría más que así fuera —dijo el empleado, santiguándose.
—¿Es verdad?
—Como la imagen de nuestro señor Jesucristo —respondió el empleado, volviendo a santiguarse.
—¿Por qué hicieron eso?
—Es una sucia estrategia política. La gente, como creo ya sabe, no tiene en buenos términos al alcalde. Según algunas encuestas de popularidad, la del señor alcalde está por el piso, aunque no es de extrañar. No lo digo por la gestión de este hombre que, si me permite la sensatez, ha pasado completamente desapercibida. Usted sabe la mala fama que tienen todos los políticos en esta ciudad. Pero como le digo, no es una simple casualidad. Existe una imagen preconcebida, un estigma, un prejuicio muy difícil de eliminar. Todo aquel que está involucrado en el terreno político se le acusa de ladrón, mentiroso, estafador e hipócrita. Yo no digo que el alcalde lo sea. Hasta donde sé, no se le conocen chanchullos, pero tampoco méritos. El problema de estos manes, de estos políticos, es que hablan mucho, y usted ya sabe, el que habla mucho, poco hace.
«Ha este hombre lo he visto dando entrevistas, ponencias, declaraciones, pero, sobre el papel, nada de nada, todo igual. Su actitud tampoco ayuda a modificar esa imagen ya preconcebida en la gente. Pero yo no soy quién para juzgar.»
«Creo que una de las labores más difíciles es ser político. Difícilmente un hombre es capaz de mantener a su mujer contenta. ¿Cómo pretenden que ese mismo hombre tenga contento a toda una ciudad? Que se le va a hacer, amigo mío. Este pobre hombre, que ayer estaba condena por su pueblo, hoy por la muerte de su madre, no es más que un simple títere, una tierna marioneta. Su partido político, que está hoy al mando de la administración de la ciudad, sabe de antemano la mala fama que el alcalde ha obtenido de la gente. Esto, claramente, afecta la imagen del partido y su popularidad, y ya que no lo pueden hacer a un lado hasta que no termine su tiempo de mandato, hacen lo posible para que no altere del todo la imagen del partido, y encontraron en la muerte de su madre la mejor excusa para pretender salvar la poca buena imagen que les queda.»
—¿La imagen del partido o la del hombre?
—Da lo mismo. Este hombre es el “partido”. Cuando termine su administración, no le quepa la menor duda que se hará con el mando del partido. Pero dicho “mando” es un decir. «Necesitan a un pobre diablo que se pare frente a las cámaras, que le dé la cara a la gente. Necesitan a un conejillo de indias al cual echarle toda la responsabilidad y toda la culpa. La cosa buena pasa tras bambalinas. Somos muy ingenuos si creemos que nuestros dirigentes son los que realmente nos dirigen. Usted sabe que hay gente poderosa, muy poderosa, que no necesita de fama, reconocimiento o popularidad para que se haga su voluntad. Esta gente sabe que dicha fama, dicho reconocimiento es un bien que se paga muy caro, por eso le pagan a otro para que interprete un papel y es este quien termina pagando los platos rotos por las malas decisiones y gestiones. Mientras tanto, los verdaderos dueños de los partidos se divierten detrás del escenario. Para mí, no son más que una pandilla de cobardes, que más que esconderse detrás de esos pobres infelices se esconden detrás de su imperial poderío, que se traduce en muchos millones de dólares. Sí, dólares. No crea que estos magnates hablan de la divisa local, tan devaluada en comparación al dólar. Hablar de dólares les da más estatus entre ellos.»
«¿Usted cree que un hombre sensato se involucraría en una carrera política? Yo nunca lo haría. Aunque nada me sobra, tampoco me falta, gracias al señor. Pero esto no se trata de necesidad. A este hombre, simple y llanamente, le tocó cargar con esta profesión. Estaba predestinado para ello, desde el momento en que nació. Así que tampoco es conveniente hablar de una elección. Sin capacidad de elección; ¿Qué es un hombre? Pues una marioneta, un títere y eso es lo que es el señor alcalde.»
«Los verdaderos dueños del partido saben que en esta circunstancia es muy fácil simpatizar al doliente. La gente, evidentemente, no va a un funeral a condenar o criticar al doliente. Los dueños del partido pretenden utilizar la muerte de la madre del alcalde como plataforma para mejorar la popularidad de este. Ciertamente esto le conviene, ya que he escuchado que pretende la reelección. Y no se le haga raro que, si así es, gane las elecciones, aun y a pesar de la mala fama. Usted ya lo sabe, es mejor malo conocido que bueno por conocer. El pueblo es muy acogido a la costumbre, por eso estamos como estamos.»
El hombre de la funeraria se volvió a santiguar.
—El desprecio del pueblo por su alcalde es tal, que omitieron por completo la invitación de la alcaldía local. Esto no quiere decir que no lamenten la muerte de la madre. Respetan a la madre, pero no al hijo. Igual, no es necesario que acudiera toda la cantidad de gente que fue invitada. Con uno solo de ellos basta. Ese mismo se encargará de compartir la experiencia con alguno, así el chisme tomará fuerza y usted sabe cómo se esparcen los chismes con facilidad en este lugar. En este sentido, el trabajo está hecho. Pero, esto no es lo peor.
—¿A no? —dije, fingiendo interés, con el fin de animarlo para que siguiera contando.
—Usted sabe que todos estos asuntos políticos son sucios. Siempre está la trampa, el engaño, todo patrocinado por el interés. Pues bien, déjeme le confieso algo, pero debe asegurarme que quedará entre los dos.
Me limité a asentir en silencio.
—Pare oreja. Todo ese espectáculo que está dando el alcalde y que está patrocinado por la alcaldía no es más que una puesta en escena. La madre del señor alcalde no murió, no existe ningún muerto, ese ataúd está vacío. El alcalde le llora al vacío, a la nada. Bueno, eso no es del todo cierto, le llora al interés, a la conveniencia, a los dueños del partido al cual está afiliado, a esos dioses secundados por el poder máximo de esta sociedad: el dinero. No podemos negar que el señor alcalde es un muy buen actor. Una lástima, se perdió a un gran artista para formar a un embustero, a un payaso, a una marioneta.
Empezaba yo a preguntarme la necesidad de aquel empleado para contarme todo eso que acababa de contarme. Seguramente, se trataba de ese chismoso que se encargaría de hacer correr el chisme del sufrimiento del alcalde, solo que añadió una información extra. Este hombre era un chismoso en todo el sentido de la palabra, me había contado el chisme completo, como debía ser. Curiosamente, este no era el chismoso que necesitaba el partido político del alcalde. Era de esperar entonces que el hombre recibiera una recompensa por su labor informativa, y tenía el detalle de condenar y criticar al alcalde por su acto de hipocresía.
Todo ello era para morirse de risa. Yo prefiero reírme antes que lamentarme. Y si creía que aquí ha pasado todo, pues déjeme decirle que hasta ahora ha empezado.
En ese momento, cuando me empezaba a reír disimuladamente, Daniel estalló. Se escurrió del ataúd al piso. Sus lágrimas y balbuceos se acentuaron.
—Yo la maté, yo la maté.
Un par de hombres se acercaron a él. Trataron de persuadirlo para que no dijera esas cosas, pero lo que hicieron fue reforzar más su iniciativa.
—¡Es verdad! ¡Maldita sea! Yo la maté, yo la maté. No estaba enferma, no existía ninguna enfermedad, yo lo inventé todo.
—Y yo, que hasta ahora llevo una semana en este trabajo y lo he visto todo —dijo el empleado de la funeraria, santiguándose.
No tenía nada más que hacer allí. Me fui, asegurándome de que nadie lo notara. A la salida de la funeraria, me encontré con el alcalde. No mostraba ningún signo de aflicción, dolor o luto. Su expresión, de hecho, no mostraba indicio alguno de llanto o dolor.
Ahora, mucho más descansado, relajado y fresco, me quedan más dudas que certezas. Supongo que solo quedará esperar hasta que retome la lectura. Puede que ello lleve mucho tiempo.
AUTOR: JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
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Julián David Rincón Rivera, segundo de dos hijos, nacido en Bogotá, Colombia el 7 de abril de 1994. Profesional de Cultura Física, Deporte y Recreación.
Lector apasionado, escritor por elección, músico por diversión.
Cuenta con tres publicaciones antológicas con la editorial ITA, además de dos publicaciones en proceso, también de carácter antológico, con factor literario y la editorial mítico.
Con varias publicaciones en revistas de américa latina, encuentra en la escritura el mejor sustento para su vida.
Instagram: @relatero_literal
