La tarde se acercaba a su final y el sol al horizonte. Agarré el collar, la correa y me dispuse a dar una corta caminata hasta la tranquera con Canelita para que disfrutemos juntos de este hermoso momento del día.
A Canela le gustan mucho nuestras caminatas y con su usual alegría obediente me siguió hasta la tranquera y nos sentamos al pie de uno de los pinos que forman una suerte de portal de la finca Garzarelli. Nos acomodamos y nos dedicamos a contemplar la tarde. Canela se recostó sobre su lomo para que le rasque la panza y sin sorpresa noté que su sonrisa se comparaba con el rebote del sol en las agujas de los pinos y que el color rosa y naranja que cubría las nubes se reflejaba en los ojitos de mi hermosa perra.
Relajados disfrutamos de estos momentos felices de la tarde mientras el sol desaparecía por completo y su luz se convertía en una vaga y pálida fosforescencia en el horizonte. El principio de la noche conservaba el calor de la tarde, de manera que nos gustó quedarnos un rato más, Canela y yo, sentados en la tierra disfrutando de la brisa que traía los olores del campo sembrado y la música que hace el viento en los árboles.
La luz del día finalmente se extinguió y cautelosamente, una a una las estrellas empezaron a poblar el cielo. La noche ya era negra y serena, las estrellas la invadían por completo. Entonces, para nuestra completa sorpresa y de un modo del todo repentino, una luz poderosa y constante apareció sobre el campo a una distancia de algunas docenas de metros del lugar donde Canela y yo seguíamos sentados.
Me parecía un misterio de dónde venía esa luz inesperada. Pero más misterioso me resultaba el hecho de que parecía tener una vida propia, ya que por momentos se debilitaba y después recobraba su brillo, a la vez que parecía moverse, primero hacia los lados y luego ligeramente hacia arriba hasta que, súbitamente, de la misma manera inesperada como apareció, se extinguió en un solo momento y desapareció sin dejar rastro.
Mientras esta rara luz alumbraba el cielo, Canela reaccionó parándose de un salto con un ladrido ronco y salió corriendo en dirección a la finca. Por un momento me sentí un poco aturdido, no solo por lo extraño del acontecimiento, sino mucho más por la singular sensación que me causó presenciarlo. Me sentí sorprendido, pero también atemorizado, como si esa luz escondiera algo siniestro, y un presentimiento de cosas negras se apoderó de mí a la vez que un escalofrío recorrió mi cuerpo.
Pero Canela se había ido y yo quería encontrarla. Así que volví para la hacienda y apuré el paso para poder alejarme cuanto antes del lugar donde había visto esa luz rara.
Pensaba encontrar a Canela esperando en la puerta de la cocina para entrar a la casa, pero la puerta estaba abierta y no había ningún rastro de ella. Luego de tomar un trago de agua y preparar algo de comer para Canela y para mí, fui a mi habitación con la certeza de que ella estaría esperándome en la cama, cómodamente relajada sobre las sábanas, como siempre, dejando su baba canina en la almohada y llenando todo de pelos, como siempre, esto es, sonriente y feliz. Pero cuando llegué a mi cuarto no la encontré, así que con alguna preocupación pensé en ir a buscarla al tiempo que me sentaba en la cama y un cansancio súbito me derrumbó sobre el lecho y el sueño como un aluvión me cubrió por completo. Mientras cerraba los ojos pensé que mañana Canela estaría conmigo en la cama o me despertaría lamiéndome los pies.
Esa noche dormí con dificultad porque sueños turbulentos me despertaron repetidamente. Por la mañana me sentí bastante cansado. A pesar de intentarlo, no fui capaz de recuperar las imágenes oníricas que por la noche me acosaron, que durante mi sueño me sumergieron en algún lugar obscuro que, a pesar de haber despertado y de la claridad del día, no había logrado abandonar.
Con mucha sorpresa descubrí que Canela no estaba en la habitación, lo cual era muy raro en esta perra que nunca me dejaba solo por las noches. Fui hasta la cocina, pero no la encontré y después recorrí cada habitación de la finca, solo para sentir una gran decepción porque no pude encontrarla en ninguna parte. Dejé la casa principal y mientras gritaba su nombre recorrí primero la huerta de frambuesas y luego el jardín donde crecen los duraznos, con la expectativa de encontrarla sonriente y moviendo la cola por la alegría de verme. Sin embargo, no encontré más que la decepción de su ausencia acompañada por la incómoda sensación de que algo obscuro y doloroso se estaba desarrollando a mi alrededor.
Seguí por el camino que lleva a la casa de servicio a la vez que, con todo el poder de mis pulmones gritaba el nombre de la perra y avanzaba por la vereda de piedras sumergiéndome con cada paso en un lodoso charco de desasosiego e inquietud. Pero esta incertidumbre no alcanzó su punto máximo hasta que llegué a la casa de servicio y escuché a través de la ventana abierta del comedor la conversación que Jervis, el cuidador, mantenía con su esposa.
—Nos tenemos que ir —dijo ella.
—Pero Matilde, ¿estás loca? Si acá tenemos trabajo, comida y techo. ¿Cómo vamos a irnos? Y ¿a dónde?
—Eso no importa —dijo Matilde, —a este lugar se viene la desgracia, vas a ver. Y nosotros nos tenemos que ir antes de que nos pase algo viejo, nos tenemos que ir lo más rápido que podamos.
—Pero Matilde, y ¿qué vamos a hacer?
—¡No importa viejo, no importa! Vos la viste. Vos vistes la Luz Mala. ¡Se nos viene la desgracia viejo! Nos tenemos que ir.
Eso fue todo lo que pude escuchar antes de girar sobre mis talones y volver por el mismo camino por el que había llegado, pero esta vez con un escalofrío en el cuerpo a la vez que recordaba por primera vez la extraña luz del día anterior.
Hacia el mediodía mi desconcierto se había convertido en una gran inquietud porque no pude encontrar a Canela en ninguna parte.
Entonces Jervis se presentó en la cocina donde yo tomaba un mate cocido. Llevaba su gorra en las manos y la estrujaba incesantemente con mucho nerviosismo. Lo invité a sentarse, pero prefirió seguir parado y me dijo que ya no podía trabajar en la finca y que antes del final del día tenía que irse. Cuando le pregunté por qué razón tomaba una decisión semejante, sus ojos cayeron al suelo y se quedó callado. Luego de un momento levantó la mirada y me dijo, con clara turbación, que no podía darme ninguna explicación, pero que tenía que irse cuanto antes. Así que me ofreció una mano temblorosa que estreché con fuerza y después se despidió dejándome lleno de una gran incertidumbre. ¿Qué era lo que repentinamente estaba pasando en este lugar? Pensé por un momento, a la vez que el recuerdo de la odiosa luz de la noche anterior volvió a mi memoria con su brillo ponzoñoso.
Al día siguiente ocurrió el evento que llenó de horror las apacibles tardes de nuestra casa de campo.
Vi que Gandolfo atravesaba la tranquera y se acercaba a la casa a un paso un poco apurado y con su mirada fija en un bulto que cargaba en sus brazos. Lo observé acercarse y me di cuenta de que estaba hablándole a ese paquete que cargaba y que parecía moverse. Cuando estuvo suficientemente cerca noté que se trataba de un bebé que tenía en brazos y que atraía toda su atención.
Mientras pasaba a mi lado me dijo: “encontré este bebé en los campos de trigo”, sin apartar por un solo momento la mirada del niño que cargaba. Una súbita intuición me advirtió no mirar, no poner los ojos en la criatura que traía mi amigo. Sin embargo, poseído por la sorpresa, me puse inmediatamente de pie y dirigí la vista al niño, pero la tuve que apartar de inmediato porque esta criatura recibió mi mirada clavando sus ojos en los míos de una manera singular y perturbadora.
Había algo feo en sus ojos y algo antiguo, como si esta fuese la mirada de un anciano, de un hombre ancestral, no la de un bebé. Esta primera impresión me causó un repentino rechazo y supe de algún modo que de haber seguido mirándolos, esos ojos me hubieran seducido con dulzura, como la luz del sol rebotando en las espigas del trigo, porque había en ellos algo sumamente magnético que atraía la mirada irresistiblemente. Así que me aparté inmediatamente de ambos a la vez que una voz interior me decía que no vuelva a cercarme a ellos.
De esa manera fue que este niño del infortunio entró en nuestra desdichada morada.
Los eventos sucesivos los recuerdo de una forma borrosa y fragmentada. Será quizás que todo el poder de mi ser se esfuerza por alejarme de ellos y olvidarlos. Gandolfo desarrolló por el niño una afición automática y desmedida. Me pareció muy raro que su comportamiento haya cambiado casi instantáneamente y que haya empezado a actuar de una manera que era del todo extraña a sus costumbres. Sus hábitos se transformaron de un día para el otro. No hizo más que dedicarse con devoción a complacer a ese niño de una manera excesiva y extraña.
Una tarde, cuando con tristeza volvía de buscar infructuosamente a Canela por los campos vecinos, me di cuenta que Gandolfo parecía mantener una exaltada conversación con alguna persona que debía estar muy cerca, pero que no logré ver. Cuando se dio vuelta, con paralizante sorpresa noté que la persona con quien hablaba era esa criatura que llevaba en brazos y que murmuraba en sus oídos palabras que no pude escuchar, pero que hubieran sido imposibles de pronunciar para un niño de la edad y el desarrollo de aquel bebé.
Todavía más perturbadora fue la mutación de las expresiones de Gandolfo que revelaban a un tiempo una sonrisa macabra y luego la más profunda y dolorosa tristeza. Entonces, con un movimiento de su cuerpo, Gandolfo me dejo ver la cara de este niño singular, de manera que, intimidado por el recuerdo de sus ojos magnéticos, inmediatamente desvié la mirada y me alejé rápidamente de esa escena perturbadora.
Esa fue la última vez que vi a Gandolfo en la finca. Nunca se despidió, no dijo nada antes de irse. Simplemente desapareció. Sin embargo, el niño se quedó con nosotros. Fueron las hermanas Lizaldre las que ocuparon el lugar de Gandolfo en cuanto a los cuidados de esta rara criatura cuya cercanía me resultaba intolerable. A ella se dedicaron con la misma devoción con que Gandolfo lo había hecho y recibí la clara impresión de que este bebé se convirtió en el centro de su atención y en su primera prioridad.
Una tarde triste y gris encontré a Julieta sola en la cocina y aproveché la oportunidad para preguntarle acerca de la repentina ausencia de Gandolfo. Ella dejó la rodaja de pan con la que estaba preparando un bocadillo y con firmeza agarró un cuchillo con la mano derecha, lo apretó hasta que sus venas se hincharon y se paró delante de mí con una amenazadora mirada mientras me decía que nuestro amigo había llevado su auto hasta la ciudad para que lo arregle un mecánico.
Dos cosas me parecieron del todo extrañas. La primera fue la rareza en los modos de Julieta, sus ojos extravagantes, su expresión que rebelaba un cambio profundo operado, en el transcurso de solo unos días, en su personalidad. Me resultó imposible precisar la naturaleza de tal transformación que, sin embargo, era sumamente evidente ya que la energía que emanaba de ella, acompañada de su mirada y sus movimientos parecían ser los de una persona enteramente distinta.
La segunda peculiaridad fue el simple hecho de que el vehículo de Gandolfo estaba, desde hacía días, estacionado en el garaje.
Luego de este breve encuentro con Julieta, los acontecimientos caseros siguieron un curso más o menos normal hasta la noche terrible cuando un horrendo pavor llenó cada una de las vivientes células de mi cuerpo estremecido, aquella en la que tuve que escapar de esta casa maldita.
La noche ennegreció el campo y las estrellas sin brillo se negaron a iluminar mi alma que se encontraba tan obscura como la noche misma. Tanta era la influencia que los eventos pasados habían tenido en ella, sumergiéndome en un mar de incertidumbre por la pérdida de mi querida perra y por todas las cosas inauditas que pasaron después.
Como dije, la noche era negra, también la casa era negra a la hora de la madrugada en que gritos y sollozos provenientes de la habitación de las hermanas me despertaron. Por un momento me quedé en la cama, expectante y curioso. También asombrado por la variedad de sonidos que venían de esa habitación, mezcla de risas burlonas, carcajadas y exclamaciones de dolor.
Dejé la cama. Abandoné la habitación. Caminé por el pasillo hacia la pieza de las hermanas con la determinación de averiguar qué era lo que estaba pasando. Me paré frente a la puerta y extendí una mano para girar el picaporte, pero un sonido del interior me detuvo de repente. Era una voz gruesa y grave, como lo sería la de un hombre maduro, y aunque no entendí el idioma en que hablaba, me pareció claro que estaba dando comandos que eran respondidos por una parte con exclamaciones de un terrible tormento y por otro con el sonido de una risa que por momentos se convertía en una carcajada odiosa.
Por un momento dudé. Mi resolución de girar el picaporte, abrir esa puerta y descubrir qué clase de escena se desarrollaba en su interior se convirtió repentinamente en un pavor paralizante, no solo por los maniáticos sonidos que venían de la habitación, sino mucho más porque estos se callaron repentinamente tan pronto como mi mano se posó en el picaporte.
Me di cuenta de que las personas dentro de la habitación, quienes quiera que fuesen, se percataron de que yo estaba del otro lado de la puerta. Así que por un momento silencioso que me pareció eterno, me quedé parado y paralizado, dudando y sudando, intentando mantener el sentido y el buen juicio.
Entonces otro evento me despertó de repente. Desde el interior de la habitación me llegó el sonido de pasos pequeños y veloces que se acercaban a la puerta rápidamente. Había algo sumamente raro en este sonido, era el hecho de que esos pasos sonaban firmes y pesados, como lo serían los pasos de un adulto, pero muy cercanos unos a otros, como lo sería los pasos de una criatura con piernas muy cortas, como las de un bebé.
Súbitamente me sentí en posesión de mis facultades. Corrí hasta mi cuarto, cerré la puerta con llave, apagué la luz y me escondí en la cama. Por un momento no escuché nada más que el silencio. Pero luego el terror llegó a mis oídos con el sonido de esos pasos cortos, pero pesados y firmes que había escuchado momentos atrás dentro de la habitación de las hermanas. Me sentí otra vez paralizado por el pánico. Sentí mi alma helada, me sentí solo y desamparado.
AUTOR: ELOY KAMINSKI (ARGENTINA)
© DERECHOS RESERVADOS AUTOR (A)
EL NIÑO PERDIDO
Segunda Parte
Encuéntralo el 17-04-2026

Eloy Kaminski es un escritor y artista argentino que dedicó una gran parte de su vida a viajar extensamente. Durante sus viajes recogió el material que en la actualidad componen sus ficciones literarias y creaciones artísticas.
Luego de cursar la carrera de Letras en Buenos Aires se embarco en un viaje a través del continente americano que concluyó en los Estados Unidos.
Su primer libro: “Natasha” fue publicado durante 2020. Se trata de una colección de cuentos y relatos que, a través de temas sórdidos y a veces macabros, expresan en su conjunto una visión espiritual.
Sus cuentos fueron publicados en numerosas revistas literarias, en antologías y fueron adaptados para programas de radio en México, Cuba y España.
Actualmente vive en Honolulu donde prepara los manuscritos de su próximo libro.
