Voces Rebeldes | «El agente de los dolidos»: cuando el verdugo también conoce el dolor
Cuento — Segunda y última parte
Guillermo Ríos Bonilla (Colombia)
¿Qué ocurre cuando alguien convierte el sufrimiento ajeno en una misión y termina enfrentándose a sus propias heridas?
En la primera entrega de El agente de los dolidos, el escritor colombiano Guillermo Ríos Bonilla nos introdujo en un universo narrativo inquietante, donde el dolor, la desesperación y los deseos de venganza encuentran respuesta en una figura que actúa al margen de cualquier principio convencional de justicia.
En esta segunda y última parte, el relato profundiza en las contradicciones de su protagonista a través de tres episodios: «El empleado», «El sacerdote» y «La secretaria».
Una oficina convertida en escenario de resentimientos acumulados, un sacerdote que carga con el peso de sus convicciones y una mujer atrapada entre el desengaño y el deseo de reparación conducen al protagonista por situaciones cada vez más perturbadoras.
Pero algo comienza a cambiar. Detrás de la aparente frialdad de quien ejecuta las decisiones de otros, emergen emociones que amenazan con quebrantar las reglas de su oficio. La compasión, los recuerdos y los vínculos afectivos irrumpen en un mundo donde parecía no existir espacio para la duda.
Con una narrativa directa, cruda y provocadora, Ríos Bonilla construye un relato que confronta al lector con preguntas incómodas sobre la violencia, la culpa, la responsabilidad individual y los límites de la venganza.
Lejos de ofrecer respuestas tranquilizadoras, El agente de los dolidos plantea una paradoja inquietante: quien pretende liberar a otros de su sufrimiento puede terminar prisionero de sus propias decisiones.
Escritores Rebeldes presenta el desenlace de este cuento, una historia en la que la frontera entre víctima y victimario se vuelve cada vez más difícil de reconocer.
Nota editorial: Este cuento contiene escenas de violencia y referencias a violencia sexual y suicidio. Se recomienda discreción al lector.
¿Puede alguien que ha convertido el dolor ajeno en su razón de existir escapar de las consecuencias de sus propios actos?
Encuentre Aquí –El Agente De Los Dolidos – Parte I
EL AGENTE DE LOS DOLIDOS
(Parte II)
EL EMPLEADO
Como ya llevaba tiempo en este oficio, la misión iba a ser un poco complicada, según me advirtieron. Me encontré con el Dolido en el lugar prescrito por la información. El Dolido era un joven, vestía de negro, con una mochila terciada a la espalda. Parecía una persona tranquila, no tan desesperada como me habían dicho. Me hablaba cordialmente y siempre sonreía. Me guió por un callejón hasta una entrada. Parecía una casa normal, no tenía apariencia de oficina. El Dolido saludó a la recepcionista, el beso fue más que un formalismo. Le dijo que yo era su reemplazo, porque él estaba por dejar el trabajo, y me iba a mostrar el lugar. Ella lo miró con un dejo de extrañeza. Percibí en su rostro un deseo de preguntarle algo, pero se contuvo. con una sonrisa, la recepcionista nos permitió avanzar. Subimos escaleras, peldaño tras peldaño, parecían eternas. Dimos una vuelta por un pasillo y nos encontramos de frente con la oficina del jefe general.
—Es el hijo de puta mayor. Los otros están por acá —me confesó.
Avanzamos por el pasillo, donde más empleados fijaban su vista en las computadoras. En una de las estancias había ocho personas, entre jefes de área y subalternos. Sus caras lucían estresadas, arrugadas, de mal humor, parecían muertos en vida. De las máquinas salía música de todo tipo, algunos usaban audífonos. Ahora entendía la atmósfera tan pesada que sentí al entrar. Ninguno prestó atención a mi presencia. Tampoco importaba mucho, mejor así, cuando despertaran ya estarían muertos.
El Dolido me guió a su oficina y me pidió que me sentara. Desde ahí cerró la puerta y a través de los cristales pude identificar a los que me iba señalando: eran cuatro, principalmente. Después salimos por la otra puerta y caminamos hasta el otro extremo, donde estaba la parte administrativa: de ahí me señaló a otros cuatro.
A continuación, bajamos unas escaleras, nuevamente eternas, pero en descenso, del infierno al infierno, y volvimos a subir otras, largas también.
—De aquí, todos —me dijo.
Lo miré a los ojos. Nos esperaba mucho por hacer.
—Pues será casi todo el edificio, y si algunos te caen bien, lo siento pero no podemos dejar testigos. Son las reglas.
El joven meditó por un momento. Intentó decirme algo, pero se arrepintió y lo vi caminar pensativo con la mano en la barbilla.
—Pues si no hay de otra…
—Supongo que hay cámaras —le interrumpí.
—Sólo en la parte de recepción y en el estacionamiento.
—Perfecto. Como veo que todos están idiotizados con las computadoras, no va a ser muy difícil. Como lo habías pedido, toma esta pistola y ponte allá por si alguno intenta escapar.
Al joven le gustó la idea y sonrió. Sus ojos brillaban al palpar la pistola, estaba como hipnotizado, y se encaminó hacia donde le indiqué. Las armas tenían silenciador, así que por el ruido no iba a ver mucho problema. Me acerqué al primer empleado, le dije “hola” y le disparé pegando el arma a su pecho, en el corazón. Cayó como un costal. Los demás ni se inmutaron. Así hice con tres más. Sólo porque otro vio la computadora apagada de su compañero muerto se dio cuenta. Pero yo ya estaba prevenido. Los que se iban levantando para salir huyendo quedaban estampados contra la pared o en el suelo en una oscura mancha de sangre. Algunos lograron salir, pero el Dolido los esperaba adelante. Él supo muy bien dar cuenta de todos. No sé si alguna vez había disparado un arma, pero la puntería nunca le falló. Fueron disparos certeros. con algunos se excedió, vi que se acercaba y los remataba con un tiro en la cabeza. Revisamos los cuerpos, ninguno parecía haber quedado vivo o fingía estar muerto. Me cercioré de eso.
Nos dirigimos al lugar donde estaba su oficina. Empezamos de atrás hacia delante, pues en esa posición todos quedaban de espaldas. En cada una de las oficinas, un saludo y un disparo a quemarropa nos llevaron a terminar la faena. Algunos los maté yo, a otros me pidió que le permitiera hacerlo. Me limité a observar. El Dolido tenía estilo: les ponía el brazo en el hombro, a los hombres les estrechaba la mano, luego unas palabras fuertes y el disparo. A una mujer la saludó de beso, le tocó los senos; ella reaccionó mal, y él le descargó el balazo en medio de las tetas; otra no se puso violenta, pero se sorprendió, él les señaló a sus demás compañeros muertos. De inmediato, la joven reaccionó. Él le habló y vi que ella se dejó tocar la entrepierna. Luego el disparo. Me pareció que se estaba pasando un poco, pero al final era parte del deseo que me había pedido.
Revisé de nuevo los cadáveres. “Espera”, le dije, y me fui hacia la parte interior para inspeccionar una vez más los muertos. Todo en orden. Regresé a donde estaba el Dolido, e hice una nueva pesquisa. En orden.
—Faltan sólo dos personas: tu jefe y la recepcionista —le dije.
—Déjame al jefe, por favor —me rogó—. A la recepcionista me la estoy cogiendo y la verdad me duele matarla y verla morir, pero como dices, no hay que dejar testigos.
Acepté. Me dirigí a la recepción. Disparé a las cámaras una por una. El estacionamiento estaba dividido de la recepción por una puerta que permanecía abierta. No hubo mucho problema. La recepcionista estaba concentrada limpiándose las uñas. Escuché varios ruidos fuertes desde la parte interior. La saludé y con dos disparos quedó liquidada. Luego destruí lo computadores y los aparatos que registraban lo grabado por las cámaras. Más ruidos desde la parte interior. Me preocupaba un poco el Dolido. Según me había dicho, su jefe era un cabrón, y me preguntaba si el cliente no se había dejado intimidar por él al momento de disparar el cañón.
Llegué a la oficina, la puerta todavía estaba cerrada. Adentro parecía zona de desastre. El jefe estaba en el suelo nadando en un charco de sangre. Lo toqué, estaba muerto, pero no por un disparo. El Dolido estaba a unos centímetros más allá. Al parecer, el Dolido lo había golpeado hasta cansarse con cuanto objeto encontró en la oficina, empezando por la computadora.
—Bueno, está hecho. Dame la pistola.
El Dolido me la entregó.
—Te toca.
—Adelante —expresó y disparé.
Luego vociferé: “Soy el oído que escucha. Soy la mente que atiende. Soy el arma que dispara. Soy el Agente de los Dolidos”.
EL SACERDOTE
La iglesia me quedaba a unos cuantos pasos en la dirección que iba. En la información me dijeron que a esa hora era más fácil, no había feligreses. Llegué al lugar y entré. El silencio es lo más atractivo de las iglesias, me gusta, al igual que su arquitectura. Los sonidos de mis pasos se escuchaban entre los intervalos de mis movimientos. Una rara disonancia, un anuncio celestial de la muerte. El sacerdote estaba arrodillado frente al atrio de espaldas a mí. Me le acerqué y le toqué el hombro. No se inmutó, sólo me llamó:
—Bienvenido, Ángel de los Dolidos.
Ningún Dolido me había llamado antes así. No me gustaba, sonaba a título de película barata. El sacerdote se levantó, me tomó las manos y las besó con mucho fervor. La edad se vislumbraba en su rostro y en su cuerpo, no estaba muy viejo, pero ya no era un hombre joven. Caminó hacia el otro lado del atrio y sacó una sotana. Luego un cáliz y las ostias.
—Ponte esto —me dijo.
Le obedecí, y me vestí la sotana. Tomé el cáliz y las ostias. Él se arrodilló frente a mí. Hizo la señal de la cruz y dijo:
—Padre, perdóname porque he fallado. Mi misión en esta tierra, como albacea tuyo, no se ha cumplido como lo hubieras esperado. Y yo ya no puedo con ella. El mundo ha terminado por consumir al hombre. El demonio ha desplegado sus alas de murciélago por las conciencias. La carne satisface ahora a los que alguna vez fueron fieles. Y tus palabras golpean en oídos sordos. Y es mi culpa. La moral es como una máscara, se utiliza cuando se quiere encubrir el rostro. El odio humano te ha sobrepasado, Padre, con tantas guerras, sectas, calamidades, y muchas en tu nombre. No supe guiar a tu rebaño. Todos se han desperdigado y ya no tengo fuerzas para reunirlo. La conciencia pesa más que la cruz que te impusieron tus propios hijos. Este hijo tuyo levantará la mano que yo, por falta de valor, no he podido levantar para quitarme la vida. Perdónalo, no es su voluntad, sino la mía y la tuya.
Se dirigió a mí y me pidió la ostia:
—Este es tu cuerpo –comió.
Me pidió el cáliz:
—Esta es tu sangre —bebió.
Me miró con lágrimas en los ojos:
—Y esta tu mano que da la paz al Dolido —tomó mi mano y me pidió que procediera.
Se me hizo un nudo en la garganta.
—Procede, hijo, no tengas miedo. Yo te absuelvo.
Disparé. El ruido fue seco en ese silencio. El sacerdote cayó al suelo con un orificio en la cabeza. Limpié la pistola y reanudé los pasos, de nuevo el sonido entre el silencio resonante de la iglesia.
Y grité: “Soy el oído que escucha. Soy la mente que atiende. Soy el arma que dispara. Soy el Agente de los Dolidos”.
LA SECRETARIA
Esta mañana me hicieron una nueva cita. Las instrucciones decían que nos veríamos en el restaurante chino en la calle donde detuve el taxi. La Dolida quería que la mataran en el baño de un restaurante mientras se la cogían. Me pareció más una fantasía que un deseo de muerte. Cuando llegué al restaurante, el lugar se encontraba casi vacío. Sólo había tres mesas ocupadas. Un hombre solitario que observaba la carta; una pareja que se reía como dos idiotas, y una mujer solitaria. Ella era la Dolida. Se llamaba Soraya y fue mi novia durante un tiempo hasta que la “incompatibilidad de caracteres”, como diría un psicólogo, nos separó. Llegué a quererla en su momento, aún hoy no había podido olvidarla.
Soraya estaba sentada en una de las mesas de la esquina, de espaldas a la ventana que miraba hacia la calle. Se veía muy atractiva. Traía el cuerpo cubierto con un vestido negro, una pañoleta de colores abanderados adornaba su cabeza, ocultaba los ojos con unas gafas oscuras y se acercaba con frecuencia un pañuelo a la nariz.
Se quedó mirándome fijamente. Se quitó los lentes y pude ver sus ojos, junto a una boca de labios carnosos que expresaba sorpresa. Dijo mi nombre. La reconocí.
—Creo que me está confundiendo, señorita —le dije.
—No, eres tú, estoy segura. Bueno, con barba, pero eres tú.
—Sí, soy yo, y no me da gusto verte. Haz de cuenta que no nos conocemos, y procedamos.
—Tienes razón. Esto es una desgraciada casualidad.
Encendió un cigarrillo con avidez, aspiró un poco y arrojó el humo hacia arriba. Me ofreció uno.
—No, gracias —dije.
Soraya guardó la cajetilla en la cartera. Se quedó mirándome por un momento. Llegó el mesero para dejar la carta.
—No hay necesidad. No voy a pedir nada —dije.
—A mí tráigame un café, por favor.
El mesero tomó la orden y se retiró. Soraya continuó con su mirada escrutadora. Y quiso saber sobre mi ocupación, sobre todo las razones. En su momento tuve mis motivos, pero ahora ya era imposible abandonar el camino que había empezado.
—Así como tengo prohibido averiguar las razones de muerte de mis clientes, lo mismo tengo prohibido responder. Procedamos —contesté.
Soraya pareció entender asintiendo con la cabeza.
—Quiero mi deseo.
—Tú dilo.
—Mira hacia el restaurante del frente.
Eché una rápida ojeada. La calle entre el restaurante chino y el del frente no era muy transitada.
—Ahí hay un hombre en especial.
En el lugar había varios hombres haciendo cosas diferentes. Ella me señaló uno, pero yo no lo identificaba. Soraya me miró fijamente a los ojos. Me gustaba su mirada:
—Está sentado solo en una mesa. Parece que a la chica a la que espera se le ha hecho tarde, porque no para de ver el reloj. Él ya se ha tomado dos cervezas. No pide otro licor porque su hígado es muy proletario, según las bromas que suele hacer. Él se llama Reynaldo.
—Hay un solo hombre así y mira con frecuencia su reloj.
Soraya continuaba fijando sus ojos en mi rostro a través de los lentes oscuros.
—Es él. Es su costumbre, son sus nervios.
Llegó el mesero con el café. Ella agradeció y se quitó los lentes. Estaba llorando.
—Tantos sueños, tantos anhelos, tantas promesas de amor, matrimonio y felicidad… —y se quejó de la falsedad de los hombres, en especial de los varones, una rabia dirigida al hombre que yo iba a matar.
No le contesté.
—Acaba de llegar una chica, por cierto, muy atractiva —dije.
Luego me pidió más información sobre lo que estaban haciendo.
—Él está muy cerca de su oído.
—Seguro le estará diciendo que es la mujer más hermosa del mundo, que tiene una bella figura, que le gustaría conocerla más, que a él no le interesa el sexo sino una relación más duradera y espiritual, y otras tantas babosadas que a nosotras las mujeres nos gusta escuchar. Como hizo conmigo.
———-
Yo trabajaba en una empresa como secretaria. Siempre he hecho lo mismo. Parece que el tiempo no me ha dado la oportunidad de cambiar. Ese día esperé hasta la hora de salida y me dirigí al lugar donde había trabajado. Me paré frente al edificio. Sólo me bastaba cruzar la acera para llegar a la entrada principal. Vi salir a Reynaldo, y de inmediato me escondí detrás de un árbol. Días antes lo había llamado, pero nunca pasó al teléfono, su nueva secretaria siempre inventaba alguna excusa. Ya no aguanté más, deseaba vengarme de él, decírselo en la cara, amenazarlo con algo. Necesitaba desahogarme. Él salió y lo vi girar la esquina. Caminó unos cuantos pasos y miró hacia atrás, parecía llevar consigo un temor. Decidí seguirlo. Entró en una cafetería y se sentó a comer. Yo estaba al otro lado de la calle, junto a un poste de luz y lista para cruzar e ir ante él, pero cambié de opinión y entré en una boutique. No quería que me descubriera y pensara que lo estaba siguiendo. Quería hacer tiempo.
Reynaldo fue mi novio. Lo conocí después de que tú y yo dejamos de vernos. Era mi jefe. Los primeros meses, cuando entré a trabajar en la empresa, nunca se interesó en mí; pero después empezamos a salir.
El momento exacto fue el día en que Reynaldo se ofreció a acompañarme a pie, porque su auto dizque estaba descompuesto. Estaba lloviendo. Me ofrecí a invitarlo a la casa a tomar un café, pues estaba cerca. Mis padres en esa ocasión no estaban en casa. Tomamos un café y charlamos un poco. La conversación fue amena y los coqueteos iban y venían. Terminé accediendo al sutil acoso de Reynaldo en mi oído y su mano en mis senos.
Reynaldo me despertaba sensaciones que no sabía definir muy bien, como cuando a uno le gusta algo, pero no sabe la razón. Estaba nerviosa, casi ajena a lo que él trataba de explorarme en el cuerpo. Eso me desanimó un poco, y él sólo se limitó a satisfacerse. No sentí gran cosa. La lluvia dejó de caer y los dos nos despedimos.
Al otro día, en mi escritorio había una carta en la cual me pedían la renuncia.
Para mi sorpresa, no me despidieron, sino que recibí un ascenso. Mi vida se hizo más intensa en el trabajo, y por dos semanas no supe de Reynaldo. Él se convirtió para mí en un empleado más, como el resto de sus compañeros. Me pareció que la relación de los dos había existido solamente en el cuarto.
Un día salimos juntos a comer. Reynaldo se mostró muy amable, a pesar de que en algunas ocasiones no me tomaba en cuenta en la oficina.
—No creas, no he podido dejar de pensar en ti —dijo, como una frase ya muerta por el uso, mientras el viento que entraba por la ventana del restaurante me obligó a ponerme el suéter.
—Yo tampoco —fue mi respuesta, una frase que pudo haber sonado a ironía si yo fuera otra persona.
—Te felicito por tu ascenso. Sólo quería celebrártelo —y me tomó de la mano.
Sonreí. De él hubiera esperado eso dos semanas atrás.
—En estos días —dijo—, he reflexionado un poco y me gustaría que tú y yo… que nuestra amistad se convirtiera en algo muy especial… algo sólo entre tú y yo —pero se detuvo.
El mesero llegó con la comida. Eso me dio un respiro.
Reynaldo insistía.
—No, Reynaldo, todavía estoy muy confundida. Sólo quiero ser tu amiga.
En tres ocasiones, Reynaldo insistió de la misma manera; y tres veces, lo rechacé. La cuarta fue distinta. Él se mostró un poco reticente, como las otras veces y quise saber si estaba casado.
—No —respondió, mientras acercaba sus labios a mi boca.
Desde ese momento, los dos salimos del trabajo siempre juntos.
Los asuntos en el trabajo seguían más intensos. Lograba solucionar muy bien los problemas que varias personas venían a denunciar; mi atención a la comunidad era excelente, y esto complacía mucho a mis jefes. Reynaldo llevaba una semana sin venir al trabajo, y yo hacía por él cuanto fuera por cubrirlo.
Después de su regreso, los dos salimos a comer, y, como la mayoría de las veces, yo terminaba pagando la cuenta, pues él tenía muchos gastos para el poco dinero que ganaba. Íbamos al cine, a escuchar música, también a bailar, o simplemente a caminar. Reynaldo no dejaba de decirme cuánto me amaba, cuánto me quería, cuánto deseaba algún día que formáramos un hogar: palabras que sembraron en mí las raíces de un afecto muy profundo.
Los días proseguían y pronto los altibajos en la relación se presentaron con mayor frecuencia. Me enteré de que su sueldo era más de lo que me había dicho. Coqueteaba con cuanta mujer se le atravesaba en el camino, incluso frente a mis narices. Y siempre me decía, cuando yo le hacía un reclamo:
—Sé que estás molesta conmigo, Soraya. Sólo te pido que me perdones. Se me salió de las manos… no fue mi intención herirte. Te amo, eres la mujer de mi vida, y quisiera pasar el resto de mis días contigo, tener hijos, tú sabes, más adelante.
Y siempre yo sentía que esas palabras sonaban como la calma después de la tempestad. Sonreía, le tomaba las manos entre las suyas y le pedía que no lo volviera a hacer. Él me lo juraba. El mundo volvía a sonreírme. Gracias a mi colaboración en el trabajo, Reynaldo recibió muchos reconocimientos. Un ligero orgullo lo mantenía contento.
—Juntos hacemos muy buen equipo —me decía.
Una noche, recibí una llamada telefónica. Era la voz de una mujer que quería saber si yo era Soraya. No le respondí y le pregunté quién hablaba.
—Mire, yo soy Marlén, la esposa de Reynaldo. Ya me enteré de que usted es su amante —dijo.
—Discúlpeme, señorita, pero yo…
—Mire, zorra, no diga porque yo ya lo sé todo. Es usted una puta oportunista, una robamaridos. Le pido que por su propia seguridad deje a mi esposo en paz.
Sentí mucha ira y pensé en contestarle, pero me colgó.
El lunes siguiente hablé con Reynaldo para pedirle explicaciones.
—Entre ella y yo ya no hay nada. A veces la visito para…
—Pero tú me aseguraste que no estabas casado ni que lo habías estado.
—Bueno, pensé que… como era un pasado que no quería recordar, pues lo daba por terminado, como si no hubiera existido.
Le pegué con los puños en el pecho, mientras las lágrimas me inundaban los ojos.
—¡Cálmate! Eso lo arreglo hoy mismo, no te preocupes.
Yo te amo mucho, perdóname —Reynaldo me estrechó contra su pecho y me besó. Me calmé y de nuevo lo perdoné.
Las llamadas continuaron por varias semanas, y tuve que cambiar el número telefónico.
La situación se volvió tan molesta que Reynaldo me confesó que sí estaba casado, que vivía con la tal Marlén, que esperaba un hijo suyo y que quería terminar la relación conmigo. Yo iba muy decidida a contarle que estaba enferma, que el día anterior había ido al médico porque empezaba a mostrar malestar en los genitales, que el médico me había dicho que estaba contagiada con papiloma, que debía entrar en tratamiento, de lo contrario las complicaciones iban a ser mayores.
—¡Pues Marlén está sana! —fue su inesperada respuesta—. Ella no tiene nada. Quién sabe quién te lo pegó.
—¡No seas tan…! —lo cacheteé—. ¡Tú bien sabes que sólo estoy contigo!
—Lo siento. ¡Y te digo que ya no quiero volver a verte!
Entré en shock emocional. Por un tiempo el hospital fue mi morada. Allí permanecí dos semanas en recuperación y luego decidí renunciar al trabajo. En el hospital me aconsejaron que buscara ayuda psicológica. Lo hice, pero no podía quitarme a Reynaldo de la cabeza, ni del corazón. Por eso, días después lo llamé repetidas veces, pero él nunca estaba, y siempre debía dejarle mensajes en el contestador. Había ido hasta la oficina para hablar con él, pero no me recibió porque estaba muy ocupado.
Salí de la boutique, miré de nuevo hacia la cafetería y regresé. Reynaldo ya había abandonado el lugar. Lo vi girar rumbo al paradero del bus. Ya era de noche. Antes de decidirme a enfrentar a Reynaldo, lo pensé mucho, las palabras de la psicóloga aún hacían eco en mi mente: “Debes tomar las cosas como un hecho que ocurrió por razones del azar. No hay mejor alivio que el perdón y el olvido”. Pero yo sacudía la cabeza, no me conformaba con esas simples palabras.
La lluvia empezó a caer. Reynaldo giró rápido en la siguiente esquina, buscando un lugar en donde resguardarse. Se paró junto a la puerta de una panadería, bajo el parasol. Pensé en llegar por el otro lado y amenazarlo con algo, pero no llevaba nada. Quería desahogarme con él haciéndole morder el fango, mientras su trasero miraba hacia el cielo y se le llenaba de agua, recriminándoles las razones de su proceder y restregándole en la cara que estaba estéril por el papiloma que él me había contagiado. Mi vida no tenía sentido. Pero al final no pude realizar con mis propias manos lo que tenía imaginado hacerle.
———-
Soraya me observaba con ojos de santo en trance y sentí una enorme compasión. Luego de un momento dije:
—Parece que el hombre se levantó hacia el baño.
—Perfecto. Ahora te pido que te levantes y vayas al baño. Quiero que lo sigas y lo mates allá. Yo aquí te estaré esperando.
Metí mi mano en el bolsillo del saco y toqué la pistola. Saqué el silenciador del otro bolsillo y se lo puse al cañón. La oculté bajo mi saco y me levanté sin decir palabra. Crucé la calle, entré al restaurante y me dirigí hacia el baño. No le hice caso al mesero que me decía: “A sus órdenes, caballero”. El lugar estaba solo. El tal Reynaldo estaba meando. Me acerqué con sigilo por su espalda y le dije: “Hola”. Él se volteó sin cerrarse la bragueta, y le disparé en todo el corazón. Cayó como fardo podrido, con la cabeza contra el suelo y el trasero mirando hacia arriba. Guardé el arma, salí del lugar y regresé a la mesa.
Soraya ya no estaba ahí. Sólo encontré una servilleta con algo escrito que decía: “Te espero en el baño de mujeres”. Caminé hasta allá y al entrar me llamó desde uno de los baños. Me invitó a seguir y cerró la puerta. Sentada en la taza, bajó mi bragueta, sacó mi miembro y empezó a mamármelo. Mientras sus labios se deslizaban con toda la ternura de la piel de una mujer, recordaba los viejos tiempos, cuando sus encantos me pertenecían. Y me entró algo de sentimiento. Luego ella se levantó y se apoyó en el tanque del baño. Me ofreció las nalgas y dijo:
—Levántame la falda, baja mis tangas y métemelo. Ya sabes que así me gusta.
Extrañado, sentí que Soraya había cambiado mucho. Parecía otra persona, más dura y con una mayor iniciativa. El deseo que me había despertado no me permitió continuar divagando.
—¡Que lo hagas, maldita sea!
Levanté su falda y fue como desvelar el telón para encontrarme con unas hermosas nalgas redondas, como una fruta blanca, divididas por una tanga negra de encajes. Después de acariciarlas, hice lo que me pedía. Ella gemía con gran ímpetu y yo hacía lo que el poco espacio me dejaba. Luego me dijo:
—Saca tu pistola y apunta a mi cabeza.
Me quedé quieto por un momento.
—Ya oíste. ¡Haz lo que te digo!
Nervioso le obedecí. Continuaba moviendo mis caderas y entrando en su cuerpo una y otra vez. Ella no dejaba de gemir. La sentí estremecerse y yo también llegué al orgasmo. Y por las contracciones del mismo se me disparó el arma. Una bala atravesó la cabeza de Soraya y su cuerpo se desplomó como un bello fardo. Me puse a llorar. Aún estimaba a esa mujer y había decidido no matarla. Quería ayudarla a sobrellevar su pena, aunque eso me costara desobedecer a los postulados e incluso perder mi propia vida.
Fijé la mirada en una servilleta encima del tanque del baño, que decía: “Fue un gusto haberte visto otra vez”. Le levanté el rostro, le besé los labios y la cargué en mis brazos como a una novia. Salí del baño y caminé hacia la puerta. La gente me miraba sin saber qué había ocurrido. Afuera la policía y los curiosos infectaban la calle. En una camilla sacaban a Reynaldo y junto a él iba su amante. Seguí mi camino. Un policía me apuntó con el revólver y me gritó alto. Una bala se incrustó entre sus ojos. Entonces paré el taxi.
———-
El aire ventila fuerte y el sol hace que la brisa se sienta seca en el rostro. Los árboles se mecen y el pasto oscila de un lado a otro. El polvo sofoca la respiración.
El taxista me mira asustado.
—Por favor, no me mate. ¡Le juro que no le diré nada a la policía! Nadie sabrá dónde está la mujer que enterré.
Camino hasta el taxi y tomo una hoja de papel de la guantera. Luego escribo: “Ahí les dejo mi sustituto”. Con el lapicero clavo la hoja al árbol encima de la cabeza del taxista atado.
—Buena suerte —le deseo.
El taxista no parece entenderme.
—¡Espere! ¡Oiga! Espere! ¡No me deje aquí!
Después me alejo y miro la inmensidad del horizonte. Todo es tan amplio y tan intangible, tan corto y tan lejos. Escucho los clamores y maldiciones del taxista. Me pongo la pistola en la sien y grito:
“¡No soy el oído que escucha. No soy la mente que atiende. No soy el arma que dispara. No soy el Agente de los Dolidos!”.
AUTOR: GUILLERMO RÍOS BONILLA (COLOMBIA)
© DERECHOS RESERVADOS AUTOR

Guillermo Ríos Bonilla, nació en 1976 en Colombia (Florencia – Caquetá), y en el año 2004 se naturalizó mexicano. Es licenciado en Letras Clásicas por la Universidad Nacional de Colombia; y maestro en Letras Clásicas por la UNAM. Ha trabajado como profesor, investigador, traductor, subtitulador y corrector de estilo.
CONCURSOS DE CUENTO GANADOS
* 2025. Convocatoria Internacional de Cuentos Gold Editorial: Reinos en otra dimensión.
* 2018. XIV Juegos Literarios Nacionales Universitarios de la Universidad Autónoma de Yucatán.
* 2014. Concurso de Cuento de la Universidad de Colima.
– Primer Concurso de Cuento Escríbele a “El Sol de Irapuato”.
* 2010. Concurso de Cuento Universidad de Colima 70 Aniversario.
* 2004. XI Premio Nacional de Cuento Carmen Báez.
– IV Concurso Nacional y Estatal de Cuento José Agustín.
* 1999. II Concurso de Creación Literaria, Género Cuento, realizado por la Universidad Nacional de Colombia.
Segundos, terceros lugares y menciones en otros concursos de cuento en México, Colombia, Argentina y España.
LIBROS DE CUENTOS PUBLICADOS:
* 2025. El árbol de las hojas palabreadas por la Gold Editorial.
* 2017. Réquiem por un polvo y otras senXualidades, e-book, por la editorial Porrúa.
* 2015. Colección “El Rapidín”, cuentos cortos Minimágenes, por la Universidad de Colima
* 2014. Burbujas de aire en la sangre, por la Editorial Samsara.
* 2011. Los vástagos del ocio, por la editorial Samsara.
* 2010. Colección “El Rapidín”, cuento El viejo, por la Universidad de Colima.
* 2008. Historias que por ahí andan, por la editorial Generación Espontánea.
ANTOLOGÍAS:
* 2023. Relatos breves. Antología colombiana, Elipsis Editores.
* 2022. Fictología. Antología del Primer Concurso de Cuento Breve “La Realidad supera a la Ficción… ¿o Viceversa?”.
* 2021. Festival Rulfiano de las Artes. Cuentos seleccionados 2021.
* 2019. Antología Zombie II, editorial Endora.
– Cuentos del sótano VI, editorial Endora.
* 2014. Cuentos del sótano V, editorial Endora.
* 2013. Cada loco con su tema, Grupo Editorial Benma.
* 2010. Leer el cuento, editorial Endora.
* 2009. Cuentos del sótano, editorial Endora.
– Un ojo al gato y otro al garabato, editada por la Casa del Poeta Alí Chumacero.
* 2007. Desde las islas, editada por la Universidad Nacional Autónoma de México.
* 2006. Antes de que las letras se conviertan en arañas, editada por el Instituto Mexiquense de Cultura.
Además, diversas publicaciones en varias páginas de Internet.
