Voces Rebeldes | El agente de los dolidos — Primera parte
Guillermo Ríos Bonilla (Colombia)
El sufrimiento humano, las decisiones extremas y los límites de la voluntad se entrelazan en un relato que explora las zonas más oscuras de la condición humana.
En esta nueva entrega de Voces Rebeldes, de la revista digital Escritores Rebeldes, presentamos la primera parte de El agente de los dolidos, un cuento del escritor colombiano Guillermo Ríos Bonilla, quien recientemente obtuvo el primer lugar en el Concurso Internacional de Cuento «Existencialismo y Tragedias», convocado en 2026 por la Editorial Margen Abierto, con su obra El reloj.
Este reconocimiento constituye una ocasión especial para acercarnos a la narrativa de un autor que explora las contradicciones humanas, los conflictos de conciencia y las circunstancias que pueden conducir a una persona hasta los límites de su propia existencia.
En El agente de los dolidos, Ríos Bonilla construye una historia inquietante en la que el suspenso psicológico, la ciencia ficción y la reflexión existencial se encuentran. A través de un protagonista atrapado en circunstancias perturbadoras, el relato nos conduce hacia un universo donde la libertad individual, la obediencia y la responsabilidad moral entran en conflicto.
Su narrativa plantea interrogantes sobre el sufrimiento, la desesperación y las decisiones que pueden transformar radicalmente una vida, mientras mantiene una atmósfera de incertidumbre que invita a continuar leyendo.
Por su extensión, Escritores Rebeldes publicará este cuento en dos entregas, respetando íntegramente el texto original y su estructura narrativa.
Hoy compartimos la primera parte de una historia que nos invita a reflexionar sobre una pregunta tan incómoda como necesaria: ¿hasta dónde puede llegar una persona cuando pierde el control sobre sus propias decisiones?
Invitamos a nuestros lectores a descubrir la narrativa de Guillermo Ríos Bonilla y a acompañarnos en esta nueva experiencia literaria de Voces Rebeldes.
Porque la literatura también tiene el poder de enfrentarnos con aquello que preferimos no mirar.
Nota editorial: Este cuento contiene escenas de violencia y referencias a violencia sexual y suicidio. Se recomienda discreción al lector.
EL AGENTE DE LOS DOLIDOS
(Parte I)
EL SUSTITUTO
—¡Lléveme a las afueras de la ciudad! —le digo al taxista apuntándole con la pistola.
Soraya descansa en mis brazos. De mi mejilla se desliza una lágrima.
Soy el oído que escucha. Soy la mente que atiende. Soy el arma que dispara. Soy el Agente de los Dolidos.
¡Esas malditas frases retumban en mi mente!
—No me apunte, con gusto lo llevo —dice el taxista, con una sonrisa nerviosa en sus labios.
Bajo un poco el arma, pero permanezco alerta. Tengo pensado acabar con todo esto y el taxista me servirá.
El taxista quiere saber sobre lo ocurrido y me ofrece llevarme al hospital.
—¡Lléveme a las afueras de la ciudad¡ —repito con un grito.
A él no parece gustarle.
—No se enoje, señor —dice—, es que no le entiendo. Usted me indica, porque no sé por dónde.
Emprendemos la marcha. El taxista es joven, tendrá veintisiete o veintiocho años. Continuamente me mira por el retrovisor, y desea saber si Soraya está muerta.
—Sí —le respondo, y giro mi rostro hacia un lado, como diciéndole que no se meta en lo que no le importa.
Lee el mensaje, pero no lo comprende.
—Mire, señor —dice—, sé que esto no me importa, pero no quiero que me vaya a hacer nada ni que me meta en problemas con la policía. ¡Me va a manchar los asientos de sangre!
El silencio se interpone entre los dos, ese silencio que tanto nos hace falta, que todos esperamos disfrutar hasta que llegue alguien y te interrumpa, no con ruido, ni la voz, o una pregunta, sino con una mirada acusadora. O con esas malditas frases que siguen retumbando en mi interior.
El joven parece confuso, creo que no sabe si hablarme o continuar callado.
Después de media hora, nos detenemos en un lugar donde sólo se ve campo abierto y vegetación. Le ordeno parar el auto y le pido las llaves. Camino hacia la hierba y allí deposito a Soraya. El joven intenta salir corriendo y yo hago un disparo al aire. Él se resbala y cae al suelo.
—¡No sea estúpido! ¡Huir no lo va a salvar de nada!
Lo levanto.
—Necesito cavar una fosa. Así que empiece con lo que pueda.
—En el taxi tengo una pala corta… del mango —dice de manera automática.
Lo acompaño hasta el auto, vigilándolo muy de cerca. Él cava hasta que hace un hoyo profundo, y le ordeno que entierre a Soraya.
Después ato al taxista contra un árbol.
Quiere saber si voy a matarlo.
Su voz temblorosa me causa risa.
—Me pareció ver unas cervezas en su taxi —le digo.
—Sí…
Voy por las cervezas.
El muchacho me ve con temor. Es un joven flaco, estatura media, de frente amplia, cabello corto, con la apariencia de una persona normal, vestido de jean y camisa azul a cuadros. Me quedo mirándolo a los ojos.
—Tome una —le digo.
—No… ahora no quiero.
—Como guste. ¡Salud! —digo.
Tomo un gran sorbo y la cerveza tibia me sabe horrible, pero no hay más opción que disfrutarla por el momento. El joven taxista permanece callado. Al verme reír se sorprende y quiere saber el motivo de mi risa.
Sólo dibujo un gesto en mi boca que no augura buenas intenciones.
—Nunca antes me había tomado una cerveza de esta manera —digo.
—Por favor, perdóneme, no me mate. No le diré a nadie lo que he visto. Se lo juro. Mire, sólo soy un taxista, un desempleado más que le tocó trabajar en esto para poder comer.
—Ahora me dirá que es casado y que tiene no sé cuántos hijos que debe alimentar —le replico.
—No, no tengo siquiera novia. Vivo con mi madre y a ella es a la que debo alimentar. Está enferma.
Me quedo callado.
El taxista me cuenta que ahora entiende lo que su madre le dijo cuando le recriminó sobre la importancia de sus estudios cursados. Y él sólo pudo responderle que no era culpa suya.
—“Ojalá algún día no te pase algo en ese maldito taxi”, y parece que sus palabras se cumplieron —continúa por último.
—El futuro, siempre estamos preocupados por el futuro —murmuro.
—Pues sí, todos los días me levantaba para ir a la universidad y pensaba en mi futuro. ¡Pinche educación la nuestra, que sólo nos presentan números, leyes y medicina! A cuántos ingenieros, abogados, médicos, arquitectos y demás, he visto manejando taxi para no morirse de hambre —comenta con un tono que le llena de color el rostro.
Algo en mi interior se despierta. Una causa, un motivo, el primer paso para haberme iniciado en lo que soy.
EL RECLUTAMIENTO
Empecé en este oficio porque necesitaba dinero. Mis padres se estaban muriendo, yo no tenía empleo, y me iba a quedar solo, sin ni siquiera un hermano o algún familiar. No tuve necesidad de buscarlos, ellos me encontraron, y no sé la manera en que lo hicieron. No voy a dar detalles de la organización, porque desconozco su funcionamiento, a mí sólo me contactan. Muchos quieren morir, y yo soy el encargado de cumplir ese deseo, por definir de alguna manera mi oficio. La primera vez que me enrolé en ello, no pensé que fuera a terminar llamándolo así. Ni me imaginé que me iba a topar con el joven taxista, ni mucho menos a reencontrarme con Soraya. Pero sí puedo contar mis inicios.
En esos días estaba en plena desesperación, como dije, y las razones ya las manifesté líneas arriba. A veces el estrés y la presión que ejerce una mala situación económica, te obliga a buscar una fuga, y yo quise tomarme una cerveza, una única cerveza porque no tenía para más. Entré en un bar y la pedí. Pero después de que estuve a punto de terminarla, me llegó otra y otra y otra. Terminé tan borracho que no recuerdo mi hora de salida del lugar. Sólo tengo en la mente a un hombre que me invitó algunas cervezas después de que salió una canción y me dijo que le gustaba mucho la letra. Le comenté que yo pensaba que en ese bar tocaban otro tipo de música, como rock, por ejemplo. Otro mamón, sólo escuché que dijo, y me reí. Así nos hicimos amigos. Las canciones pasaron minuto tras minuto. Los dos conversamos de lo que todo borracho habla: religión y política. Terminamos por establecer una nueva doctrina mística y por arreglar al país con la idea de formar un nuevo partido que fundamentara la revolución social de una vez por todas.
De vez en cuando nos distraían las putas que se nos acercaban para ofrecernos compañía. Por el momento le prestábamos más importancia a las disertaciones filosóficas, hasta que los comentarios contradictorios entre uno y otro se terminaron y finalizamos en total acuerdo. Ahí acabó la discusión y después sólo nos interesaron las mujeres.
Una de ellas me gustaba mucho. Cuando se acercó le pregunté su nombre y me dijo algo que no escuché y se marchó. Iba a llamarla cuando el barman me pasó una cerveza, cortesía de la mesa de la esquina. Giré para ver hacia donde señalaba su dedo, pero no pude distinguir muy bien, por la falta de luz. Y por indicación de él, me dirigí hasta el lugar. Con pasos torpes por el efecto del licor, llegué. En la mesa había una pareja, hombre y mujer. Se me hizo extraño que hubiera una mujer que no vestía como las putas del lugar. Creí que el bar era sólo para hombres que buscaban un poco de licor y alguna chica, pero al parecer también dejaban entrar a otras mujeres. Observé otras mesas y en ellas también había parejas por el estilo. Nos saludamos, y el hombre me ofreció una silla. Hablamos de cosas sin importancia, les agradecí por la cerveza e intercambiamos algunas impresiones sobre el clima. De la conversación pude concluir que ellos estaban aquí buscando a un tercero.
La mujer quiso saber si venía solo.
—Sí, prácticamente. A él lo conocí aquí.
Los dos se miraron. El hombre movió la cabeza como si estuviera asintiendo.
Luego, el hombre quiso saber si me gustaba la chica que se me había acercado.
—Eh, sí, está muy atractiva.
Me imaginaba entre las caderas de esa chica, como quiera que se llamara, ahora que el alcohol me había convertido en un sátiro en celo.
Los dos sonrieron. Y me dijeron si me gustaría estar con ella.
—Eh, yo no…
Iba a decírseles que no traía dinero.
La mujer le hizo una señal al amigo que había conocido en el momento. Él le dijo algo al barman. Unos segundos después sentí a mi espalda el toque de una mano. Me giré y la vi a ella invitándome a seguirla. Mientras caminaba hacia el piso de arriba, tuve que sostenerme un poco de las paredes porque la luz no permitía una buena visibilidad. Llegamos a un pasillo largo, ahí la iluminación era mejor. Sus caderas me llevaban como si yo tuviera un lazo en el cuello y ella me halara de su mano. A ambos lados de mí, había puertas y puertas, que conducían a cuartos en donde las chicas atendían a los clientes. No era extraño escuchar desde el interior uno que otro quejido, y eso me llamaba la atención. Nos detuvimos en una de las puertas, que ella abrió. Adentro había lo estrictamente necesario: una cama, un buró con una botella de agua sin abrir, papel higiénico y un televisor.
La chica me invitó a ver porno para que mi miembro se fuera parando, mientras tanto ella iba a vestirse y a prepararse. Encendí el televisor y empezó una escena de trío, pero no me produjo gran excitación, yo sólo quería ver desnudas las caderas de la chica. Pasados unos minutos la joven llegó, pero no venía sola, la acompañaban tres hombres que se abalanzaron sobre mí y me dieron un golpe fuerte en la nuca.
AD333
Transmitiendo… transmitiendo… enviando transmisión…
Me despertó una voz fuerte de metal. Estaba en la calle y mi cabeza parecía que iba a estallar. Me toqué la nuca y palpé una venda en ella. Asustado me la quité y toqué unos puntos.
Transmitiendo… transmitiendo… enviando transmisión… conexión establecida… enviando información: nos da mucho gusto darle la bienvenida, AD333, a nuestro programa Agentes de los Dolidos.
Algo me hablaba, podía escucharlo, pero no sabía de dónde. Sentí un fuerte punzón en la cabeza. Y grité, el dolor era muy intenso.
Me toqué los oídos, pensé que traía audífonos, la cabeza me dolía mucho y me la tomé en las manos.
No te asustes, AD333, sé que esto es nuevo para ti, pero para eso estoy contigo, para ayudarte. Soy la unidad intercomunicadora que te guiará en las misiones que tengas que llevar a cabo a partir de este momento.
¿Misiones? ¿Cuáles misiones? De nuevo la maldita punzada en la cabeza. Gemí y traté de resistirme. Palpé con violencia la herida que sentí en mi nuca.
Por tu bien, deja de hacer eso, AD333. Sólo conseguirás lastimarte más. Escúchame. Sé que debes estar sintiendo un fuerte dolor de cabeza. No hay por qué alarmarse, es normal. Tu cuerpo está reaccionando a un ente extraño que se incorporó a tu cerebro a través de tu nuca. Poco a poco sentirás alivio a medida que tus neuronas se acostumbren a las ondas electromagnéticas que se transmiten cada vez que te hablo. Tu voluntad se someterá y tus dudas, aunque no hayas hecho nada de lo que se te encomiende, desparecerán. Te pido que me escuches, entre más te resistas más dolor sentirás. Pon atención a mi voz como si te estuvieran hablando al oído. Tu reclutamiento fue especial. Tienes los efectos de una resaca. Te aconsejo que entres en el primer restaurante que veas y comas algo. En unos minutos me comunicaré contigo de nuevo.
Caminaba sin fuerzas, sentía mucha sed y hambre. Busqué con la mirada un restaurante o un lugar para satisfacer mis necesidades. Recordé que no llevaba dinero. Metí mis manos en los bolsillos y encontré dinero, más de lo que me podía imaginar, y me extrañó, me preguntaba de dónde lo habría podido sacar. Y otra vez la punzada fuerte en la cabeza que me hizo gemir y doblar mi cuerpo. Ya calmado, entré a un restaurante y pedí de beber y de comer. Mientras degustaba mis alimentos me olvidé por un momento de todo. Los efectos de la resaca menguaban y una sensación de bienestar empezó a recorrer mi cuerpo y cabeza. Quería convencerme de que todo había sido una simple pesadilla, lo ocurrido era digno de olvidarse.
Transmitiendo… transmitiendo… enviando transmisión…
Volvía a escuchar la voz metálica y un ruidillo de fondo de aparato eléctrico en funcionamiento. La realidad se empecinaba por no abandonarme.
Estamos enviando una valiosa información para que empieces a trabajar. Eso quedará fuertemente afianzado en tu mente que permitirá cumplir nuestras órdenes sin mucho inconveniente y nos dé un seguro, entre comillas, para nuestro programa. Más o menos dice lo siguiente: ya eres uno de nuestros Agentes de los Dolidos (AD), y te correspondió el número 333, por simple sorteo, no porque seas el agente número 333, pues tenemos miles alrededor del mundo. De ahora en adelante cumplirás con los siguientes postulados:
1. Eres nuestro empleado y trabajarás para nosotros. Por tanto, recibirás periódicamente mensajes sobre tu misión, con una descripción del Dolido, quien será la persona a la que deberás cumplir su deseo.
2. También recibirás muy buen pago que se te hará llegar de manera secreta.
3. Nunca se te ocurra desobedecernos, pues tu familia pagará cara las consecuencias.
4. Tienes prohibido involucrarte con los Dolidos.
5. No puedes preguntar. Si te has fijado, cuando haces una pregunta directa o indirecta, sentiste una fuerte punzada en la cabeza y luego en el estómago. Si continúas preguntando subirá tu presión y pondrá tu corazón casi a punto de estallar, incluso el sólo hecho de pensar en el signo de interrogación te acarreará ese mal. Poco a poco tu cerebro se acostumbrará a no preguntar, sólo a responder. Para ti las preguntas dejarán de tener existencia.
6. Cualquier deseo que te pida el Dolido se lo debes cumplir, es lo menos que se puede hacer por él antes de realizar el objetivo principal.
7. No se deben dejar testigos por ningún motivo, sean inocentes o deliberados.
8. No se admiten las deserciones de parte de los Agentes, en ese caso es mejor el suicidio. Si algún día quieres suicidarte, tu familia pagará las consecuencias. Si deseas desertar, deberás entregarnos a cambio a otra persona para ser reclutada. Sin embargo, en este caso, tendremos que matarte porque de lo contrario se estaría violando el postulado anterior.
9. No intentes desobedecer una orden o sentirás los mismos efectos que cuando preguntas.
10. Y por último, grábate esto, será como tu himno de batalla: “Soy el oído que escucha. Soy la mente que atiende. Soy el arma que dispara. Soy el Agente de los Dolidos”. Lo deberás repetir cada vez que cumplas con éxito una misión. Así sabremos que todo ha salido bien.
Ahora repite el postulado diez: “Soy el oído que escucha. Soy la mente que atiende. Soy el arma que dispara. Soy el Agente de los Dolidos”.
No quise hacerlo y sentí los malestares que antes ya había experimentado. No tuve otra opción más que repetir: “Soy el oído que escucha. Soy la mente que atiende. Soy el arma que dispara. Soy el Agente de los Dolidos”.
Muy bien. Ahora recibirás la información de tu primera misión.
LA FOTOGRAFÍA
Tenía que ir a una cafetería a esperar a la persona a quien debía matar. Me habían hecho llegar un protector especial para el pecho y espalda, como una especie de chaleco antibalas, totalmente liso y brillante, y un arma con suficientes municiones. Llegué y el lugar estaba atiborrado de gente. Podía ser cualquier persona mi primer Dolido, como me dijeron que debía llamarlo. No tenía una foto para identificarlo. Solamente me habían dicho: “No tienes que elegir a uno, ya lo sabrás, sólo siéntate en la cafetería. Tienes una hora para cumplir el cometido y comunicarte con nosotros”. Así tuve que proceder. Matar a alguien al azar, con tantas personas que había en ese lugar y que con gusto uno mataría, por el simple hecho de que te caigan mal o te miren feo, alguna vez lo había pensado y deseado, pero no era más que la proyección de un momento de ira.
Me dio un poco de hambre. Miré el reloj y faltaban cuarenta y cinco minutos, tiempo suficiente para comer algo. Llamé a la mesera. Una chica joven se acercó y me leyó la carta, luego ordené.
Unas mesas más allá, una mujer me miraba de manera directa y me sonreía. El hombre junto a ella no parecía molestarse. Al contrario, la estimulaba. Con sus gestos, yo intuía que le decía: anda, sigue mirándolo, dile que te gusta. Ella me sonrió otra vez. El estómago me rujía. Mientras esperaba la llegada de los benditos alimentos, me pareció ver en la mujer un extraño gesto. Su compañero, un hombre de unos cuarenta o cuarenta y cinco años más o menos, le hablaba al oído. No presté atención.
A mi mesa llegaron un par de huevos con jamón, que de sólo olerlos la boca se me derritió en saliva. Y empecé mi labor de acallar mi estómago. Al levantar el tenedor me di cuenta de que la mujer me continuaba sonriendo, como si el tiempo se hubiera detenido en cámara lenta. Le correspondí a la sonrisa, sólo por cortesía, pero nada más. Ahora comprendí que su esposo también me sonreía. Y empecé a sentirme incómodo. Aun así continué con la faena de introducir el tenedor en los huevos con jamón y subirlos a mi babeante boca.
La mujer se acercó hasta mi mesa. Me sonrió mientras extendía la mano.
—Hola —me dijo y confirmó que yo era AD333.
—Sí, así es —le correspondí al saludo.
—Bien, nosotros ya estamos listos. Somos los Dolidos.
El hombre se acercó y la abrazó.
Terminé de comerme el último bocado y dejé el dinero de la cuenta en la mesa.
Los tres caminamos hacia el parque que quedaba enfrente de la cafetería. Nos detuvimos junto a un árbol.
—Aquí los dos nos abrazamos y tú nos disparas, como si nos estuvieras tomando una foto.
—Muy bien —dije con una seguridad que nunca antes había sentido.
Recordé las palabras de la voz metálica: “Poco a poco sentirás alivio a medida que tus neuronas se acostumbren a las ondas electromagnéticas que se transmiten cada vez que te hablo. Tu voluntad se someterá y tus dudas, aunque no hayas hecho nada de lo que se te encomiende, desparecerán”.
—Pero antes queremos nuestro deseo: Que hagas de sacerdote y nos vuelvas a casar.
Accedí a la petición, era parte de mis obligaciones.
El hombre sacó de una bolsa un traje de sacerdote y una Biblia, y me los entregó. Me vestí para la ocasión y me dispuse a cumplir con mi papel. Después de haber pronunciado: “Y ahora puede besar a la novia”, los dos se pusieron frente a mí y me dijeron que estaban listos. Apreté el gatillo en dos ocasiones.
E informé: “Soy el oído que escucha. Soy la mente que atiende. Soy el arma que dispara. Soy el Agente de los Dolidos”.
LA PAREJA
Por años se me asignaron misiones. Uno a uno, los Dolientes caían y con ellos sus deseos eran cumplidos, sin importar cuáles fueran.
Una mujer deseaba terminar con su vida, pero antes yo debía matar al esposo (fue su deseo), quien la traicionaba. Ella se culpaba mucho a sí misma de que no había podido darle hijos, y por eso él se había buscado una amante, y no soportaba el dolor de perderlo. Emprendí mi camino unos días antes de cumplir con la misión. Al acercarme a la casa de la Dolida, pude observar a un hombre muy bien vestido que salía de ella. La Dolida apareció en la puerta, cubría su vestido con un delantal de cocina, y en la mano sostenía la escoba.
—Te espero a comer —pude escucharla.
—No lo sé. Yo te llamo —el hombre le contestó muy seguro de sí mismo.
Seguí al hombre unas cuantas calles más allá. Entró a una casa, en donde lo recibió de beso una mujer más joven que la esposa. Espié por la ventana y descubrí que ahí cenaba, se acostaba con ella y luego veía un poco la televisión en su compañía. Pasadas las doce regresaba al hogar, quizá para decirle a su esposa que estaba cansado y no tenía hambre. La escena se repetía día a día.
Llegó el día en que debía cumplir con mi cometido. La Dolida me recibió llorando.
Quiso saber si lo que iba a hacer estaba bien, como si yo pudiera darle la respuesta.
—No lo sé —le respondí—. Tengo prohibido inmiscuirme en las razones de los Dolidos.
Ella movió la cabeza y dijo “entiendo”. Creí que no iba a decir nada más, caminó de un lugar a otro, y por intervalos me miraba. Sus ojos parecían decirme: “le digo o no le digo”. Al fin habló sobre lo que nos carcome como seres humanos.
Me extrañó su frase, no la esperaba.
—¡La rutina, la odiosa rutina! De la casa al trabajo y del trabajo a la casa; así, todos los días, bueno… menos el sábado y domingo. Pero eso no cambia nada. Nos reunimos con la familia; si tenemos hijos –esa palabra me duele tanto–, se les dedica algo de tiempo; visitamos amigos, bebemos hasta emborracharnos; tenemos sexo; salimos a pasear; o si no tenemos las ganas para eso, entonces malgastamos el tiempo sentados frente al televisor. Llega el lunes y comenzar de nuevo.
No le objeté. Tenía toda la razón.
—Creo que… —la mujer siguió en su monólogo, como un eco—… para no volvernos locos, le damos un valor diferente a algunos días: el Día de la Independencia, el Día de la Madre, el Día del Padre, la Semana Santa, Navidad, Año Nuevo… hasta comenzar otra vez.
Simplemente la escuchaba. No quería acelerar las cosas, ella iba a morir y fue para mí una concesión dejar que se expresara.
—Suena bonito formar una familia —continuó—, pero no es tan simple, la suerte influye mucho. Se necesita dinero y tener la bendita suerte de encontrar a alguien que quiera compartir la vida con uno, sin aburrirse y con el mismo deseo de luchar contra la monotonía. El dinero nunca me faltó, no en abundancia, pero siempre hubo; encontré a una persona con quien compartir la vida, pero vino la rutina, el aburrimiento, siempre lo mismo, lo mismo. Y para colmo no puedo tener hijos, ¡esa es mi maldita maldición! Y por eso él se buscó otra. La culpa es mía. ¡Yo soy la culpable! Si yo hubiera podido tener hijos, sería otra cosa.
Me miró. Su maquillaje estaba deshecho por las lágrimas. Se limpió el rostro con un pañuelo desechable. Recobró la postura y me indicó el lugar donde vivía la amante de su esposo.
—Muy bien —me dijo—. Termine con esto lo más pronto posible.
Encaminé mis pasos hacia la casa de la amante. Dejé que el hombre cenara, hiciera el amor con ella, viera un poco de televisión y, pasadas las doce, saliera hacia su casa. Cuando se alejó del hogar de la amante, un disparo certero en la cabeza del hombre se escuchó en el silencio de la noche.
Regresé a la casa de la esposa. La puerta estaba entreabierta. Pasé y no vi a nadie. Me angustié de pensar que esta persona había huido, y debía buscarla a como diera lugar, o si no yo sería el afectado o mis padres. Me dirigí a la sala, pero no estaba. Se me dio por buscar en los cuartos. Todos estaban decorados como si se esperara la llegada de un bebé: en dos predominaba el color azul, en el otro el rosado. Entré en la habitación que restaba, y ahí estaba la mujer, muerta en la cama. A un lado un frasco vacío de pastillas. Tuve que dispararle al cuerpo para justificar que la muerte la había provocado yo.
Y exclamé: “Soy el oído que escucha. Soy la mente que atiende. Soy el arma que dispara. Soy el Agente de los Dolidos”.
Continuara
AUTOR: GUILLERMO RÍOS BONILLA (COLOMBIA)
© DERECHOS RESERVADOS AUTOR
EL AGENTE DE LOS DOLIDOS
SEGUNDA PARTE
Encuéntrala el 22-10-2026

Guillermo Ríos Bonilla, nació en 1976 en Colombia (Florencia – Caquetá), y en el año 2004 se naturalizó mexicano. Es licenciado en Letras Clásicas por la Universidad Nacional de Colombia; y maestro en Letras Clásicas por la UNAM. Ha trabajado como profesor, investigador, traductor, subtitulador y corrector de estilo.
CONCURSOS DE CUENTO GANADOS
* 2025. Convocatoria Internacional de Cuentos Gold Editorial: Reinos en otra dimensión.
* 2018. XIV Juegos Literarios Nacionales Universitarios de la Universidad Autónoma de Yucatán.
* 2014. Concurso de Cuento de la Universidad de Colima.
– Primer Concurso de Cuento Escríbele a “El Sol de Irapuato”.
* 2010. Concurso de Cuento Universidad de Colima 70 Aniversario.
* 2004. XI Premio Nacional de Cuento Carmen Báez.
– IV Concurso Nacional y Estatal de Cuento José Agustín.
* 1999. II Concurso de Creación Literaria, Género Cuento, realizado por la Universidad Nacional de Colombia.
Segundos, terceros lugares y menciones en otros concursos de cuento en México, Colombia, Argentina y España.
LIBROS DE CUENTOS PUBLICADOS:
* 2025. El árbol de las hojas palabreadas por la Gold Editorial.
* 2017. Réquiem por un polvo y otras senXualidades, e-book, por la editorial Porrúa.
* 2015. Colección “El Rapidín”, cuentos cortos Minimágenes, por la Universidad de Colima
* 2014. Burbujas de aire en la sangre, por la Editorial Samsara.
* 2011. Los vástagos del ocio, por la editorial Samsara.
* 2010. Colección “El Rapidín”, cuento El viejo, por la Universidad de Colima.
* 2008. Historias que por ahí andan, por la editorial Generación Espontánea.
ANTOLOGÍAS:
* 2023. Relatos breves. Antología colombiana, Elipsis Editores.
* 2022. Fictología. Antología del Primer Concurso de Cuento Breve “La Realidad supera a la Ficción… ¿o Viceversa?”.
* 2021. Festival Rulfiano de las Artes. Cuentos seleccionados 2021.
* 2019. Antología Zombie II, editorial Endora.
– Cuentos del sótano VI, editorial Endora.
* 2014. Cuentos del sótano V, editorial Endora.
* 2013. Cada loco con su tema, Grupo Editorial Benma.
* 2010. Leer el cuento, editorial Endora.
* 2009. Cuentos del sótano, editorial Endora.
– Un ojo al gato y otro al garabato, editada por la Casa del Poeta Alí Chumacero.
* 2007. Desde las islas, editada por la Universidad Nacional Autónoma de México.
* 2006. Antes de que las letras se conviertan en arañas, editada por el Instituto Mexiquense de Cultura.
Además, diversas publicaciones en varias páginas de Internet.
