Plano y Contraplano es la sección de cine de Escritores Rebeldes, donde dos miradas se encuentran para analizar, debatir y opinar sobre películas, estrenos y clásicos. Dos voces, distintos enfoques y una misma pasión: el cine.
PLANO Y CONTRAPLANO
DOS REGRESOS A ÍTACA
Por: Carlos Forero (Colombia) – Julián David Rincón (Colombia)
Correo electrónico: rinconriverajulian@gmail.com

Apuntes a dos voces sobre lo que se gana y lo que se pierde al llevar a Homero a la pantalla grande.
No sé mucho de cine. Lo poco que sé es lo que los medios y la industria ofrecen. Sospecho que ese no es el mejor cine: quizá el más conveniente, pero no el más seductor. Sé que existe otro cine que no está debajo de los focos, ni en la boca de la opinión pública, ni en las columnas de los críticos más intrincados. Durante mucho tiempo supe que existía sin saber dónde buscarlo. Recordé entonces una estrategia que Nelson Mandela describe en su libro Un largo camino hacia la libertad para aprender sobre cualquier tema: leer al respecto y hablar con expertos y especialistas. Empecé por internet, donde lo primero que uno aprende es a desconfiar de todo dato. Investigué muchas cosas hasta dar con un listado de las sesenta mejores películas de la historia elaborada por dos críticos. Al leer la lista no reconocí prácticamente ningún título. Eso me gustó. Vi dos de las películas de la lista. Me fascinaron. Eran clásicos, en el sentido más literal: películas muy antiguas, en blanco y negro, una de ellas muda.
Faltaba la segunda estrategia del método de Mandela. Recordé a mi amigo, el especialista. Estudió producción de cine y televisión, era el indicado para esta estrategia. Le referí una de las películas que me cautivaron de la lista: Sunrise: A song of two humans, de Murnau, con mis impresiones y un par de inquietudes. El especialista hizo algo mucho más que simplemente responder: contestó con una disposición y una generosidad que me pareció un desperdicio dejar en una conversación de paso. Le propuse entonces unir nuestras voces, la de un aficionado y la de un especialista. Pensaba que podían salir cosas muy interesantes de esa interacción. Él aceptó. Para abrir la serie eligió la película del momento: La Odisea, de Christopher Nolan.
—Pero antes —me advirtió—, véase Ulises.
Dirigida en 1954 por el italiano Mario Camerini, con Mario Bava trabajando sin crédito en parte de la fotografía y los efectos. Producida por Dino De Laurentiis y Carlo Ponti para Lux Film con dinero de Paramount. Kirk Douglas como Ulises, Silvana Mangano en el doble papel de Penélope y Circe, Anthony Quinn como Antínoo. Hora y media larga en Technicolor. Para el especialista, la información relacionada con la producción sirve de explicación de la película. Aquel Ulises nació de un afán industrial muy concreto: el de demostrar que el cine europeo podía competir en el terreno del espectáculo. Fue una de las piedras fundacionales del péplum, el género de sandalias y mitología que dominaría la década siguiente. No es una obra de autor que se pregunta por Homero, es una industria entera diciendo «nosotros también sabemos hacer esto».
Con semejante introducción, descubrí que no era una advertencia, sino una obligación ver el Ulises antes que La Odisea de Nolan.
—Los diálogos de la película son muy particulares —le dije al especialista—. Conservan una musicalidad extraña, algo declamada, que se parece a los cantos de la narración homérica.
—Claro —dijo el especialista.
Hoy sonaría teatral, y probablemente lo sea, pero esa impostación no parece un defecto. Es la forma en que un texto oral, hecho para ser recitado, sobrevive dentro de un medio que no fue pensado para recitar. La película es teatral y orgánica al mismo tiempo, con decorados evidentes y efectos artesanales que, en lugar de romper la ilusión, la sostienen como la sostenía una plaza con un aeda en el centro.
—También me gustó el Ulises de Kirk Douglas —le dije.
Su Ulises es un hombre entero, decidido, ambicioso, coherente con su intención de sobreponerse al poder y a los castigos de las divinidades. Hay una escena en la que le reprochan su temeridad y él confiesa, sin aspavientos, que tiene miedo. La confesión no lo debilita, porque el miedo no es allí un obstáculo para el propósito, sino la medida exacta de lo que cuesta cumplirlo.
—¡Y está el regreso disfrazado de mendigo! —complementó el especialista.
Con la prueba del arco, que la película resuelve con una tensión física muy simple y eficaz. De igual forma, la adaptación condensa: se salta cantos enteros, reordena episodios, resume diez años de mar en unos cuantos golpes de efecto y hasta se permite rememorar el ardid del caballo de Troya, que en el poema es un recuerdo ajeno. Sin embargo, se mantiene fiel al espíritu de la obra original. Esa es la primera lección del ejercicio comparativo: la fidelidad de una adaptación no se mide en episodios conservados.
Quedamos un martes en la tarde para ver La Odisea de Nolan. Salí a destiempo. Le escribí al especialista para informarle que llegaría con lo justo. Llegué con lo justo. Él ya tenía las entradas. Preguntó si compraríamos algo de comer. Le dije que las palomitas me sientan mal.
—Tenga en cuenta que la película dura tres horas —dijo.
Entramos al cine. La sala se llenó. Empezaron los anuncios, y con ellos, el olor a comida. Pensé que quizá habría sido buena idea comprar algo de comer. Cuando empezó la película se me quitó el hambre. Al salir ya era noche cerrada.
—¿Qué tal? —preguntó el especialista.
—Si no hubiera visto Ulises antes, le habría dicho que la de Nolan es una buena película.
Dos Odiseos
Es fascinante comprobar que un texto de casi tres mil años de antigüedad sigue sirviendo de motor a una superproducción contemporánea. Los dos estamos de acuerdo. De igual forma, identificamos que las dos películas no cuentan al mismo hombre. Cada obra es hija de su época y del público al que se dirige. El héroe es siempre el lugar donde esa herencia se nota más. En 1954, el varón era una figura de autoridad casi indiscutible. Las mujeres no tenían todavía un espacio constituido en igualdad. Resulta absurdo que tardara décadas en cambiar y que en algunos ámbitos siga sin funcionar. En términos narrativos, el reparto de papeles es claro y manejable. Con ese marco, el Odiseo de Douglas debía demostrar una entereza sin titubeos: firme, infranqueable, aunque no infalible.
—El Odiseo de Matt Damon es otra cosa —le dije al especialista.
Duda, se resiente, arrastra remordimientos, no se siente el héroe que la providencia quiere devolver a Ítaca. Parece más bien un superviviente que presencia una sucesión de hechos extraordinarios.
—El relato lo protege —argumenta el especialista.
Un personaje que atraviesa el Hades y el mar de Poseidón sin que el guion permita creer ni por un momento que puede perder no genera tensión, genera espera. El personaje termina siendo una paradoja de sí mismo, obligado a ser frágil cuando la escena pide fragilidad y legendario cuando hace falta una secuencia de acción que sostenga la atención. Cabe la lectura contraria y es justo darle su espacio. Nolan trabajó con una interpretación deliberadamente terrenal del mito, más cercana a la traducción de Emily Wilson que a la solemnidad de bronce del péplum. El Odiseo replegado, silencioso, atrapado en lo que hizo en Troya. Es también un modo de traer el poema al presente. El hombre de la actualidad, encerrado en sí mismo, al que la guerra le devolvió un cuerpo, pero no una identidad. En este sentido, ambos comprobamos el valor la iniciativa. Presentar la epopeya a nuevas generaciones exige un discurso que ellas reconozcan. La pregunta es si ese Odiseo emociona o solo se explica.
El reparto, la polémica y la caja
Antes de ver la película no sabía casi nada de ella, salvo un dato aislado: dos o tres meses antes del estreno, internet se llenó de vídeos y memes sobre la presencia de Elliot Page en el reparto. Circulaban montajes generados con inteligencia artificial que lo insertaban en escenas de Troya para burlarse del contraste con la imagen del guerrero griego que el cine lleva décadas fijando: hombres enormes, barbudos y musculosos.
—Es interesante la facilidad con la que internet convierte cualquier hecho relevante en escarnio, casi por necesidad —le dije al especialista.
—Así mismo el reparto —dijo él.
La discusión sobre el reparto llegó al debate público mucho antes que la película. El argumento de fondo, despojado de la mofa, es discutible pero legítimo. Si una adaptación se propone rigor histórico o textual, cada elección de reparto que se aparta de lo que el texto o su contexto sugieren desplaza la obra desde la adaptación fiel hacia la adaptación libre. Conviene decirlo sin eufemismos, porque el espectador juzga lo que ve. Quien defiende lo contrario tiene también argumentos sólidos. La Odisea es un poema oral, reescrito y reinterpretado durante siglos por gente que jamás pretendió arqueología. El Mediterráneo antiguo no era el bloque homogéneo que imagina la iconografía del péplum. El teatro lleva veinticinco siglos repartiendo papeles por capacidad interpretativa y no por parecido físico. La fidelidad, además, nunca fue literalidad: la película del 54 puso a la misma actriz a interpretar a Penélope y a Circe, y a nadie le pareció una traición, sino una idea.
—Mi problema con Nolan es Sinón —le confesé al experto.
El reparo con la película de Nolan es más concreto y menos ideológico. El personaje de Sinón aparece muy pocas veces y su función parece menor. Sin embargo, su presencia vuelve una y otra vez en forma de símbolos y rememoraciones.
—¡Parece un protagonista sin serlo!
Esa desproporción entre el peso dramático y la insistencia visual es lo que deja dudas, no quién lo interpreta.
—Sin embargo, lo que más me incomoda es la industria.
La industria sabe perfectamente el valor que tienen hoy la controversia y el escándalo. Poner sobre la mesa una discusión sobre representación abre el debate, y el debate obliga a opinar. Ahora bien, para opinar con algún fundamento hay que comprar una entrada. Con un presupuesto de doscientos cincuenta millones de dólares, una calificación para adultos y funciones en IMAX de setenta milímetros agotadas con un año de antelación, no hace falta ser cínico para pensar que a la industria le importan menos las conclusiones del debate que las cifras que produce. Si de rebote se le atribuye un mérito moral, mejor para ella. La ironía es que ese cálculo perjudica a las dos partes de la discusión: convierte una conversación que podría ser seria en combustible de taquilla.
Lo que se gana y lo que se pierde
—Adaptar la Odisea es, ante todo, un problema de tijera.
Para el especialista, el poema es descomunal y cualquier versión se sentirá apresurada o incompleta.
—La del 54 lo resolvió por amputación.
Menos de dos horas, episodios seleccionados y un ritmo de aventura que no se detiene. La de Nolan dispone de casi tres horas y elige lo contrario, dilatar. El resultado es un tercer acto largo y, en algunos tramos, poco claro, justamente donde el poema es más nítido, porque la matanza de los pretendientes es el pasaje más limpio y brutal de toda la obra. Ambas, con todo, logran contar la historia con acierto, que no es poco. Lo que la nueva versión gana está en otra parte. Rodada íntegramente con cámaras IMAX de última generación en Marruecos, Grecia, Italia, Escocia, Islandia y Malta. Hoyte van Hoytema en la fotografía y Ludwig Göransson en la música. Con una declarada deuda con el trabajo artesanal de Ray Harryhausen, la película consigue que el mar de Poseidón sea de verdad una amenaza física. —Hay algo justo en eso —dijo el especialista, poniendo énfasis en las palabras.
La tecnología permite hoy poner en imágenes lo que antes era casi imposible de plasmar. El mito nació precisamente para dar figura a lo que no se podía explicar. Setenta años separan un cíclope de cartón piedra de otro fotografiado en setenta milímetros, y ninguno de los dos existe; solo cambia la calidad de la mentira que aceptamos.
Es innegable el esfuerzo de ambos equipos por hacer lo mejor posible con el presupuesto disponible. Esto es indiscutible para los dos. De igual forma, es importante que estas obras se mantengan vivas, ya que avivan el interés por otras culturas y por los textos que las fundaron. Que un aficionado y un especialista puedan discutir tres horas después de salir de una sala sobre el temperamento de un rey de Ítaca es, en sí mismo, un argumento a favor del cine.
Un tercer regreso
Solo queda esperar que, dentro de unos años o de unas décadas, alguien filme su propia Odisea. Ojalá sin los vicios de un contexto centrado exclusivamente en el hombre, como en la primera, ni la sensación de identidad prestada de la segunda. Odiseo lleva tres mil años volviendo a casa y todavía no ha terminado de llegar. Cada época lo recibe en su puerto, lo disfraza de mendigo y lo obliga a tensar otra vez el arco para demostrar quién es. La prueba no es del héroe: es nuestra.
Escrito a dos voces por un aficionado y un especialista. Asistida y complementada por inteligencia artificial. Películas comentadas: Ulises (Mario Camerini, 1954) y La Odisea (Christopher Nolan, 2026).
AUTORES:
CARLOS FORERO (COLOMBIA)
Productor de Cine y Televisión
JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
Escritor – Columnista
© DERECHOS RESERVADOS AUTORES

Julián David Rincón Rivera, segundo de dos hijos, nacido en Bogotá, Colombia el 7 de abril de 1994. Profesional de Cultura Física, Deporte y Recreación.
Lector apasionado, escritor por elección, músico por diversión.
Cuenta con tres publicaciones antológicas con la editorial ITA, además de dos publicaciones en proceso, también de carácter antológico, con factor literario y la editorial mítico.
Con varias publicaciones en revistas de américa latina, encuentra en la escritura el mejor sustento para su vida.
Instagram: @relatero_literal
