COLUMNA DOMINICAL
EL ARTE DE SER UN DESOCUPADO
Por: Julián David Rincón Rivera (Colombia)
Correo electrónico: rinconriverajulian@gmail.com

Tycho Brahe tiene fama de ser un tipo poco conocido. Se habla de “fama” ya que la discreción es un privilegio que poco se valora. Lo decimos a razón de Natalia París, que ha caído en el escarnio público después de comprar en un supermercado D1. Los medios inventan esa curiosa necesidad de comentar una “desgracia inventada”. Ellos muestran la noticia, la estupidez hace el resto. No debe ser sorpresa que tres de cada cuatro personas ignoren quién fue Tycho Brahe. Hecho curioso, considerando la persona que fue. Johannes Kepler, por su parte, goza de fama, reconocimiento y prestigio. Algo justificado y merecido, aunque algunos expertos y especialistas tengan sus reservas. Lo interesante es saber que la fama y relevancia de Kepler “dependieron”, de cierta forma, del trabajo dedicado de Brahe. Se trata de un esfuerzo en conjunto, sin que ninguno de los implicados tuviera sospecha alguna de ello. Uno puso la dedicación y el esmero, otro la ambición y el genio matemático. El uno no hubiera hecho nada sin el otro, aun así, la historia tiene en más estima a Kepler. La historia siempre tiene a sus preferidos. Así mismo, la historia se vale de la ingenuidad e ignorancia de la gente para alimentar estas preferencias. Un ejemplo de ello recae en la perpetua referencia de Albert Camus como francés. No es que no lo fuera, sin embargo, es muy diferente decir que Camus fue francés, a decir que fue un francés de origen argelino. A fin de cuentas, Camus no hubiera sido el escritor que fue sin Argelia y sin Francia.
¿Valdría la pena decir, en consecuencia, que Kepler no sería lo que fue sin Brahe?
Poco importa aquí el grado de reconocimiento y popularidad del uno y del otro. Lo que sí se siente son las consecuencias de esa falta de conocimiento y entendimiento por Brahe, ya que las personas ignoran lo anecdótico de su historia.
Un tipo que pasaba noche tras noche observando el cielo, llevando el registro de cada lucecita en el firmamento para determinar cómo eran sus cambios en el transcurso del tiempo. Ese era el “trabajo” de Tycho Brahe: mirar el cielo todas las noches y llevar el registro de cada lucecita en la bóveda celeste. Aunque más que un “trabajo”, en el sentido más estricto de la palabra, se trataba de una ambición astronómica financiada por Federico II, rey de Dinamarca y aficionado astronómico que quedó fascinado con Brahe cuando este le demostró su conocimiento. Sería más conveniente hablar de un “capricho”, que terminó en hito histórico cuando Johannes Kepler utilizó los datos de Brahe para formular las famosas leyes que describen el movimiento en forma de elipsis de los planetas alrededor del sol.
Si hablamos de favoritos de la historia, Albert Einstein es uno de los consentidos. El ingenio y la brillantez en su máxima expresión. Muchos saben muchas cosas de Einstein. Son muy pocos los que realmente las entienden. Eso que causa tanta admiración, respeto y veneración fue la consecuencia de una productividad distraída de su objetivo. Einstein se aseguró en su momento un trabajo que le garantizaba algo de tiempo libre y capacidad intelectual. De esta manera, podía seguir pensando en sus teorías y premisas aun en sus jornadas laborales. Fue así como un día, en su oficina de patentes en Berna, Suiza, observó por la ventana, donde se dice se alcanzaba a observar una gran porción de la catedral de la ciudad. Mientras veía la catedral, pensaba en sus teorías. De repente, imaginó una persona cayendo de un techo de la catedral. No la vio, en el sentido más literal de la palabra y como muchos pretenden hacer creer. Aunque, realmente, no se sabe con exactitud cuál es la verdadera diferencia entre ver o imaginar algo. Mientras así lo hacía, desarrolló “la idea más feliz del mundo”. Fue así como, en una jornada poco productiva en su puesto de trabajo en la oficina de patentes en Berna, Einstein desarrolló la teoría de la relatividad especial que cambió para siempre la física moderna.
Este no es el gato de Schrödinger
Existen gatos famosos y populares creados por diferentes industrias y alimentados por el público en general. Garfield, Tom (de Tom y Jerry), Hello Kitty, el gato con botas o el gato López. Este tipo de gatos no nos gustan mucho. A nosotros nos gustan otro tipo de gatos, creados por otros nichos diferentes al entretenimiento y el mercado, como es el caso del gato de Schrödinger. Aunque esta es una idea, un concepto más que un gato en sí mismo, y mejor así. ¿Cómo imaginar un gato medio muerto y medio vivo al mismo tiempo?
Aunque el gato de Schrödinger alimenta la intuición, el pensamiento científico y el intelecto, no deja de ser un mero experimento mental. A nosotros nos va el gato de Joan Didion. Un ente real que, de una u otra manera, empuja la iniciativa intelectual en el individuo.
Así como Einstein, Didion tenía un poder de concentración y de observación inigualable. Ella lo llamaba la reverberación. Para explicarlo, utiliza a su propio gato: “El gato se convertía en el fondo y el fondo se convertía en el gato. Todo interactuando, intercambiando iones.”
Didion sugiere que la reverberación está ahí, tanto en el gato como en el fondo. Lo único que hay que hacer es observar. Sin embargo, para poder llegar a percibirla, es necesario: “Limitarse a no hacer nada”. El hecho de no hacer nada refiere la puesta en escena justa y necesaria para poder desarrollar la concentración, que es el elemento fundamental que permite llegar a la reverberación. Jack Kerouac llegó muchas veces a la reverberación. En la mayoría de los casos, con ayuda de los alucinógenos. En una de esas, el gato de Didion lo tocó, mientras se hospedaba en la residencia de uno de sus tantos amigos que lo acogían en sus interminables viajes de nómada por toda Norteamérica. El gato ronronea, se pasea a través de sus piernas, se restriega en ellas y le pide algo de atención y cariño. Kerouac lo agarra con sus manos, lo acuesta en sus piernas y le acaricia el largo y sedoso pelaje. El gato se deja estar. Mientras tanto, le lame los dedos a Kerouac. Este entiende el mensaje. Kerouac sabe muy bien lo que es ser un desocupado. Sin trabajo, sin pareja, sin hijos, sin responsabilidades. Haciendo autostop para poder moverse, valiéndose de la amistad de muchos conocidos por todo lo largo y ancho del territorio para asegurarse un lugar donde dormir y alimento por algunos días. También se sabe valer de su ingenio y su camaradería para irse de fiesta, de bar en bar, de licor en licor, de mujer en mujer. Kerouac sabe que el gato es el gato de la reverberación. Sabe que es el gato de Didion. A diferencia del gato de Schrödinger, este es un gato real, de carne y hueso. Puede hablar del gato, describir su forma, sus características, el color de su pelaje, el ritmo de su ronronear, la forma y el color de sus ojos, la manera como lo mira, como se deja acariciar, como le lame tiernamente sus dedos. Esa es una diferencia real y considerable. Sabe que el gato “vibra”, y que el fondo también vibra. Kerouac ha visto vibrar muchas cosas, no solo las necesarias y más convenientes. Sabe también que, para sentir, vivir y entender esta reverberación, se necesita lo que Didion nos sugirió. Se dice entonces: “Es fácil entender que como artista necesite soledad y una especie de filosofía de “no hacer nada”, que me permita soñar todo el día.”
Soñar y soñar, para transformar la realidad. Astrónomos, científicos, matemáticos, genios y artistas que transformaron el tiempo en algo real. Legado de la historia y la humanidad. Han sido los desocupados los que han cambiado el mundo. Con tiempo, voluntad y algo de suerte. Esta es la reivindicación del tiempo libre. Aun así, su mensaje no nos llega. Estamos ocupados, extremadamente ocupados. Por un lado, esa absurda e inapropiada noción de productividad. Por el otro, la necesidad de llenar el vacío con estímulos. Cualquier estímulo, estímulos perpetuos. Los tiempos han cambiado. La soledad, el silencio, la imaginación, la creatividad, el atrevimiento, el genio, el intelecto y el vacío son cosas ya muy anticuadas. Ahora, lo que resuena es la mentalidad de tiburón. Movimiento constante, estímulos perpetuos, consumo sin límites. Acción, acción, siempre acción, sin parar, sin pensar. Solo acción, movimiento y repetición. Tanta es la acción que se sientan a la mesa con el plato de comida y el Smartphone en la mano. Embuten alimento con estimulación multimedia. ¿Es que la comida sabe mejor así? ¿Hace mejor digestión? ¿Se aprovechan con mayor eficiencia los nutrientes?
Quien creía que el peor enemigo del pensamiento era la ignorancia estaba equivocado. Ahora descubrimos que el peor enemigo de los pensamientos es la ocupación. En el servicio público, en las salas de espera, en las filas del supermercado, en puestos de comidas, en bares, discotecas y restaurantes. En colegios, universidades y oficinas. Entre amigos, familiares, parejas y conocidos. Incluso en la soledad más íntima y personal de un cuarto a las diez en punto de la noche. El teléfono celular ha creado una demanda de atención tan poderosa, real y vital, que prácticamente nadie lo puede resistir.
¿Cuánto tiempo puede aguantar una persona en la nada, en el vacío, en el silencio?
Los fundamentos elementales para la reverberación de Didion. Los elementos principales de la filosofía de Kerouac.
¡Están acabando con los pensadores!
AUTOR: JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
© DERECHOS RESERVADOS AUTOR

Julián David Rincón Rivera, segundo de dos hijos, nacido en Bogotá, Colombia el 7 de abril de 1994. Profesional de Cultura Física, Deporte y Recreación.
Lector apasionado, escritor por elección, músico por diversión.
Cuenta con tres publicaciones antológicas con la editorial ITA, además de dos publicaciones en proceso, también de carácter antológico, con factor literario y la editorial mítico.
Con varias publicaciones en revistas de américa latina, encuentra en la escritura el mejor sustento para su vida.
Instagram: @relatero_literal
