Hay películas que terminan cuando aparecen los créditos. Otras permanecen durante años escondidas en algún rincón de nuestra memoria.
A veces basta una imagen, una música o un personaje para que regrese aquello que creíamos olvidado.
En esta nueva entrega de Plano y Contraplano, el escritor y columnista colombiano Julián David Rincón Rivera parte precisamente de uno de esos recuerdos: un payaso visto en televisión durante su infancia que terminó convirtiéndose en miedo, pesadilla y, muchos años después, en una inesperada puerta de entrada al universo de Stephen King.
IT es el punto de partida, pero la reflexión va mucho más allá del payaso Pennywise.
Rincón Rivera recorre las adaptaciones cinematográficas de Stephen King y se pregunta por las razones que han convertido al escritor estadounidense en una fuente prácticamente inagotable para el cine. En el camino aparecen el terror, la música como elemento narrativo, los jumpscares, los flashbacks, la construcción de los personajes, los finales controvertidos y esa particular relación entre literatura y Hollywood.
También hay espacio para una mirada crítica sobre algunas decisiones de la industria cinematográfica, la inclusión, la utilización de la comedia dentro del terror y ciertas fórmulas narrativas que parecen repetirse película tras película.
Pero detrás del análisis permanece una pregunta mucho más personal: ¿por qué algunas películas consiguen quedarse con nosotros?
Quizá porque el cine también se construye con aquello que llevamos a la sala: nuestros recuerdos, experiencias, prejuicios y, por supuesto, nuestros propios miedos.
Hoy, en Plano y Contraplano, Julián David Rincón Rivera vuelve a mirar aquella pantalla de su infancia para enfrentarse nuevamente al payaso que durante años prefirió evitar.
Y desde allí nos deja una última provocación:
¿No es Stephen King, finalmente, un escritor que se ajusta perfectamente a los estándares de la industria cinematográfica?
🎬 PLANO Y CONTRAPLANO – PAYASOS ASESINOS
✍️ Julián David Rincón Rivera (Colombia)
📖 Correo electrónico: rinconriverajulian@gmail.com

Tarde noche de un día cualquiera de 1999. En la pantalla del televisor aparece la calle cualquiera de una ciudad cualquiera. Niños jugando, gente bailando, bombas y música. En medio de la algarabía, un payaso se mueve de un lado al otro, hace piruetas, se cuelga de los faroles de la luz. De repente, se detiene en medio de la calle. Mira fijamente a la pantalla. Ha visto y reconocido algo. Señala, mientras emite un sonido diabólico. Se precipita inmediatamente a la pantalla, trepándose a la farola para asomar su cabeza pintada totalmente de blanco, con una peluca roja, nariz y labios pintados, además de unas delgadas y cortas líneas debajo de sus ojos. Es el payaso asesino.
Todas las noches, en el Canal Uno, presentaban un capítulo de la serie del payaso asesino. Yo veía eso cuando era niño. A partir de esta serie, desarrollé un miedo y pavor a los payasos que atormentó la mayor parte de mi niñez y juventud. Soñaba frecuentemente con ese payaso, a la vez que me negaba rotundamente a acercarme a alguna persona con ligeros atisbos o insinuaciones de cara pintada y peluca roja. Lo cierto es que ese temor a los payasos aún perdura, de manera extraña y compleja. Por esta razón, he procurado eludir cualquier cosa que tenga que ver con payasos, desde películas, series, hasta libros. Fue precisamente por este último hecho que descubrí, muchos años después, que la serie que veía de niño en el Canal Uno era una adaptación a la novela de Stephen King, IT.
Hablar de adaptaciones literarias es hablar, inevitablemente, de Stephen King. El autor vivo con mayor cantidad de adaptaciones. Muchas de ellas excelentes obras cinematográficas (el resplandor de Kubrick, la milla verde de Darabont, Misery de Reiner).
¿A qué se debe el éxito de estas adaptaciones?
Una primera hipótesis puede sugerir que su literatura se presta mucho para las adaptaciones cinematográficas. Esta interpretación, a su vez, puede tener relación al complejo debate que tiene como protagonista al mismísimo Stephen King y su presunto merecimiento para ganar el Nobel de Literatura. La literatura de King se centra, en mayor medida, en el horror y terror, géneros muy populares que tienen la capacidad de movilizar grandes masas de gente.
El terror es algo muy interesante, indiscutiblemente. De igual forma, es muy difícil negar la capacidad de King de mostrar y reflejar el miedo a través de sus historias y personajes. No por nada es un escritor BestSeller. Ahora bien, creo que es mucho más fácil y asequible adaptar sus historias al cine que el extranjero de Camus, por ejemplo, o alguna novela de un premio Nobel. De cierta forma, las historias de King parecen mero entretenimiento si lo comparamos con las densas temáticas sociales, históricas o existenciales de los Nobeles. De hecho, el mismísimo King así lo admitió diciendo que sus novelas son el equivalente literario “de un Big Mac y unas papas fritas grandes de McDonalds”. Argumenta que su literatura, en gran medida, es una ficción sencilla para gente sencilla. Por esta misma razón se puede justificar el alcance y la popularidad de sus obras.
Al hablar de IT, la adaptación cinematográfica más reciente (película del 2017 dirigida por Andrés Muschietti), entendí que tenía un asunto pendiente con Stephen King.
¿Qué decir de la película?
La película está bien. Cumple con su objetivo principal que es entretener. Sin embargo, si tuviera que quedarme con alguna adaptación, sería la serie del 99. Por más traumática que fuera, dejó una huella que difícilmente alguna otra adaptación logre superar, incluso el libro en sí mismo. Aun así, esta película me llevó a reconocer la importancia del acompañamiento musical. La música es un elemento fundamental en la película, aún y a pesar de que funcione en “segundo plano”. Es decir, es un elemento que se percibe de manera indirecta, pero sin él, el efecto de las escenas, los acontecimientos, la actitud de los personajes perderían poder e influencia. Evidentemente, si reprodujéramos la película sin sus efectos sonoros, quedaría como una secuencia de escenas vacías, simples, faltas de esencia y emotividad. De igual forma, en un par de escenas reconocí algunos efectos que parecían inadecuados. Lo que es innegable es que el uso y la implementación de la música y los sonidos en el cine es todo un arte.
Ahora bien, la manera como Stephen King maneja el miedo en IT es algo muy interesante. Separa el miedo de unos y de otros, impidiendo que los adultos perciban el miedo infantil. Es curioso como dos seres que viven en la misma realidad inventen miedos diferentes. En este sentido, creo que ese miedo “infantil” es mucho más manejable y manipulable. A diferencia del miedo “adulto”, que puede tomar connotaciones más existencialistas. Por esta razón, me genera curiosidad ver como “evoluciona” este tipo de miedo en los personajes principales de la película en la segunda parte.
It parte 2
No puedo asegurar que es una buena película, pero tampoco una mala película. Es una película que pasa sin pena ni gloria. Una más del montón. Tiene la perjudicial premisa de ser la segunda parte. Hay algo curioso con las “segundas partes” que se quedan siempre cortas con su predecesor. Es, comúnmente, la primera parte la que se tiende a preferir. Por ser la primera experiencia, el primer acercamiento, el primer bocado, la primera impresión. No lo sé exactamente, pero es muy difícil quitarle el puesto de privilegio a las primeras partes.
El uso y la implementación del FlashBack es un recurso válido e interesante, en especial cuando se combinan en una misma escena. El efecto que logra mientras los protagonistas comparten en un mismo espacio, pasando de los inquietos niños a los adultos, baña a la escena de mayor significado. Los adultos no dejan de ser esos niños inquietos y curiosos que han descifrado el mal y regresado, muchos años después, para darle fin. Es un recurso que se implementa a lo largo de la película, no solo en escenas o momentos concretos y específicos. Esta recurrencia es agradable ya que, de cierta forma, conecta las dos películas, las dos partes. El efecto de unión y continuidad gana potencia con este recurso. En este sentido, se entiende como una continuidad a la segunda parte, no como algunas “segundas partes” que parecen totalmente ajenas a sus predecesoras. Sin embargo, el FlashBack implementado para el personaje de Henry Bowers parece desfasado. No entra en el mejor momento de la película. De hecho, parece sacado de contexto. Este sentimiento se extiende a toda la identidad del personaje en la segunda parte. Un personaje inoportuno, casi que irrelevante. Como un antagonista secundario, no parece cumplir con su objetivo. Aunque su entrada en la película sugiere una intromisión de peso para los protagonistas, la verdad es que se queda corto a este respecto. Se atraviesa en el camino de los protagonistas y sus objetivos un par de veces, de forma mínima e insignificante. Cuando logra parecer un antagonista de consideración en la historia, termina de manera simple y rápida. Un personaje que parece sobra en el contexto de la historia.
Ahora bien, el hecho de que los protagonistas tengan que buscar en su infancia el objeto perdido que sirve para vencer el mal es un recurso que gana fuerza y potencia en algunos personajes. Un ejemplo de ello es el caso de Beverly, quien encuentra en el apartamento de su niñez no sólo el objeto, sino el mal y el miedo que la persigue. El hecho de que encontrara el lugar intacto, tal cual cómo lo recordaba en su niñez, y que fuera una trampa del mal para acercarla y acabar con ella. Un recurso fascinante. Hubiera sido muy agradable que la fuerza, contundencia, presencia y potencia de este recurso fuera recurrente para todos los protagonistas. Sin embargo, la “confrontación” pierde poder, fuerza y presencia en algunos de ellos. Puede que el tiempo y la cantidad de protagonistas fueran un limitante a este respecto, obligando al director a priorizar aquellos que tiene mayor relevancia dentro de la historia.
El desarrollo del conflicto puede ser interesante, algo entretenido. No obstante, su resolución es muy tosca. La serie de los 90’s ronda por las mismas estimaciones. Un bicho de otro universo que muestra su verdadera identidad como una forma de araña que los protagonistas acaban a punta de piedra. Los finales de Stephen King son controversiales. Muchos son poco creativos, repentinos y un tanto absurdos. De hecho, en su saga (la torre oscura), la resolución parece tomar las características de un Deus ex Machina. Hecho que le quita credibilidad y sustento a la narrativa del escritor. No es de extrañar la constante referencia que se presenta como un guiño en uno de los personajes principales de la segunda parte (el escritor), que carga con el remordimiento por las constantes críticas del final de su más reciente libro. De hecho, el mismo Stephen King, en forma de cameo, se presenta en la historia para recordar este hecho.
El terror
Para una película de terror, el terror, evidentemente, es algo fundamental. Lo referimos anteriormente en la primera parte, de una forma ciertamente superficial y general. En esta parte, la cosa cambia. Sea porque el resultado es más explícito o por el simple hecho de mirar la película desde otra perspectiva.
Los JumpScares, o sustos repentinos, son una de las estrategias más repetitivas y presentadas en la película. En lo personal, este tipo de “miedo” no es muy estimulante o efectivo. De hecho, los “sustos” terminan siendo muy predecibles. En más de una ocasión, mientras uno de los personajes camina por un pasillo oscuro, acercándose a una puerta o a una cortina que oculta algo, mientras los efectos de sonido se agudizan y forman un crescendo constante que simulan una forma de “tensión”, uno ya sabe que al momento de abrir la puerta o correr la cortina no ocurrirá nada. La ambientación musical se corta de golpe, quedando un vacío donde sólo aparece “la nada” en la escena. A este respecto, ya se sabe que el susto repentino viene cuando el personaje, aparentemente más tranquilo, gira o renuncia a la tensión de la escena. En ese momento, aparece la figura horripilante, con un estruendoso grito y el acompañamiento musical correspondiente que funciona como una sobreestimulación de los sentidos. Este tipo de “sustos” pierden su efecto por lo predecibles. De igual forma, esta forma de terror parece muy simple, vacía y efímera. Hay que aclarar que el efecto varía considerablemente de acuerdo con el contexto a partir del cual se visualiza la película. No es lo mismo experimentar este tipo de terror en casa, con las luces encendidas, el límite de la pantalla y el sonido. El efecto del JumpScare se pierde. En una sala de cine, con todos los sentidos puestos en la película, la cosa, seguramente, será diferente.
Desde una perspectiva muy personal, me sorprende que este tipo de “terror” siga perdurando y siga pareciendo ser tan efectivo en la industria.
La escena Gay
Al inicio de la película, una pareja de hombres homosexuales se presenta dándose un beso. La escena en sí misma es irrelevante para la película y la historia. De hecho, al final del filme, es muy probable que uno no recuerde esta escena. Yo no la recordé, por ejemplo, sino mucho tiempo después, mientras reflexionaba acerca de todas estas cuestiones que hemos venido tratando. No hubiera hecho referencia de ella si no fuera por una cuestión que se trató en la columna anterior. Esta escena parece confirmar lo que se planteó en la columna Dos regresos a Ítaca. Hecho relacionado con la implementación de un actor transgénero para representar figuras de la mitología griega. La escena de los dos hombres parece confirmar una “predilección” de la industria por ser parte íntegra del debate acerca de la inclusión. Parece que la industria dice a gritos: “Ey. Aquí estamos. Hacemos parte de todo esto”. Decisión que se transforma en “exigencia” para todos los directores de las grandes producciones. La poca relevancia de estos hombres dentro de la historia, y el hecho de que el beso se presente en el inicio de la película, parece una estrategia muy bien implementada por el director, que acogió la exigencia de la industria, más sin embargo no permitió que este hecho, irrelevante para su historia, modificara sus intenciones.
La comedia
En muchas películas catalogadas como “terror”, he notado una forma de comedia un tanto absurda y ridícula. Recuerdo una experiencia en cine, hace muchos años, de una película aparentemente de este género. Estaba repleta de apuntes “graciosos” que eran irrelevantes, sacados de contextos, ridículos y estúpidos. No sé exactamente la necesidad de esta “comicidad” en el terror. No sé si se trata de una estrategia para manipular los estados de ánimo de los espectadores, o si se trata de una alternativa para aligerar las tensiones. La realidad es que parece una estrategia muy anticuada. Cuando se implementan en exceso, la cosa es ridícula. Lo más sorprendente de todo es encontrar a la sala de cine riendo de estas estupideces. Aunque la estrategia es inadecuada, también es altamente efectiva. Por fortuna, esta película no peca de exceso en este sentido.
Finalmente, la premisa tradicional que acompaña la historia de la película. El amor, la unión y la conclusión emotiva. Todo muy Hollywood. Este hecho me hizo replantear la predilección de las historias de Stephen King para las adaptaciones en Hollywood.
¿No es Stephen King un escritor que se ajusta a los estándares de la industria?
JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
Escritor – Columnista
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