Encuentra Aquí – El Niño Perdido (Primera Parte)
Este turbulento estado de mi alma duró un tiempo incalculable, o fue quizás que el tiempo malvado se detuvo para prolongar mi horror y mi desesperación. Entonces un sonido nuevo me dejó saber que el tiempo aún transcurría. Sentí el picaporte que giraba y luego un suave pero decisivo intento de abrir la puerta de mi dormitorio, pero estaba cerrada con llave y esto me dio alivio y una sensación de seguridad.
Luego, una nueva oleada de terror me abrumó por completo porque me pareció ver la silueta del niño en la habitación, dentro de mi cuarto. Cerré los ojos, sentí mi cuerpo paralizado, poseído por el espanto, y me entregué por completo a la protección divina. Los minutos malvados parecían horas elásticas e interminables, las horas fueron siglos.
Finalmente comprendí que una magia negra se había operado en el tiempo y este, al servicio de las tinieblas, para perpetuar mi horror, se había detenido, de modo que permanecería yo en este eterno estado de angustia incalculable.
Así fue que, cuando a través de la ventana vi una claridad en el este, cuando comencé a ver esas luces del alba, mi alma se liberó de un peso extraordinario y comprendí que el tiempo seguía su curso y que lo que veía más allá de la ventana eran los fulgores del nuevo día que con su luz y su calor alejarían estas tinieblas que me envolvían. Me sentí reanimado y esperanzado. Me atreví por primera vez a moverme y en un acto de suprema valentía levanté la mirada para ver si de hecho ese niño del espanto estaba dentro de la habitación.
Descubrí, con una liberación del espíritu, que yo era la única persona en este lugar. No demoré un segundo. Reanimado por este descubrimiento, me sentí decidido a dejar la finca cuanto antes. Abrí la ventana y con la esperanzadora luz del día, salté hacia afuera y me eché a correr sin rumbo con la idea de apartarme cuanto antes de este lugar endiablado.
Me alejé. Corrí entre los árboles. Encontré un sendero y lo seguí por algún tiempo con la convicción de que me conduciría al lugar correcto, lejos de la casa que ahora tanto temía. Guiado por un impulso, reconocí que mis pies seguían un camino trazado por pisadas que parecían indicarme por dónde ir y de un modo instintivo caminé por ese sendero sin pensarlo, como hipnotizado, y paso a paso subí la cuesta de una pequeña elevación, de manera que cuando llegué hasta su parte más alta descubrí el sol naciente apenas por encima del horizonte, brillando con su luz tibia que de una manera mágica, me sacudió y me despertó, me sacó de ese trance en el que, de alguna manera, había caído.
Entonces me paré repentinamente para descubrir que dos o tres pasos más allá de aquel bendecido lugar en el que me detuve, la colina se cortaba abruptamente y caía de golpe. Más allá, en la parte más profunda de esta formación, mis ojos enfrentaron nuevamente el horror al encontrar la silueta mutilada de nuestro amigo Gandolfo.
En la parte más onda de esta depresión del terreno se encontraban las sierras circulares del molino. Me sorprendió la cuidadosa disposición de estos afilados instrumentos y me pareció claro que fueron puestos en ese lugar con el propósito siniestro de mutilar a nuestro amigo y que efectivamente cumplieron con su obscura función. Mucho más me sorprendió, o me aterrorizó, comprobar la impredecible expresión en la cara de Gandolfo. Su cabeza estaba separada por completo del cuerpo y su cara tenía una sonrisa brillante, una sonrisa tibia y tierna. ¿Qué pudo hacer sonreír a Gandolfo, qué cosa pudo complacerlo tanto en su momento final? Especialmente cuando ese final fue algo tan trágico y horrible.
Mientras me sentía poseído por el asombro, mis pensamientos desordenados me devolvieron el recuerdo del niño maldito y otra vez sentí un escalofrío en todo el cuerpo.
Anduve por los caminos de esa mañana terrible hasta encontrar el que me llevó hasta el pueblo. Caminar por los empedrados regulares me devolvió de a poco el control de mis sentidos y andar por las calles del pueblo me pareció una bendición. Ahora que estaba en un lugar conocido y normal, las cosas que pasaron durante la noche parecían lejanas e irreales. Recorrer esas calles y ver a las primeras personas de la mañana me libró del trace en el que me encontraba y la realidad recobró su dimensión y su forma.
Cuando vi al panadero saludando a su vecino en la puerta de su negocio y sentí el olor del pan caliente me pareció estar por completo despierto. Entonces le pregunté al panadero acerca del refugio de animales, donde esperaba encontrar a Canela. También le pregunté sobre la estación del ferrocarril y el próximo tren que pudiera alejarme de este lugar, una vez querido y ahora teñido de cosas negras.
El panadero me respondió con una sonrisa y otra pregunta:
—¿Cómo va su día patrón?
—Mi día no va de ninguna manera señor. Lo que necesito es saber dónde está el refugio de animales, —respondí con una falta de cortesía que no era natural en mí.
En su cara vi la sorpresa por mi falta de modales y entonces me compuse.
-Disculpe —dije, —mi día se desarrolla con esplendor, —respondí esta vez con
impaciente ironía.
El hombre me miró con cara rara y dijo, —bueno, me alegro. El mío también va muy bien. Siempre cantan los pájaros a esta hora de la mañana.
De modo que me armé de paciencia y seguí por el camino que este hombre me marcaba. En nuestra mañanera conversación tratamos los temas más intrascendentes posibles: el variable precio de la harina, la humedad que se acumula en la parte superior del horno de ladrillos y finalmente, para coronar nuestro intercambio verbal, discutimos el poder levadizo de la levadura fresca en oposición a la seca.
Me pareció que el día podía terminar antes de que este hombre me diera la información que necesitaba. Esta conversación mundana y ruin se extendió por minutos que me parecieron horas y temí que el tiempo mismo terminara y que nosotros dos quedáramos extraviados en algún lugar sin nombre.
Entonces, milagrosamente, este hombre finalmente me dijo lo que necesitaba saber: me indico el camino hacia el refugio y me dijo que el tren a Constitución no pasaría hasta el día siguiente.
Cuando nuestra conversación terminó pensé que había transcurrido más tiempo que el que demora una estrella en inflamarse y explotar. Cuando miré el reloj descubrí que solo había pasado media hora. Me alegré. Caminé hasta el refugio de animales lo más rápido que pude. Estaba cerrado así que esperé y a la vez descansé para recuperar la energía que los eventos de la noche anterior habían agotado.
Cuando abrió el refugio con muchísima alegría encontré a Canelita, mi adorada perra. Ella saltó sobre mí y me cubrió con lengüetadas y expresiones de cariño. Nos fuimos juntos. Nos hospedamos en una casa que nos alquiló una pieza por un día y la mañana siguiente tomamos el tren a Constitución. Mientras esperábamos en el anden, escuché la conversación de otros pasajeros sobre crímenes atroces ocurridos en la finca Garzarelli.
Siguiendo un impulso y contrariamente a mi habito, agarré el diario de un puesto y lo guardé en mi bolsa sin leerlo. El tren llegó. Lo tomamos y nos fuimos.
***
Las tardes sucedieron a las mañanas y las semanas a los días. Pasó algo de un mes o tal vez más. De regreso en Maine, en mi casa permanente, las cosas que pasaron en la hacienda de Pedernales parecían remotas e irreales, como en un sueño. Es verdad que no había logrado olvidarlas, pero sí dejarlas atrás como un par de zapatos viejos y gastados. Entonces, por casualidad o por voluntad del universo, encontré en mi bolsa de viajes el diario que agarré en la estación de trenes el día que dejamos Pedernales. Lo abrí y revisé sus páginas sabiendo que había algo en él que iba a interesarme.
No me sentí decepcionado porque esa edición incluía un artículo sobre los extraños eventos de aquella noche que leí con impaciencia. Este intentaba darle sentido al descubrimiento por parte de las autoridades, de varios cadáveres que daban testimonio de las cosas atroces que pasaron esa noche en la finca Garzarelli. No voy a intentar reproducir la nota periodística, pero sí repetir las partes que aclararon mi entendimiento acerca de los hechos terribles que se desarrollaron en ese lugar.
El diario explicaba que los cuerpos de las hermanas Lizaldre fueron encontrados sin vida en una de las habitaciones de la casa rodeados de las más inusuales circunstancias. La más joven de las hermanas fue encontrada atada a una de las camas y su cuerpo estaba lacerado por completo. Los cortes habían sido hechos por un instrumento con poco filo que sin duda desgarró su piel de una forma sumamente dolorosa. La investigación forense establecía con claridad el hecho de que la mayor de ellas, había sido la causante de estas heridas y de la muerte de su hermana. Este artículo no dejaba dudas de que luego de haber cometido este acto atroz, había terminado con su propia vida de la misma forma como dio muerte a su hermana. La nota no decía nada sobre la presencia de alguna otra persona en el cuarto donde ocurrieron esas cosas siniestras.
En cuanto a la muerte de Gandolfo, el diario mencionaba que las sierras que lo habían mutilado habían sido llevadas con gran esfuerzo hasta el lugar del crimen desde el granero. Habían sido colocadas en ese lugar con cuidadosa precisión y con su lado más filoso expuesto, de manera que cumpliera con el propósito de terminar con la vida de la víctima de esta forma macabra y teatral.
El modo en que estas sierras fueron preparadas para cumplir con su función mortal, daba testimonio de un cuidadoso plan ejecutado con detalle y precisión. El artículo también dejaba claro que no había ninguna evidencia que condujera a la conclusión de que Gandolfo había sido forzado a saltar al precipicio en que lo esperaba la muerte. Las pruebas demostraban que él lo había hecho por su propia voluntad. A su vez el diario explicaba que para lograr un corte que pudiera separar por completo la cabeza del cuerpo, el suicida debió saltar al abismo con una precisión milimétrica, lo cual resultaba por completo sorprendente.
En ese punto dejé de leer. Comprendí inmediatamente que Gandolfo había preparado su muerte con muchísimo cuidado, y que su ejecución requirió de gran diligencia y esmero. Había llevado a cabo un trabajo meticuloso y dedicado para acabar con su vida. Quizás eso explicaba la expresión de júbilo y triunfo en su rostro cuando lo vi esa mañana, en el fondo del precipicio, sonriente y decapitado.
No se mencionaba nada acerca de la presencia de ninguna otra persona en la finca ni tampoco sobre la causa de semejantes horrores. Simplemente se explicaba que la investigación seguía su curso. Me sentí agotado y perturbado por las cosas que descubrí leyendo esa nota.
Se aclaró en mi mente lo que pasó con Gandolfo y con las hermanas Lizaldre, pero aumentó mucho más el hondo desconcierto que sentía acerca de la extraña criatura que se había presentado en la forma de un niño perdido para corrompernos y arruinarnos. Esa misma tarde visité la biblioteca pública de Portland donde normalmente me esperaba el clima agradable y la amistad de los libros. En su catálogo busqué información acerca de demonios, luciferes y moradores de la tiniebla.
En la Enciclopedia Del Ocaso encontré un capítulo referido a la existencia en las pampas del sur de América de un hijo de la obscuridad que, tomando la forma y la inocencia de un niño extraviado, permite que las personas se le acerquen para corromper sus almas y destruir sus cuerpos. El texto también menciona que, una vez herida por la ponzoña sádica de este intruso, el alma de la víctima se sumerge en un laberinto de dolor en el que se pierde para siempre, sin regreso y sin esperanza.
Señala, a su vez, que el mero contacto de los ojos del demonio con los de su víctima es suficiente para llevar a cabo la contaminación, y que la extensión del encuentro de las miradas determina la velocidad con que el veneno espiritual desarrolla su poder en la víctima, pero que luego de este contacto, ya nadie puede escapar el tormento que le espera.
Cerré el libro y abandoné la biblioteca. Caminé por las calles cubiertas de nieve y sentí que los hielos del norte eran en realidad una cálida protección que me amparaba y me alejaba de las pampas argentinas que ahora me resultaban odiosas. Recordé con un profundo alivio que mis ojos jamás habían encontrado los del niño, los de esa bestia inmunda y caminé hasta mi departamento con la determinación de jamás volver a esa casa del espanto, a la finca Garzarelli.
***
Los meses siguientes pasaron como muchos otros. Sin embargo, descubrí un día, con alguna sorpresa, que, desde hacía un tiempo, uno que me resultaba difícil precisar, ya no iba a trabajar. También me di cuenta de que raramente dejaba la cama donde estaba acostado y que en la actualidad me resultaba difícil distinguir la vigila del sueño. El sueño, que era una turbulenta sucesión de imágenes grotescas que me atacaban por las noches, o en el día, era difícil decirlo, porque en el presente el día y la noche, se habían confundido extrañamente y parecían una interminable sucesión de horas vanas que deparaban pensamientos malvados y el raro presagio de un dolor permanente o un oscuro porvenir.
Pensé en Canela y en su dulce sonrisa. Intenté infructuosamente recordar cuándo fue la última vez que salimos a dar una caminata y me pregunté por qué ya no venía a acostarse conmigo en la cama. Entonces la vi en el suelo recostada, o tal vez desparramada en un charco enorme de algo raro que la rodeaba y la cubría.
Mi conciencia pareció abandonarme otra vez, como era tan común en el presente y me encontré sumido una vez más en un torbellino de imágenes sórdidas, atrapado por una obscuridad que parecía dominarme y de la cual sabía que me sería imposible escapar. Finalmente desperté, o recobré el sentido. Intenté abandonar la cama y ponerme de pie para descubrir que me era imposible. Solo pude alzar la mirada que de un modo natural cayó en Canela, o en ese montículo de carne que había sido Canela y desde su rincón me llegó el hedor de la desesperación y de cosas muertas.
AUTOR: ELOY KAMINSKI (ARGENTINA)
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Eloy Kaminski es un escritor y artista argentino que dedicó una gran parte de su vida a viajar extensamente. Durante sus viajes recogió el material que en la actualidad componen sus ficciones literarias y creaciones artísticas.
Luego de cursar la carrera de Letras en Buenos Aires se embarco en un viaje a través del continente americano que concluyó en los Estados Unidos.
Su primer libro: “Natasha” fue publicado durante 2020. Se trata de una colección de cuentos y relatos que, a través de temas sórdidos y a veces macabros, expresan en su conjunto una visión espiritual.
Sus cuentos fueron publicados en numerosas revistas literarias, en antologías y fueron adaptados para programas de radio en México, Cuba y España.
Actualmente vive en Honolulu donde prepara los manuscritos de su próximo libro.
