Caminaba yo despreocupada a temprana hora por un parque, con un frío encima que helaba hasta el pelo, de pronto mis ojos se posaron en un gran árbol de guayacán, de lindas flores amarillas, parecía verdaderamente un sol.
—Que hermoso eres!, quiero en este momento hacer un trato contigo, si me lo permites, déjame penetrar en ti, y que yo me convierta en lo que tú eres, un árbol, quiero sentir la vida de una manera diferente como ser viviente, sin reniegos y total contacto con la tierra — Exclamé tras dirigir mis pasos hacia él y abrazarlo.
—Realmente estoy loca, ¿cómo pretendo que este árbol me conteste y me conceda tal deseo? — dije entre risas en voz alta.
—Concedido, pero ¿a qué se debe tu deseo? — respondió de repente una voz ronca y cavernosa, y en ese instante, veo y siento como sus ramas abrazan mi cuerpo, me asusté demasiado, porque no esperaba algo tan increíble como que un árbol atendiese a mi llamado.
—Querido amigo, estoy harta de ser humana, nadie me extraña, y todo en nuestro mundo es caos, envidias, competencias desleales y rencores; olvidamos que venimos a servirnos y amarnos unos a otros, y solo he visto millares de niños, jóvenes y ancianos sucumbir al desamor, al descuido, al despotismo, por eso, quiero ser árbol— le contesté tras reponerme del susto.
Él me sigue abrazando, y como un acto de magia, quedo dentro suyo. Allí se sentía cálido, un ambiente confortable, y entonces empezó la gran fusión, sentí como mis venas se volvieron gruesas y muy fuertes, y por ellas corría otra clase
de sangre, de ADN, era la savia del árbol, la veía correr, verde, verde, muy luminosa, y un vigor descomunal me asistió, luego mis cabellos se volvieron ramas, con muchas hojas adornadas con aquellas hermosas flores amarillas. Por primera vez en mi vida, fui feliz, yo era un árbol de verdad, y ya no había vuelta de hoja, respiraba mas de lo normal, era CO2 puro, allá arriba se sentía todo mejor, y el sol abrasador y candente me resultaba muy agradable
Llegó la noche y mis ramas se agitaban por el fuerte viento, vino el frío, y enseguida se desató la lluvia, como cuando a un loco le quitan su camisa de fuerza, que sensación tan maravillosa, era un disfrute total cada cambio, era tandiferente a la inconformidad humana, porque todo es descontento, si llueve o si hace calor. Al día siguiente, otra vez sol, luz, y miles de pajaritos entonando sus bellos trinos posados en mi cabeza, quiero decir, en mis ramas; sentí luego algo caliente rodando por mi tronco bajo y mojando mi raíz, era un perro que me estaba orinando, y que además depositó sus heces, sonreí, pues no sentí molestia alguna, ya que yo era un árbol.
Pasaron los meses y era feliz siendo un guayacán, hasta me di cuenta de que algunos humanos tomaban las flores, que arrojaba al suelo para hacerse baños que los despojaban de sus males, que gracia me causaban estos seres, pensaba
yo cual árbol.
Un día sentí a mi alrededor tremenda algarabía, eran unos hombres armados de machetes, sierras y lazos, —Este viejo árbol tenemos que derribarlo— exclamaron.
Sentí en mi interior que me desvanecía y el terror se apoderó de mi, —Amarren bien sus ramas altas, esas que están metidas entre los cables de la luz, esas que lo están dañando todo— ordenó uno de ellos.
e amarraron fuertes lazos, y tiraron de ellos con una desgarradora e inclemente fuerza, cuando menos lo esperaba, ¡sentí un Zas!, un terrible golpe de machete, luego otro, y otro, y muchos más, me pelaron en un instante, pero lo peor estaba por llegar, escuché un ruido ensordecedor, y vi con mis ojos de árbol, llenos de lágrimas pegajosas como cortaban sin compasión mi tronco alto haciendo uso de una sierra eléctrica, dolía, dolía, y salía sangre verde a borbotones, mezclada extrañamente con una baba espesa y roja, seguramente lo que quedaba de mi sangre fusionada con la savia del árbol, luego cortaron el resto, igual de doloroso que al principio; solo pedazos de tronco y astilla rodaron por la manga, testigo fiel del cruel y doble asesinato allí cometido, pues mi ser se hallaba dentro de aquel árbol, tal como en el trato se pactó.
También mis compañeros, los otros árboles que se encontraban a mi alrededor, agitaban sus ramas como voces ahogadas protestantes, queriendo entonar al coro aún sin ser oídos : “Los humanos son malditos”, pero allí, estáticos y mudos, vieron como recogieron mis desechos, llevándolos a una camioneta, seguramente para vender los cortes de madera a una mueblería donde le darían la forma de una silla, la que quizá compre mi hermana para sentarse cómodamente en ella, sin saber que reposa sobre la que un día fue su ser querido.
Me queda la gran satisfacción de que siendo árbol fui útil, sirviendo de sombra al desagradecido humano, de refugio a los lindos pajaritos, y ayudé a que los perros sin temor de ser golpeados, hicieran sus necesidades tranquilamente sobre mí. Y a pesar de todo lo vivido, fue profundo y bello, haber sido un guayacán.
AUTORA: CAROLINA ÁLVAREZ GUZMÁN (COLOMBIA)
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Carolina Álvarez Guzmán (1958) – Escritora colombiana, nacida en Medellín (Antioquia). Participo en la convocatoria «Échame un cuento» del Periódico Q’hubo en el año 2022.
