COLUMNA DOMINICAL
CINCUENTA Y DOS MALAS HISTORIAS
Por: Julián David Rincón Rivera (Colombia)
Correo electrónico: electrónico: rinconriverajulian@gmail.com

Últimamente he dejado de leer por escribir. Mejor dicho, ya no leo como antes lo hacía. Ahora quiero dedicar más tiempo y esfuerzo a escribir. Cuando se piensa en escribir, inevitablemente se piensa en publicar. A este respecto recordé la revista electrónica. Hace un par de años publicaba con ellos en una columna de opinión trimestral. Ellos, vía correo electrónico, me solicitaban mi aporte. Un día, como respuesta a uno de mis aportes, el editor de la revista me escribió. Agradecía y alagaba mis escritos. De igual forma, reconoció el impacto de mi último aporte (que hablaba de Albert Camus), ya que este era uno de sus escritores favoritos. La verdadera razón de su intención radicaba en invitarme a una nueva sección de la revista la cual pretendía ofrecer más información personal y opiniones sobre mi perspectiva como narrador y columnista. Aunque siempre he sido un poco caprichoso y reticente en lo referente a mi vida personal, ofrecí toda mi disposición para el proyecto. En la invitación en sí misma el editor mencionaba los requerimientos de la nueva sección: una biografía corta, una foto, un fragmento de algún escrito que no haya sido publicado anteriormente y las respuestas a un cuestionario que ellos me enviarían. Quería saber con más detalle las características de los requerimientos, así que le devolví la respuesta, agradeciendo la oportunidad que la revista me había ofrecido para publicar con ellos y ofreciendo toda mi disposición a la invitación. Esa fue la última vez que estuve en contacto con la revista. Después de aquello, no recibí mensaje alguno, ni a la invitación de la nueva sección, ni tampoco a mis propuestas para la columna trimestral. Ahora es cuando reconozco que la interrupción de la correspondencia se debió a un absurdo malentendido.
Quería retomar la publicación así que escribí a la revista. Me pregunté cómo hacerlo. Pensé en muchas alternativas. Finalmente, opté por lo más sencillo. Mencioné lo ocurrido desde mi perspectiva, para cerrar con mi voluntad de retomar la publicación si existía la posibilidad y el espacio para hacerlo. Además, agregué un texto adjunto al mensaje. Lo hice por dos razones: una, para demostrar la veracidad de mis intenciones. Dos, para poner a prueba la voluntad de la revista. Me respondieron de manera rápida y sencilla, lo cual me agradó. Me ofrecieron la posibilidad de publicar nuevamente con ellos, pero en esta ocasión de manera semanal. No lo dudé dos veces. Estaba de vuelta al ruedo.
No tenía la costumbre de publicar con esa frecuencia, lo cual me llevó a recordar el reto de Ray Bradbury. Cincuenta y dos cuentos en cincuenta y dos semanas. Es decir, un cuento por semana durante un año. Supongamos que cada cuento tiene un promedio de dos mil palabras. Eso da un total de ciento cuatro mil palabras al año. Ahora bien, si ajustamos esas palabras en una hoja Word tamaño carta con márgenes estándar (2.5 centímetros en cada costado), con un tamaño de fuente doce puntos y un interlineado de uno punto cinco, eso nos da un aproximado de cuatro páginas por texto. Esto dará un total de doscientas ocho páginas por año. Más o menos la cantidad de páginas que componen una novela corta. Lo que también se puede entender como una novela corta por año.
Bradbury, en su libro Zen en el arte de escribir, comparte diversas experiencias y opiniones relacionadas con la escritura. Según este, “al escribir un cuento por semana durante un año, da un total de 52 cuentos. Es imposible escribir 52 malos cuentos.”
Bradbury tienta al destino al suponer que es imposible escribir cincuenta y dos malos cuentos de manera consecutiva. Aunque el gusto, en estos contextos, termina siendo una cuestión meramente subjetiva. La interpretación de esta opinión puede no gustar a muchos, dado que sugiere la práctica mecánica, repetitiva y tal vez descontrolada antes que un ejercicio cuidadoso, riguroso y estudiado.
¿De qué sirve escribir tanto si nada de lo que se escribe tiene algún valor?
Bradbury parece priorizar la cantidad antes que la calidad. Bradbury no pudo tomar estudios universitarios ya que su familia no podía costear los gastos. Sin embargo, se propuso formarse de forma autodidacta. Dicen que pasó la mayor cantidad de su tiempo encerrado en la biblioteca, leyendo y escribiendo. Para los que no cuentan con talento o con estudios que sustenten sus intenciones, solo les queda lo que a Bradbury: la posibilidad de hacer algo a partir de esfuerzos dedicados, continuos y sin pausa. Bradbury, poco a poco, se fue abriendo un espacio publicando en revistas para llegar a ser el escritor que fue. Así que echar en saco roto sus opiniones es un acto de insensatez. No se trata simplemente de una cuestión de cantidad. Es el propósito de crear un hábito, una rutina, un estilo de vida. En el momento en que se escribe continuamente y de forma constante, el cerebro y el cuerpo se adaptan a dicho esfuerzo. Inevitablemente, la práctica conlleva a la mejora, en un sentido o en otro. Bradbury creía que los escritores se hacían por hábito, repetición y práctica antes que por talento. Del mismo modo, esta forma obstinada y desenfrenada de escribir expone al retador al “fracaso”. Claro que van a surgir malas historias, sin embargo, estas malas historias son necesarias. Elimina barreras, obstáculos y límites. De nada sirve el talento si no se practica, si no se pone a prueba.
Lo tenía claro. Quería escribir cincuenta y dos “malas historias”. La revista, en este sentido, es mi plataforma de ensayo. Adoptando la iniciativa de Bradbury, sin importar la calidad o la habilidad, quería escribir antes que ser escritor. Todos los viernes, sin falta, envío mi propuesta a la revista. Sin aviso o invitación previa, tampoco espero respuesta. Mejor dicho, la respuesta se confirma una vez el texto es publicado en la revista cada domingo.
Un día me enviaron una respuesta. El editor quiere saber mi lugar de residencia. La feria del libro de Bogotá está a dos meses de distancia. La revista suele recibir acreditación de prensa para cubrir el evento. Quiere saber si me gustaría asistir. Le digo que vivo en Chía, lo que significa, teóricamente, que es lo mismo que vivir en Bogotá. Él solicita mi número de contacto, para hablar al respecto. Me da curiosidad el asunto de la “acreditación de prensa”. No sé si el editor supone que soy periodista. No lo creo. El orden de las circunstancias así lo sugiere, pero eso no significa nada. Si él confirma que la acreditación es requerida única y exclusivamente para periodistas, me veo en la obligación de confesarle que se equivoca, que no soy periodista. Sin embargo, si el encargo requiere por mi parte el cubrimiento de forma escrita del evento, tampoco intentaría sacarlo de su errónea suposición, así que le sigo el juego. Le confirmo que, efectivamente, me interesa asistir a la feria. Aunque más que asistir, me entusiasma la idea de “cubrirla”, si en un sentido estrictamente escrito se refiere. Le doy mi número de contacto y espero la llamada. Pasan los días y la llamada no llega. Esta incertidumbre estimula mi imaginación. Me pregunto constantemente el sentido de la acreditación. ¿Se trata simple y llanamente de una entrada común o es realmente el acceso a todo el evento? Si es así ¿es la intención del editor que cubra el evento y escriba al respecto?
Aunque no soy un periodista, me gusta mucho la idea de ser uno. Bien puede suponer varios riesgos. Claro que no soy Hunter Thompson como para justificar dicho riesgo, pero puedo ser algo más. Dos semanas después, el editor escribe. Dice que no ha podido llamar ya que ha tenido mucho trabajo. Como recompensa, me envía la conformación de la aceptación a la solicitud para cubrir el evento. Le digo que no se preocupe. Él promete hacer la llamada para hablar al respecto. Por mi parte, sigo inventando suposiciones. El último mensaje alimenta la idea del cubrimiento del evento de manera “profesional”. Me sigo preguntando si realmente vale la pena fingir que soy un periodista. De igual forma, me veo caminando por Corferias, entrando en los pabellones, siguiendo las actividades, participando en eventos, charlas y entrevistas, para finalmente dedicar la tarde y parte de la noche a escribir sobre la experiencia cultural. Puede sonar aburrido, pero no se trata de la experiencia en sí misma sino cómo se narra. Eso es lo que me emociona. A este respecto, ya tengo una idea en mente. Practico continuamente sin dejar de lado mi compromiso con la columna dominical ni con Bradbury.
Deliro ingenuamente suponiendo que la voluntad del editor corresponde a mis inquietas imaginaciones. Que su decisión se fundamenta por el valor de mi narrativa antes que la credibilidad profesional. De igual forma, si este es el caso, no significa que la columna dominical se pierda. Finalmente, le quito importancia al asunto. Solo espero a que me llamen. Lo que el editor no sabe es que tengo el celular en silencio, lo cual me impide enterarme de alguna llamada entrante, a menos que esté escuchando música, que es lo único para lo que realmente uso el celular.
¿Por qué no activo el sonido, sabiendo que espero una llamada? Porque me incomoda mucho el sonido escandaloso y estridente de los celulares y sus notificaciones. De todas formas, si él no llama, yo mismo tomaré la iniciativa. Igualmente, si no contesto su llamada, puedo regresarla. Lo que me sigue inquietando son las posibles repercusiones por pretender ser algo que realmente no soy. No quiero ser la “Juliana Guerrero” de la escritura y el periodismo. Aunque no hablamos de falsificaciones o fraudes de títulos o documentos. Si me preguntan por qué nunca dije que no era periodista, diré que nunca nadie me preguntó. De todas formas, estaría apelando por la verdad.
AUTOR: JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
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Julián David Rincón Rivera, segundo de dos hijos, nacido en Bogotá, Colombia el 7 de abril de 1994. Profesional de Cultura Física, Deporte y Recreación.
Lector apasionado, escritor por elección, músico por diversión.
Cuenta con tres publicaciones antológicas con la editorial ITA, además de dos publicaciones en proceso, también de carácter antológico, con factor literario y la editorial mítico.
Con varias publicaciones en revistas de américa latina, encuentra en la escritura el mejor sustento para su vida.
Instagram: @relatero_literal
