CRÓNICAS FILBO 2026
LO QUE NO QUERÍA VER EN LA FILBO
Por: Julián David Rincón Rivera (Colombia)
Correo electrónico: electrónico: rinconriverajulian@gmail.com

Tengo que esperar hasta las siete de la noche para un encuentro con Cortázar. El día anterior había previsto algunos eventos que, más que interesarme, me ayudarían a pasar el tiempo. Aun así, ¿qué necesidad hay de ajustarse estrictamente a lo planeado?
Doy una vuelta por los pabellones, observando con detenimiento los colores y nombres de las portadas de los libros. Hasta ese día había evitado el stand de Penguin Random House. Debía asegurarme de tener el bolsillo lleno. Sabía que me enamoraría de algo si entraba allí. Ya que tengo mucho tiempo de sobra, me permito el gusto. A la mitad del stand, llenando dos estantes completos, están las ediciones de Anagrama. ¡Cómo me gustan esas ediciones! A un lado están las más actuales, esas que han adoptado un formato común para todas sus publicaciones. Si bien no dejan de ser interesantes, estandarizan y equilibran todos los libros. Paso con cierta indiferencia esta sección. Al otro lado están las publicaciones que me gustan: un arcoíris de colores que deja a los curiosos la posibilidad de interpretar e imaginar a su gusto. Por allí están Kerouac, Burroughs, Ishiguro, Sacks, Capote y, por su puesto, Bukowski. No esperaba encontrar nada nuevo de Bukowski. Creo haber leído todo lo habido y por haber de ese viejo cabrón. Le pregunto a una persona de camisa naranja si tiene El Capitán… de Bukowski. No está seguro. Se va a preguntar a una sección reservada del stand. Mientras tanto, reviso qué hay de Bukowski: Mujeres, El cartero, La máquina de follar, Hollywood. Debajo de todo este arrume de libros doy con un libro que nunca había visto: Ausencia del héroe. Cuando me las vengo a dar de muy erudito y experimentado, Anagrama me pone en mi sitio.
Me cuesta un poco de trabajo sacar el libro. Casi derrumbo una pila de libros de Sacks e Ishiguro por hacerlo. El libro es de un color que no logro definir con exactitud: puede ser un naranja muy pronunciado o un rojo tímido y pálido. Es curioso. Teniendo esa extraña condición que me lleva a confundir ciertos colores (un morado con un azul, o un negro con un azul oscuro, o un rojo con un Vinotinto), que la característica principal de Anagrama, sus colores, sea lo que más me encante de sus publicaciones. La imagen es una foto de Bukowski, ya entrado en años, en un jardín o campo descubierto. Parece pasear sobre unas flores que nunca había visto, de tallo largo y estrecho, para rematar en una protuberancia que parece un copo de algodón hinchado. La altura de las flores también es curiosa. La más alta en la imagen le llega casi al hombro al viejo. Debajo del título de la obra aparece: “Relatos y ensayos inéditos (1946-1992)”.
Me llevo el libro junto con uno de Oliver Sacks que me habían dicho era muy bueno. Pago y salgo contento del pabellón. Nada va a interferir en la dicha de haber encontrado algo nuevo de Bukowski y mi encuentro con Cortázar. Con este entusiasmo ingenuo e insensato entro al pabellón de salas. Había leído algo en la programación sobre una charla de ciencia: el universo, el planeta y las estrellas. Si bien no soy muy versado en el tema, no deja de ser algo interesante. En la entrada del escenario hay dos personas de pie: una mujer y un hombre. Al ingresar, me dan la bienvenida. Me siento cerca de la entrada. Cada vez que alguien entra, estas personas le dan la bienvenida. Es curioso: su única función es pararse allí y darle la bienvenida a la gente que va entrando. Tal parece, quieren que nos sintamos como en casa. El escenario es uno de los más grandes de la feria, o eso creo. En algún lado leí que su aforo era de trescientas personas, más del doble que un escenario regular de presentaciones. A un lado de la tarima hay una pantalla gigante que proyecta en forma de bucle un video del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación. De igual forma, el salón está adornado con varias pancartas y afiches con temáticas científicas, auspiciados por el gobierno nacional. Al fondo hay una cámara que apunta directamente la tarima. La mayoría de la gente está sentada en las primeras filas, cerca de la tarima. La programación dice que el evento empieza a las 11:15. Son las 11:20. En ese momento, sobre la tarima, aparece una mujer delgada, de pelo ligeramente corto, rubio, bien maquillada, tal vez más de lo necesario, elegantemente vestida y adornada. Con un micrófono en una mano y una hoja de papel en la otra, da la bienvenida al público. Tras los protocolos, lanza un discurso leído relacionado con la importancia de la ciencia, la inclusión infantil y femenina en el ámbito científico y otras cosas que no recuerdo. Todo esto sirve de preámbulo para invitar a la tarima a la secretaria de la ministra de ciencias, tecnología e innovación. Esta última, también joven, muy bien vestida y muy bien peinada. Habla largo y tendido sobre el gobierno, el presidente y la importancia del desarrollo tecnológico en el país. Menciona datos, cifras y otros números que buscan confirmar dicho esfuerzo y que se traducen en potenciales resultados. Mientras la mujer habla, me pregunto cuándo será el día en que vea a un ministro, un político o una persona de importante cargo vestir según su persona, no su cargo. Ciertamente, el acicalamiento personal tiene un objetivo sobre los oyentes: la credibilidad que ofrece la “elegancia y formalidad” no se puede comparar con la despreocupación de la informalidad. Aunque me hubiera gustado encontrar un orador con una camiseta de Metallica, las greñas largas y sueltas, la mirada loca y el don de su palabra despreocupada, no puedo negar el efecto que una corbata, una camisa o un abrigo de estilo formal tienen sobre el público. Es una pena que aún hoy en día una impresión valga más que las palabras. Tal vez por esta razón siento incomodidad entre tanta galantería. La pregunta es: ¿qué tanta diferencia existe entre esa persona disfrazada en el escenario por el gobierno de turno con la persona que está debajo? ¿Hablará con sus amigos, familiares y pareja como lo hace con nosotros? ¿Sus intereses se fundamentan en la conveniencia del estado o hay algo más? Eso es lo que me jode: las apariencias. Al final, nunca son lo que parecen.
La mujer continúa con su discurso, reflexionando sobre la importancia del cuidado del medio ambiente, la toma de conciencia en los más jóvenes y pequeños, todos los esfuerzos y proyectos del gobierno nacional al respecto.
¡Yo no vine a escuchar un discurso político!
La mujer demora sus buenos diez minutos hablando cosas que no quería escuchar en la feria del libro. Después de su intervención, el público espera el comienzo del conversatorio. Nadie sube a la tarima. Los espectadores siguen esperando. La pantalla continúa proyectando el mismo video. Una voz, originaria de los parlantes, nos invita a llenar los puestos delanteros del escenario. Alguna gente así lo hace, otros no se mueven de donde están. En esas, una mujer llega y me pregunta:
—¿No han comenzado?
—No señora —le digo.
Hace un gesto de sorpresa y contrariedad. Toma asiento. Seguimos esperando. Es como si todo lo que tenga que ver con política y el gobierno nacional entorpeciera las cosas. Todo se vuelve lento, soso, pesado y aburrido. La gente, sentada, esperaba. Al frente, los ponentes están de pie, a un lado del escenario. Se arreglan el saco, la camisa, la corbata. Ellos también esperan. Todos esperan. ¿Qué esperamos? Miro la hora. Han pasado más de veinte minutos. Saco de mi maleta el libro naranjo oscuro o rojo pálido de Bukowski. Miro la contraportada. Está dividida en tres partes: un breve resumen del libro, las opiniones en forma de reseña de algunos críticos y expertos, una corta biografía del autor.
“Reirá mucho si compra este libro. También sentirá otras cosas, muchas otras cosas. Pero reirá, reirá sin duda…”, dice una de las reseñas. Eso me alegra.
¿Les he dicho que Bukowski ha sido el único que ha despertado en mí una emoción y excitación sin igual antes de leerlo?Ni la música, ni el cine, ni los videojuegos, ni el alcohol, ni siquiera las mujeres o el sexo han despertado ese anhelo. ¿Qué extraño? Que un cúmulo de ideas, opiniones y conceptos tengan el poder de despertar tal estado de euforia en una persona. Miro la hora. 11:45. Hace media hora debía empezar el conversatorio. Espero unos minutos más. Nada pasa. Todos siguen esperando. Es estúpido, al igual que es estúpido esperar por algo que debió comenzar hace media hora. En su lugar, me comí un buen discurso político, que era lo que precisamente no quería encontrar en la feria del libro.
Finalmente, me largo de allí.
*ESCRITORES REBELDES – Medio acreditado para el cubrimiento de la FILBo 2026
JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
Columnista Escritores Rebeldes

Equipo Escritores Rebeldes
