Nadie vio llegar el final. No hubo trompetas en el cielo. Ni siquiera soles explotando. Y menos aún ejércitos descendiendo del cielo. El fin comenzó como empiezan las enfermedades silenciosas: como leves errores que nadie quiso comprender. Un planeta dejó de responder. Luego otro. Después, un sistema planetario entero desapareció de las cartas estelares. Y cuando las primeras imágenes llegaron a las redes de transmisión interplanetaria, el miedo dejó de ser una idea abstracta. Y se volvió visible.
En la capital de Lys-Aureum, el senador Maeron Vall observó las grabaciones una y otra vez sin comprenderlas del todo. La colonia de Tir-Khalem había dejado de existir en menos de un minuto. Fue borrada de la existencia. Una oscuridad líquida descendió sobre la atmósfera del planeta como tinta derramada en agua. Las ciudades desaparecieron primero. Después, los océanos. Luego las montañas. Finalmente, no quedó nada. Sólo vacío. Como si aquel mundo jamás hubiera nacido. Las autoridades intentaron ocultarlo. Pero fue imposible. Millones habían visto las transmisiones.
En las estaciones orbitales de Vega Tharsis, trabajadores despertaron llorando sin razón aparente. En los desiertos de Khetin 9, niños dibujaban círculos rodeados por estrellas quebradas. En la luna industrial de Orvannis, cientos de personas afirmaban escuchar voces provenientes de radios apagadas. Y en todas partes aparecía la misma sensación insoportable: algo inmenso avanzaba hacia ellos.
La comandante Lysanne Ven, piloto de reconocimiento interestelar, recibió la orden de investigar las zonas afectadas. No esperaba encontrar nada. Los informes eran demasiado absurdos incluso para tiempos de crisis. Pero cuando su nave atravesó el borde exterior del sistema de Tir-Khalem, comprendió que el miedo humano aún era incapaz de imaginar ciertas cosas. El espacio estaba herido. No había otra forma de describirlo. Las estrellas cercanas parpadeaban débilmente, como luces agotadas.
Los instrumentos fallaban. La gravedad fluctuaba sin un patrón lógico. Y delante de ella, suspendida en medio del vacío, había una mancha negra gigantesca donde antes existía un planeta. No reflejaba luz. La absorbía. Lysanne sintió un escalofrío recorriéndole la espalda. Aquella oscuridad parecía viva. Como si respirara. Entonces la radio comenzó a emitir sonidos distorsionados. Voces. Miles de voces superpuestas. Gritos. Súplicas. Fragmentos de conversaciones interrumpidas abruptamente.
La comandante apagó el sistema de audio de inmediato, pero las voces continuaron resonando dentro de la cabina. Dentro de su cabeza.
En otra región del multiverso, el científico dimensional Edrik Solm llevaba semanas intentando convencer al Consejo Central de que aquello no era una guerra convencional.
—“No están destruyendo mundos” —dijo durante una sesión de emergencia—.
”Los están borrando de la estructura misma de la realidad”.
Nadie respondió. Los rostros alrededor de la mesa reflejaban agotamiento y terror.
Porque todos sabían que tenía razón. Las desapariciones aumentaron. Tres mundos en una semana. Doce al mes siguiente. Civilizaciones completas dejaron de existir antes que siquiera pudieran comprender lo que ocurría. Las rutas comerciales colapsaron.
Las religiones comenzaron a fracturarse. Algunas proclamaban el juicio final. En muchos sistemas estelares aparecieron cultos dedicados a la oscuridad, convencidos de que resistirse era inútil.
Pero lo peor no era la destrucción. Era el silencio.
Cada vez que un mundo desaparecía, algo cambiaba en quienes sobrevivían.
Pequeños vacíos en la memoria. Recuerdos borrosos. Personas olvidando rostros de familiares muertos. Como si la antimateria no sólo destruyera materia… sino también significado.
Edrik descubrió el patrón accidentalmente. Las anomalías seguían una geometría imposible. No avanzaban al azar. Se expandían desde fracturas específicas ubicadas entre realidades paralelas. Aquello no era una invasión. Era un colapso multiversal.
Las barreras entre universos comenzaban a romperse. Y desde el otro lado emergía algo incompatible con la existencia misma. El descubrimiento provocó pánico. El Consejo prohibió divulgar la información. Demasiado tarde. Las filtraciones comenzaron a circular por redes clandestinas en cuestión de horas. La población reaccionó con miedo. Luego con desesperación. Finalmente, los llevó a la violencia. En varias colonias humanas, multitudes intentaron abordar naves de evacuación. En otros mundos, gobiernos enteros abandonaron sus puestos. La idea de un refugio dejó de tener sentido cuando comprendieron que ningún universo era seguro.
Lysanne regresó de Tir-Khalem convertida en otra persona. Había visto algo dentro de aquella oscuridad. Algo enorme. Una silueta imposible moviéndose lentamente entre corrientes de antimateria. No pudo describirla correctamente. Cada vez que lo intentaba, sentía dolor detrás de los ojos. Edrik decidió reunirse con ella en secreto. Se encontraron en una estación científica abandonada sobre las ruinas orbitales de Cyr-Elos.
La comandante permaneció en silencio varios minutos antes de hablar.
—“Está vivo” —susurró finalmente.
Edrik no respondió. Parte de él ya lo sospechaba. Lysanne activó una grabación parcial capturada por los sensores de su nave. La imagen era inestable. Oscura. Distorsionada. Pero allí estaba. Una forma gigantesca moviéndose dentro del vacío. Parecía una sombra consciente. Una inteligencia hecha de ausencia.
—“¿Qué es eso?” —preguntó Lysanne.
Edrik observó la grabación con el rostro pálido.
—“No lo sé”.
Pero comprendió algo aún peor: aquello los estaba observando.
En las semanas siguientes, el avance de la antimateria se aceleró. Mundos completos desaparecían diariamente. Las líneas de comunicación comenzaron a fallar. Algunas realidades colapsaban sobre sí mismas antes siquiera de registrar actividad hostil. El multiverso entró en estado de pánico. Y entonces comenzaron los sueños. Millones de seres en distintas realidades comenzaron a experimentar exactamente las mismas visiones. Cielos fracturados. Galaxias ardiendo. Océanos evaporándose bajo sombras negras. Y siempre la misma sensación: el universo estaba muriendo. Pero dentro de aquellas pesadillas también aparecía otra figura. Luminosa. Lejana. Observando el colapso con una tristeza infinita.
Lysanne soñó con ella por primera vez durante un tránsito entre sistemas.
Despertó sobresaltada. La figura no hablaba. Simplemente extendía una mano hacia mundos que desaparecían uno tras otro. Como si intentara salvar fragmentos antes del final. Mientras tanto, Edrik descubrió algo perturbador en archivos prohibidos.
Existían registros antiquísimos hablando de ciclos universales. Creación. Expansión.
Colapso. Renacimiento. Según aquellos textos, el multiverso era un organismo. Y la antimateria representaba una fase natural del proceso. La destrucción absoluta antes de una nueva existencia.
La idea lo horrorizó. Esto significaba que quizá no existía enemigo alguno. Sólo un mecanismo cósmico imposible de detener. Sin embargo, las anomalías comenzaron a comportarse de formas extrañas. En ciertos sectores, mundos destinados a desaparecer permanecían intactos durante horas. A veces, días. Como si algo estuviera conteniendo temporalmente el avance. Entonces apareció la señal. No provenía de ninguna frecuencia conocida. No utilizaba un lenguaje convencional. Y aun así, millones pudieron comprenderla. La transmisión mostró brevemente una estructura imposible suspendida entre galaxias moribundas. Una fortaleza construida fuera del tiempo. Y una frase:
—“Todavía quedan sobrevivientes”.
El mensaje provocó reacciones violentas. Algunos lo consideraron esperanza.
Otros, una trampa. Pero para Lysanne y Edrik significó otra cosa: alguien más estaba luchando. Decidieron seguir la señal. El viaje fue un descenso progresivo hacia el caos. A medida que avanzaban entre sectores destruidos, el espacio se volvía menos estable. Fragmentos de otras realidades aparecían superpuestos. Ciudades fantasmas flotaban en medio del vacío. Naves provenientes de universos desconocidos cruzaban brevemente frente a ellos antes de desaparecer otra vez. La realidad comenzaba a romperse.
En uno de esos sectores encontraron supervivientes. Miles. Refugiados de mundos borrados. Humanos. Seres mecánicos. Criaturas imposibles nacidas bajo leyes físicas distintas. Todos unidos por el mismo miedo. Allí escucharon por primera vez un nombre susurrado entre los sobrevivientes: “El Devorador”.
Nadie sabía exactamente qué era. Pero todos coincidían en algo: la antimateria no avanzaba sola. Había voluntad detrás del colapso. Lysanne comenzó a deteriorarse psicológicamente. Los sueños se mezclaban con la realidad. A veces veía grietas negras abriéndose en paredes normales. O escuchaba voces provenientes de espacios vacíos. Edrik temía que la exposición prolongada a las fracturas dimensionales estuviera alterando su mente. O quizá mostrándole cosas que todavía no podía percibir.
Finalmente, llegaron al origen de la señal. Y comprendieron la magnitud del desastre. Suspendida entre regiones destruidas del multiverso, existía una estructura gigantesca iluminada por energía blanca. Una ciudadela construida con fragmentos de mundos muertos. Miles de naves rodeaban aquel lugar imposible. Era un refugio. Pero era el último. Cuando descendieron, encontraron representantes de docenas de realidades diferentes trabajando juntos desesperadamente. Científicos. Soldados. Líderes religiosos. Exiliados. Todos intentando comprender cómo detener la extinción.
Allí conocieron a un anciano llamado “Valon”. Sus ojos parecían demasiado viejos para pertenecer a un ser humano.
—“La antimateria no puede detenerse” —dijo sin rodeos—. “Sólo retrasarse”.
Edrik sintió un vacío helado en el estómago.
—“Entonces ya perdimos”.
Valon negó lentamente.
—“No todavía”.
El anciano explicó que el multiverso había enfrentado ciclos similares antes.
Siempre sobrevivían fragmentos. Pequeñas chispas de existencia capaces de reconstruirlo todo.
—“¿Y qué debemos hacer?» —preguntó Lysanne.
Valon observó las estrellas muriendo detrás de los ventanales de la fortaleza.
—“Elegir qué merece sobrevivir”.
El silencio que siguió fue peor que cualquier explosión. Porque comprendieron la verdad final: no podían salvarlo todo. Ni a todos. Esa misma noche, otra docena de tierras desaparecieron. El universo tembló. Las comunicaciones colapsaron nuevamente. Y en medio del caos, millones de personas soñaron exactamente lo mismo: una sombra gigantesca avanzando entre galaxias muertas… y un pequeño grupo de luces resistiendo en la oscuridad.
El fin de los mundos había comenzado. Y el multiverso entero aprendía, demasiado tarde, que incluso la eternidad podía morir.
AUTOR: FRANCISCO ARAYA PIZARRO (CHILE)
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Francisco Araya Pizarro. Nacido en 1977 en Santiago de Chile, Artista Digital, Diseñador Gráfico Web, Asesor en Marketing Digital y Community Manager para empresas privadas y ONGs asesoras de las Naciones Unidas, Crítico de Arte, Cine, Literatura, además de Investigador. Y Escritor de Ciencia Ficción, donde en su blog comparte sus relatos cortos en: www.tumblr.com/franciscoarayapizarro
