COLUMNA DOMINICAL
CULTURA DEL MOVIMIENTO
Por: Julián David Rincón Rivera (Colombia)
Correo electrónico: electrónico: rinconriverajulian@gmail.com

Hank sugirió la idea hace unas semanas atrás, sin embargo, no le presté atención. Aparentemente estaba muy ocupado como para escuchar sus sugerencias. De igual forma, él no insistió. Hank nunca insiste. Me sugiere las cosas y me las deja allí, como servidas en un plato. Es problema mío si lo tomo o no. Últimamente Hank ha estado muy activo. No puedo y no quiero pasar por alto sus sugerencias, ya que son realmente muy buenas e interesantes. Aun así, es prácticamente imposible seguirle el ritmo. Voy anotando en una agenda sus ideas, con el fin de no perderme nada, al tiempo que las voy desarrollando y plasmando en la columna. Los ritmos son divergentes. Mientras él me bombardea con sus ocurrencias a diario, me lleva prácticamente una semana completar una de sus sugerencias.
—Más despacio —le digo—. Me abruma con sus ideas.
—No hay tiempo que perder —me responde—. Es ahora, es ahora, es ahora.
Creo que Hank ha notado mi desconcierto. En los últimos días ha estado muy tranquilo y silencioso. Me está dando un respiro, eso me gusta. Sin embargo, no puedo dejar que se calle por mucho tiempo. Temo que llegue el día en que no hable más, se vaya, se pierda y no regrese nunca. Por fortuna, existen esas “casualidades” que nadie pide y nadie reclama, pero que salvan el día.
Me invitaron a jugar fútbol. No recuerdo la última vez que jugué fútbol. ¿Fue hace dos, tres años? No lo recuerdo. ¿Eso importa? Creo que no, pero la verdad es que sí por una simple razón: ya no tengo los veintidós años que tenía hace diez años. Al otro día amanecí con un dolor de espalda inaudito que no me permitía moverme como lo hacía regularmente.
—Parezco un viejo de sesenta años.
En el trabajo, vi a Don Álvaro hacer sus exigentes labores de manera dinámica y eficiente, como lo suele hacer siempre. En ese momento, recordé algo. Hank asintió en silencio.
—Don Álvaro. ¿Le puedo hacer una pregunta?
—Claro. Ni más faltaba.
Don Álvaro ha sido el encargado, por más de veinte años, de entregar los pedidos directamente de la fábrica al local comercial. Es un hombre promedio, de rostro un tanto enjuto, brazos delgados, una barriga incipiente en forma de pipa y varias arrugas que le marcan el rostro. Ríe con frecuencia, preferiblemente a carcajada batiente. Siempre que llega saluda. Siempre que se va da las gracias.
—No sé si usted es de esas personas que le incomoda o le molesta que le pregunten la edad.
—No señor. Para nada —dijo, esperando la pregunta.
Me gusta su disposición y voluntad. En nada se parece a esas personas llenas de complejos y misterios con respecto a su edad. Como si la edad fuera algo de lo cual avergonzarse.
Don Álvaro es un hombre mayor. Aunque no conozco su edad con exactitud, cierto dato me permite hacer alguna estimación. Hasta donde tengo entendido, ya es un hombre pensionado y en Colombia la edad de pensión para los hombres es de 62 años. Sé que Don Álvaro tiene más de sesenta años, pero no más de setenta. Aun así, parece estar más cerca de los setenta que de los sesenta. Aun y a pesar de todo lo anterior, Don Álvaro sigue trabajando.
—¿Qué edad tiene?
—66 años.
—Y aún sigue trabajando.
—Sí señor.
Le pregunté sus razones para continuar trabajando aun y a pesar de estar pensionado, de haberle ofrecido gran parte de su vida a esa empresa a la cual sigue ligado. Sus razones son lógicas y justas. Don Álvaro está tan acostumbrado a su trabajo (más de treinta años haciendo lo mismo cada día), que no se imagina haciendo alguna otra cosa diferente. De igual modo, siente un gran aprecio y respeto por esa empresa que le dio la oportunidad de ganarse la vida, que considera algo descortés irse sin más. Por último y no menos importante.
—No me puedo quedar en la casa sin hacer nada. Trabajaré hasta que Dios me lo permita. Además, si me quedo en la casa acostado en la cama, me hago viejo.
Era curioso. Mientras Don Álvaro alaba la costumbre del trabajo que lo mantiene como un hombre de treinta años, el hombre de treinta años se queja de un dolor en la espalda que lo hace sentir como uno de sesenta. Es así como entendí que el dolor de espalda se debía, realmente, a la falta de costumbre. De igual forma, sospechaba que el dinamismo y vitalidad de Don Álvaro no se debía, única y exclusivamente, al trabajo. Mientras tanto, Hank reía.
Roberto es un conocido de la cuadra. Su mujer, más joven que él, no la conocía hasta hace poco que la vi en silla de ruedas. Ignoraba las circunstancias de este hecho hasta cierto día en que, debido a una filtración de agua, nos ayudó a cambiar algunas tejas.
Ella trabajaba en un restaurante muy popular de la ciudad. Era la encargada de preparar los guisos y el hogao para los patacones. Permanecía prácticamente toda su jornada laboral picando tomates, ajos y cebollas, sin mucha posibilidad de moverse de su sitio. Vivió así más de veinte años, con jornadas laborales que superaban las diez horas diarias. Cuando empezó a presentar dolores en la espalda, especialmente en la zona lumbar, lo atribuyó al cansancio. La cosa siguió empeorando hasta que se hizo intolerable. Fue al médico. Allí le confirmaron que presentaba una difícil complicación lumbar a razón de su posición en sus largas jornadas laborales. Necesitaba intervención quirúrgica.
—Corran, salten, bailen, jueguen, muévanse. —dijo Roberto con los ojos húmedos y brillantes.
El comentario de Roberto me inquietó. Mientras tanto, Hank se recuesta en la silla y tararea una canción que no conozco.
¿Qué diferencia existe entre Don Álvaro y la mujer de Roberto, además de la edad?
La presencia del movimiento en su trabajo que ha influido en la salud de ambos.
La confirmación la tengo en casa, con mamá y papá. Trabajadores inalcanzables. Han trabajado toda la vida y aún siguen haciéndolo, a pesar de la edad, el cansancio y los achaques de la vida. Aun así, se mantienen firmes, regios, duros como un roble. Ese ese ir y venir, el caminar de un lado al otro, el agacharse, el levantarse, el mover, arrastrar y alzar. Es ese movimiento terco y constante lo que los ha mantenido y aún los mantiene a ellos y a muchas personas de su edad con un grado de vitalidad que muchos otros más jóvenes envidian.
El cuerpo humano, en términos anatómicos, es una máquina motriz. Utiliza los huesos, las articulaciones y los músculos como principales mecanismos para poder desarrollar dicho movimiento. Cuando el cuerpo humano no se mueve, la máquina se resiente. La masa muscular se pierde, los huesos se deterioran, las articulaciones se oxidan. El cuerpo humano necesita el movimiento para mantener su funcionalidad. El movimiento es para el cuerpo lo que los lectores son para esta revista. Cuando no hay movimiento, el deterioro es mucho más rápido, certero y eficaz. Así lo vivo cada vez que me siento a leer y escribir. Después de varias horas ininterrumpidas sentado, al levantarme, la espalda me reclama algo de consideración. Las piernas me pesan, las rodillas parecen entumecidas. Si bajo las escaleras en este estado por algo de agua o algo de comer, lo hago de manera lenta, cuidadosa y pausada. No me atrevo a dar un brinco alegre y enérgico ya que, en esas circunstancias, eso puede salir muy caro. Lo curioso es encontrarme en las mismas circunstancias, pero con la vitalidad del movimiento aun vivo en mi cuerpo. Subo y bajo las escaleras sin problemas, sin temores, remordimientos o especulaciones. Subo y bajo escaleras como un niño que solo encuentra alegría, disfrute y satisfacción en cada paso. Subo y bajo escaleras con una alegría y entusiasmo tal vez indebidos para mi edad.
Es claro que no puedo atribuir única y exclusivamente al movimiento la vitalidad de mamá, de papá y de Don Álvaro. Pueden existir muchos más factores. Tampoco puede ser una casualidad que la generación de mamá, papá y Don Álvaro se muestre mucho más activa y dinámica que sus generaciones posteriores. Hablamos de una generación que, en la mayoría de los casos, creció en contextos rurales, donde las labores diarias implicaban actividades inmersas en el movimiento. Actualmente, ¿qué tenemos? Generaciones ahogadas en un sedentarismo dado y recibido por el desarrollo tecnológico y la mecanización de todos los procesos.
No se hablaba de “cultura del movimiento” ya que el movimiento estaba implícito en la vida diaria. Ahora que las dinámicas tecnológicas y mecanizadas de los procesos nos llevan a pasar varias horas del día sentados frente a una pantalla, el concepto de “cultura del movimiento” toma no solo valor e importancia. Es una necesidad prácticamente vital, si pretendemos disfrutar de esta experiencia compartida que es la vida. Así es como surgió la popularidad y proliferación de los gimnasios, que ha trascendido su función a algo más que simplemente promover la salud y el movimiento. Por fortuna, las alternativas son variadas, diversas y acogen todos los gustos, exigencias y posibilidades.
Al terminar, pregunté a Hank el resultado. Estaba sentado cerca de la ventana, fumando un cigarrillo y acariciando a la gata. No sabía que le gustaban los gatos.
AUTOR: JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
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Julián David Rincón Rivera, segundo de dos hijos, nacido en Bogotá, Colombia el 7 de abril de 1994. Profesional de Cultura Física, Deporte y Recreación.
Lector apasionado, escritor por elección, músico por diversión.
Cuenta con tres publicaciones antológicas con la editorial ITA, además de dos publicaciones en proceso, también de carácter antológico, con factor literario y la editorial mítico.
Con varias publicaciones en revistas de américa latina, encuentra en la escritura el mejor sustento para su vida.
Instagram: @relatero_literal
