Encuentre Aquí – Los Silencios De La Piel (Primera Parte)
V
El viernes es el día más habitual para despejar un poco la mente después de una agobiante semana de clases. Había pensado invitar a Hermes a tomarnos unas cervezas, escuchar algo de música, hablar de lo que fuera y tal vez invitar a algunas amigas. Llegué a su casa, y al tocar la puerta no se escuchaba en el interior ningún ruido, ni la televisión parecía estar encendida, las luces estaban apagadas. Como un espejismo, la puerta se abrió y salió de la penumbra la señora Melina, su rostro mostraba huellas de moretones.
—Hola, señora… eh, sólo quería saber si estaba Hermes —no podía disimular la incomodidad que se reflejada en mi voz.
—No está, Marcial —me dijo, limpiándose los ojos—.
Salió no sé para dónde. Pero entra, no creo que tarde en llegar.
Ella trataba de fingir una normalidad que no coincidía con sus ojos aguados y su cara maltratada. Entré por no hacerle un desplante. Al encontrarme a oscuras en la casa me arrepentí:
—Creo que… sólo dígale, por favor, a Hermes que…
—Él no ha de tardar. Siéntate. ¿Quieres tomar algo? —dijo encendiendo una luz tenue en la sala.
Se dirigió a la cocina, desde donde escuchaba el ruido de algunas copas. Me sentía inclinado a no aceptarle, pero fueron más fuertes las ganas de beber algo ese día. Ella se sentó junto a mí y me ofreció una copa.
—Es que estaba durmiendo y por eso apagué las luces —dijo, como si hubiera adivinado la pregunta de mi mirada.
La observé por un momento, no lucía muy bien, se veía cansada, triste, decaída, sin ánimo de nada. Giré mi rostro hacia otro lado para que no se sintiera incómoda. Pero la conversación fue el reflejo de lo que ella sostenía por dentro.
—¿Te has preguntado alguna vez, Marcial, por qué una pareja llega a esto? —y me señaló su cara.
Los golpes parecían más atroces cuando se acercó más a mí. No supe qué contestarle. La señora Melina deseaba hablar y que alguien la escuchara.
—No sé… tal vez la… monotonía —dije sin creer si eso era lo que ella esperaba escuchar.
—Ésa puede ser una causa, aunque más bien parece una consecuencia de otra causa.
Una vez más no comenté nada. La dejé que se desahogara.
—El amor se termina —continuó—. ¿Entiendes lo que trato de decirte? No sé si Hermes te lo ha contado, pero aquí las cosas no marchan bien desde hace ya varios años, creo que ya te has podido dar cuenta. Camilo ya no me… tú sabes, me golpea cuando me hace…, bueno, es un decir, porque lo que me hace no creo que se llame amor. Y yo tengo que fingir, porque de lo contrario… ¡Mira mi cara!
En mi rostro debió haber notado que la miraba muy sorprendido, pues nunca en la vida me esperé una confesión de ese tipo y menos de la mamá de mi mejor amigo. Ella empezó a llorar, y a mí me molestaba porque me hacía sentir incómodo, no sabía qué hacer en una casa donde había un silencio desesperante que volvía más intenso su llanto. Tomé un sorbo de la copa de licor. Ella hizo lo mismo y se limpió las lágrimas.
—Perdón —dijo—. No tendría por qué estar contándote estas cosas y tú no tendrías por qué estar escuchándolas. Eres el mejor amigo de Hermes y casi parte de esta familia. Ya ves que ni amigas tengo en este barrio. No soy muy amiguera, sólo hablo a veces con tu mamá y una que otra vecina.
—¿Y dónde está don Camilo? —pregunté, pero no supe por qué precisamente eso. Era como echarle más leña al fuego.
—¿Ése? Pues vino del trabajo que se lo llevaban los demonios, me regañó porque la comida estaba fría, ¿qué no la podía calentar?, y luego me golpeó porque no quise acceder a sus manoseos así de borracho como estaba. Y se fue.
De nuevo el llanto, otra vez las disculpas y una vez más las lágrimas en sus mejillas eran secadas por sus manos temblorosas. Yo permanecía mudo, como si ella hablara con una pared o consigo misma.
—¿Y Bellanira? —sin embargo, pregunté.
—No lo sé. Salió —buscó un pañuelo en su bolsillo y se limpió la nariz.
—¿Y no dijo si se tardaba?
—No. Dijo “chao” y se fue, no dijo a dónde iba.
Miré el reloj, como dando a entender que hasta ahí había llegado nuestra precaria conversación, pero el curso de la misma giró hacia otro tema.
—¿Sabes qué estaba soñando? —me preguntó con un brillo en sus ojos que le cambió la apariencia del rostro, o eso me pareció.
Le respondí que no. Ella hizo una pausa y tomó un poco de aire.
—Soñé como que me transformaba. Estaba en mi cuarto, ahí estaba también Camilo, Hermes y Bellanira. Camilo y mi hija se reían de mí, me insultaban y me ponían apodos. Hermes permanecía callado, con los brazos cruzados, y me miraba, creo que sentía un poco de compasión. De pronto me sentí extraña, como si estuviera incómoda, y mi cuerpo se expandió, se me abrió la piel, como si se rasgara, y de adentro salió una cosa con alas, como una mariposa… eso… me había convertido en una mariposa. Camilo y Bellanira no paraban de reírse y cuando me vieron como mariposa, se burlaron más. Y luego empecé a volar por la habitación, revoloteaba de aquí para allá. Ellos me arrojaban cosas, hasta que me detuve en la ventana, quería salir, que alguien me abriera la ventana para irme. Hermes me la abrió, y salí y me sentí libre, como si me hubieran quitado un peso de encima. Luego me desperté.
Sus ojos se fijaban en los míos, como si yo fuera un especialista interpretador de sueños del cual se espera una respuesta.
—Bonito sueño —dije, sin más.
No sé si fue lo más apropiado, pero no sabía qué decirle, me sentía incómodo ante unas confesiones tan inesperadas. Había leído en alguna parte que la mariposa es símbolo de transformación, sin embargo, no quería adoptar el papel de psicólogo ni de experto en psicoanálisis onírico o algo así, y me pareció que era mejor quedarme callado.
—Bueno, creo que Hermes y Bellanira ya no regresaron —y miré el reloj—. Tengo que irme.
La señora Melina me miraba, sus ojos me reclamaban que yo le dijera algo más. Pero no supe qué. Al salir de la casa, la oscuridad regresó a su dominio.
VI
Bellanira y yo llevábamos tres meses de salir juntos. No aguantaba un día sin verla. Nos veíamos a todas horas, porque sentíamos –o eso imaginaba yo– que nos queríamos mucho. A los pocos días de conocerla, ella me lo dijo cuando a la luz del silencio tratábamos de estudiar matemáticas. Pronto, el libro se convirtió en olvido, abandonamos los números y su frío complejo de proporciones exactas, para que yo me extraviara en sus senos. Bajo la mesa, los pies de ella se tropezaron con los míos, y mi mano subió por su muslo, levanté su uniforme y le acaricié muy despacio la piel. Sus labios besaban mi oreja y yo correspondía al estímulo acariciando su entrepierna. Ella apretó con fuerza mis glúteos, yo sentía las uñas, mientras el escritorio y sus nalgas sobre el libro de matemáticas eran testigos de nuestra unión.
Por eso, cuando Hermes llegó borracho con un cigarrillo en los labios y me dijo: “Hoy me tiré a tu novia, Marcial”, sentí mucho odio con el puño cerrado. Él cayó sentado sobre la acera cuando le descargué violentamente el golpe en la cara. Un hilo de sangre le brotó de los labios. Hermes se tomó la cabeza entre las manos y sollozó:
—Perdóname, Marcial, perdóname, pero las cosas se dieron. ¿Qué querías que hiciera?
—¿Las cosas se dieron, hijueputa? —le grité—. ¿Acaso no es tu hermana y yo tu mejor amigo? ¿Quién putas son ustedes?
No me respondió. Hermes parecía un idiota perdido de la mamá, ahí sentado, llorando, indefenso, como un perro regañado.
—¿Dónde está ella? —le pregunté.
—No lo sé, pero ahora no la molestes, no le vayas a hacer reclamos, mira que en la casa estamos llenos de problemas, mañana… mañana haces lo que quieras, ahora no, por favor, ahora no.
Le hice caso, pero no supe porqué. Tal vez pudo más la lástima, aunque la ira me corroía las entrañas. Sólo escuchaba sus sollozos, y el largo silencio me llevó a mirarlo de frente. como si yo le estuviera pidiendo más explicaciones empezó a contarme:
—Fue en la casa… en la mañana… cuando me estaba bañando. Estaba en la ducha cepillándome y ella llegó diciendo:
“—Métete y cierra la cortina, Hermes, que es una pipiligencia.
Le hice caso y ella se sentó en el baño. No la veía, te juro que no la veía. Abrí la ducha y empecé a bañarme. El agua no me dejaba escuchar nada del otro lado de la cortina. Iba a jabonarme cuando escuché que la puerta se cerró. Creí que ella había salido, pero movió la cortina, y la vi frente a mí, sin ropa, desnuda.
—Hazme un lugarcito, hermanito, que quiero bañarme.
Me sonrió, y abrió de nuevo la ducha.
—No seas loca, Nira, mira que nos pueden ver y qué dirán mis papás.
Me sentí… ya sabes lo que se siente cuando ves a una vieja en pelota.
—A ellos les vale. Mi mamá sigue en su cuarto, amargada como siempre, y mi padre no ha llegado desde anoche.
—No hables así de mi mamá —le repliqué.
—Sí, claro, lo entiendo —dijo con un tono de ironía.
Y me miró el pene.
—Tienes una buena cosita, hermanito, y ya se te enojó —acercó la mano y empezó a acariciármelo.
Te juro que ella empezó. Y yo… pues me dejé, ¿qué querías que hiciera? Luego me besó.
—Te quiero, siempre has sido mi hermanito consentido, desde que eras pequeño, desde que te cambiaba los pañales y tú buscabas mis pechos como si fuera mi mamá. Yo dejaba que durmieras conmigo, ya un poco grandecito para eso, y tú buscabas mis pechos, y me sobabas, me besabas y me tocabas ahí, y me decías que te lo besara, como la otra noche, y yo te complacía y sentía tu miembro cálido entre los labios, y tú me decías “te quiero”, “siempre te defenderé” y que “algún día los dos nos iríamos a vivir juntos”, yo aceleraba mis movimientos y tú me decías que querías montarme, pero yo hasta allá no te permitía y te decía que después, cuando fueras más grandecito. Sé que lo recuerdas, sé muy bien que lo recuerdas y que no saldré de tu mente, aunque sepas que soy novia de tu mejor amigo y que, desde el día en que Marcial y yo nos ennoviamos, no has vuelto a buscarme en las noches para tocarme. ¿Por qué hace tres meses que no me gateas?
—Porque… porque tú eres la novia de Marcial.
—Eso es mentira, esa no es la razón, porque, total, él no llegaría a enterarse, si tú no abres la boca, ¿dime por qué, hermanito?
—¡No me digas hermanito, que no soy un niño!
—Sí lo eres y siempre lo serás para mí. Dímelo.
Lo pensé un momento y, decidido, le dije:
—Porque una noche intenté buscarte, pero al llegar a la puerta de tu cuarto escuché que gemías y empujé la puerta y te vi debajo de mi padre. Al parecer te gustaba porque lo estabas disfrutando. Lloré mucho por eso y no puedo borrarlo de mi mente.
Bellanira sonrió, apretó mi rostro contra su pecho y dijo:
—Pero tú no te puedes quejar, porque también te culeas a mi madre, yo los he visto.
—¡Eso es mentira! Yo sólo he dormido en la cama de mi madre, porque tú sabes que me dan mucho miedo las noches, desde muy niño. Por eso te buscaba, pero desde ese día ya no te volví a buscar, ya no lo hice, ¡porque tú me habías traicionado!
—¡Cállate! Olvídalo, no te mortifiques más, que ahora voy a tocarte como siempre, desde que eras pequeño y te cambiaba los pañales.
Le besé los senos, le apreté los muslos y ella se arrodilló y me besó”.
—Te cuento esto así para que me entiendas —me dijo Hermes después de terminar su relato.
Le agradecí la sinceridad utilizada con ese fin.
—¿Y ya llevan tiempo haciéndolo juntos? —pregunté.
—¡Sí, Marcial! ¡Sí!
—¡Y yo como un imbécil! como un perfecto idiota creyendo en ustedes.
No volví a hablarles desde esa confesión tan sincera de mi amigo. Bellanira me llamaba y me preguntaba la razón de mi ausencia. Le inventaba cualquier excusa, algo que me permitiera alejarme física y mentalmente de ella. Hermes también me buscaba y me pedía que nos reuniéramos los tres y aclaráramos el asunto, que él no le había contado a Bellanira que yo sabía todo, que lo perdonara, que volviéramos a ser amigos. Pero no quise hablarles más, prefería seguir mi vida tratando de olvidarlos.
Unos meses más adelante Bellanira y Hermes se cambiaron de barrio y eso facilitó aún más el olvido. Yo empecé a hacer planes para irme a estudiar a la capital.
VII
Ese día, antes de salir hacia el parque en espera de su padre, Hermes había hecho el amor con su madre. La señora Melina encendió un cigarrillo y se sentó en la cama. Comenzó a llorar, mientras él se vestía. Hermes bromeó diciéndole que el humo del cigarrillo irrita los ojos. Pero la expresión en los ojos de la mujer parecía perdida, y en el rostro se le notaba la ira.
—¡No estoy para chistecitos! ¡Es en serio!
Hermes se quedó parado, estático, el grito de su madre le hizo girar el cuerpo.
—Quiero que tomemos alguna decisión lo antes posible. Ya no soporto más. ¡Mira cómo me dejó el desgraciado! ¿Acaso no te has dado cuenta?
La señora Melina le mostró los moretones en la cara y en los brazos. Hermes los vio con la mente perdida en imágenes amargas. Don Camilo solía propinarle azotes en la espalda, que le dolían más a la señora Melina cuando era testigo de los castigos dados con odio a su hijo. Ella le recriminaba a su esposo que no lo castigara en la espalda, sino en las nalgas. cuando Hermes recordaba esto, su pecho siempre palpitaba con ira, pues no podía entender por qué razón su padre sentía un gran odio cuando lo castigaba. Alguna vez, le preguntó a su madre si él había sido adoptado; pero ella siempre le respondía con evasivas. El tema derivaba en las confesiones de la señora Melina cuando le decía que don Camilo la acusaba con frecuencia de haber estropeado sus deseos de progreso. Hermes me confesó un día que sentía que su madre y él habían sido para don Camilo una carga estorbosa.
—¿Una decisión? ¿Cuál? —preguntó Hermes.
—Sí, una decisión muy importante para los dos.
Hermes continuó vistiéndose, y esperó a que ella le dijera el motivo de su preocupación, el tono de voz atisbaba que lo siguiente por decir parecía determinante. Hermes giró el cuerpo para observar a su madre y le vio el rostro angustiado, los ojos se enfocaban en nada concreto, como alguien que está presente pero al mismo tiempo no.
—No logro encontrar una manera de deshacerme de ellos —dijo al fin.
—¿Ellos? ¿Quiénes son ellos?
La señora Melina lo miró como si quisiera decirle con los ojos que la respuesta era obvia.
—¿Pues quiénes van a ser? Tu padre y Bellanira.
—¿Deshacerte? ¿De qué hablas?
La señora Melina no le prestaba mucha atención a las palabras de su hijo.
—He pensado en muchas opciones, pero no me atrevo.
—¿Opciones? Madre, no entiendo nada de lo que me dices.
Y ella regresaba a su monólogo:
—Son muchas las formas que he imaginado.
Hermes le vio los ojos perdidos y se asustó. Se le acercó y después de sacudirle los hombros, dijo:
—¡Madre, mírame!
Ella lo hizo, y él la increpó sacudiéndole otra vez los hombros:
—¿De qué diablos estás hablando?
—¿Pues de qué va a ser? De matar a tu padre.
—¿Estás loca?
Hermes la soltó y se dirigió hacia la puerta. Ella intentó llorar, y él escuchó que unos pasos se acercaban.
—¡Silencio! Alguien viene —y con agilidad abrió la puerta.
Bellanira estaba del otro lado de la puerta. Cuando vio a su hermano intentó huir, pero él logró alcanzarla con una zancadilla entre los pies, agarró su cuerpo y la entró al cuarto. Al verla, la señora Melina se sorprendió y ordenó a su hijo que la encerrara en el armario. Hermes forcejeó con su hermana, pero al fin la encerró y logró asegurar la puerta del mueble. Un leve silencio se impuso entre los dos, y los gritos y golpes de Bellanira contra la madera se interponían como martilleo molesto en la madrugada. La señora Melina rodeó el vientre de Hermes con los brazos y le besó el cuello:
—Hijo, hazlo por mí, por favor. Te prometo que después podremos hacer lo que sea, seremos libres para vivir lo nuestro sin escondernos.
Bellanira había dejado de golpear el mueble para escuchar a través de su silencio. Hermes miró hacia el armario y le dijo a su madre que bajara la voz.
—¿Sabes lo que me estás pidiendo?
—Sí, y quiero que lo hagas por mí. Por el amor que nos tenemos. Por lo nuestro.
—Pero no hay necesidad de eso.
—¡Entonces tengo que seguir soportando sus golpes! ¿Tengo que aguantar que tenga una amante? ¡No sabes el odio que siento por dentro! ¡El dolor que me está quemando!
Hermes la abrazó porque el llanto se enredó con sus palabras.
—Pero nos podemos ir y nos olvidamos de ellos y ya.
—¿Acaso no entiendes? El dolor y el odio no me dejan en paz. Me siento humillada, mancillada, yo también tengo amor propio. ¡O lo haces o te olvidas de mí! Yo me largo de aquí sola.
—No, madre, ¿qué sería de mí sin ti?
—Déjame decirte que he encontrado unos papeles de divorcio en su cuarto—señaló hacia Bellanira—que dicen que ya todo se acabó. Él está planeando marcharse con la amante que tiene. Le reclamé, le pedí explicaciones y mira cómo me respondió, con golpes e insultos —miró el armario y gritó:
—A propósito, supongo que tú sabes de quién se trata, ¿no?
Bellanira profirió una grosería y golpeó las puertas.
—No, nadie lo sabe —mintió Hermes.
Él supuso que también le pediría que matara a su hermana. Entre los dos ya había terminado todo, desde que supo que se acostaba con su padre y que le había dicho que lo amaba y que algún día se iría a vivir con él, pero a ella era incapaz de hacerle daño. Hermes se dio cuenta de que Bellanira y su padre se iban a ir juntos. Su madre tenía razón, el amor propio pedía a gritos satisfacción, y le dijo a su madre que no se preocupara, que ahora mismo iba a arreglar cuentas con su padre de una vez por todas, y de inmediato terminó de vestirse, bajó a la cocina por un cuchillo y salió del cuarto hacia la oficina de don Camilo.
VIII
Para Bellanira los percances eran como manos que favorecían el libre curso de los acontecimientos y ella nada podía hacer. El taxi iba muy lento, los demás autos no lo dejaban avanzar como ella quisiera.
Después de haber convenido con su padre el viaje en el restaurante, llegó muy contenta a la casa. Adentro, reinaba un aparente silencio. Ni la señora Melina ni Hermes parecían estar en ese momento. A ella no le importó, la euforia que la embargaba no le permitía pensar en otra cosa más que en las palabras dichas por su padre. Tampoco deseaba encontrárselos. Subió las escaleras hacia el cuarto y recorrió el pasillo, pero al pasar por la habitación de sus padres, creyó escuchar susurros de sexo con el tono de la voz de su madre. Por un instante llegó a pensar que se había conseguido un amante, pero se rió, porque la subestimaba. Pensó en su hermano, aunque también desechó la idea, porque nunca los había visto juntos de nuevo. Supuso que sólo se trataba de su madre deleitándose consigo misma. Bellanira había descubierto algunos vibradores mientras buscaba algunas cosas en los cajones del cuarto de sus padres. Sonrió otra vez. La prisa la dirigió a la alcoba para sacar los papeles que su padre le había encargado. Cerró la puerta y cruzó por el cuarto de sus padres. Se detuvo al escuchar una conversación. La voz de su madre le proponía algo a Hermes que ella no comprendió muy bien. Hermes salió del cuarto, la enredó con los pies y ella cayó de bruces en el suelo. Las manos bruscas de su hermano la arrastraron hacia el interior de la alcoba. Él la encerró en el armario.
Bellanira reanudó los gritos y golpes sobre la madera del armario. Los insultos hacia su madre contaminaban con más pesadez la tensión del momento. La señora Melina empezó a empacar ropa y objetos en su maleta.
—Si yo hubiera sabido que acostarme con ese hijueputa terminaría así, ¡nunca lo habría hecho! ¡Nunca!
—¿Y quién te mandó andar de caliente? ¡Fue tu culpa por haberle abierto las piernas! —gritaba Bellanira desde el armario—. ¡Déjame salir!
—¡Pues sí, por pendeja le abrí las patas! ¡Tú fuiste la desgracia de haberme metido con ese hijueputa!
Bellanira se quedó callada. El silencio fue la compañía de los recuerdos. Su madre se desquitaba con ella a correazos para desahogar la ira reprimida que le dejaba su esposo después de una golpiza. Bellanira siempre era la culpable de su desgracia.
—¡Tú tienes la culpa de todo!
—¿Y por qué continuaste con él? ¿Por qué no te fuiste y nos dejaste en paz? ¡Y ya déjame salir! ¡No quiero escuchar tus tonterías!
—Me quedé porque quería a Hermes, porque cuando supe que iba a tener un hijo varón sentí un gran alivio, me creí protegida. Guardaba una esperanza en él y sentí que sí valía la pena como hijo. No como tú, que no vales nada.
La señora Melina terminó de hacer su maleta. Escribió unas líneas en un papel y lo guardó en un sobre que puso encima de la mesita de noche. Bellanira permaneció en silencio, a cambio de los gritos y los golpes se mordía los labios de ira y de llanto, y empuñó las manos para soportar el ardor que le inflamaba el pecho. Golpeó con mayor furia el armario y las puertas al fin se abrieron con estrépito. Las dos mujeres no cruzaron palabras ni se hicieron recriminaciones. Bellanira se abalanzó sobre su madre para emprender una lucha que parecía cruenta. No sintió compasión ni lástima cuando tomó la lámpara de noche y con la base golpeó una y otra vez la cabeza de su madre. La señora Melina yacía en el suelo con el cráneo abierto. Bellanira se levantó, abrió el sobre de carta con sus manos ensangrentadas. Una vez leído, lo guardó en el pantalón: la señora Melina no pretendía, y nunca lo había pensado, escapar con Hermes, mucho menos lo amaba, como decía; sólo le interesaba alimentar un odio que utilizaría al hijo como instrumento de su venganza. Bellanira corrió hacia la cocina y buscó un cuchillo. Salió de la casa y tomó un taxi, pero no tenía esperanza de llegar a tiempo.
IX
Cuando Hermes vio salir a su padre de la oficina arrojó el cigarrillo al suelo y se cubrió el rostro con un pasamontañas. Caminó por la acera, y le bastó un profundo respiro para llenarse de valor, pero aun así sentía un miedo en las manos que lo llevaba a pensar si tendría la fuerza suficiente para asestar un golpe mortal. Persiguió a su padre hasta el callejón y le propinó heridas mortales. El temor primero se había desvanecido, era como eliminar un obstáculo ante los ojos que perturbara la visión. Hermes huyó de la escena hacia su casa, y mientras aceleraba sus pasos sentía fuerte la presencia de la gente, veía ojos señaladores por todas partes, pero se reconfortó de sólo pensar que la señora Melina estaría esperándolo. También pensó en su hermana, y se dijo que había que hacer algo con ella, lo último que restaba por definir. Pero lo importante era escapar con su madre, en cuanto llegara y ella lo recibiera con un abrazo. Hermes entró en la casa y llamó con ternura a doña Melina. La sangre recorría cada una de sus venas, la respiración se agitaba a cada paso. La señora Melina no respondió. Hermes llegó al cuarto de sus padres y encontró la puerta entreabierta. La empujó con fuerza.
Bellanira se bajó del taxi y prefirió correr para llegar más rápido. Miraba de un lado hacia el otro, parecía que todo el mundo la observaba, que la gente podía leerle la mente y el rostro. Cruzó la calle y corrió la cuadra que restaba. El cuchillo le incomodaba en la cintura, pero lo sostenía con fuerza para no perderlo. Llegó a la esquina donde debía girar, y se detuvo al ver un cuerpo en el suelo y a la gente que empezaba a aglomerarse. Se acercó y vio a su padre tirado en el piso con una profunda herida en el pecho. Se arrodilló y no pudo contener el llanto ni el dolor. Llegó una ambulancia y subieron el cuerpo en una camilla, cubierto con una sábana blanca. Bellanira tomó un taxi de regreso a la casa.
En cuanto el taxi llegó a la casa, Bellanira esperaba que Hermes estuviera ahí. Su dolor se incrementaba como sube el mercurio ante el aumento de calor. Subió las escaleras presurosa, de dos en dos, y se detuvo frente al cuarto de sus padres para contener el aliento. Tomó aire. Sentado, su hermano lloraba sosteniendo el cuerpo de la madre sobre las piernas. Cuando vio a Bellanira, se levantó a prisa y tomó del suelo la lámpara ensangrentada. Bellanira dio un paso adelante y sacó la carta del bolsillo. Hermes pisó con el zapato el sobre que su hermana le había arrojado frente a los pies.
—¡Léelo, iluso! —gritó.
Hermes reconoció la letra de su madre. Caminó hacia la cama y se sentó cabizbajo. Los ánimos se relajaron. Bellanira dejó caer el cuchillo y se sentó junto a él para consolarlo, para buscar una caricia que le ayudara a no derrumbarse. El mensaje no sobrepasaba las cinco líneas: la señora Melina se despedía de Hermes, y le decía que no podía irse con él después de tantos años de sufrimiento por culpa de don Camilo, necesitaba absoluta libertad y un descanso, lo extrañaba mucho, pero habían sido muchos años que deseaba dejar en el pasado, para empezar de nuevo, para renacer, y esperaba que él la entendiera. Con un solitario “Mamá”, sellaba los sentimientos de Hermes.
Aferrados a un mutuo consuelo, a un tronco en medio del mar sin tierra por ningún lado, los dos no supieron qué hacer. La policía no tardó en capturarlos a raíz de las investigaciones por el cuerpo del padre.
Durante las visitas dejé a Hermes algunas cosas para comer, ropa y dinero. Igualmente ocurrió con Bellanira. Mi vida continuaría y la de ellos también. Fue un momento en que el transcurso del tiempo hizo un desvío de camino en un lugar que al parecer casi no cambiaba. El calor, las calles abarrotadas de autos y motos, el parque central, la iglesia, la plaza de mercado, el colegio donde estudié, los bares, mis padres… todo estaba en su sitio, todo se aletargaba cada vez que el sol iba y venía. Sólo estaba la particularidad de mi amigo Hermes y lo sucedido a su familia.
AUTOR: GUILLERMO RÍOS BONILLA (COLOMBIA)
© DERECHOS RESERVADOS AUTOR

Guillermo Ríos Bonilla, nació en 1976 en Colombia (Florencia – Caquetá), y en el año 2004 se naturalizó mexicano. Es licenciado en Letras Clásicas por la Universidad Nacional de Colombia; y maestro en Letras Clásicas por la UNAM. Ha trabajado como profesor, investigador, traductor, subtitulador y corrector de estilo.
CONCURSOS DE CUENTO GANADOS
* 2025. Convocatoria Internacional de Cuentos Gold Editorial: Reinos en otra dimensión.
* 2018. XIV Juegos Literarios Nacionales Universitarios de la Universidad Autónoma de Yucatán.
* 2014. Concurso de Cuento de la Universidad de Colima.
– Primer Concurso de Cuento Escríbele a “El Sol de Irapuato”.
* 2010. Concurso de Cuento Universidad de Colima 70 Aniversario.
* 2004. XI Premio Nacional de Cuento Carmen Báez.
– IV Concurso Nacional y Estatal de Cuento José Agustín.
* 1999. II Concurso de Creación Literaria, Género Cuento, realizado por la Universidad Nacional de Colombia.
Segundos, terceros lugares y menciones en otros concursos de cuento en México, Colombia, Argentina y España.
LIBROS DE CUENTOS PUBLICADOS:
* 2025. El árbol de las hojas palabreadas por la Gold Editorial.
* 2017. Réquiem por un polvo y otras senXualidades, e-book, por la editorial Porrúa.
* 2015. Colección “El Rapidín”, cuentos cortos Minimágenes, por la Universidad de Colima
* 2014. Burbujas de aire en la sangre, por la Editorial Samsara.
* 2011. Los vástagos del ocio, por la editorial Samsara.
* 2010. Colección “El Rapidín”, cuento El viejo, por la Universidad de Colima.
* 2008. Historias que por ahí andan, por la editorial Generación Espontánea.
ANTOLOGÍAS:
* 2023. Relatos breves. Antología colombiana, Elipsis Editores.
* 2022. Fictología. Antología del Primer Concurso de Cuento Breve “La Realidad supera a la Ficción… ¿o Viceversa?”.
* 2021. Festival Rulfiano de las Artes. Cuentos seleccionados 2021.
* 2019. Antología Zombie II, editorial Endora.
– Cuentos del sótano VI, editorial Endora.
* 2014. Cuentos del sótano V, editorial Endora.
* 2013. Cada loco con su tema, Grupo Editorial Benma.
* 2010. Leer el cuento, editorial Endora.
* 2009. Cuentos del sótano, editorial Endora.
– Un ojo al gato y otro al garabato, editada por la Casa del Poeta Alí Chumacero.
* 2007. Desde las islas, editada por la Universidad Nacional Autónoma de México.
* 2006. Antes de que las letras se conviertan en arañas, editada por el Instituto Mexiquense de Cultura.
Además, diversas publicaciones en varias páginas de Internet.
