COLUMNA DOMINICAL
LA NUEVA MEDIOCRIDAD
Por: Julián David Rincón Rivera (Colombia)
Correo electrónico: rinconriverajulian@gmail.com

Hablamos de música. Es verdad, lo hacemos de manera frecuente. Tal vez mucho más de lo estrictamente necesario. ¿Qué más podemos hacer?
El tiempo muerto pasa de una manera muy singular: desapercibido, finge ocupación, parece concentrado, ligeramente condenado, como un andante más con preocupaciones, esperanzas, sueños, expectativas, deseos, frustraciones y una que otra locura incrustada entre ceja y ceja. Anda, se sienta, descansa y suspira. Sabe muy bien acoger las costumbres humanas para engañar y conquistar. Cuando nos enteramos, somos nosotros los muertos. Esto último no nos importa mucho. De hecho, procuramos recordarlo a diario para darle la reivindicación que necesita el efecto de estar vivos. Lo necesitamos, para no parecer muertos en vida.
Mientras vivimos, disfrutamos, o eso pretendemos. Ese pretender se hace algo ciertamente difícil y trabajoso cuando hay tanto que mirar y que escuchar. Montones de lanzamientos aparecen cada día en las listas de novedades de las diferentes plataformas musicales. La novedad está a la orden del día.
Sentado en su silla de madera vieja y gastada, frente a la mesa que hace de escritorio. La máquina de escribir, las hojas, la lámpara, el cenicero y la ventana. Tan tranquilo y relajado. Escucha la música, vive la música. Mientras lo hace, mira la nada, como un viejo hombre con muchos reproches y remordimientos incrustados en su alma. Puede que sea un viejo, pasado y desgastado en años, pero los reproches y remordimientos no pueden con él, eso es seguro. Escucha con toda la atención de sus sentidos entrenados y agudizados, con toda la intención que contiene debajo de la camisa de algodón que remarca la barriga de bebedor, con todo el deseo que aguanta cada que vez que ve una linda figurita. Escuchar como se debe, como un profesional, sin alteraciones, distracciones, entretenciones o interrupciones.
Un sonido muy conocido, muy frecuente, empleado y utilizado. Es el sonido de la repetición, de la monotonía, la moda, la corriente, la conveniencia, el confort y lo seguro. Es un sonido que no nos gusta. El sonido nos dice que los artistas han optado por la seguridad, por la tranquilidad, por la conveniencia. El sonido nos dice que los artistas han evitado el riesgo. Tienen miedo de innovar por las críticas. Tienen pereza de inventar por el extenuante esfuerzo y trabajo de años de carrera musical.
¿De qué sirve tanta novedad si todo parece lo mismo?
La música está sonando toda igual. Al final, solo quedará un sonido único, uniforme, que se repetirá en forma de bucle y todos lo aceptaran sin más.
Los sonidos se han vuelto altamente predecibles. Si acaso conservan algo de novedad en la letra. Aun así, parece que todos hablan de lo mismo. Con diferentes palabras, tonalidades y estructuras, pero es básicamente lo mismo. Son altamente predecibles. Solo basta escuchar las primeras notas y se sabe con antelación qué es lo que viene. En los puentes, rara vez, se atreven a hacer algo, pero ese algo es mínimo, ligero y superficial. La esencia es la misma, el cuerpo es el mismo. Es muy fácil seguir la canción en su primera escucha. Es una mierda saber qué es lo que viene después. Es un virus, un germen que está contaminando a todos los artistas.
¡La predictibilidad, la nueva forma de mediocridad!
Una opinión bastante arriesgada, apresurada y peligrosa. En primer lugar, por el hecho de que dicha predictibilidad, precipitadamente considerada como mediocridad, se asigna exclusivamente a todos aquellos artistas con un largo y extenso bagaje en su profesión. Evidentemente, es muy difícil catalogar a un “principiante” de predecible. Necesita hacerse un espacio, hacerse de su propia voz, de su propia personalidad para ganarse ese “apelativo”. Ahora bien, lo predecible no debe interpretarse necesariamente como mediocre. Si lo dice es porque le gusta menospreciar a todos aquellos a los que no encuentra lo suficientemente atrevidos, osados y audaces como para hacer algo más allá de lo estrictamente necesario o conveniente. Se le puede decir de muchas maneras posibles, pero la única manera realmente valiosa y útil es que lo entienda. Por ello, hablamos de Raymond Carver. Tal vez lo admira, lo respeta, lo valida, o por lo menos lo conoce. Con eso nos basta. Es necesario referir uno de sus libros: ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? Aunque la mayoría prefiere: ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?
No es de extrañar. En este último, se encuentra la mejor versión de Carver, la que todos conocemos, la que admiramos y disfrutamos tanto. Esa que es la antítesis definitiva de la novela. Allí, Carver es el más Carver de todos. Se define con claridad, certeza y contundencia. Es el más veraz, el más auténtico. El de la personalidad más definida, el del carácter más claro, el de la escritura más característica. Ese es el mejor Carver, el que muchos reconocen y admiran. Para que Carver pudiera llegar a ser ese Carver, tuvo que ocurrir primero el Carver de ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?
Aquí, da la impresión de que cuando Carver escribe de más, con más descripción y desarrollo, se pierde. Tal vez él también lo sentía así, y fue por esta razón que nunca se atrevió a escribir una novela. Temía quedarse sin voz, temía perderse a sí mismo, en el misterio mismo de una novela que no tendría fin, o por lo menos no para él.
¡El escritor sin voz!
Tal vez no sería escritor en sí mismo. ¿Qué sería entonces? Simplemente un tal Raymond Carver. Hombre cuarentón de complexión delgada, pelo claro y la vista perdida. Trabajo en regla, horario regular, hora de almuerzo, descanso en las tardes y algún fin de semana para la familia y algo de beisbol en la tarde noche. Un hombre más en el cúmulo de la historia. Eso es precisamente Carver cuando se sale de la corta extensión de su esencia, poder y dominio; uno más, uno cualquiera, uno que intenta, pero no puede, uno que busca, pero no encuentra, uno que procura, pero no concreta. Uno que se hubiera perdido en el inexorable e inflexible andar de la historia. Uno que se hubiera ahogado en su propio grito silencioso sin identidad y presencia. Uno de tantos que se hubiera quedado pegado en esa sucia pared de intentos sin esperanza ni recompensa. Hubiera sido uno de sus muchos personajes. Tan simples y corrientes a la vez. Tan rápidos y reales. Tan concretos y efímeros. Los describe sin la necesidad de mucho, ya que son seres banales y sin mucha gracia. La triste elocuencia de un mundo despiadado y sin compasión.
Para que Carver llegara a ser el Carver del realismo sucio, tuvieron que sucederse muchos intentos de ese Carver. Intentos obsoletos, patéticos y algo absurdos. Con las dos evidencias en las manos, no se puede decir que Carver, en ese sentido tan rápido, corto, minimalista, concreto, simple y contundente, nació, creció y murió. Se hizo, de una u otra forma, a medida que emitía frases con extensión que pudiera contar con los dedos de una mano.
Con Carver aprendimos que no se trata de la historia, sino de cómo se narra. Lo que hace Carver es lo que Steve Jobs dijo en algún momento: “La sencillez es la máxima de las sofisticaciones”. Pero no confundamos sencillez con otra cosa, como ese hombre que escribe con mucha regularidad. Publica en columnas de opinión o blogs de periodicidad. Se vale de los eventos e incidentes mundiales para alimentar sus espacios de escritura. Estos suelen ser muy informativos, educativos y valiosos. Sin embargo, después de seguir con regularidad sus publicaciones, la cosa se vuelve tediosa. Es fácil descifrar el orden estructural de sus escritos. En un principio, funcionan como guía y orientación para entender de mejor manera el texto. Aun así, después de conocer este particular elemento en su narrativa, sus escritos se vuelven predecibles. Aún y a pesar de que las temáticas varían continuamente, la estructura de los textos fomenta que se pierda el entusiasmo, el interés y el deseo por la lectura.
¡No hay nada más decepcionante para un lector que anticipar con exactitud qué es lo que viene en una lectura!
De nada vale que cambie regularmente las temáticas, si todo lo dice de la misma forma, con la misma intención, con la misma estructura. Lo más incómodo no le toca al lector. Imaginemos al escritor, al artista. Por ahí se escucha mucho la importancia de encontrar la “voz personal”. Da carácter, personalidad e identidad a la narrativa. Sin embargo, no es lo mismo encontrar un estilo personal a escribir de forma mecánica y repetitiva. Lo que este hombre hace es transformar el arte de la creatividad en un trabajo repetitivo, mecánico, controlado y estrictamente estructurado. El hombre no sale de esa forma tan rígida de escribir. No inventa nada, no propone nada diferente. Todos los días, todas las semanas se debe sentar siempre en el mismo lugar, a la misma hora, con los mismos acompañantes para hacer siempre lo mismo. La única novedad recae en la temática, pero esta termina contagiándose de esa anticuada regla estructural.
¡Qué aburrido, qué pesado, qué lento, qué tedioso, qué lineal!
La cabeza de aquel hombre debe funcionar de una única manera. Si se atreviera a hacer algo diferente, a romper con esa estricta estructura que lo conforma, no podría hacerlo. Simple y llanamente se quedaría estancado, paralizado. No es que su manera de escribir sea mala, pero corre el riesgo de quedarse allí de por vida, y arrastrar con ella a todos sus fieles lectores que, al parecer, lo siguen más por compasión antes que por convicción. Eso es lo más triste del asunto.
Control, dominio, esquematización, repetición. Eso es lo que evitamos. Por ello, nos gustaría que Pynchon fuera nombrado el jueves en el Nobel. Nos parece pertinente su atrevimiento, carácter y personalidad. Sin embargo, sabemos que la academia tiene una reputación y prestigio que cuidar, así que no se van a permitir el lujo de que un tipo como Pynchon se burle de ellos. No decimos que Pynchon merece el Nobel. Lo que queremos es romper con tanto protocolo, solemnidad, ceremonia y etiqueta. Lo sugerimos a ver qué pasa, para ver las reacciones, las consecuencias, los comentarios, la respuesta general. Si se anuncia otro cualquiera: ¡Qué aburrido, qué pesado, qué lento, qué tedioso, qué lineal!
Proponemos una alternativa que genere caos e incertidumbre. Que promueva la controversia, la discusión, la polémica y el debate. Algo parecido a lo que ocurrió con Bob Dylan en el 2016. A muchos no les gustó la decisión. La discutieron, la condenaron, la juzgaron o la criticaron. Movió el escenario, sacudió el parecer y los sentimientos. Creo resentimientos, diferencias, duelos y confrontaciones. Puso en boca de muchos una cuestión de la que nadie hablaba. Parecía, en el mejor de los casos, una estrategia de marketing.
¿Exageración o demasiada elocuencia? Ambos lo consideramos. La realidad, a fin de cuentas, es que la academia, al igual que muchos artistas, van por lo seguro.
AUTOR: JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
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Julián David Rincón Rivera, segundo de dos hijos, nacido en Bogotá, Colombia el 7 de abril de 1994. Profesional de Cultura Física, Deporte y Recreación.
Lector apasionado, escritor por elección, músico por diversión.
Cuenta con tres publicaciones antológicas con la editorial ITA, además de dos publicaciones en proceso, también de carácter antológico, con factor literario y la editorial mítico.
Con varias publicaciones en revistas de américa latina, encuentra en la escritura el mejor sustento para su vida.
Instagram: @relatero_literal
