Voces Rebeldes | ¿Hay Fantasmas De Dinosaurios?
Diony Scandela (Venezuela)
¿Qué sucede cuando la ciencia, convencida de tener todas las respuestas, se enfrenta a un misterio que desafía las leyes de la vida, la muerte y el universo?
En esta nueva entrega de Voces Rebeldes, el escritor venezolano Diony Scandela nos conduce hacia los inquietantes territorios de la ciencia ficción y el terror con su cuento «¿Hay Fantasmas De Dinosaurios?», una historia donde la ambición científica, la manipulación genética y las amenazas extraterrestres se entrelazan en una trama cargada de suspenso y giros inesperados.
En los laboratorios de Zagreb Labs, un grupo de científicos pretende desafiar nuevamente los límites de la naturaleza. Sin embargo, una pregunta aparentemente absurda, formulada por el enigmático doctor Pangloss, termina abriendo las puertas a una realidad mucho más perturbadora de lo que cualquiera podría imaginar.
Entre criaturas prehistóricas resucitadas, parásitos siderales capaces de adoptar rostros humanos y fenómenos que desafían nuestra comprensión del espacio y el tiempo, el autor construye un relato que también invita a reflexionar sobre los peligros de una ciencia desprovista de límites éticos y sobre aquello que permanece oculto detrás de las apariencias.
Con una narración que combina ironía, imaginación y elementos del horror cósmico, Scandela nos recuerda que las preguntas más insólitas pueden conducir a descubrimientos extraordinarios.
Escritores Rebeldes invita a sus lectores a sumergirse en esta historia donde lo imposible parece adquirir vida propia y donde, quizás, ni siquiera la muerte representa el final.
¿Y tú, alguna vez te has preguntado si las criaturas que habitaron la Tierra hace millones de años podrían dejar algo más que sus fósiles?
Los invitamos a leer «¿Hay Fantasmas De Dinosaurios?», de Diony Scandela (Venezuela), en nuestra sección Voces Rebeldes, un espacio dedicado a las voces literarias que desafían los límites de la imaginación.
¿HAY FANTASMAS DE DINOSAURIOS?
Eran millones de dólares para traer a la vida a tres especies de la megafauna. Zagreb Labs quería jugar a ser Dios por enésima vez, y ahora se enfrentaban a una insólita pregunta del doctor Pangloss. Todos estallaron en carcajadas al reformularse la interrogante:
—¿Y bien? ¿Por qué no hay fantasmas de dinosaurios?
Silencio en la junta. El octogenario de nariz aguileña y barba blanca se cruzó de brazos y paseó su mirada por los pálidos rostros del colectivo científico.
—No sabemos qué hay después de la muerte… Si hay un más allá y usted sale con eso —respondió un regordete hombrecito.
—Es una pregunta tan válida como las incógnitas en torno al supuesto creacionismo, muchacho.
Un científico de aspecto indio dio un paso al frente:
—Tal vez porque no existe evidencia científica de los fantasmas, doctor Pangloss. Somos hombres de ciencia, no médiums.
Risas y murmullos en la junta. Pangloss ajustó sus gafas y encendió un holograma con su tableta donde se mostraba a un Baryonyx:
—¿Y si no existiera evidencia científica de los dinosaurios? ¿Y si todos los fósiles fueran un fraude? Sir Richard Owen se equivocó.
—¿A dónde quiere llegar, Pangloss? —agregó el actual director de Zagreb Labs, a quien Pangloss miraba como quien mira a un demonio recién aparecido.
—Por Hashem, pensé que eran más inteligentes, muchachos. Hace tres meses ustedes lograron recrear a un Baryonyx con ADN extraído de un meteorito que cayó en San Silvestre, Venezuela. Las consecuencias fueron letales, ¿lo recuerdan? ¡Zagreb Labs tuvo que pagar cantidades astronómicas de dinero a los familiares de los fallecidos, toda una carnicería que ustedes desataron! El gobernador pidió ayuda a la CIA y, ¡kaboom! Los agentes gringos lograron matar al Baryonyx y a sus variantes. No sé qué clase de maldita arma usaron, pero lo hicieron.
Porque sé que no son tan estúpidos como imagino, echen memoria de que el dinosaurio podía abrir portales en el tejido del espacio-tiempo.
Hubo murmullos en la junta:
—¿Tienen los cadáveres de los tres Baryonyx? —Pangloss se frotaba las manos.
—Están… en la cámara 13, doctor —respondió casi en un susurro el director.
Pangloss, haciendo uso de su prestigio y antiguo cargo de director de Zagreb Labs, fue seguido religiosamente por los demás sabios. Activó una secuencia de mando y se encaminó a una sala hexagonal donde se encendieron los reflectores: allí estaban el Baryonyx de escamas con geometrías imposibles, la variante de negro absoluto y alas membranosas, y el Baryonyx negro. El octogenario sintió una mano fría en su hombro:
-¿No piensa mostrarnos como va detectar fantasmas de dinosaruios, Pangloss?
Pangloss se giró con una lentitud de péndulo y miró a quien le había puesto la mano en el hombro. El director del laboratorio sonreía, pero la comisura de sus labios se desprendía en una escama reseca, como papel quemado que de pronto volviera a ser piel gris.
—La ironía de los hombres, doctor —dijo el director, cuya voz ya no resonaba en el cráneo con la habitual fatiga humana, sino con el zumbido metálico de un panal sumergido en aceite—. Se empeñan en buscar fantasmas donde solo hay materia densa, y descuidan lo que se oculta bajo sus propias córneas.
El octogenario no se inmutó. Ajustó las gafas sobre el puente de su nariz aguileña y examinó los rostros del colectivo científico. Uno a uno, los pálidos semblantes de los sabios comenzaron a contraerse; la carne caucásica o morena se plegaba y se desvanecía en una sutil neblina fosforescente, dejando al descubierto la verdadera geometría de los daxzaxianos: siluetas traslúcidas de extremidades hiperarticuladas y ojos múltiples que parpadeaban en frecuencias imposibles. Eran una delegación de parásitos siderales varados en la Tierra desde el impacto de San Silvestre, usando rostros prestados como quien viste un impermeable raído; la invasión silenciosa había iniciado en aquel pueblito llanero venezolano y pretendía expandirse a otros puntos de Latinoamérica.
Pangloss no se inmutó ante la metamorfosis. Metió la mano en el bolsillo de su gabardina y extrajo un aparato tosco, hecho de tubos de cobre oxidado, un viejo dial de radio y un bombillo parpadeante que emitía un zumbido sordo.
—Pensaron que construí un detector de fantasmas para jugar con sus mentes —dijo el anciano con una sonrisa serena—. Pero los fantasmas no existen. Lo que sí existe es la firma energética de los parásitos estelares que se roban los rostros.
Giró la perilla del aparato. El bombillo dejó de parpadear y comenzó a emitir un chillido ensordecedor que hizo que las siluetas traslúcidas de los daxzaxianos parpadearan con desesperación, obligándolas a revelar sus verdaderas formas contrahechas en toda la sala hexagonal.
Pangloss levantó la mano con parsimonia y dio un fuerte chasquido con los dedos.
Las compuertas de seguridad estallaron hacia adentro. Del techo y los pasillos emergieron decenas de mercenarios de la CIA con visores nocturnos y rifles de plasma pesado, abriendo fuego cruzado sin mediar palabra. En cuestión de segundos, el laboratorio se convirtió en un estruendo de chispas, gritos disonantes y cuerpos alienígenas desintegrándose en una neblina grisácea; unos sufrieron las peores mutaciones ante el impacto de los rifles, otros se desintegraron en el acto y Pangloss creyó oler azufre en el aire.
Cuando el humo y el silencio volvieron a invadir la cámara, el doctor Pangloss caminó hacia la salida sin mirar atrás.
Cruzó las puertas de seguridad de Zagreb Labs y salió a la fría noche de la ciudad. Respiró hondo el aire helado y alzó la vista hacia el cielo plomizo. Parados sobre los tejustos más altos, recortados contra la penumbra de los rascacielos, tres siluetas colosales y traslúcidas —los verdaderos fantasmas de los Baryonyx, formidables y silenciosos— desandaban las calles entre la neblina, cruzando los muros como si nunca hubieran dejado de existir. Puerto Aztur miraba con asombro que la teoría del anciano era cierta.
Pangloss suspiró profundamente y murmuró:
—Baruj Hashem
AUTOR: DIONY SCANDELA (VENEZUELA)
© DERECHOS RESERVADOS AUTOR

Diony Scandela. Escritor aficionado nacido en Venezuela, el 3 de julio de 1993. Iniciado formalmente en la escritura con la novela «Perros de la Prehistoria», autor de varios cuentos y relatos, siendo los más conocidos «Zorobabel», «Alienación», «La abominación desoladora» y «Al Dios no conocido»; reconoce en sus trabajos influencias de Jorge Luis Borges, Edgar Allan Poe, Horacio Quiroga y Dan Brown. Cristiano convencido, es fiel lector de la Biblia. Actualmente dirige la Revista Paladín, un fanzine dedicado a la literatura de género.
Correo: dionyscandela@gmail.com
