El ejercicio me dejó un mal sabor de boca.
La idea de que Poe, en cierta forma, influyera en la creación de Casa Tomada me gustaba mucho. Tenía potencial. Esa era la impresión que tenía. El libro de Fernando me ofrecía el contexto necesario para desarrollar la historia. Narraría la realidad para agregarle el elemento fantástico que le daba sentido a mi intensión. Así lo hice y el proceso fue muy satisfactorio. Se me dio muy bien narrar de manera secuencial los acontecimientos ofrecidos. De hecho, me ha gustado tanto la intención, que ya proyecto narrar historias de la vida real con más detalle, descripción y emoción. No demore mucho en desarrollar la parte gruesa del texto. Tenía un tono parsimonioso, tranquilo, cotidiano. Me gustaba. Sonaba a mundanidad, pero en ella se podían encontrar pequeños elementos mágicos que le daban sentido, soporte y poder al relato. Pequeñas anécdotas inventadas, sutiles secuencias que describían en detalle circunstancias absurdas, caóticas, graciosas y sobre todas las cosas, reales. Era la vida cotidiana de Aurora y Julio en Francia, tan simple como eso. Aun así, era agradable, entretenido, emotivo y poderoso, o así lo percibía. La demora era llegar al elemento fantástico. Allí, todo se detuvo. La ficción era un drama disfrazado de misterio y suspenso. No pensaba en el terror, no creía llegar hasta esos términos. Esto representaba un cambio muy drástico, tal vez brusco, en la dinámica y el tono del texto. Puede que este giro dramático fuera poderoso y agradable, sin embargo, no lo sentía de esta manera. En primer lugar, el cambio no tenía el poder que deseaba. No sabía cómo hacer la transición o si debía existir transición alguna. La idea de presentar el acontecimiento en ese entorno ligero, cotidiano y tranquilo parecía algo muy brusco y exagerado. Era como si se tratara de dos relatos completamente diferentes. Tal vez complementarios, pero no el mismo en toda su esencia. Pensé separarlos, pero esto no me convenía. Pensaba que perderían credibilidad y personalidad. Quería mantener el ritmo de la primera parte, pero el ritmo desapareció. Me encontré entonces repasando, una y otra vez, la primera parte en repetidas ocasiones, con el propósito de reencontrar el ritmo y el paso que venía siguiendo para esta segunda parte, que era, realmente, el verdadero reto del relato. Fue así como caí en la trampa del desprecio. De tanto repetir la primera parte, terminé repudiándola. No le encontraba el aprecio y el encanto que le sentí al escribirlo por primera vez. Fue tal el sentimiento que me encontré en la necesidad de terminar el relato lo más pronto posible. Estaba cansado de él. Tenía que dejarlo, antes de que el desprecio y repudio por el mismo me obligaran abandonarlo de forma definitiva y el abandono es un lujo que ya no me puedo permitir.
Lo pensé mucho, de manera obsesiva y continua. Esto no es bueno. Este soporífero estado de reflexión me recordó una frase, de Stephen King si no estoy mal, que resalta la importancia y el valor de la escritura de una sola intención. Escribir sin pausa, de manera continua, secuencial y progresiva. Las pausas limitan, las revisiones restringen, el repaso de lo ya hecho elimina la progresión. Se escribe en una sola intención, de un solo jalonazo, de un solo disparo. Allí lo estaba confirmando, tratando de encontrar el hilo para ajustar la ficción a la narración mundana de Aurora y Cortázar. Aún sigo aprendiendo cosas durante el proceso. En cierto momento, reconocí que la cosa no iba a funcionar. Tenía que terminarlo, de una forma y otra, pero terminarlo. Hitchcock me dio una idea. La intente replicar. No funcionó del todo, pero me ofreció una vía de escape, un auxilio repentino, el chapoteo del ahogado que lucha con sus últimas fuerzas. Ya no pretendía salvar lo que era insalvable, simplemente quería terminar lo que obstinadamente se presentaba interminable. En consecuencia, quedó un remiendo mal hecho, una jugada de último minuto mal ejecutada, una última oportunidad que se nota como la chambonada para salir del paso. He fracasado en el intento, no he superado el reto. La sección final, que representaba la esencia del texto, terminó siendo una conclusión débil, cansada, agotada y limitada. Necesito esta conclusión no para justificarme, sino para cerrar el círculo. No pretendo retomar la intención, no por ahora. Me esperan muchas cosas más por delante y no quiero quedarme con el remordimiento de un mal paso cuando el camino aún es largo.
AUTOR: JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
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Julián David Rincón Rivera, segundo de dos hijos, nacido en Bogotá, Colombia el 7 de abril de 1994. Profesional de Cultura Física, Deporte y Recreación.
Lector apasionado, escritor por elección, músico por diversión.
Cuenta con tres publicaciones antológicas con la editorial ITA, además de dos publicaciones en proceso, también de carácter antológico, con factor literario y la editorial mítico.
Con varias publicaciones en revistas de américa latina, encuentra en la escritura el mejor sustento para su vida.
Instagram: @relatero_literal
