Daniela Starr llevaba cuatro años pilotando misiones de reconocimiento para la Agencia Espacial cuando su nave, la “Halcón Errante”, entró en contacto con algo que ningún manual de vuelo la había preparado para enfrentar.
Al principio, la misión era rutinaria: cartografiar una región del cinturón de asteroides exterior donde los sensores habían detectado fluctuaciones gravitacionales menores, probablemente causadas por un cuerpo celeste no catalogado. Daniela había volado misiones más peligrosas que esa una docena de veces. Tenía treinta y cuatro años, el cabello corto por practicidad y una calma bajo presión que todo piloto desarrollaba y que sus instructores de la academia habían destacado en ella, desde el primer día, como su rasgo más valioso. Nada de esa calma la había preparado para lo que apareció frente a su nave en la hora catorce de la misión: una distorsión en el espacio que los sensores no lograban clasificar, un pliegue donde las estrellas del fondo se curvaban sobre sí mismas como si el propio universo se hubiera arrugado en ese punto exacto.
—Control de misión, aquí Halcón Errante” —transmitió, con la voz firme aunque el pulso se le había disparado—. “Tengo frente a mí a un fenómeno sin precedentes a las coordenadas… Esperen, los sensores no logran fijar coordenadas estables. Voy a acercarme para obtener mejores datos”.
La respuesta de Control tardó más de lo normal en llegar, distorsionada por una interferencia que Daniela nunca había escuchado antes, un sonido casi orgánico, como un susurro atravesando estática.
—“Halcón… no… acercarse… repito, no…”.
La transmisión se cortó por completo un segundo antes de que la anomalía la absorbiera.
No hubo dolor. Solo una sensación de expansión, como si su cuerpo y su nave dejaran de ocupar un solo punto del espacio y se extendieran, por un instante, sobre una superficie mucho más amplia de lo que cualquier física conocida permitía. Daniela vio, o creyó ver, fragmentos de estrellas que no reconocía, constelaciones superpuestas sobre el negro del espacio como si estuviera atravesando, en el lapso de un parpadeo, distancias que deberían haber tomado siglos. Y entonces, sin transición perceptible, hubo gravedad. Mucha gravedad, demasiado rápido. La Halcón Errante no estaba diseñada para atmósferas planetarias, y Daniela tuvo apenas segundos para activar los sistemas de emergencia antes de que la nave, con las alertas chillando en todos los paneles, entrara en una atmósfera desconocida a una velocidad que ningún escudo térmico estándar podía soportar durante mucho tiempo. El impacto final la dejó inconsciente antes de que pudiera registrar del todo el paisaje que se extendía más allá del cristal agrietado de la cabina: un cielo de un violeta claro, casi rosado, dos lunas visibles incluso en pleno día y una vegetación de unos colores que no correspondía a ningún catálogo botánico terrestre.
Cuando Daniela logró recuperar la conciencia, el dolor llegó primero: un latido sordo en la sien derecha y un ardor en el brazo izquierdo que reconoció, con la calma clínica de años de entrenamiento, como una fractura simple. Estaba tendida sobre algo blando —no era el suelo metálico de su cabina, sino tierra cubierta de un musgo espeso y fresco—; el aire que respiraba, aunque se sentía extraño, era respirable. Se incorporó con dificultad, apoyándose en los restos retorcidos de lo que había sido la Halcón Errante, ahora esparcida en fragmentos humeantes a lo largo de un cráter reciente que había arrasado un tramo de bosque. El cielo violeta claro que había visto antes de perder el conocimiento seguía ahí, real, innegable, y las dos lunas que colgaban sobre el horizonte terminaron de convencerla de algo que su entrenamiento se resistía a aceptar: fuera lo que fuese la anomalía que había cruzado, no la había llevado a ningún lugar conocido en los mapas estelares de la Agencia.
—“Control de misión, aquí Halcón Errante” —intentó de todas formas, activando el transmisor de emergencia de su traje, sabiendo de antemano que era inútil—. “Repito, aquí Halcón Errante. Solicito confirmación de posición”.
Solo estática, mezclada con el mismo susurro orgánico que había escuchado antes de la caída, como si algo en la atmósfera de aquel lugar interfiriera con cualquier señal que intentara escapar de él. Fue el sonido de pasos entre la vegetación lo que la hizo girarse, con la mano instintivamente en la pistola de emergencia que llevaba en el cinturón, aunque nunca la había tenido que disparar fuera de un simulador. Emergió una figura entre los árboles; no era, para alivio inmediato de Daniela, no era una criatura monstruosa que su imaginación, alimentada por años de fascinación y sueños de ciencia ficción, la convirtiera en una astronauta, había empezado a proyectar mientras esperaba. Era una mujer, de aspecto humano en casi todos los sentidos, salvo por unos ojos de un ámbar intenso que parecían absorber la luz en lugar de reflejarla, vestida con ropas tejidas de fibras vegetales y adornada con símbolos que a Daniela le recordaron, vagamente, a alfabetos antiguos que había estudiado de pasada en la academia.
—“No temas” —dijo la mujer, en un idioma que Daniela no debería haber entendido, y sin embargo comprendió con una claridad que no supo explicar, como si las palabras llegaran a su mente por un camino distinto al de sus oídos—. “Vimos caer tu nave desde la aldea. Vinimos a ayudar”.
Se llamaba Nyeva, y pertenecía a un pueblo que se identificaba a sí mismo simplemente como “los hijos de Yssara”, en honor al bosque sagrado donde habían vivido durante incontables generaciones. Con paciencia, mientras guiaba a Daniela hacia un asentamiento oculto entre los árboles más antiguos del bosque, Nyeva le explicó lo que sabía sobre el fenómeno que la había traído hasta allí: existían, según las historias más antiguas de su pueblo, «pasos» en el tejido del cielo, grietas poco frecuentes que conectaban mundos distantes entre sí durante fracciones de tiempo, lo suficiente como para que, en raras ocasiones, algo —o alguien— cruzara de un lado a otro sin proponérselo.
—“No eres la primera” —le dijo Nyeva, mientras curaba el brazo fracturado de Daniela con una pasta de hierbas que ardía al principio y luego adormecía el dolor de manera casi milagrosa—. “Hace generaciones, según cuentan los ancianos, cayó otro viajero de más allá del cielo. Se quedó. Aprendió nuestras costumbres. Y cuando murió, muchos años después, dejó dicho que jamás había dejado de extrañar su hogar, pero que había encontrado, en Yssara, algo que valía la pena quedarse a construir de todas formas”.
Los meses que siguieron transformaron a Daniela de una manera que ninguna misión espacial, por larga o peligrosa que hubiera sido, había logrado antes. Aprendió el idioma de los hijos de Yssara con una fluidez que la sorprendió a ella misma, ayudada quizás por la extraña resonancia que parecía conectar mentalmente a quien cruzaba el paso del cielo con el lugar al que llegaba. Aprendió a identificar las plantas comestibles del bosque, a participar en los rituales estacionales que marcaban las estaciones para un pueblo que no medía los años con un calendario gregoriano, sino con las floraciones cíclicas de un árbol sagrado llamado “el Ancestro”. Y aprendió, sobre todo, a convivir con una nostalgia que nunca terminaba de desaparecer del todo: la Tierra, con sus ciudades imperfectas y su cielo azul y familiar, seguía presente en sus sueños casi todas las noches, y no había día en que no se preguntara si Control de Misión había abandonado ya la búsqueda de la Halcón Errante, si su familia la habría dado por muerta, si alguna vez volvería a ver un amanecer en la Tierra.
Nyeva, que se convirtió con el tiempo en algo parecido a una hermana adoptiva más que en una simple guía, la encontró una noche llorando junto a los restos oxidados de su nave, que los hijos de Yssara habían decidido no tocar por respeto a lo que representaba para ella.
—“¿Te arrepientes de haber sobrevivido?” —le preguntó Nyeva, sentándose a su lado sin exigirle una respuesta inmediata.
—“No” —respondió Daniela, después de un largo silencio, secándose las lágrimas con el dorso de la mano—. “Me arrepiento de no poder decirle a nadie en casa que estoy viva. Eso es lo que más me duele. No el lugar donde estoy. La gente que no sabe si debe seguir esperándome”.
Con la ayuda de los astrónomos de Yssara —que, para sorpresa de Daniela, habían desarrollado, sin tecnología, un conocimiento sorprendentemente preciso sobre el comportamiento cíclico del paso del cielo, basado en generaciones de paciente observación— Daniela empezó, casi un año después de su caída, un proyecto que le devolvió algo parecido a un propósito: documentar, con la precisión de su entrenamiento científico combinada con el conocimiento ancestral de sus anfitriones, el patrón exacto en que esas grietas temporales aparecían y desaparecían en el cielo. No lo hacía solo por la esperanza, cada vez más tenue, de encontrar algún día uno de estos pasos en el cielo que la devolviera a casa. Con el tiempo, había llegado a comprender que ese conocimiento podría servir a los hijos de Yssara mismos, ayudándolos a entender mejor un fenómeno que llevaba generaciones formando parte de su mitología sin que nadie hubiera intentado, hasta la llegada de Daniela, estudiarlo con un método sistemático.
Dos años después de su caída, cuando finalmente logró identificar el patrón que predecía con precisión creciente la aparición de un paso mayor lo bastante grande y estable como para que algo del tamaño de una persona pudiera cruzarla con seguridad en ambas direcciones—, Daniela se encontró frente a una decisión que llevaba meses posponiendo en su mente: si la oportunidad de regresar finalmente se presentaba, ¿la tomaría? Nyeva, que para entonces conocía a Elena mejor que casi cualquier persona lo había hecho en su vida anterior, no intentó influir en su decisión. Solo le dijo, la noche antes de que el paso finalmente se abriera sobre el bosque sagrado, algo que Daniela llevaría consigo sin importar qué camino eligiera cruzar:
—“Sea cual sea tu decisión, Yssara ya es parte de ti para siempre, tal como tú ya eres parte de nuestra historia. Ningún paso, por ancho que sea, puede cerrar del todo ese tipo de puente”.
Cuando la luz del paso finalmente iluminó el claro del bosque, con una luz blanca y pulsante como una estrella recién nacida entre los árboles, Daniela Starr se quedó de pie frente a ella durante un largo minuto, sintiendo en igual medida el tirón de la nostalgia hacia un hogar que llevaba dos años sin ver, y el peso cálido de una vida nueva que había construido, sin buscarlo, en un mundo que ningún mapa de la Agencia había registrado jamás. Solo ella, al final, sabría con certeza qué decisión tomó esa noche. Pero los hijos de Yssara, generaciones después, seguirían contando la historia de la mujer que cayó de las estrellas y que, cruzara o no de vuelta, les enseñó que incluso el accidente más catastrófico puede convertirse, con paciencia y con la gente correcta a nuestro lado, en el comienzo de algo que vale la pena vivir.
AUTOR: FRANCISCO ARAYA PIZARRO (CHILE)
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Francisco Araya Pizarro. Nacido en 1977 en Santiago de Chile, Artista Digital, Diseñador Gráfico Web, Asesor en Marketing Digital y Community Manager para empresas privadas y ONGs asesoras de las Naciones Unidas, Crítico de Arte, Cine, Literatura, además de Investigador. Y Escritor de Ciencia Ficción, donde en su blog comparte sus relatos cortos en: www.tumblr.com/franciscoarayapizarro
