Ilustración de Soporte (Generada por IA): Entre golondrinas, cementerios, memoria y boxeo, Bernardo Atxaga construye en Golondrinas un universo donde realidad y fantasía se entrecruzan. La figura de Urtain sirve como punto de partida para una historia sobre la muerte, el paso del tiempo, el desarraigo y la posibilidad —o imposibilidad— de regresar al lugar del que alguna vez partimos.
Bernardo Atxaga, una de las grandes voces de la literatura en euskera, vuelve a situarse en la conversación literaria con Golondrinas, versión en castellano de Enarak. La novela toma como punto de partida el entierro del mítico boxeador vasco Urtain y construye tres historias separadas por periodos de 25 años. Humor cruel, demonios, elementos detectivescos, poesía, mundo rural y fantasía conviven en una obra donde los muertos comparten espacio con una pregunta profundamente humana: ¿qué ocurre con quienes abandonan su lugar y ya no encuentran el camino de regreso?
Bogotá, 28 de septiembre de 2026.— Una visita a un cementerio fue suficiente para poner en marcha la maquinaria narrativa de Bernardo Atxaga.
El escritor se encontraba en Zestoa, Gipuzkoa, localidad vinculada a la historia del legendario boxeador José Manuel Íbar Azpiazu, Urtain, cuando preguntó dónde estaba enterrado el deportista. Un vecino le explicó que sus restos habían sido retirados de la tumba después de 25 años.
De aquella conversación aparentemente cotidiana nació una idea.
Y de esa idea terminaron apareciendo muertos, demonios, humor, memoria y golondrinas.
DE ENARAK A GOLONDRINAS
La obra apareció originalmente en euskera bajo el título Enarak, publicada por Pamiela en 2025. El propio Atxaga realizó posteriormente la traducción al castellano, que Alfaguara publicó en abril de 2026 con el título Golondrinas.
Por tanto, no se trata estrictamente de una novela publicada hoy. Su regreso a la actualidad se debe a una nueva entrevista difundida este 28 de septiembre, en la que Atxaga explica el origen y algunos de los mecanismos narrativos de la obra.
Esta precisión resulta importante porque Golondrinas ya lleva varios meses circulando entre lectores en castellano.
URTAIN, EL HOMBRE QUE EMIGRÓ AL BOXEO
El punto de partida es un personaje real.
Urtain fue boxeador y deportista rural vasco. Alcanzó enorme popularidad y llegó a proclamarse campeón europeo de los pesos pesados. Murió en Madrid en 1992.
Atxaga encuentra en su trayectoria algo más que una biografía deportiva.
Para el escritor, la historia de Urtain puede entenderse como la de un hombre que abandonó un mundo y entró en otro del que después no supo regresar. Cuando en la entrevista le preguntan a qué lugar había emigrado —si a Madrid—, la respuesta de Atxaga es mucho más literaria: “Al boxeo”.
Ese desplazamiento permite que la novela dialogue también con la transformación del mundo rural y la creciente hegemonía de las ciudades.
UNA TUMBA, TRES ENTIERROS Y 50 AÑOS
La estructura de Golondrinas convierte una tumba en el eje alrededor del cual transcurre el tiempo.
La primera historia comienza con el entierro de Urtain en el cementerio de Arroa Goia.
Veinticinco años después, sus restos son retirados y ese mismo espacio es ocupado por otro personaje: Guillermo el Tirolés, quien había asistido al primer entierro.
Allí aparece también Pedro.
Y otros 25 años más tarde, en 2042, será Pedro quien termine enterrado en el mismo lugar.
Tres entierros.
Una misma tumba.
Medio siglo.
La muerte deja entonces de funcionar solamente como final y se convierte en una estructura para contar cómo pasan las personas, cómo cambian los lugares y qué permanece después de ellas.
LOS DEMONIOS TAMBIÉN OBSERVAN
Pero Atxaga no construye una novela convencional sobre la muerte.
Cuatro “ángeles militares”, que en realidad pertenecen a las legiones de Lucifer, atraviesan la narración y comentan lo que sucede.
Entre ellos aparecen nombres como Semiyazza y Azazel, inspirados en el universo de El paraíso perdido, de John Milton. Su condición sobrenatural permite al escritor observar los acontecimientos desde otra perspectiva y utilizar un humor que puede llegar a ser cruel.
Atxaga sostiene que ese tipo de humor puede revelar aspectos de la realidad que otros registros no consiguen mostrar.
En Golondrinas, por tanto, la muerte puede ser trágica y absurda al mismo tiempo.
UNA NOVELA DIFÍCIL DE ENCERRAR EN UN GÉNERO
¿Es Golondrinas una novela histórica?
¿Fantástica?
¿Detectivesca?
¿Poética?
La respuesta probablemente sea: un poco de todo.
La narración combina realidad y ficción, humor, fantasía, elementos detectivescos, oscuridad, absurdo y poesía.
Esa mezcla no es accidental.
Atxaga cuestiona la necesidad de establecer fronteras demasiado rígidas entre géneros literarios. Su escritura se mueve precisamente en esos territorios donde una historia real puede transformarse en fantasía y donde una conversación cotidiana puede terminar abriendo la puerta a los demonios.
LAS GOLONDRINAS QUE REGRESAN
El título también nace de la observación.
Atxaga ha contado que durante años contempló las golondrinas que revoloteaban alrededor del garaje de su casa y fue tomando notas sobre ellas en diferentes cuadernos. Aquellas observaciones terminaron incorporándose al proceso creativo de la novela.
La imagen resulta especialmente poderosa frente al tema central del libro.
Las golondrinas son aves asociadas al viaje y al regreso.
Los personajes de Atxaga, en cambio, son seres que se marchan y no siempre saben volver.
Entre ambas ideas aparece una tensión que atraviesa la obra: pertenecer a un lugar, abandonarlo y preguntarse después si todavía existe un camino de regreso.
ATXAGA Y EL MUNDO RURAL
Detrás de Urtain también aparece parte de la memoria personal del escritor.
Atxaga nació en Asteasu, Gipuzkoa, en 1951, y su infancia transcurrió vinculada al entorno rural antes de experimentar otros espacios urbanos e industriales.
Ese universo ha dejado una huella profunda en su literatura.
En Golondrinas, la transformación de Urtain —de deportista rural a figura del boxeo— permite observar también el tránsito entre dos mundos.
El propio escritor reconoce que, a sus 75 años, ya no siente la misma necesidad de esconder la nostalgia por aquello que desapareció. Frente a un presente que considera abrumador, propone incluso una forma particular de resistencia: la poesía.
UNA TRAYECTORIA FUNDAMENTAL PARA LA LITERATURA VASCA
Bernardo Atxaga ocupa desde hace décadas un lugar central en la literatura escrita en euskera.
Su reconocimiento internacional quedó particularmente asociado a Obabakoak (1988), obra que recibió el Premio Nacional de Narrativa en 1989. Posteriormente publicó títulos como El hombre solo, Esos cielos, El hijo del acordeonista, Siete casas en Francia, Días de Nevada, Casas y tumbas y Desde el otro lado.
En 2019 recibió el Premio Nacional de las Letras Españolas, y sus libros han sido traducidos a 35 lenguas, según la información biográfica de su editorial.
Esa trayectoria ha contribuido también a proyectar internacionalmente una literatura escrita originalmente en una lengua minoritaria como el euskera.
¿LA ÚLTIMA NOVELA DE BERNARDO ATXAGA?
Sobre Golondrinas sobrevuela además una posibilidad especialmente significativa.
Atxaga ha señalado que podría tratarse de su última novela. Su sitio oficial recuerda que, cuando presentó Enarak en 2025, habló de ella como una obra con la que cerraba su paso por la novelística.
Sin embargo, en la entrevista publicada hoy el escritor deja una puerta menos definitiva.
Explica que terminar una novela lo deja exhausto y que su proceso creativo requiere escribir, alejarse del texto, observarlo y regresar nuevamente sobre él muchas veces. Al terminar suele pensar que no volverá a hacerlo.
Pero la literatura, reconoce, acaba regresando.
Exactamente como las golondrinas.
ENTRE LA MUERTE Y EL REGRESO
Golondrinas parte de un boxeador real, pero no parece interesada únicamente en reconstruir su biografía.
Utiliza su historia para hablar del desplazamiento, del paso del tiempo, de la memoria y de la dificultad de regresar a aquello que alguna vez fuimos.
Una tumba cambia de ocupante.
Los vivos terminan convertidos en muertos.
Los demonios observan.
Las golondrinas vuelven.
Y Bernardo Atxaga mezcla realidad y fantasía para recordar que la literatura puede encontrar una historia incluso en algo tan aparentemente definitivo como una sepultura.
Porque en Golondrinas, morir no necesariamente significa que la historia haya terminado.

Equipo Escritores Rebeldes
