Ilustración de Soporte (Generada por IA): John Banville, una de las grandes voces de la literatura irlandesa contemporánea, vuelve a reflexionar sobre el oficio de escribir mientras su obra recupera actualidad con la reedición de Los infinitos y la publicación de Nocturno de Venecia.
A los 80 años, el escritor irlandés y ganador del Booker y el Premio Príncipe de Asturias de las Letras vuelve sobre su relación con la escritura, reivindica Los infinitos como una de sus obras más logradas y contempla el final de Benjamin Black, el alter ego con el que conquistó también a los lectores de novela negra.
Córdoba, 5 de octubre de 2026. — John Banville continúa escribiendo como quien persigue algo que sabe de antemano que posiblemente nunca alcanzará: la obra perfecta.
A sus 80 años, el escritor irlandés mantiene una relación exigente, contradictoria y a veces despiadada con sus propios libros. En una entrevista publicada este domingo por El País, después de su reciente participación en Cosmopoética, el festival literario celebrado en Córdoba, Banville vuelve a reflexionar sobre la literatura, sus personajes, el oficio de escribir y esa permanente insatisfacción que parece acompañar cada página de su extensa trayectoria.
La conversación deja una de esas frases provocadoras que caracterizan al escritor: “Mis libros son pecados”. La comparación utilizada por Banville es todavía más irreverente, pero detrás del humor aparece una idea que atraviesa buena parte de su pensamiento literario: cada novela es el resultado de intentar alcanzar una perfección que termina escapándose.
Escribir, para Banville, parece ser precisamente eso: perseguir una forma imposible.
LOS INFINITOS, EL REGRESO DE UNA NOVELA FUNDAMENTAL
La actualidad editorial del escritor coincide con la recuperación en España de Los infinitos, publicada originalmente en 2009 y nuevamente editada en castellano por Alfaguara el pasado 23 de septiembre.
Banville la considera una de las obras más logradas de su trayectoria.
La novela construye un universo donde dioses y seres humanos se encuentran alrededor de la muerte de Adam Godley, un matemático que agoniza mientras su familia se reúne en la casa familiar. El resultado se mueve entre lo cotidiano, lo mitológico y lo metafísico.
Su reedición permite volver a una de las preocupaciones constantes del autor irlandés: la fragilidad de la identidad, la memoria, el paso del tiempo y esa frontera incierta entre aquello que creemos ser y aquello que realmente somos.
Pero Los infinitos no llega sola.
En abril de este año apareció también Nocturno de Venecia, la novela más reciente de Banville, ambientada en 1899. La historia sigue al escritor inglés Evelyn Dolman y a su esposa Laura Rensselaer después de que ella sea desheredada por su padre, un magnate estadounidense del petróleo.
La pareja viaja entonces a Venecia para recibir el nuevo siglo en el Palazzo Dioscuri. Allí, entre la niebla de la ciudad, las apariencias, los deseos y las traiciones comienzan a alterar también la moral de sus personajes.
Una vez más, Banville convierte el escenario en algo más que un simple lugar: Venecia se transforma en territorio de sombras, secretos y ambigüedades.
UNA VIDA DEDICADA A LAS PALABRAS
Nacido en Wexford, Irlanda, en 1945, John Banville desarrolló durante décadas una trayectoria que combina literatura y periodismo.
Trabajó en The Irish Press y posteriormente en The Irish Times, donde fue subdirector y editor literario. Paralelamente fue construyendo una obra narrativa caracterizada por la precisión de su prosa, el humor oscuro, los juegos con la identidad y una permanente preocupación por la memoria.
Entre sus títulos se encuentran El libro de las pruebas, El intocable, Eclipse, Imposturas, Antigua luz, La guitarra azul, Las singularidades y su conocida tetralogía dedicada a figuras y problemas de la ciencia, integrada por Copérnico, Kepler, La carta de Newton y Mefisto.
En 2005 obtuvo el Booker Prize por El mar, una de sus novelas más reconocidas.
Nueve años después recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2014, cuyo jurado destacó la inteligencia, profundidad y originalidad de su creación novelística.
A esos reconocimientos se suma, entre otros, el Premio Franz Kafka, recibido en 2011.
Sin embargo, Banville ha mantenido a lo largo de los años una relación irónica con los premios y con la propia figura del escritor consagrado.
Para él, la literatura continúa siendo fundamentalmente una lucha con el lenguaje.
JOHN BANVILLE Y BENJAMIN BLACK
Pero durante años John Banville no fue solamente John Banville.
También fue Benjamin Black.
Bajo ese seudónimo comenzó a publicar novelas policíacas, particularmente la serie protagonizada por el patólogo forense Quirke, ambientada principalmente en el Dublín de mediados del siglo XX.
La separación entre ambos nombres representaba también dos maneras diferentes de enfrentarse a la escritura.
Mientras Banville desarrollaba una literatura marcada por una extrema atención al lenguaje y la estructura, Benjamin Black le permitía avanzar con mayor velocidad dentro de los códigos del género negro.
El experimento terminó adquiriendo vida propia.
El seudónimo alcanzó una notable popularidad, especialmente entre los lectores en español, hasta convertirse prácticamente en otro escritor dentro del mismo escritor.
Ahora Banville vuelve a hablar de la posibilidad de despedirse de Benjamin Black. En sus recientes intervenciones en Córdoba ha reconocido que aquel experimento literario terminó creciendo mucho más de lo que había imaginado.
La paradoja resulta profundamente banvilliana: crear una identidad ficticia y terminar descubriendo que esa identidad también reclama su propia existencia.
“Cada libro que escribo es de un escritor diferente”
Durante su participación en Cosmopoética, celebrada recientemente en Córdoba, Banville formuló otra frase que permite comprender su relación con la literatura:
“Cada libro que escribo es de un escritor diferente”.
La afirmación parece describir perfectamente una obra atravesada por dobles, máscaras, recuerdos y personajes que nunca terminan de comprender completamente quiénes son.
También permite explicar la convivencia entre Banville y Benjamin Black.
Quizá el escritor no conciba la identidad como algo permanente, sino como una construcción que cambia cada vez que comienza un libro.
La escritura se convierte entonces en una forma de descubrimiento.
No se escribe necesariamente para confirmar lo que ya se sabe. Se escribe para averiguar qué estaba oculto.
EL FRACASO COMO MOTOR DE LA LITERATURA
Resulta significativo que un escritor reconocido internacionalmente continúe hablando de sus libros desde la insatisfacción.
Banville no presenta la escritura como una acumulación de éxitos, sino como una sucesión de intentos.
Cada novela busca alcanzar algo que la siguiente deberá intentar nuevamente.
Allí puede encontrarse una de las claves de su permanencia literaria.
Después de más de medio siglo publicando, Banville todavía parece enfrentarse a la página como si la literatura pudiera sorprenderlo.
Tal vez por eso vuelve a Los infinitos. Tal vez por eso crea nuevas historias. Tal vez por eso Benjamin Black aparece y desaparece.
Y quizá por eso, después del Booker, del Príncipe de Asturias, del Franz Kafka y de décadas de reconocimiento internacional, John Banville continúa hablando de sus libros como si todavía tuviera una deuda pendiente con ellos.
En esa contradicción reside buena parte del oficio del escritor: buscar la obra perfecta sabiendo que probablemente nunca llegará a existir.
Y precisamente porque nunca llega, se escribe la siguiente.
¿Debe un escritor sentirse plenamente satisfecho alguna vez con su obra o es precisamente la insatisfacción la que lo obliga a seguir escribiendo?

Equipo Escritores Rebeldes
