COLUMNA DOMINICAL
ALBERT CAMUS, LA MUERTE
Y LA RELACIÓN ENTRE UN HIJO Y UNA MADRE
Por: Julián David Rincón Rivera (Colombia)
Correo electrónico: electrónico: rinconriverajulian@gmail.com

¿Qué no quiere jugar conmigo?
Pues eso es precisamente lo que parece. Para mí, la verdad es completa, no a pedazos o a medias, y ya que pretendemos implementar la total sinceridad en este proceso, así será.
El catálogo con el cual usted envió el texto me pareció, además de inadecuado, algo ligeramente ridículo. Agradece en exceso para justificar su “imposibilidad” de tratar las circunstancias que lo acometen. Si mal no recuerdo, usted dijo que yo era su amigo. ¿Trata a todos sus amigos con verdades a medias?
No contento con ello, me exige la lectura del borrador con apremio. ¿Quién se cree usted para determinar los tiempos de mi labor?
Recuerde que antes que mi trabajo lo que hago es un favor. Aún y a pesar de todo esto, me di a la tarea de leer su borrador. No tenía muchas expectativas ya que estas estaban bien sugeridas en las recomendaciones de su catálogo, pero déjeme decirle que me sorprendió o por lo menos la parte que alcancé a leer. Aunque no es la revolución de la literatura, y está muy lejos de serlo, tiene usted talento; eso no lo puedo negar. Sin embargo, no le escribo precisamente para hablar del texto. Mi labor como editor me obliga constantemente leer borradores de varios escritores. Créame que tenemos muchos en espera. Como usted no es ninguna prioridad para la editorial, solo me permito leerlo cuando encuentro algo de tiempo en mis jornadas, especialmente los fines de semana. Este ritmo lento y parsimonioso me gusta. Me permite disfrutar verdaderamente del texto, sacar más conclusiones y detallados análisis. Es obvio que esta manera ligera de revisión no satisface sus exigencias y sinceramente eso no me importa. Lo que quiero comunicar es un suceso que surgió de improvisto y me obligó a interrumpir la lectura de su borrador. Déjeme jugar su juego. Déjeme compartirle en detalle todas las razones que me han llevado interrumpir la lectura de su borrador. Ya verá que es algo sumamente interesante.
Uno de esos domingos en mención me visitó un allegado muy querido. No lo veía desde hacía mucho tiempo, cuando recién era un joven cursando el bachillerato. Ahora es un hombre, no sé si hecho y derecho, pero eso parece. A este hombre lo vamos a llamar Daniel, a efectos de facilitar la explicación. Daniel traía consigo una novedad a la cual no podía ser indiferente: su madre había muerto. Ese día era el funeral. La madre llevaba arrastrando una terrible enfermedad desde hacía varios años. La situación se agravó, cosa que la llevó a ser internada en un hospital.
—No nos podemos hacer muchas ilusiones —le había dicho el doctor a Daniel.
Estaba claro. Sus días estaban contados, así que el hijo pretendió pasar la mayor parte del tiempo en el hospital con ella, su madre. Ella solo quería eso, tener a su hijo, su único hijo a su lado. Solo se tenían el uno al otro. Dadas las circunstancias y conociendo de antemano que la muerte sería el resultado de toda esa dolorosa lucha contra la enfermedad, mamá e hijo compartieron los momentos más íntimos, personales y auténticos que jamás habían compartido. De esta manera llegaron a la conclusión de que la muerte, desde esa perspectiva, era el resultado más sensato, digno, necesario y justo. Mamá estaba cansada, agotada. La ardua batalla contra la enfermedad la había agotado tanto que ya no podía enfrentarla ella sola. Sus fuerzas estaban menguadas y fue Daniel quien inyectó algo de valor, coraje y espíritu batallador. Daniel había sido arrastrado al frente de batalla y mamá no quería volverse una carga para su hijo. Aunque este último negó con vehemencia que así fuera, mamá, no sin cierta razón, argumentaba que una persona de edad avanzada y enferma suele generar molestias antes que cualquier otra cosa. Fue así como mamá supo quitarse de encima ese desprecio que siempre había desarrollado hacia la muerte.
—Ahora que la tienes de frente, puedo reconocer realmente su cara. No asusta tanto como imaginaba, no es intimidante ni aterradora. ¡Es misericordiosa!
Mamá dijo esto con un tono de esperanza, alegría y felicidad que remataba con un silencio casi sepulcral, cosa que le otorgaban a su afirmación una fuerza y contundencia veraz. Esta actitud, ciertamente, tranquilizó a Daniel, que no quería cargar con ningún remordimiento ante la inevitable partida de mamá. Sin embargo ¿Es esto realmente posible?
La muerte tiene una capacidad muy poderosa para desarrollar en los que se quedan el remordimiento y reproche por la muerte de ese ser cercano. Aunque algo prácticamente ya innecesario, de igual modo inevitable. Esta sensación suele pronunciarse cuando la partida es sorpresiva e inesperada. No deja de ser curioso ya que la muerte, siendo la única certeza con la cual contamos, nunca se está preparado para ella. Mamá ya le había advertido al hijo:
—No hay nada de lo que reprocharse o arrepentirse.
Así que la noticia no lo tomó por sorpresa. Daniel ya se había despedido como era debido, previendo que la muerte llegaría en cualquier momento. Lo hizo entregándole lo mejor de su persona y su compañía en lo que serían los últimos días de vida de mamá. Al ser informado, una extraña sensación de soledad lo invadió. Pero no una dolorosa, inquietante o intimidante. Todo lo contrario, era una soledad acogedora, agradable, ligera y confortante. Allí dice que entendió que la muerte era algo bueno, justo y necesario, tal cual mamá lo había confirmado. Entendió que es un proceso, un paso, tal cual el nacimiento. Seguramente, mamá estaría en esos momentos en un lugar mejor. En ese sentido, la muerte era un privilegio, antes que la larga agonía y el dolor del avance de la enfermedad estando en vida. Fue algo ciertamente revelador y no quería compartirlo con nadie. Pensaba que, si así lo hacía, todo el efecto se perdería. Solo bastaba una palabra, una mirada o un gesto de desaprobación. Extrañeza o rechazo bastaban para que el efecto desapareciera y el sentimiento se aplanara. Se quedó con todo ello para sí mismo, guardado, protegido, como un tesoro. Así descubrió que no quería asistir al funeral ni al entierro de su madre. Sabía que no lloraría a mamá en su funeral, no porque no la amara o no la extrañara. La amaba tanto como el mismísimo Albert Camus a su madre, incluso más. De aquí encontré un sentimiento de afinidad entre Daniel y el personaje de la novela El extranjero de Albert Camus: Meursault. Supongo que ha leído el extranjero ¿Verdad?
Sabrá entonces que, entre nosotros, los lectores, este caso es algo comprensible, entendible, hasta discutible, porque conocemos, sabemos, entendemos la historia de Meursault. Más que eso, empatizamos sus sentimientos y emociones. Es fácil hacerlo, desde la perspectiva del lector. Cualquiera que haya leído el extranjero sabe que aquello se trata de una injusticia. Cuando hablo de “aquello”, me refiero a la condena por la cual es juzgado. Cualquiera que haya leído el extranjero sabe que a Meursault no se le condenó única y exclusivamente por la muerte del árabe. El hecho de no haber llorado en el funeral de su madre marcó un precedente, generó un vacío moral para el grupo de asistentes a su proceso que, al enterarse de que Meursault además de un asesino era un inmoral, la única posibilidad que encontraron para lidiar con una persona como esta era condenarlo, y no con cualquier tipo de pena. La sociedad lo condenó a la pena máxima. Para el que está del lado moral, civilizado y estructural, se le es muy fácil condenar todo lo que no se le parezca.
¿Será igualmente una injusticia para aquellos que no han leído la novela, para aquellos que asisten a un funeral?
Claramente, no lo será. Ellos, los no lectores, no conocen lo que es realmente Meursault. Este no es su trabajo, su apartamento, su oficina, la ropa que se pone, ni siquiera sus propias acciones. Este son sus pensamientos y sentimientos más profundos. Esto solo lo puede entender realmente un lector. Si digo que es una injusticia es porque el juicio estuvo marcado por la condena moral hacia su gesto en el funeral de su madre antes que el asesinato en sí mismo. La sociedad condenó al diferente, al extraño, al extranjero antes que al asesino. Si Camus puso en consideración el suceso del asesinato, era para demostrar y realzar la condena moral que responde a ese distanciamiento social. Evidentemente, es mucho más execrable el asesinato, pero a la sociedad le parecía mucho más escandaloso el no haber demostrado algo de pena por su madre. Usted me dirá: ¿Acaso no hay diferentes maneras de exteriorizar la pena, el dolor o el luto?
Aquí estamos hablando de las ocurrencias de una novela. Pero acuérdese bien que la realidad supera todo tipo de ficción. Usted más que nadie lo debe saber. El sustento de muchas novelas, incluso las mejores, las más galardonadas y las más reconocidas, encuentran un vivo sustento en anécdotas y ocurrencias de la vida real. Para Daniel, llorar significa que siente su muerte y esto no es del todo cierto. Si bien ella ya no está con él, ha dejado todos los sufrimientos que su enfermedad y su padecimiento le hubieran regalado en vida. En este sentido, es mucho más sensato y justo su muerte. Llorar es entonces un gesto egoísta, y aunque no es necesariamente malo en sí mismo, Daniel, simple y llanamente, no tiene deseos de llorarla. Tampoco quiere confirmarlo en el funeral ya que, si así lo hace, no desea asegurarlo en frente de sus familiares, amigos y conocidos. La experiencia de Meursault le sirve de antecedente para asumir lo que se le viene. No quiere confrontar la condena moral a la cual Meursault se vio sometido. Aun así ¿Qué podrán pensar aquellos ante la ausencia del hijo en el funeral de su madre? Una pregunta mejor: ¿Qué le importa eso a ellos? Mejor aún, ¿Qué le importa eso a Daniel?
Daniel entiende muchas de esas lágrimas que se derramaran en el funeral como simple, llana y patética hipocresía. Ese es un espectáculo que no puede y no quiere presenciar. No se trata de ellos, los asistentes al funeral de mamá. Se trata de Daniel y el recuerdo de mamá en el hospital que ha guardado en su corazón ¿Qué saben ellos, todos los asistentes al funeral, de ese sentimiento que acercó a madre e hijo en las penas de la convalecencia?
Nada, por el simple hecho de que nadie, absolutamente nadie visitó a mamá en el hospital. De igual forma, Daniel hubiera preferido mantener el asunto de la muerte de mamá como un secreto, pero las formalidades, las costumbres y los hábitos siempre terminan por imponerse.
Como última alternativa, quiere escapar a esa formalidad del sepelio y cargar él solo con todo ello. Aun así, es un peso del cual el hijo duda si puede asumir en soledad. No bastaría más que una ayuda, una forma de compresión, de entendimiento. Por eso ha venido conmigo, porque yo entiendo perfectamente la referencia y no se equivocó. Si va con ellos, los de la formalidad del sepelio, seguramente lo persuadirán de lo que es correcto. De esta forma, se ve llorando en el funeral de mamá, siendo fiel al protocolo, a la costumbre y al hábito. Siendo él mismo un hipócrita. Esto le duele, no por él mismo, ni por sus familiares, sino por mamá. Nadie en su familia, de lo que él conoce, ha leído a Camus. De hecho, nadie en su familia, de lo que él conoce, lee.
Daniel está sesgado ante la perspectiva de Meursault. Está sometido bajo los efectos de la fiebre del aficionado. Solo sabe ver la perspectiva del protagonista. De igual forma, quiere ser el protagonista de su propia historia, incluso, puede que quiera darle una forma de dramatismo a su vida adoptando la actitud de su héroe favorito, Meursault, porque no es lo suficientemente capaz, valiente y decidido como para hacerle frente a esa sociedad que asistirá al funeral y llorará la partida de su madre. Pero Daniel está muy lejos de parecerse a su héroe. Está muy ajustado a la realidad como para pretender ser indiferente. Si realmente fuera ese el caso, no me hubiera llamado, no hubiera venido, yo no me hubiera enterado, terminaría de leer su borrador, usted no se enteraría de este acontecimiento y las palabras de este email serían totalmente diferentes. Si Daniel realmente quiere ser fiel a su sentimiento, iría al funeral, no lloraría sean cuales sean sus razones, no le preocuparían las consecuencias de ello y afrontaría, de igual forma, dichas consecuencias ¿Se trata entonces de una excusa?
No necesariamente. Daniel quiere encontrar un nombre para su caso y aunque parezca algo aparentemente extraño, anómalo, diferente o poco común, la verdad es que es más común de lo que parece. Quiere hacerlo único, diferente, exclusivo. Lo quiere hacer personal y mostrarlo. Mostrarlo a todos, ese sentimiento de diferencia que lo separa del montón. Lo que Camus hizo en el extranjero, refiriéndonos única y exclusivamente al caso de la madre, es exteriorizar un sentimiento prácticamente universal. No hablo del hecho de que nadie quiera llorar o no asistir al funeral de la madre. No, me refiero a esa incapacidad para ajustarnos a todas las normas y costumbres sociales y culturales. El mostrarnos tal cual somos, sin ningún tipo de miedo, inseguridad o disimulo. Ser tal cual somos tanto en la intimidad más personal de nuestros dormitorios como en los escenarios comunes y corrientes de la vida diaria. Camus lo expresó en un sentimiento, de igual forma, universal. Así mismo, quería evidenciar las consecuencias de ello. Camus sabía lo difícil que es para un ser auténtico someterse a la sociedad, la masa que sigue un orden preestablecido, que limita y que controla. A la oveja negra no la condenan y señalan por el hecho de que sea negra. Las demás del rebaño la señalan por el hecho de no comportarse como ellas y ese resentimiento solo responde a un sentimiento en particular: la envidia. ¿Quiere decir esto que a Daniel lo envidian?
Aún no, eso sólo depende de él. Ese es su objetivo, su deseo. El problema es que a la oveja negra no le interesa generar o no envidia. La oveja negra simplemente es, asumiendo los riesgos de su estado natural y diferente. En este caso en concreto, tengo la ligera sospecha de que a Daniel sí le interesa que lo envidien. Sin embargo, Daniel no es más que una oveja blanca y corriente pretendiendo ser negra. Lo hace por ejemplificación y simulación. Si no hubiera leído el extranjero, estaría en el funeral, tal vez llorando con todos los demás la muerte de su madre, a lo mejor sin saber realmente por qué lo hace. En este sentido, sus esfuerzos son en vano. La oveja negra auténtica, como lo es Meursault, motiva la acción en los demás a consecuencia de su naturaleza auténtica e intrínseca, no porque así lo quiera. Daniel quiere promover ese cambio y si aquello implica ponerse un disfraz de oveja negra, lo hará. El problema es que los resultados no son los mismos. Algo de heroico tiene, sí, pero la sociedad no necesita ese tipo de héroes. De hecho, la sociedad no necesita de ninguno en particular. Lo que realmente necesita la sociedad son personas reales, no reflejos, ideas o impresiones de estas. Personas auténticas que se conozcan a sí mismas en cada gesto, cada acción, cada pensamiento, cada intención, cada segundo. A fin de cuentas, necesitamos personas que se sepan a sí mismas y se sientan totalmente seguras y satisfechas de eso que son, y eso, amigo mío, no debe tener nada de heroico. No, yo no quiero hablar de héroes, yo quiero hablar de hombres. Lo que necesitamos es la oveja negra, la gris, la amarilla, la rosa, la verde, todas y cada una de ellas convencidas de sí mismas, aceptándose tal cual y asumiendo que la oveja vecina, aunque en sí misma oveja, es de color diferente. Ahora bien, habría que tener en consideración la postura del escritor, es decir, la de Camus.
¿La cosa sería igual si el texto estuviera narrado de forma diferente? ¿O hubiera presentado la perspectiva del jurado, del celador de la funeraria, aquel que le ofreció Café a Meursault y lo condenó en el juicio?
Si así fuera, muy seguramente no estaríamos hablando de una injusticia. Camus tenía un poder de influencia en su palabra implícita en la misma, cosa que se agudizó a partir del nobel y el reconocimiento que ganó y ha perdurado en el transcurso de los años. Camus nos manipuló. Todos los escritores lo hacen. La primera vez que leí A Sangre Fría de Capote, me pregunté si Perry Smith era realmente un asesino. Los escritores tienen un poder de influencia muy grande y poderosa en sus lectores. Como lector, es muy fácil asumir el planteamiento que el escritor ofrece en su postulado. La mayoría de los lectores así lo hacemos. Esto, inevitablemente, es caer en el juego hipnótico del escritor. Sin embargo, es posible salir indemne de los trucos de los escritores. El problema es que es muy difícil, requiere mucha práctica, fuerza de voluntad y, sobre todas las cosas y la más difícil de todas, requiere que el lector piense. Aunque puede que sea uno de los principales objetivos de todo escritor, la gran mayoría de lectores no asumen su tarea, su responsabilidad. Así que terminan haciendo lo más fácil, asumir lo que el escritor les dice. Por eso repudio a los lectores fáciles, como les llamo. A mí me gustan esos lectores que ponen en tela de juicio a sus escritores, que los critican o los condenan. Nada más patético que un lector que asume todo lo que su escritor dice. Un escritor tiene un poder muy grande, cosa que, evidentemente, representa una responsabilidad igual de grande. Sin embargo, muchos escritores no son conscientes de dicha responsabilidad o son lo suficientemente irresponsables como para considerar las consecuencias de sus ideas o simplemente están cansados de esperar algo del lector. En muchas ocasiones los escritores prefieren acoger dicha irresponsabilidad de forma deliberada a causa de la falta de compromiso de los lectores. Aun así ¿Qué se le puede decir o discutir a alguien que no conoce la historia de Meursault? Más que eso ¿Qué se le puede discutir a una persona que no tiene la costumbre de leer?
Está aferrado a esa realidad moral que es su cultura. Se aferrará a ella con dientes y uñas porque no tiene nada más que lo sustente. Si es necesario, utilizará la violencia. Ese es su último recurso.
Daniel necesita ser muy fuerte para sobreponerse a ello y aquí resulta el punto clave: Daniel no se siente lo suficientemente fuerte y capaz para hacerlo. Por eso acudió conmigo, porque estamos contagiados por el mal del fingido “intelectualismo”. Decimos saber mucho y, en consecuencia, nos hacemos fríos, insensibles, desconsiderados e indiferentes. Como el discurso de Chaplin, en el dictador: “Pensamos mucho, sentimos poco…”
Ahora bien, no procuro hablar de lo más conveniente. Sí así fuera, usted hubiera preferido otro tipo de mensaje. Sin embargo, le sugiero que se deje llevar por las circunstancias que se nos interponen en el camino. Si decidí recibir a Daniel y escuchar todo lo que tenía por decirme, lo hice por la misma razón por la cual decidí darle a usted una oportunidad y leer su borrador. En este sentido, no creo que tenga usted la potestad de reprocharme a mí o a Daniel lo que está ocurriendo. Mejor, pare bolas que la cosa se pone más interesante.
Daniel dice estar convencido de que, si le hubiera sugerido o acaso mencionado su intención a mamá de faltar a su funeral, ésta lo respaldaría sin vacilar. Las madres siempre lo hacen, sin importar lo que esté en juego. Aun así, el análisis consecuente de su decisión recaería inequívocamente en una forma de reproche personal.
“Como resultado de la muerte de su madre, el hombre emprende una vuelta atrás y evalúa su propia vida…”
Le dice desde sus memorias Nelson Mandela. El hecho de que una persona con el carácter, el temple, el coraje de Mandela también palideciera a los efectos de este sentimiento sugiere que todos, de una u otra forma, somos vulnerables al mismo: “Nunca había estado tan pendiente de ella como hubiera debido…”
Mandela, antes de ser el héroe de todo un pueblo, una raza, era un hombre, era un hijo. La separación con su madre, que es uno de los resultados consecuentes de su afrenta política, puede perfectamente pronunciar ese sentimiento de culpa por no haber hecho más por ella.
“¿Había elegido correctamente el anteponer el beneficio de mi pueblo al de mi propia familia?”
El sentimiento de culpa es algo inevitable. Siempre se remarcan aquellas acciones, actos o palabras que nunca se hicieron, se dijeron o se dejaron de hacer por una u otra razón. Es solo con la llegada de la muerte y sus tremendas consecuencias cuando el hijo es realmente consciente de su falta como hijo. Aún y a pesar de esto, Daniel sabe que no es necesariamente un condicionamiento. Siendo la muerte la única y real certeza que cada uno de nosotros tiene ¿Por qué esperar a su inevitable advenimiento?
La culpa que Daniel pretende desarrollar no es comparable con la que pudo llegar a sufrir Mandela, ni siquiera con la de un hijo cualquiera que se topa con la “sorpresiva” muerte de su madre. Daniel tuvo la oportunidad, a partir de la certeza remarcada por el avance de la enfermedad y la confirmación estricta del doctor, de regalarle a mamá todo el potencial de su persona como hijo en esos últimos días. El reproche nace por el hecho de no haberlo hecho antes. Más que eso, por no haberlo hecho siempre, en la cotidianidad de todos los días, en la naturaleza misma de la vida. Se lamenta no haberle regalado todo el cariño, amor, respeto y aprecio que le tenía a su madre en el transcurso de los días, por reservarlo única y exclusivamente en casos excepcionales. Lo más doloroso es saber que tuvo la oportunidad de hacerlo ¿Qué les queda a todos aquellos que no la tuvieron?
Ese sentimiento de reproche por no haber sido el hijo que esa mamá ya ausente merecía, y esta certeza sólo le queda al hijo que aún mantiene el paso firme en esta vida. Daniel, curiosamente, que conoce de antemano los sentimientos de Mandela como hijo, encuentra este sentimiento de reproche, que ahora comparten, como algo injusto e innecesario. Mandela era solo un hombre, uno al que no se le podía pedir más de todo lo que hizo en vida. Él mismo llegó a esta conclusión, pero lo hizo mucho tiempo después: “Resulta difícil para un hombre en Sudáfrica ignorar las necesidades de su pueblo aun cuando sea a costa de las de la propia familia…”
Aunque leerlo parezca algo relativamente fácil, el tiempo es una cosa que cuesta mucho, mucho más de lo que muchos hombres están dispuestos a soportar. Ahora bien, Daniel no puede terminar la referencia de Mandela sin la mención que este hace de su madre: “Yo había tomado una decisión que, al final, mi madre había respaldado.”
La madre siempre salva al hijo y el caso de Daniel no es la excepción.
No puede negar que las circunstancias de este hombre llaman al interés, más aún teniendo en cuenta que usted es un hombre de letras. Si le comparto esta anécdota no es como una excusa para justificar la falta de lectura de su borrador. Lo hago porque, sinceramente, me interesa su opinión al respecto, dado que usted mismo me confesó su admiración, respeto y anhelo por el escritor francés, supuse que sería de su agrado e interés.
¿Qué opina de esta situación? ¿Qué opina del hombre en cuestión?
No deje de hacerme llegar su opinión. Del mismo modo, no se preocupe por la lectura del borrador. Si bien este acontecimiento interrumpió la lectura, no creo que se trate más que de una simple y ligera distracción. De esas misma que usted refiere en su primera carta. En ese sentido, usted debe entender a la perfección. Le propongo continuar con esta dinámica de correspondencia virtual. Es entretenida, estimulante y motivan la reflexión ¿No le parece?
Espero con ansias su respuesta.
AUTOR: JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
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Julián David Rincón Rivera, segundo de dos hijos, nacido en Bogotá, Colombia el 7 de abril de 1994. Profesional de Cultura Física, Deporte y Recreación.
Lector apasionado, escritor por elección, músico por diversión.
Cuenta con tres publicaciones antológicas con la editorial ITA, además de dos publicaciones en proceso, también de carácter antológico, con factor literario y la editorial mítico.
Con varias publicaciones en revistas de américa latina, encuentra en la escritura el mejor sustento para su vida.
Instagram: @relatero_literal
