COLUMNA DOMINICAL
EMILIA
Por: Julián David Rincón Rivera (Colombia)
Correo electrónico: electrónico: rinconriverajulian@gmail.com

Emilia es inteligente, pero insegura. Escribe muy bien. Tiene el potencial para ser una grandísima escritora. Se lo he dicho en más de una ocasión, pero es esa inseguridad suya la que la limita. Me jode mucho el hecho de que tenga que pedirle permiso a los demás para validar lo que escribe. Por complacerlos a todos, no se complace a ella misma. Por escuchar a los demás, ignora la voz de la sabiduría: su intuición. Siempre que me pide que lea sus relatos, le digo que no. No es que no nos lea. Los leo, claro que los leo, pero no le digo nada al respecto.
—Dígame algo del texto —dice ella.
—No —le digo.
—¿Por qué no?
—Usted sabe bien por qué.
Los leo porque me gusta leerla. Escribe muy bien. Mejor dicho, me gusta cómo escribe. Ni siquiera cuando sus relatos son de excelente calidad me atrevo a confesárselo.
—No puede ser —dice ella y se pone a estudiar el texto—. No hay texto que sea excelente.
¿Cómo decirle que no se trata de la excelencia?
Me gusta su forma de decir las cosas. Es única e inigualable. Creo que ha sabido encontrar su voz propia y personal. Sé que Emilia se ha jodido, se ha jodido mucho. Sé que ha tenido que aguantar muchas cosas. Otras tantas se las reserva para ella misma. Aun así, Emilia no deja de escribir. La admiro por eso. Un día se lo dije. Le dio vergüenza.
—No me diga eso —me dijo.
—¿Por qué?
—Si es verdad, si mi escritura tiene un límite, no tendría nada por qué luchar en esta vida.
Creo que Emilia es una luchadora incansable de su propia causa. Pero creo que en muchas ocasiones se lo toma muy en serio. Es esa necesidad suya de encontrarle el fallo a su pasión lo que la mantiene viva. Esa misma necesidad es lo que la lleva a preguntarle a los demás sus opiniones. Sabe bien que las personas son muy buenas encontrando fallos en los demás.
Tengo la fortuna de ser ese primer filtro. Al ser un amigo íntimo, el texto que me toca es prácticamente virgen. Por ello digo que Emilia es una excelente escritora. Tiene la sencillez de Carver, la pasión de Anaïs Nin, la inteligencia de Némirovsky, la contundencia de Camus.
—Exagera —me dijo el día en que se lo dije.
Le respondí que me parecía fascinante encontrar tantos buenos escritores en una sola persona. Desde ese día no me pide retroalimentación. Realmente, no sé qué piensa ella sobre mis opiniones. Probablemente cree que trato de protegerla y, por ello, caigo en la hipocresía. Nada más lejos de la realidad. Si tengo que decirle las cosas en la cara, lo hago sin miramientos. Cuando sus textos vuelven a mis manos, meses después de pasar por filtros y correcciones, lo que me llega es horrible.
—Esto es una mierda.
—Exagera.
—¿Qué quiere que le diga entonces?
—¡La verdad!
¿Cómo le hago entender que sus textos vírgenes son los mejores y que sus textos corregidos son los peores?
Eso es lo que realmente me gusta: cuando ella es sincera y real. Cuando dice las cosas desde lo más profundo de su corazón. Cuando la encuentro en cada párrafo, cada frase, cada palabra, cada oración. Ese es el pecado de conocerla bien: encontrarla en eso que escribe. Esa es la excelencia para mí. Sin embargo, ella procura una excelencia que se ajuste a las normas, a los criterios, a los rigores de la estética y las reglas. Cuando esto ocurre, ella se pierde: finge, simula, miente y, lo peor de todo, se vuelve prepotente.
—Cuando usted escribe así, deja de ser. Pretende parecerse a eso que usted quiere que los demás piensen de usted.
—¿Eso está mal?
—No sé si eso está mal, pero eso no es usted.
Le dije otras cosas más que creo no le gustaron mucho. Al final, le dije que mi opinión, teniendo en cuenta que la conocía bien, debería tener mayor validez. Después de ese día, ella dejó de hablarme. Aun así, seguía enviando sus textos como a mí me gustan: vírgenes. Realmente, no me importaba que dejáramos de hablar. Lo único importante era saber que ella estaba bien y, si escribía, es porque estaba bien. Cuando regresó, lo hizo con un ambicioso propósito artístico.
—Quiero escribir una novela erótica.
—¿Una novela?
—Sí, una novela.
—¿Por qué una novela?
—No sé. Simplemente quiero escribir una novela erótica.
Ella quería que la ayudara, pero no sabía cómo ayudarla. No sabíamos nada de novelas.
—¿Por qué no lo hace como Carver? —le sugerí.
—No puedo —dijo.
Éramos unos amantes del relato corto. Así pasábamos los días, escribiendo cosas de cualquier tema. No importaba si lo hacíamos bien o mal, lo que importaba era escribir, divertirnos y disfrutarlo. Llegamos a desarrollar una forma de escritura compartida que disfrutamos mucho. Ella escribía una oración o frase, yo la leía y aportaba el siguiente fragmento, luego ella, después otra vez yo. Así llegamos a escribir muchos relatos, en lo que llamamos “Dos en un relato”. El hecho de querer escribir una novela era una prueba irrefutable de que algo en Emilia había cambiado.
AUTOR: JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
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Julián David Rincón Rivera, segundo de dos hijos, nacido en Bogotá, Colombia el 7 de abril de 1994. Profesional de Cultura Física, Deporte y Recreación.
Lector apasionado, escritor por elección, músico por diversión.
Cuenta con tres publicaciones antológicas con la editorial ITA, además de dos publicaciones en proceso, también de carácter antológico, con factor literario y la editorial mítico.
Con varias publicaciones en revistas de américa latina, encuentra en la escritura el mejor sustento para su vida.
Instagram: @relatero_literal
