COLUMNA DOMINICAL
DE UN CASSETTE DE CINTA MAGNÉTICA A SPOTIFY
Por: Julián David Rincón Rivera (Colombia)
Correo electrónico: rinconriverajulian@gmail.com

Esta mañana, al reproducir música desde el modo DJ de Spotify (asistido por IA), la función lo ha sorprendido anunciándole que ha sido uno de los principales oyentes de Gojira a nivel mundial en el transcurso de la semana. Se siente halagado y aludido, además de orgulloso. Es, de hecho, un dato no menor.Su propensión por escuchar Gojira es tal, que cuando alguien le preguntó su estado sentimental dijo:
—Esperando el octavo disco de estudio de Gojira.
Aunque lo parezca, su respuesta no es ninguna desestimación o exageración. No recuerda haber tenido tanta expectativa o ilusión por el lanzamiento de un álbum musical. A pesar de no ser un hombre de álbumes (es más de canciones), Gojira lo tiene al borde de la silla desde el inicio del año, cuando leyó casualmente la intención de la banda de lanzar un nuevo álbum. El lanzamiento del álbum se ha contagiado de esa injusta e inapropiada estrategia de mercadotecnia que ha venido caracterizando al GTA VI. Fechas tentativas que se van modificando a medida que pasa el tiempo, incrementando el Hype (expectativa exagerada) por el acontecimiento. Aunque es algo estimulante y emocionante, ciertas anécdotas históricas le sugieren guardar algo de precaución. Le hace recordar que más vale llevarse una sorpresa antes que una decepción. Sin embargo, la intuición le dice que Gojira no lo decepcionará. ¿Y si lo hace? Bueno, el único culpable y responsable será él mismo.
¡A cerrar la boca!
De nada vale y de nada sirve anticipar ningún resultado. Mientras tanto, esperar con más música.
La costumbre, el hábito y la monotonía tienen un efecto adverso en cierto tipo de personas: cansa y aburre. En estos términos, cualquier forma de diversión o entretenimiento parecen totalmente anticuados e ineficaces. En estos casos, se suele acudir a viejos hábitos, aunque un tanto obsoletos, no por ello menos efectivos: escuchar música mientras juega solitario. Para todos aquellos para los que la música es un soporte y acompañamiento fundamental en esta vida, esta simple actividad tiene unos efectos muy poderosos y estimulantes. Aun así, dicho efecto no es el mismo. La simpleza, la sencillez, el agrado ante una actividad ligera, tranquila y desocupada ha perdido ese carácter parsimonioso y sosegado que lo caracterizaba. Se puede deber a los años, al cambio drástico de las dinámicas, los mecanismos y la forma en la cual se consume música.
La música, hace unos veinte o treinta años, era un privilegio, antes que una posibilidad. El acceso se limitaba a la posesión de un equipo de sonido capaz de sintonizar emisoras radiales. Estas cadenas de sintonización se dividían de acuerdo con los géneros y gustos musicales. Para los amantes de la música tropical, existía Tropicana estéreo. Para el vallenato, merengue y salsa existía Olímpica estéreo. Para la música popular lo ideal era Candela estéreo. Para el público más juvenil que prefería el reggaetón, el pop y la música emergente existía La Mega. Finalmente, para los amantes del Rock y el Metal existía Radioacktiva, el planeta rock. La programación musical se combinaba con espacios de entretenimiento, noticias y opinión, además de una repetida y frecuente sección de comerciales y publicidad. Si se quería disfrutar de la música de una manera más exclusiva y sin propagandas o interrupciones, el equipo de sonido debía tener dentro de sus componentes un compartimento para reproducir Cassettes, o una bandeja que leyera discos compactos. Mucha gente, ante la restricción económica que les impedía comprar un disco compacto de su música favorita, accedían a Cassettes, que eran mucho más baratos. El Cassette, de igual forma, tenía una particular ventaja frente al disco compacto que le permitía a sus usuarios “personificar”, por decirlo de alguna manera, la música. En sus pequeños estuches plásticos contenían una cinta magnética cargada con música y sonidos que eran posibles reproducir en sus dos lados (cara A y cara B). Dado que la cinta no estaba cargada en su totalidad de música, tenía espacios en blanco que era posible llenar con más música, si el reproductor de sonido tenía esa función. Esta labor era un tanto trabajosa y tenía sus connotaciones ritualistas. En primer lugar, se debía encontrar ese espacio vacío en la cinta. Si el usuario conocía de antemano el listado de música y el orden que lo conformaba, podía llegar a ese espacio vacío de manera más fácil y rápida. De lo contrario, había que buscarlo. Ahora bien, si se conocía con precisión el contenido del Cassette, era necesario llegar a ese espacio vació que, frecuentemente, se encontraba antes de la primera canción o después de la última. Si bien el reproductor de Cassettes tenía la función de adelantar o rebobinar la cinta, este proceso era demorado y un tanto tedioso. La mejor manera para rebobinar o adelantar la cinta magnética dentro del Cassette era hacerlo manualmente. Los Cassettes, en su composición física, tenían dos orificios donde estaban ubicados los carretes de la cinta magnética. El espacio era ideal para introducir un dedo y empezar a enrollar la cinta dentro de los carretes. Las personas más prácticas utilizaban un lápiz, esfero o algo que se le pareciera, lo introducían en el orificio indicado y comenzaban a girar el Cassette, con una habilidad precisa y quirúrgica. Aunque era un método muy rápido y eficaz, tenía sus riesgos. En más de una ocasión, el Cassette se salía por un extremo del lápiz o esfero, volaba por los aires y se estrellaba contra la pared o el piso, haciéndose añicos al instante. Cuando el Cassette estaba listo, se introducía al compartimento en el reproductor de música. Se preparaba la función de grabar y se mantenía en espera. Mientras tanto, se sintonizaba la emisora radial de preferencia. Había que ser paciente y concienzudo para determinar qué música y qué canciones en concreto valían la pena ser grabadas dentro del Cassette. En el momento en que la emisora reproducía una canción de interés, se salía corriendo de donde estaba y se presionaba el botón de grabar. Había que tener suerte y esperanza para que el DJ de la emisora no hablara de más y no interrumpiera el inicio de la canción. De igual forma, era necesario estar pendiente a que la canción terminara para detener la grabación. De lo contrario, se llenaba espacio disponible dentro del Cassette con sonidos innecesarios. De esta manera era posible asegurarse de un contenido musical exclusivo y de preferencia que podía ser reproducido a placer y sin interrupciones. Aunque era un proceso un tanto tedioso y requería mucha paciencia, era muy entretenido, o por lo menos para todos aquellos que tuvieron la suerte, la paciencia y la osadía de llenar sus Cassettes de su música favorita.
El hecho de asegurar una selección de música de preferencia le otorgaba al Cassette en sí mismo una naturaleza de carácter sentimental que no cualquier disco compacto era capaz de poseer. Aun así, todo ese aprecio y cariño por los Cassettes personalizados perdieron inmediata relevancia ante la llegada de los computadores de escritorio a casa y la implementación de internet. En la mayoría de los casos, esta “revolución” fue de carácter progresivo. Primero llegó un armatoste grande, ancho y pesado, de un color beige o crema que se ensuciaba “con solo mirarlo”, como decían muchas madres de la época. Dado que si se compraba el computador no se compraba el escritorio (la economía de la época no daba para las dos cosas a la vez), se tuvo que desocupar una mesita de noche o algo que estuviera a la mano y libre para acoger al nuevo integrante de la casa. El sistema operativo por excelencia en aquella época era el Windows 98. Gran versatilidad, velocidad y capacidad para 32 bits. Todos lo querían tener en casa. Sin embargo, ese día no llegó Windows 98. En su lugar, apareció Windows Millennium. Más nuevo, más preparado, mejor equipado, o eso decían. La mayoría tenía sus dudas. Windows 98 había dejado la vara muy alta. Mucho se dijo y mucho se criticó del Windows Millennium. Aun así, se comportó a la altura. Con él, apareció el reproductor Windows Media Player. Software exclusivo y especializado para música. Tenía una paleta de sonidos de muestra que constaba de tres canciones, un tanto anticuadas e irrelevantes. La característica fundamental en función del Hardware, que se encontraba en la torre o CPU, se presentaba en el compartimento para leer discos compactos. Nada existía para reproducir los Cassettes de cinta magnética en el nuevo armatoste. De esta forma, los Cassettes quedaron reservados para el olvido. Los discos compactos se podían leer y reproducir con el software mencionado. De hecho, era posible guardar las canciones del disco compacto al software una vez escuchados. De esta manera, era viable reproducir la música sin la necesidad del disco compacto.
Tal vez lo más interesante recaló en la forma en la cual el reproductor “presentaba” la música. En la pantalla, además de la información básica de la canción, aparecían unos efectos visuales ciertamente psicodélicos que cambiaban de forma y color según el ritmo y los sonidos de las canciones. Escuchar música mientras la vista se perdía en aquellos coloridos y extraños efectos visuales representaron una de las experiencias más estrambóticas para muchos. Esto apenas era el comienzo. La experiencia musical se transformó, adaptó y modificó con la conexión a internet. Para ello, era necesario quitar el cable de red del teléfono fijo y conectarlo a la torre. Una vez conectado el cable, se configuraba la conexión desde el Software en Windows. Al establecer la conexión un particular sonido, que es representativo como un himno de una generación, era la evidencia inequívoca de que se estaba ingresando a esa gran cantidad de datos virtuales que es internet. El sonido se conoce como módem dial-up, que representa audiblemente el viaje a través de la línea telefónica tradicional. Dicho sonido tenía una secuencia muy característica que correspondía a la negociación o HandShake: En primer lugar, sonaba la secuencia de unos números al ser marcados que corresponden al número de acceso del proveedor de internet. A continuación, se presentan unos pitidos y tonos agudos, el saludo entre los dos módems implicados. Después, los dos aparatos negocian la velocidad de navegación a partir de estática y chirridos para finalmente confirmar la conexión con un simple silencio o un sutil zumbido final. Así se conectaba a internet en los años 2000.
Internet era un universo, un mundo, una realidad distinta dentro de la realidad misma. Ese mundo contenía una forma de “Santo Grial” que modificó por completo la forma y la manera como se consumía la música. Ese “Santo Grial” respondía al nombre de Ares, como el Dios griego de la guerra. Este era un Software en línea que permitía descargar cualquier tipo de contenido, desde audio, video, imágenes, documentos, entre otros. En el escritorio de Windows aparecía en forma de ícono como una A verde sobre un círculo azul. La interfaz era sencilla e intuitiva. Lo único que había que hacer era seleccionar la pestaña de Búsqueda. Allí aparecía una barra en la cual se especificaba el nombre del contenido a buscar, se filtraba el tipo de contenido de preferencia y se daba al botón de buscar ahora. Como resultado, aparecía un listado de canciones correspondientes al nombre ingresado en la barra de búsqueda. La lista se organizaba según un ranking que se establecía por estrellas. Los primeros archivos eran las canciones con cinco estrellas, es decir, los archivos más descargados dentro de la plataforma. Para iniciar la descarga, simplemente había que hacer doble clic sobre él o los elementos deseados. Inmediatamente, se empezaba a descargar un archivo en formato MP3 que correspondía a la canción seleccionada. Era igualmente posible ver el progreso de la descarga en la pestaña Descargas. Allí aparecían todos los archivos de música que habían sido seleccionados para descargar. Se muestra el progreso de descarga en una barra de color azul que se va llenando progresivamente a medida que el archivo es descargado. De igual forma, aparece la velocidad de descarga y el tiempo estimado en que la canción demorará en descargarse. Una vez una canción termina de ser descargada, la barra cambia de estado a color verde, lo cual indica que la canción ya está disponible dentro del sistema.
La música era de acceso rápido, fácil y personalizado. Además de gratuito e ilegal. Adicionalmente, el Software no descargaba única y exclusivamente archivos de música. Con estos, de forma disimulada y oculta, se descargaban un cúmulo de Malware desconocido. Aun así, estos Malware, al igual que el internet y la mayoría de sus consumidores de aquella época, eran pequeños, ingenuos, inofensivos y llenos de ilusión. Esa ilusión llevó a muchos a descargar archivos de muy mala calidad, donde el volumen o cierto espectro de sonido blanco se camuflaba detrás de los ritmos, compases y mezclas de las canciones. Igualmente, era muy frecuente encontrar canciones cortadas. Suele pasar con canciones que exceden el tiempo de una canción promedio (tres minutos y medio a cuatro minutos). Muchos fanáticos de Metallica, después de descargar sus canciones favoritas, notaban este particular hecho mientras disfrutaban de One, Enter Sandman o The Unforgiven. La mayoría se resignó, acostumbrándose a escuchar las canciones de esta manera. Para cuando les llegó el tiempo de disfrutar de las canciones de manera completa, descubrieron que estas eran muy diferentes a sus versiones cortadas. De hecho, parecían canciones totalmente nuevas y diferentes.
Todo era maravilla para los fanáticos de Metallica hasta la acción legal de Lars Ulrich (baterista de Metallica), quien presentó una demanda formal contra la plataforma Napster (algo parecido a Ares) en los 2000 por infracción de derechos de autor y uso no autorizado de grabaciones. Este precedente calmó la parranda, el desorden y la algarabía que se originó ante la llegada e implementación de internet y la descarga masiva y sin restricciones de música. Los artistas reclamaban algo que era justo y necesario. Muchos fanáticos no lo entendieron sino hasta mucho tiempo después. Aunque se impusieron restricciones, límites y controles, la gente no iba a perder esa facilidad y accesibilidad que el internet temprano les ofreció para acceder a la música.
Las novedades y los avances a este respecto se continuaron acumulando en el tiempo, como días en la historia humana. Sin embargo, nunca nada fue como esa primera vez de la música y el internet. La novedad perdió repercusión. Se asumió de manera mecánica y un tanto indiferente. De igual forma, la adaptación fue muy rápida y eficaz. Ni siquiera se sintió. Nada, ni siquiera la última IA con capacidad de personalizar la experiencia y aludir los gustos de los usuarios será capaz de igualar la emoción, la alegría o el anhelo que representó grabar música en un Cassette de cinta magnética o descargar música por Ares. Tal vez se deba a que en aquella época éramos más proclives a la sorpresa y a la maravilla. O tal vez se trata del hecho de valorar las cosas que más esfuerzo, paciencia y empeño requerían. Tiene mucho sentido que todo aquello cobre mayor significado por el simple hecho de que costó más trabajo. Por su parte, todo lo que llega por puro impulso tecnológico se baña de una indiferencia propia de su carácter “facilista”. Lo que comenzó hace poco más de veinte años con un Cassette de cinta magnética llegó a una plataforma asistida por inteligencia artificial.
¿Qué sucederá en los próximos veinte años?
Nadie lo sabe. Eso es lo más emocionante de todo.
AUTOR: JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
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Julián David Rincón Rivera, segundo de dos hijos, nacido en Bogotá, Colombia el 7 de abril de 1994. Profesional de Cultura Física, Deporte y Recreación.
Lector apasionado, escritor por elección, músico por diversión.
Cuenta con tres publicaciones antológicas con la editorial ITA, además de dos publicaciones en proceso, también de carácter antológico, con factor literario y la editorial mítico.
Con varias publicaciones en revistas de américa latina, encuentra en la escritura el mejor sustento para su vida.
Instagram: @relatero_literal
