COLUMNA DOMINICAL
CONTRACULTURA
Por: Julián David Rincón Rivera (Colombia)
Correo electrónico: electrónico: rinconriverajulian@gmail.com

Cierto día, encontré entre mis libros uno de un tal Jack Kerouac. Una edición que parecía ser de bolsillo, pero de tapa dura, del grupo editorial bruguera. La portada era de un color amarillo quemado, gastado, opaco, con el nombre del autor y el título de la obra, sin ninguna imagen de referencia. El lomo era de color negro, pero los bordes estaban gastados y descoloridos. Las páginas tenían ese particular color marrón oscurecido, típico de los libros ya usados, viejos y desgastados, la garantía de ser un libro leído, muy seguramente, más de una vez. Esta presentación, lejos de ser moderna, puede llegar a ser interpretada fácilmente como “aburrida”, pensé, sin embargo, esa forma de “experiencia” que el libro muestra con orgullo y prepotencia tiene la capacidad de despertar en el lector un interés hacía ese libro altamente manoseado, manipulado, utilizado y leído. Me pregunté si no estaba cayendo en la tentadora maña de juzgar un libro por su portada, pero concluí que no era lo mismo juzgar la portada de un libro que juzgar el libro por su portada. Puede que este proceso de “análisis” de la portada del libro sea el primer paso para juzgar al libro antes de ser leído, no obstante, una portada no alcanza a demostrar lo que un libro, una lectura es en sí misma. Aun y todo esto, no tenía la intención de restringir ese gusto que es saborear la portada de un libro por un simple dicho popular. Me gusta esa primera interacción, ese primer acercamiento. Es como esa primera mirada de los enamorados, como ese primer bocado precavido ante una comida desconocida, esa sorpresa auténtica ante algo fresco y novedoso. Habrá quien se abalance sobre el libro sin prejuicios o miramientos previos, y eso está perfecto, aun así, a mí me gusta esa primera interacción, que la interpretó como una estrategia de provocación por parte de los editores. A mi me gusta que me provoquen, y me dejo provocar con gusto y alegría.
Este libro había sido el resultado de un intercambio que realicé con un tipo que le gustaba la literatura tanto como a mí, o incluso más. Aunque dicho intercambio me dolió en su momento, ya que el tipo sabía, sabía mucho, tal vez mucho más de lo que me hubiera gustado, y supo llevarse lo mejorcito que tenía. En su lugar, me dejó un grupo de escritores que no conocía y supieron cautivarme. El tipo, a partir de ese rápido y resumido repaso por mis libros, supo deducir acertadamente lo que me gustaba. No solo tenía buen ojo, buenos gustos, sino también buen criterio. Así que leí el libro de Kerouac, y me gustó. Una aventura repentina, sin preparación, objetivo, propósito, o fundamento, solo la incertidumbre por delante y la falta de garantía de un potencial regreso. Muy contracultura. A mí también me gustaría una aventura a lo Kerouac, pensé, pero estoy estrictamente sometido y acostumbrado a esa “cultura” de la cotidianidad, la seguridad, la repetición y la monotonía.
La intención narrativa de Kerouac era fresca, auténtica, amena e inmersiva. No era presuntuoso, ni exagerado o desmedido. Se movía con soltura y alegría como el carro destartalado sobre la carretera. Parecía que lo disfrutaba tanto como la aventura en sí misma. No era de extrañar entonces que lo escribiera en unas pocas semanas. Con este interés impregnado a partir de la lectura, apliqué con Kerouac cierto hábito que he venido desarrollando con cada escritor que voy descubriendo: Investigar más sobre este. De esta forma, descubrí que conocer el contexto del autor, sus circunstancias de vida, modifica completamente la experiencia y la interpretación del texto. Amplía la perspectiva del lector, le da mayor cobertura, mayor rango. Con este conocimiento de base, cada relato, cuento o novela toma un sentido más profundo, amplio, certero, verídico y coherente. Se entiende con mayor precisión la intención del escritor, se empatiza más con él, en consecuencia, se corre mayor riesgo de encontrarle el gusto a su ímpetu narrativo.
Así descubrí la generación Beat, a Allen Ginsberg, a William Burroughs. Junto con Kerouac, los tres representan los pilares del movimiento, en el aspecto literario, claro está. “Deben ser igual o incluso mejor que Kerouac” pensé, pero Ginsberg era netamente poeta, así que lo descarté de inmediato. Quedaba Burroughs, y el primer anunció que internet me ofreció me llamó dramáticamente la atención: “William S. Burroughs, el escritor asesino”. Este tengo que leerlo, sí o sí. Hice un listado con los libros que más me sonaron de Kerouac y Burroughs y se lo envié a mi librero, con la esperanza de encontrar algo. Pasaron algunos días, y mi librero confirmó que solo había logrado conseguir un libro: Naked lunch, de Burroughs. Era una publicación de Anagrama, la editorial española. En lo personal, me gustan mucho sus publicaciones, en especial, por el colorido de sus portadas. Colores que tienen el don y el poder de despertar emociones y sentimientos, aunque, desgraciadamente, la editorial ha adoptado últimamente por una edición más estándar, lineal y “profesional”. Esta edición en concreto tiene un color no muy llamativo. Diría que es un rosado pálido, tímido, falto de atrevimiento, interés, osadía. En la parte superior resalta el nombre del autor: William S. Burroughs. Más abajo, en un tamaño de fuente más pequeña, el título de la obra: El almuerzo desnudo. La imagen de portada muestra los dientes de un tenedor que parece se precipitan a lo que es la cabeza de un fósforo, o podría ser un dedo con una evidente hinchazón en su falange más distal, no lo sé bien. Realmente, no sé qué pensar de esta imagen. En muchas ocasiones, el título de un libro y la imagen de portada dicen algo. Hablan con el lector, con ese inquieto y entrépito personaje que espera encontrarse algo mágico, revelador, disruptivo, revolucionario, evocador o transformador en esas simples páginas de papel que lo conforman. El título y la imagen de portada es ese primer bocado, esa primera sensación, el primer contacto, ese primer mensaje, esa primera interacción. A mí me encanta dejarme inducir por la intención de este juego de portadas, por esa impresión meramente visual que es la portada de un libro. Por eso me gustan tanto las publicaciones de Anagrama, porque saben jugar muy bien con los sentidos del lector. Sin embargo, esta portada en particular no me dice nada, mejor dicho, no le encuentro mensaje, seña alguna. Tal vez me habla en un idioma que no entiendo, no comprendo. Tal vez presenta un sentido abstracto en su portada, en su juego de imagen y color que no llego a descifrar. Esta particularidad me llama la atención, aunque también me incomoda un poco. Como lector, me gusta tener algo de control sobre la lectura. Tener certezas, veracidades, confirmaciones, convicciones, no dudas. Un texto que me genera dudas me genera desconfianza, y ese mágico desconcierto me atrae más, me intimida, me provoca, me estimula.
Burroughs presenta el libro con una introducción que llama “testimonio de una enfermedad”. Una descripción real, sensata, verídica, confirmada de un adicto sobre el mundo de la droga. Una confesión auténtica, certera, amena, e inteligentemente descrita por un adicto. El preámbulo ideal para el caos del texto, muy contracultura. El texto: un anuncio distraído, disfrazado, oculto, disimulado. Ni pies ni cabeza, ningún norte, mucho menos una guía, una orientación, un indicador. Es una línea que se pierde en la difuminación del polvo blanco encima de la mesa, el grito de un grillo verde en la pared negra, el cuarto iluminado por una bombilla amarilla sucia, la calle húmeda que respira por los poros de alcantarillas en las paredes. Un hombre que sabe lo que recomienda, pero nadie le cree, nadie se atreve tomarlo en serio. Tienen miedo, de que esa recomendación los lleve lejos de donde están, a lo oscuro, donde se escuchan ruidos de origen disperso, perdido. Prefieren el calor de su cuchitril sin sentido, en un vacío en forma de círculo, el vicio de mirar arriba, a la luz que se perpetúa en el infinito de ese punto exacto que dibuja en la vertical. La declaración alucinada, el secreto que muchos no quieren escuchar, la veracidad de un mundo dentro de este mundo que quiere disfrazar, disimular, ocultar, pero allí está, presente, como la mugre debajo de las uñas, los chicles pegados debajo de la mesa, la mierda seca en la suela de los zapatos. Solo unos pocos lo reconocen, los que viven pegados en esta tierra húmeda, absurda, despiadada. Solo unos pocos lo admiten, lo viven, lo sufren. El mérito de un hombre que sabía no podía decirlo de la forma convencional, reglamentaria, estandarizada. Si lo iba a decir lo diría como él mismo lo sabe, bajo los efectos alucinados de su diario vivir desordenado, desorientado, doloroso, corrosivo, incoherente, abrupto, bochornoso, psicótico, desesperado. Sin tiempo, ni estructura, ni cimientos, ni origen, propósito, función o razón. Una cosa difícil de devorar. Si pretendía algo de control y dominio con Burroughs, iba a encontrar todo lo contrario, y esta intención desorganizada, caótica, absurda, paranoica y abrupta me gustó, me gustó mucho. Fuera de todo lo convencional, fuera de todo lineamiento estructural de coherencia y cohesión. Mucha contracultura, a fin de cuentas. Con mayor razón, deseaba conocer al escritor asesino.
Un tipo de familia adinerada que se la pasa viajando y consumiendo pendejadas. Frecuenta un círculo de “intelectuales”, que no son más que unos desocupados con experiencias lo suficientemente retorcidas como para ser contadas y deciden llamarse a sí mismos generación Beat. Allí, conoce a Joan Vollmer, quien termina siendo su mujer, la mujer de un homosexual. Joan es inteligente, muy inteligente, según dicen. Es esta capacidad intelectual lo que engancha a Burroughs, quien la arrastra con él al mundo del consumo y los excesos. Huyen a México, escapando de las consecuencias de sus consumos compartidos. Allí, los excesos continúan, pero sin restricciones o consecuencias. Cierta tarde, llenos de alcohol hasta la cabeza, se les hace grandiosa la ocurrencia de simular el juego de Guillermo Tell, el personaje ficticio suizo. En lugar de una ballesta, una flecha y una manzana, que parecían algo anticuado, usan un vaso de vidrio y un arma de fuego. Joan se apoya contra la pared del apartamento donde viven. Burroughs, por su parte, quien interpreta al héroe, da dos, tres, cuatro, cinco pasos hacia atrás. Alza la mano con el arma, cierra un ojo, apunta, duda, aun así y sin ninguna vacilación, dispara. El estruendo del disparo rebota en todas las paredes del apartamento, devolviéndole el aturdimiento. Siente mareo, náuseas y ansias de vomitar. Cierra los ojos, toma aire. A los pocos segundos, el malestar desaparece de su cuerpo. Al abrir los ojos nuevamente, ve una enorme mancha de sangre espesa y oscura que se escurre por el estuco veneciano blanco de la pared. El cuerpo de Joan yace en el suelo, con un agujero en la frente y los ojos como platos. Se acerca a ella. Sus ojos han quedado con una apertura de miedo y sorpresa. Esos son los sentimientos que ella se lleva de este mundo, al saber un segundo antes de jalar el gatillo que William fallará el disparo. Burroughs se entrega voluntariamente a las autoridades, pero gracias a la influencia económica de su familia, queda en libertad bajo fianza. Vuelve a Estados Unidos, impactado por el hecho. Allí desahoga todos sus sentimientos de forma escrita, se hace escritor, gana reconocimiento y popularidad. Tiempo después, asegura que nunca fue su intención asesinar a Joan. Dice que “un espíritu maligno” lo ha empujado a replicar el juego. Ese mismo espíritu lo lleva a escribir y, consecuentemente, ser escritor.
Desde ese día, no he llegado a descifrar la intención de Burroughs. Su narrativa parece sugerir que la muerte de Joan era un mal necesario. ¿Pretende justificarse al explicar los hechos?
Del mismo modo, asegura sentirse arrepentido por la muerte de Joan. ¿Realmente lo está?
Desconfianza. Esa es la sensación que me genera la narrativa de Burroughs desde el día en que conocí su historia. Seguramente, dicha desconfianza tiene como origen el prejuicio cultural que existe y recae sobre los adictos. Un adicto puede ser perfectamente un mitómano, de hecho, el desarrollo de esta “habilidad” puede ofrecer cierta garantía, la diferencia entre obtener o no su dosis.
En queer, al parecer, se aclaran todos los misterios y enigmas relacionados con Burroughs y este hecho. Ciertamente, así lo hace, sin embargo, pensé que sería más… esmerado, a la hora de explicar lo sucedido con Joan y su muerte. Burroughs dijo lo que yo ya sabía, lo que había obtenido en mi ejercicio de investigación. Realmente, no puedo decir a este respecto que esperaba más información, o más detalles, los quería, los necesitaba. Ingenuamente, pensé que me llenaría de descripciones, aclaraciones, puntualizaciones. Pensé que Burroughs se desmoronaría a sí mismo en la narración, como una galleta polvorosa al ser mordida. Esperaba un testimonio emotivo, descarnado, realista, desgarrador, incluso cruel, puede que despiadado. Tenía la certeza de que me encontraría con el Burroughs más íntimo, ese que no le queda más que desahogarse en esa confesión que es la realidad de los hechos, pero, al parecer, no había mucho que decir. Burroughs dijo lo estrictamente necesario, nada más. No se esforzó lo más mínimo en crear veracidad, similitud o empatía. Ni siquiera se esmeró en tratar de convencerme a mí, el lector, de que él no era el autor intelectual de la muerte de Joan.
Finalmente, la lectura de queer no disipó ni la inquietud, ni el misterio, ni la desconfianza. De hecho, parece que los alimenta, como si esa fuera, precisamente, la intención de Burroughs. Me sirve de conclusión asumir que aún estoy muy biche para desarrollar un criterio objetivo de Burroughs. Aun me falta mucho recorrido, muchas páginas que leer, muchas historias que descubrir.
¿Cuál es el siguiente?
AUTOR: JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
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Julián David Rincón Rivera, segundo de dos hijos, nacido en Bogotá, Colombia el 7 de abril de 1994. Profesional de Cultura Física, Deporte y Recreación.
Lector apasionado, escritor por elección, músico por diversión.
Cuenta con tres publicaciones antológicas con la editorial ITA, además de dos publicaciones en proceso, también de carácter antológico, con factor literario y la editorial mítico.
Con varias publicaciones en revistas de américa latina, encuentra en la escritura el mejor sustento para su vida.
Instagram: @relatero_literal
