Hacía un día húmedo, frío y pegajoso. Había llovido torrencialmente toda la semana y cuando por fin, durante este último día la cantidad de agua se redujo a un torturador sirimiri, al caer la noche parece como si todas esas microgotitas se hubieran quedado en suspensión sumergiendo a la ciudad oscura y descarnada en una niebla tan espesa que más parecía una nube gris, un nimbo cargado, un cirro sin jirones, tupido e inmenso….
Y el frio. El frío se calaba a los huesos.
No era fácil ver más allá de un metro y medio alrededor de uno, pero ella, indiferente gracias a su borrachera, arrastraba el abrigo largo que se iba pisando a cada poco, y así lo empapaba. Se le entumecían las piernas y hasta la cadera por la humedad que, acumulada en la prenda fantasmal, era inmediatamente recogida por el pantalón ancho, acampanado. Eran los años 70 y la moda imperante no era demasiado práctica para un clima como el de las últimas jornadas… Las amplias campanas y las “patas de elefante” chupaban el agua del pavimento con denuedo.
En aquella década todavía no había móviles, ni GPS, ni cámara ninguna en las esquinas que vigilase las calles. La mujer beoda caminaba completamente sola, balanceándose como las olas, desde el muro de los edificios hasta el límite de la acera peatonal. Inesperadamente, un bulto que emergía en el centro de un gran charco llamó su atención. Se acercó y, haciendo equilibrios sobre una pierna, lo empujó con el otro pie.
La borrachera se le pasó de golpe.
Era un cadáver. Si no le engañaban los ojos, un cadáver destripado, además. Una aparición tan bizarra que parecía irreal.
Resulta que aquel suceso se desarrollaba precisamente a dos manzanas de mi portal. Estaba yo llegando a casa en ese momento y me topé con aquello. Me espanté. Al pronto, pensé que había sorprendido al criminal en el momento exacto de la perpetración de un homicidio. Dí media vuelta y salí corriendo como alma que lleva el diablo y no paré hasta llegar a casa y echar los dos cerrojos. Acto seguido, sin encender ninguna luz, recorrí todos los cuartos con mucho sigilo. Cuando llegué al de la abuela, vi el resplandor del televisor por debajo de la puerta. Ella estaba enferma y apenas salía de la cama salvo para lo imprescindible. Entré despacio.
–Yaya… –musité.
No respondió. Pensé que estaría dormida. Me aproximé a su cama con toda cautela. Y entonces… ¡No es posible explicar el terror que me petrificó y enmudeció! Y eso, a pesar de que no me sorprendió lo que vi, pues algo dentro de mí hacía que ya lo presintiera. El cuerpo de la yaya, revuelto con el edredón, constituían un informe amasijo ensangrentado. Los huesos de las costillas y las piernas habían quedado expuestos y refulgían entre la carne y la sangre negras. Por encima del olor metálico de la carne sanguinolenta, parcialmente devorada, primaba una pestilencia como de orina felina. Dí un paso atrás y me resbalé sobre el charco viscoso. Me sentí ciegamente acorralada, vacilante, sin ser capaz de razonar qué hacer a continuación. Retornar al exterior era impensable. Quedarme en la casa, aterrador. Me encerré en el baño y sin apartar la vista de la puerta, me quedé esperando a que viniese alguien más.
Pasaron horas antes de que regresasen las gemelas, siempre haciendo bulla y riendo a carcajadas, como corresponde a sus quince años recién cumplidos. Mi instinto protector chocó de frente con mi emergencia de apoyo.
–¡Qué mal huele! –escuché que decía una de ellas.
Salí del baño atropelladamente, cargando con el cubo y la fregona, e improvisé una explicación:
–La yaya se ha puesto muy malita y se ha hecho pis. ¡No entréis! El médico ha dicho que la dejemos descansar.
Las niñas se preocuparon muchísimo, lógicamente. Yo entré a la habitación y recogí el desaguisado lo mejor que supe. Papá y mamá pasaban el fin de semana fuera, en un congreso. Pero cuando volviesen, todo se resolvería. Tomé del armario un grueso edredón y con él cubrí todo el lecho y el cuerpo. Lavé el pis y la sangre a conciencia. Gasté medio bote de espray ambientador y, a pesar del frío, deje las ventanas abiertas de par en par, tal como las había encontrado.
Sobre las dos de la madrugada regresó la criada, enfermera y cocinera, todo en una, que vivía en la casa también. Aquel era su día libre, de ahí su ausencia. En cuanto estuvo dentro, la tomé por un brazo y la arrastré a mi cuarto para sofocar la necesidad de compartir con alguien el horror por el que estaba pasando. Tras un inicial estupor, Ana, que así se llamaba ella, me sorprendió con una fría reacción que no me esperaba. La primera preocupación de ella fue por su puesto de trabajo. ¿Qué iba a ser de ella ahora? Seguidamente, quiso saber si había llamado a la policía. Cuando le dije que no, me dijo que, en su opinión, no debíamos tomar ninguna iniciativa hasta poder consultarlo con mis padres, con los que era imposible contactar hasta su regreso, en tres o cuatro días. Llamar a su hotel y explicarlo todo por teléfono nos pareció a ambas traumático para ellos, además de que seguramente motivaría decisiones atropelladas y perjudiciales para todos.
Cada una se encerró en su propia habitación. Yo no pude pegar ojo, pues, aunque chocante, existía la posibilidad de que la propia Ana hubiese cometido el crimen. Pero no encajaba. Del estado del cadáver, parecía evidente que algún depredador de gran tamaño había irrumpido a través del balcón para cebarse con mi pobre e indefensa abuelita. No parecía un acto propio de un ser humano, desde luego. Faltaban las tripas. Faltaba carne. Se evidenciaban las dentelladas.
Ventilé el hedor durante la noche. Inquieta, por si el ser que hubiera sido responsable del brutal acto pudiera regresar. Así que me quedé en vela el resto de la noche. Por la mañana cerré. Cerré todas las ventanas a cal y canto.
Aquella noche, ensombrecida en la bruma, una mujer con un largo y amplio abrigo de piel deambuló bajo los soportales. Dando traspiés se acercó hasta una columna y se apoyó en ella. Le sobrevenían tremendas arcadas. Después vomitó. Bajo la piel del abrigo, pareció que la mujer mermara de tamaño. Pronto la prenda quedó hecha un zurullo sobre el suelo. De debajo de ella, emergió una poderosa pantera negra, de rosadas fauces abiertas, afiladas uñas y dientes, y ojos que resplandecían en la noche como brasas azules. La pantera caminó con elegancia, arrimada al muro umbrío. Entonces se agazapó. Se relamía sacando una larga lengua rosada. Sus patas delanteras se izaban un poco alternativamente, mientras hacía surgir las uñas de las almohadillas de sus zarpas.
Un hombre caminaba directamente a su encuentro, del todo ignorante de lo que le esperaba tras el ancho pilar de piedra. Al dirigir el primer paso ante el pilar, como una exhalación y sin un ruido, la pantera se abalanzó sobre el hombre, clavando en sus brazos y espalda las afiladas garras, y hundiendo sus fauces en la garganta hasta estrangularle, sin que a él le fuera posible articular el menor gemido. La pantera, de inmediato, se aprestó a destriparlo y a devorar su carne. Tras unos cuantos desgarros y mordiscos, se cansó el animal. Evidentemente no era el hambre sino más bien la maldad lo que había provocado aquel ataque. La pantera husmeó, arrastró el cadáver hasta el muro y, tras dar varias vueltas nerviosas rebuscando con las garras en el cuerpo, estiró con un tic convulso una de sus patas traseras y orinó sobre la víctima.
No me cabía ninguna duda de que el crimen que vi en la calle la tarde anterior (pues de este último no tenía ni idea), ya sería de conocimiento público y saldría en la prensa y en las noticias de radio y televisión.
Por un lado, no quería que las gemelas recibiesen esta información. Por otro, no quería que salieran a la calle. Tuvimos que discutir con ellas para impedir que abriesen las ventanas. A Ana le di el día libre y las gemelas protestaron, dado el estado de la abuela, de que prescindiese del apoyo de una profesional y optase por tomar las riendas de todo.
Al mediodía, sin quererlo, el mando a distancia, en mano de mis hermanas levantó la liebre. No pude evitarlo sin que resultara sospechoso, porque las chicas se entusiasmaron con la información que difundía una y otra vez el noticiario. A saber: Que habían aparecido dos cadáveres, al parecer devorados por una peligrosa jauría de perros asilvestrados. Las autoridades recomendaban que no se saliese de casa sin compañía y anunciaban el cierre de colegios e institutos hasta que la tal jauría fuese localizada y capturada.
Yo no hice comentarios, pero pensé que estaban muy equivocados. ¿Cómo toda una jauría de perros iba a trepar hasta la ventana de un primer piso? Además, el olor de la orina era inconfundiblemente felino.
A media tarde apareció Ana. Yo estaba ya más que agotada. Había pasado una noche imposible, tratando de camuflar lo mejor que supe los tufos que exhalaba la habitación de la abuela. Y el resto de la noche no había podido pegar ojo, entre la confusión enloquecedora de mi mente y la tristeza que debía acallar.
En televisión dedicaron parte de un programa al debate sobre los dos recientes crímenes. (Que en verdad eran como poco tres). Los contertulios se manifestaron disconformes con la teoría de la jauría de perros. Para algunos de ellos, era evidente que el perpetrador era un felino. Para reforzar esta tesis, se la ilustró con un par de planos en los que se veía, entre altas hierbas y con baja calidad de la imagen, un leopardo o guepardo que posiblemente había soltado su dueño, incapaz de mantenerlo o acosado por la presión legislativa. El problema es que dichas tomas habían sido grabadas a una distancia excesiva, hasta para el más veloz de los felinos, del lugar de aparición de los occisos.
Todavía otro grupo exponía una tesis alternativa que a mí me inundó poco a poco de pavor: Era un loco, o una loca, o varios, los que cometían los crímenes haciendo que pareciesen ser obra de algún monstruo.
Pensé en un vecino mío, un tipo de gran envergadura y fuerza, cuyo dormitorio lindaba exactamente con el de la abuela. ¿Podría haber sido él?
Empecé a gastar mi tiempo aguzando el oído y espiando por la mirilla tratando de seguir los movimientos del vecino de marras. Pero no hizo acto de aparición. Estuve tres días pendiente y no entró ni salió una sola vez. Podría jurarlo.
Entre tanto, dos nuevos crímenes en sus dos correspondientes noches reventaron los noticiarios y las portadas de los periódicos. Pensé que, a pesar de ser menor de edad, tenía que informar a la policía de lo ocurrido en mi casa. Oportunamente resultó que conocíamos de sobra a uno de los muertos. Era, ni más ni menos, que Perico Rojas, quien había sido el último novio de una de las gemelas. Resultó que era un abusón y hasta llegó a levantarle la mano algunas veces. Y ellas no se quedaron quietas. Con sendos cuchillos de cocina le agredieron en los glúteos en cierta ocasión. La policía lo sabía. Pero a pesar de todo, ella seguía enganchada con el tal Perico. Hasta que él, un buen día dijo que la dejaba, que no le volviese a molestar, pues él se iba con otra. ¡Con otra! ¡De repente! Las gemelas y yo, las tres, le odiábamos a muerte. Esto, sumado a la muerte en el propio domicilio, nos convertía en sospechosas.
Empecé a darle vueltas al coco. A ver. Los adolescentes, cuando se unen, son capaces de ejecutar los actos más depravados y sádicos. Ahora, ¿y si eran las gemelas las autoras de los crímenes realmente? Debía protegerlas. Cuando menos, no ser yo la responsable por chivata de que acabasen presas.
No me había olvidado de mi otro sospechoso, el vecino grande y fuerte al que no había vuelto a ver ni oír. Esa mañana, sin previo aviso, apareció el típico pelotón de los que siempre llegan tarde para evitar el daño, pero oportunamente para limpiar todo rastro de lo escabroso: Los celadores con su ambulancia, sus agentes de policía amparados de todo mal entre su armamento y su número, el juez, con sus agentes policiales y más polis, los de servicios funerarios, los que vacían y despejan las casas deshabitadas… Todo listo. Mi vecino había sido devorado. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo.
En las noticias dijeron que el hombre, fallecido hacía aproximadamente una semana de muerte natural, había sido devorado por sus gatos.
Así que no había sido el vecino. Ni tampoco me creí que se lo hubieran comido los mininos. Quizá unos bocaditos, estando ya famélicos. Pero yo estaba segura de que lo había matado el mismo gran felino que mató a la abuela y posiblemente el mismo día. Porque, si había sido en un día distinto… ¡Que terror! ¡Corríamos un terrible peligro!
Luego vino lo de Ana. Ana nos contó que estaba asomada a la ventana y vio a una mujer envuelta en una manta que se apoyaba contra la pared, aparentemente enferma. Acto seguido la mujer vomitó. Y se convirtió sin más en una pantera negra. Lo más espeluznante del caso es que Ana aseguraba que había reconocido esa manta. Era una vieja manta que mis padres guardaban en el altillo de su dormitorio. Corrimos a comprobar si estaba aquella manta. No. No estaba.
Desafortunadamente, justo en ese momento Ana se había quedado sola en la casa. Ni mis hermanas ni yo estábamos allí. La única prueba de la veracidad del relato era el propio testimonio de Ana. ¡Pero ese relato de la mujer pantera era tan peregrino, como invento…! Las tres hermanas aceptamos como cierta la declaración. Ahora ¿Se lo creería la policía?
Esa noche, a las cinco de la madrugada, otra vez el mismo follón. Otra vecina había sido encontrada muerta, con desgarros de uñas y colmillos, desangrada. El investigador responsable recuerda el caso de la mañana y razona que ambos sucesos han ocurrido en el mismo bloque. Cualquiera de los vecinos es ahora sospechoso. Pero a excepción de nuestro piso, y otro más, todo lo que ha quedado vivo es un pequeño grupo de cuatro ancianos que viven solos, los pobres, y son físicamente impotentes para ejecutar tales crímenes. Yo me puse a pensar. Cada vez me parecía más probable la teoría de que las responsables fueran mis hermanas, solas o ayudadas por otros locos adolescentes. Se las veía tan poco afectadas, tan naturales y alegres después de tanta desgracia… Aunque también, bien mirado, una de las vecinas, la joven, casada con un tipo alto y delgado, tiene unos ojos verdes y rasgados, muy felinos, que recuerdan vivamente a los de una pantera. Y el marido tiene una extraña expresión detrás de sus finas gafas.
El inspector Ramírez, que era el responsable de la investigación, nos citó a todos los vecinos a declarar en comisaría de inmediato.
A su espalda, Ferrer, otro inspector, murmuraba que la teoría de Ramírez de buscar al culpable en el bloque, no era más que una linea de investigación plausible como otra, porque él lleva el historial de los asesinos de la zona, el otro investiga a las familias de las víctimas, y otro más busca en la barriada los autores de cualquier delito violento, en especial si hay reincidencia.
Ramírez hizo pasar primero a los abuelos y abuelas. Les preguntaba si habían visto algo raro. La señora Soledad Fernández, que pasó en cuarto lugar, tenía algo que decir:
–Señor agente, lo que tengo que decir no me lo van a creer. Soy una vieja y eso le hace a una perder credibilidad. Todos están esperando el momento en que pierdas la sesera, en especial los familiares –se lamentó con plena razón–. Por eso, para declarar lo que he visto –siguió–necesito tener la seguridad de que usted se me comprometa a no decir a nadie de dónde proviene esta información.
Ramírez, dice, en un tono burocrático que no inspira ninguna confianza:
–Claro, señora mía. Lo que se habla en comisaría es estrictamente confidencial...
AUTORA: HER DE ANTA (ESPAÑA)
© DERECHOS RESERVADOS AUTORA
LA MUJER PANTERA
Segunda Parte
Encuéntrala el 24-03-2026

Her de Anta. lleva escribiendo desde el mismo día en que aprendió a hacerlo, pero solo a partir de la pandemia se lanzó de forma casi obsesiva, a corregir, mecanografiar y publicar esa ingente cantidad de material acumulada durante años.
Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid..Trabajó en TVE y Telecinco, entre otros empleos de subsistencia. Fue también percusionista, guionista y realizadora. Ejemplo:
https://youtu.be/x330vgXW4kM?si=7URjGW12JGvjY4Qr, videoclip con el que ganó un cuarto premio y accesit en el Festival Internacional de Video de Vitoria 1990. También ha sido fotógrafa (con varias exposiciones y galardones, entre ellos el primer premio de “Revelar Madrid, apartado la noche” 1992), diseñadora gráfica, y empresaria.
Aficionada a la ilustración y a la escultura. Sus primeros libros impresos los maquetaba, cosía y encuadernaba artesanalmente y los publicaba bajo el nombre de una editorial pirata nacida a este fin, a la que llamó F.U.N.E.S.T.A. (Fantástica, única, niquelada, editorial superior totalmente autónoma).. En 2020 sumó al material que editaba de esa manera, otros dos libros de poesía y una novela completa.
En 2021 descubrió la autoedición mediante Amazon Kindle y desde ese momento, transcribe lo viejo y escribe nuevos libros, y publicasin parar,. Del 2021 al 2024, tres libros de poesía y fotografía en color (“Dioses actuales, dioses ancestrales”, “Haikus, máximas, trabalenguas y fábulas”, Poemario lunar”), otros siete libros de poesía (“El sol dibujó en la pared”, “Kebrado negro”, “Guiomar por bulerías”, “FIN”, “Renacer, reiniciar”, “Caños amargos”, “Sin las aves”) y cuatro de relatos (“Sueños, pesadillas I, II, III” y el recopilatorio de los anteriores). Participa en diversas antologías como “Jardín de hojas” de Cruz Roja o “Hallerbos. Cuentos, Relatos y Poemas del bosque”, de la logia de escritores “La Hermandad de Essin”, además de otras más como seleccionada o finalista en algunos concursos («Poesías V», de Libripedia, y en «Poetas nocturnos VIII», “Luz de luna” y “Versos en el aire” de Diversidad literaria). Publica también en revistas literarias como “El Narratorio” o las que trimestralmente publica su logia.
En 2023 obtiene un premio de haikus (Antología Haikus VI de Diversidad literaria). Como premio, dicha editorial publica su poemario, nacido en 1980 “El pájaro y la estrella”
Bajo el sello F.U.N.E.S.T.A. se encarga además de la corrección, maquetación, creación de cubiertas, prólogos, textos promocionales, recitados y booktrailers. Para estos y otros trabajos audiovisuales tiene un canal en Youtube al que bautiza con un nuevo seudónimo: “Luisa Tabanya”. Tiene varias páginas en Facebook e Instagram. Destacaría “Her de Anta. Escritora y artista”.
En cuanto a sus libros, la forma más eficaz de hacerlos llegar a la comunidad es por el contacto directo, a través del Messenger, o el WhatsApp +34 672743772, pero también se encuentran disponibles en Amazon, en distintos formatos. Se encuentran buscando con Google u otro buscador, como Her de Anta en Amazon o María Luisa «Her» de Anta.
