Encuentre Aquí – La Mujer Pantera (Primera Parte)
–¡Mentira! –protesta la mujer. Pero igualmente, declara como considera que lo debe hacer–-: Verá caballero, lo que yo he visto es sumamente extraño. Mirando por la ventana pude ver cómo entraba alguien, una mujer, supuse que una vecina, aunque no podría decir quién era. La vi de refilón y desde lo alto, en el momento que entraba por la puerta del portal. Seguidamente pude escuchar cómo alguien, ella, lógicamente, tomaba el ascensor. Este se paró en mi piso. Miré por la mirilla, por ver si la reconocía o si era alguien desconocido. Y entonces vi lo que ustedes no van a poder creer.
–Dígalo de una vez. No se preocupe tanto –intervino otro agente que hacía de apoyo al inspector.
La señora Fernández miró al joven policía con una expresión despectiva.
–Como decía –siguió–, yo vigilaba por la mirilla cuando se abrió la puerta del ascensor –dijo.
–¿Y qué pasó? ¡Hable! –terció el policía novato, en un inapropiado tono de presión.
–Dígale a su ayudante –dijo ella dirigiéndose al inspector– que me hable con más respeto. Que de momento esto no es un interrogatorio ni estoy detenida. ¿Me equivoco?
–No, en absoluto –contestó Ramírez–. Hable usted con toda libertad.
El inspector iba tomando nota del relato con su máquina de escribir de forma muy resumida.
–Pues bien, cuando se abrió la puerta del ascensor, lo que salió de él no era ninguna vecina. –La mujer hizo una pausa acentuando el suspense–. Era –afirmó– una pantera negra.
Los dos policías abrieron las bocas sorprendidos, y los otros agentes presentes en la sala, les imitaron. Ramírez y el jovenzuelo se miraron y, tal como Soledad había vaticinado, en sus miradas se leía la suposición socialmente convenida: La vieja estaba delirando.
–Vamos a ver. ¿No sería un gato grande? –dijo Ramírez.
–No señor. Sé distinguir perfectamente entre un gato y una pantera.
–Está bien. Tomo nota.
El interrogatorio continuó sistemáticamente. Así llegó nuestro turno. Ya no podíamos seguir callando la muerte de la abuela. Si hubiese un registro del inmueble y encontrasen el cuerpo oculto en el cuarto, ya darían por resuelto el asunto y las criminales seríamos nosotras. Por eso, decidimos confesarlo todo
Mis hermanas y yo, al ser menores, fuimos puestas en libertad, eso sí, sin poder acceder a la casa hasta que ellos hiciesen el levantamiento del cadáver. La pobre Ana, en cambio, que no había hecho más que obedecerme, al ser mayor de edad quedó detenida unas horas, pero como nosotras declaramos que ella no había sabido nada porque yo le había dado los días libres, la dejaron marchar por fin con una citación judicial.
Todos los vecinos aguantamos horas a pie de calle, bajo la lluvia, hasta que los burócratas terminaron de cumplimentar sus informes y los sanitarios se llevaron el cuerpo ya hinchado y pestilente. La policía se llevó también el colchón, el somier, y todo cuanto había en el cuarto, incluido el crucifijo y la figura de madera de San Cristóbal.
Finalmente nos retiramos todos a descansar.
En mitad de la noche, una pantera negra y brillante se estiraba y, apoyada en las patas traseras, arañaba con las garras delanteras las paredes del edificio.
El hombre del que antes hablaba yo, cuya mujer tiene ojos felinos y que tenía él una mirada aviesa tras sus gafas de fina montura, salió de la casa y bajó al portal, a tirar una bolsa de basura.
Cuando retrocedía ya para volver a su casa, la pantera saltó como un gigante desde lo alto del tramo de escalera adyacente al ascensor, y cayó sobre el hombre, que emitió un grito desgarrador con toda la capacidad de sus cuerdas vocales. La pantera le dominó de inmediato, aferrando con sus dientes la garganta del hombre hasta asfixiarlo. Le destripó de tres bocados y salió a escape escaleras arriba.
La policía había puesto dos agentes metidos en un coche para vigilar el edificio. Al oír el alarido mortal, salieron del coche corriendo y entraron por el portal. ¿Qué encontraron allí? Al lado del cadáver, una mujer de rodillas sollozaba y chillaba histéricamente. Era la esposa. Dijo que al oír el grito del marido salió sin pensarlo dos veces, con intención de protegerle. Y lo encontró así, descuartizado. Y que vio a una pantera negra que se escabullía por la puerta entreabierta.
Los agentes, mientras ella, protestando, relataba su historia, le cayeron encima, pusieron las rodillas sobre su espalda y la esposaron. La mujer gemía y berreaba, repitiendo su versión, jurando su inocencia y su amor por el marido, que ya era bastante doloroso lo que a él le hicieron para ahora no dejarle a ella, su mujer, acercarse a su amado muerto. Los policías, indiferentes al dolor aparente de la mujer, la mandaron callar, y como no lo hiciera, la ignoraron, y se pusieron con sus cosas de policía.
A continuación, esperaron a que llegase otro vehículo policial para llevarla detenida.
Los vecinos, agrupados en el portal, criticaban la ineficacia de la policía cuando yo me uní al grupo. Minutos después llegaron las mellizas y finalmente Ana. La historia de la mujer pantera era ahora el tema central de la conversación. Los ancianos estaban aterrados. Reclamaban que preferían ser también detenidos para alejarse así del peligro. Naturalmente les dijeron enérgicamente que tal cosa era imposible. Sin embargo, pondrían guardias alrededor de todo el edificio y prohibieron que nadie saliese ni entrase hasta nueva orden. Diez policías uniformados invadieron las zonas comunes y cada una de las viviendas. Registraron a conciencia sin hallar pantera alguna. Pero pasaron por alto los arañazos que había en la pared, a la altura de sus ojos.
Había un vecino, anciano, que decoraba sus paredes y muebles con cabezas de animales cazados, ceniceros y lámparas hechos con garras y pezuñas, piezas de caza disecadas, incluidas las de varios felinos. Los agentes, al ver esta colección que el hombre afirmó haber heredado de su padre, llamaron con urgencia al resto de sus compañeros. De nada valieron las súplicas y razonamientos del pobre hombre. Toda su colección de fieras fue embargada en el acto y el hombre fue detenido y transportado a la comisaría, a fin de ser sometido a un interrogatorio profundo.
Para aquel momento ya todos andaban confusos e histéricos. Ninguno se fiaba ya del otro y, para colmo, el asunto de la pantera terminaba de segregar el pavor por la comunidad.
Ramírez trató de tranquilizarnos aduciendo que era lo más lógico y probable que, al dar con aquella colección de fauces y garras, también hubieran dado con el responsable de la despiadada serie de crímenes.
–¡Era una mujer! ¡Yo sé que es una mujer! –repetía Soledad Fernández acometida de vivos temblores.
Obedeciendo a los agentes de la ley, los vecinos volvieron a sus casas, inseguros, preocupados y aterrados. También nosotras, hechas mierda.
En cada casa se echaron siete cerrojos y se cerraron las ventanas y contraventanas. Seis policías paseaban arriba y abajo por los descansillos y las escaleras.
Pero a pesar de tantas precauciones, de madrugada uno de los agentes hizo un horrible descubrimiento. El otro vecino anciano, que vivía en el ático, apareció devorado en su terraza, rasgado en la espalda, atravesado el rostro por los colmillos y además empapado en orina.
Hechas las pruebas, se encontró saliva de felino, pelos de pantera y orina tanto felina como humana.
Ahora la policía se sentía superada por las pruebas y los acontecimientos. Su racionalidad no les permitía dar por buena la historia de la mujer pantera, pero entonces… ¿Cómo…? ¿Qué…? Si el hombre no había abierto la puerta a nadie, tal como se le ordenó, solamente un ágil felino habría tenido la capacidad de trepar hasta aquella terraza. A no ser que el hombre hubiera sido víctima de un engaño por parte de alguien, que le hubiera llevado a abrir y franquear el acceso a la casa.
Los vecinos, indignados y desesperados, reunidos en el portal con los agentes, exigimos que cambiaran a absolutamente todos los agentes que vigilaban, porque ¿a quién habría podido abrir la puerta el anciano, dada la situación? ¿A un vecino, una amenaza potencial? ¿O más bien a un policía, al que siempre hay que obedecer?
Ramírez consideró la petición y accedió a retirar al grupo de agentes y sustituirlo por otro. Se nos prohibió estrictamente abrir a nadie la puerta, incluso aunque fuera un policía. Nos hicieron esperar juntos en el portal, mientras los servicios sociales acudían y nos repartían víveres suficientes. Pero las dos ancianas, tanto Soledad como Rosaura, Tomaron la decisión de dejar la casa para ir a alojarse en diferentes hoteles. Así, en toda la casa solo quedamos nosotras, en nuestro piso: Las gemelas, Ana y yo.
Por suerte, esperábamos el retorno de mis padres para esa misma noche. Ellos sabrían qué hacer.
Me desperté a medianoche, confundida. Mis padres ya deberían haber llegado y me extrañó que no me hubieran llamado para salir a recibirlos. Salí de mi cuarto y me dirigí al salón. Todo estaba en silencio y en penumbra. Me dirigí al recibidor. La puerta de la calle estaba abierta. Entre ella y su marco, vi los cuerpos de mis padres, amontonados y parcialmente devorados, con ese aterrador hedor a orina impregnándolo todo. Grité llamando a la policía. Al parecer ninguno me oyó. Me callé inmediatamente. No sabía qué podía haber pasado. Quizá también los agentes estaban muertos…
Me dirigí al cuarto de las gemelas, pero primero agarré un largo cuchillo jamonero porque seguía teniendo mis sospechas respecto a ellas. Y estaba muy claro que todos íbamos a ir muriendo entre las fauces.
Pero al asomarme al dormitorio, casi caigo desmayada. Mis dos hermanitas yacían destrozadas, desmembradas, entrelazadas sobre una de las camas.
Sentada en la mecedora, ante la ventana, Ana se columpiaba con el rostro lívido y los labios amoratados. Tenía una expresión febrilmente enloquecida. Me miró y se levantó despacio, con movimientos felinos.
Así que era Ana. No quedaba nadie más con vida en el edificio. Nadie había entrado ni salido de allí. Nadie había entrado en mi casa cerrada a cal y canto a cualquier advenedizo. Ana. Siempre había sido ella, y ahora yo la tenía frente a mí. Era mi turno de morir.
Un estremecimiento me recorría. Sentí un mareo y poderosas náuseas y ganas de devolver. El cuchillo cayó al suelo, pues mis manos no eran ya capaces de aferrarlo. Mis dedos dejaban de ser prensiles y mis uñas crecieron y se afilaron en un momento. Mi cuerpo se transformó y se cubrió de pelo negro. Caí a cuatro patas sobre el parqué.
Lamí mis hocicos hambrientos con una larga lengua rosada. Saqué con furia mis garras y ataqué. Ana no tuvo tiempo ni de tratar de escapar.
Solo entonces entendí todo. Aunque luego, cuando recuperara mi forma humana, no pudiera recordarlo, era yo y solo yo la mujer pantera.
Devoré a Ana. Oriné sobre el cuerpo. Salí del cuarto. Me agazapé bajo la mesa del comedor. Y lo olvidé del todo.
AUTORA: HER DE ANTA (ESPAÑA)
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Her de Anta. lleva escribiendo desde el mismo día en que aprendió a hacerlo, pero solo a partir de la pandemia se lanzó de forma casi obsesiva, a corregir, mecanografiar y publicar esa ingente cantidad de material acumulada durante años.
Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid..Trabajó en TVE y Telecinco, entre otros empleos de subsistencia. Fue también percusionista, guionista y realizadora. Ejemplo:
https://youtu.be/x330vgXW4kM?si=7URjGW12JGvjY4Qr, videoclip con el que ganó un cuarto premio y accesit en el Festival Internacional de Video de Vitoria 1990. También ha sido fotógrafa (con varias exposiciones y galardones, entre ellos el primer premio de “Revelar Madrid, apartado la noche” 1992), diseñadora gráfica, y empresaria.
Aficionada a la ilustración y a la escultura. Sus primeros libros impresos los maquetaba, cosía y encuadernaba artesanalmente y los publicaba bajo el nombre de una editorial pirata nacida a este fin, a la que llamó F.U.N.E.S.T.A. (Fantástica, única, niquelada, editorial superior totalmente autónoma).. En 2020 sumó al material que editaba de esa manera, otros dos libros de poesía y una novela completa.
En 2021 descubrió la autoedición mediante Amazon Kindle y desde ese momento, transcribe lo viejo y escribe nuevos libros, y publicasin parar,. Del 2021 al 2024, tres libros de poesía y fotografía en color (“Dioses actuales, dioses ancestrales”, “Haikus, máximas, trabalenguas y fábulas”, Poemario lunar”), otros siete libros de poesía (“El sol dibujó en la pared”, “Kebrado negro”, “Guiomar por bulerías”, “FIN”, “Renacer, reiniciar”, “Caños amargos”, “Sin las aves”) y cuatro de relatos (“Sueños, pesadillas I, II, III” y el recopilatorio de los anteriores). Participa en diversas antologías como “Jardín de hojas” de Cruz Roja o “Hallerbos. Cuentos, Relatos y Poemas del bosque”, de la logia de escritores “La Hermandad de Essin”, además de otras más como seleccionada o finalista en algunos concursos («Poesías V», de Libripedia, y en «Poetas nocturnos VIII», “Luz de luna” y “Versos en el aire” de Diversidad literaria). Publica también en revistas literarias como “El Narratorio” o las que trimestralmente publica su logia.
En 2023 obtiene un premio de haikus (Antología Haikus VI de Diversidad literaria). Como premio, dicha editorial publica su poemario, nacido en 1980 “El pájaro y la estrella”
Bajo el sello F.U.N.E.S.T.A. se encarga además de la corrección, maquetación, creación de cubiertas, prólogos, textos promocionales, recitados y booktrailers. Para estos y otros trabajos audiovisuales tiene un canal en Youtube al que bautiza con un nuevo seudónimo: “Luisa Tabanya”. Tiene varias páginas en Facebook e Instagram. Destacaría “Her de Anta. Escritora y artista”.
En cuanto a sus libros, la forma más eficaz de hacerlos llegar a la comunidad es por el contacto directo, a través del Messenger, o el WhatsApp +34 672743772, pero también se encuentran disponibles en Amazon, en distintos formatos. Se encuentran buscando con Google u otro buscador, como Her de Anta en Amazon o María Luisa «Her» de Anta.
