A comienzos de 1934, el cielo dejó de comportarse como siempre. Los astrónomos fueron los primeros en advertirlo. No se trataba del paso de un nuevo cometa o de una estrella neutrón que afectara a los cuerpos celestes cercanos. Era una alteración sutil, casi imperceptible para observadores aficionados, en la danza de los planetas. Mercurio aparecía unos segundos fuera de su posición prevista; Venus aceleraba ligeramente su órbita y los instrumentos más sensibles registraban leves variaciones en la gravedad terrestre. La mayoría de los observatorios atribuyeron aquellas anomalías a errores de cálculo. Solo un hombre se negó a aceptarlo. El doctor Hans Vollmuller, físico y astrónomo del Instituto Boreal de Ciencias, llevaba veinte años estudiando la influencia gravitacional de cuerpos invisibles. Sus colegas lo consideraban brillante, aunque tozudamente obstinado. Había construido un complejo sistema de péndulos suspendidos en cámaras al vacío que reaccionaban incluso a las perturbaciones más sutiles del espacio.
Una madrugada de febrero, los péndulos comenzaron a oscilar al unísono. No obedecían a la Tierra. Respondían a algo que se acercaba. Vollmuller pasó tres días sin dormir. Llenó pizarras con ecuaciones, revisó viejas observaciones y comparó fotografías obtenidas desde distintos observatorios del mundo. Cuando finalmente encontró la respuesta, sintió un escalofrío. No era el paso de un cometa o el tránsito de un planeta. Era un cuerpo gigantesco desplazándose deliberadamente hacia el Sistema Solar. Su trayectoria era demasiado precisa para obedecer al azar.
Al presentar sus conclusiones ante la Academia Nacional, fue recibido con sonrisas condescendientes.
—“¿Insinúa que un planeta puede cambiar de rumbo por voluntad propia?” —preguntó uno de los académicos.
—“No” —respondió Vollmuller.
Hizo una pausa antes de añadir:
—“Insinúo que alguien lo está guiando”.
La sala estalló en carcajadas.
A cientos de kilómetros de allí, Emilio Vargas ignoraba por completo aquella discusión.
Tenía veintiséis años y era un famoso piloto. Los periódicos publicaban fotografías suyas caminando de forma temeraria sobre las alas de un biplano en pleno vuelo, atravesando anillos de humo o realizando maniobras que los ingenieros calificaban de imposibles.
Su padre, Gabriel Vargas, había diseñado gran parte de las aeronaves que utilizaba.
Mientras Emilio desafiaba al cielo, Gabriel prefería comprenderlo. La relación entre ambos era sencilla. Uno confiaba en el instinto. El otro solo creía en los cálculos.
Aquella diferencia jamás los había separado. Al contrario. Los convertía en un equipo extraordinario. Excelente.
Una tarde recibieron una invitación inesperada. El doctor Vollmuller deseaba reunirse con ellos. No explicó el motivo. Solo añadió una frase escrita a mano al final de la carta.
«Necesito personas capaces de volar cuando todos los demás quieran permanecer en tierra».
El laboratorio del científico ocupaba una antigua estación meteorológica construida sobre un acantilado. No parecía un centro de investigación. Más bien recordaba a un taller mecánico. Había bobinas de cobre, telescopios desmontados, motores abiertos y decenas de pizarras cubiertas de fórmulas. En el centro destacaba un enorme dispositivo metálico con forma de anillo. Giraba lentamente sin tocar el suelo. Emilio lo observó fascinado.
—“¿Qué es eso?”.
—“Un detector de distorsiones gravitacionales”.
—“Parece una brújula gigantesca”.
—“En cierto modo lo es. Solo que no señala el norte. Señala aquello que altera el tejido del espacio”.
Vollmuller los condujo hasta una cúpula de observación. Al retirar la cubierta del telescopio, apareció una región aparentemente vacía del firmamento.
—“No miren las estrellas”.
Miren lo que falta entre ellas. Gabriel ajustó el enfoque. Entonces lo vio. Había una inmensa silueta oscura ocultando miles de astros. No emitía luz. La absorbía.
—“¿Qué tamaño tiene?” —preguntó.
—“Más grande que cualquier planeta del sistema solar”.
Emilio permaneció en silencio. Jamás había sentido miedo contemplando el cielo.
Hasta aquella noche.
Las semanas siguientes estuvieron marcadas por rumores. Los gobiernos comenzaron a movilizar observatorios militares. Los barcos recibieron órdenes de mantener silencio de radio durante determinadas horas. Incluso las compañías eléctricas detectaron fluctuaciones inexplicables en las redes de distribución. La prensa hablaba de tormentas magnéticas. Nadie mencionaba su verdadero origen. Vollmuller sí lo hizo.
—“Nos están observando”.
Gabriel frunció el ceño.
—“¿En qué se basa?”.
El científico proyectó una serie de fotografías. En todas aparecía la misma figura.
Una diminuta luz cambiando de posición alrededor de la anomalía. No seguía una órbita.
Realizaba maniobras. Como una nave.
La confirmación llegó dos noches después. Emilio regresaba de una exhibición aérea junto a su padre cuando el motor del avión comenzó a fallar. Las agujas de los instrumentos giraban sin control. La brújula apuntaba hacia arriba. El cielo se volvió completamente blanco. No era una tormenta común; era una esfera luminosa descendiendo en absoluto silencio. No tenía alas. Ni hélices. Ni mucho menos remaches. Parecía tallada en una sola pieza de metal líquido. La aeronave quedó inmóvil. Suspendida en el aire. Como si una mano invisible la hubiera sujetado. Una abertura circular apareció en la superficie de la esfera. Desde su interior descendió un haz de luz azul. Emilio intentó mover los controles. No respondían. Sintió que el cuerpo comenzaba a elevarse del asiento. Gabriel trató de sujetarlo. La fuerza aumentó. Los dos empezaron a ascender hacia la abertura.
Dentro distinguieron figuras altas y delgadas cubiertas por capas plateadas. No llevaban armas visibles. Simplemente observaban. Como científicos examinando una especie desconocida.
En el acantilado, las alarmas del laboratorio de Vollmuller comenzaron a sonar. El colosal anillo gravitacional giraba a una velocidad jamás registrada. El científico comprendió inmediatamente lo que estaba ocurriendo. No había tiempo para avisar a nadie. Corrió hacia el hangar oculto bajo la estación. Allí descansaba el proyecto al que había dedicado los últimos ocho años. No era un avión o un cohete convencional. Era una nave experimental impulsada por un motor de compresión electromagnética. Nunca había sido probada.
Ni siquiera sabía si despegaría. Pero era la única posibilidad.
Mientras activaba los sistemas, murmuró para sí mismo:
—“Si ellos pueden cruzar el vacío…”.
Nosotros también. El motor rugió. Las compuertas del hangar se abrieron. La nave salió disparada hacia el cielo nocturno, dejando tras de sí una estela azul que iluminó el océano.
A kilómetros de distancia, la esfera desconocida comenzaba a elevarse, llevando consigo el avión y a sus ocupantes. Vollmuller apretó con fuerza los mandos. No pensaba permitir que la humanidad desapareciera de la Tierra sin intentar comprender quién había venido a buscarla. El motor experimental rugía como si fuera a desintegrarse.
Las agujas del tablero vibraban sin control y los remaches del fuselaje chirriaban bajo una presión imposible. Vollmuller mantenía ambas manos aferradas a los mandos mientras la nave ascendía hacia la inmensa esfera plateada que arrastraba el viejo biplano de Gabriel y Emilio Vargas. La distancia disminuía con rapidez. Entonces ocurrió algo que ninguna teoría podía explicar. La esfera giró lentamente sobre sí misma y el espacio comenzó a deformarse a su alrededor. Las estrellas dejaron de ocupar sus lugares habituales. Parecían deslizarse como gotas de pintura sobre un cristal.
—“No…” —susurró Vollmuller.
No era velocidad. Era una curvatura. La nave desconocida estaba doblando el propio espacio. Si desaparecía en aquel instante, jamás volverían a encontrarla. Apretó el acelerador hasta el límite. Los motores emitieron un estruendo ensordecedor. Durante unos segundos, ambos vehículos parecieron suspendidos dentro de un océano de luz blanca.
Después llegó el silencio…
Emilio abrió los ojos lentamente. La gravedad había desaparecido. Su cuerpo flotaba dentro de una estancia circular iluminada por una claridad sin origen aparente. No existían lámparas, ni ventanas. Las paredes despedían una tenue luz azulada. Gabriel despertó pocos metros más allá.
—“¿Estamos… vivos?”.
Antes de que Emilio pudiera responder, varias figuras surgieron de un corredor curvo.
Eran altas, de complexión esbelta, con piel gris perlada y ojos completamente negros. No mostraban agresividad. Tampoco curiosidad. Observaban a los humanos con la serenidad de quienes contemplan un fenómeno largamente esperado. Una de aquellas figuras levantó la mano. En ese mismo instante, una voz resonó dentro de las mentes de los dos hombres.
—“No teman”.
No movía los labios. La comunicación ocurría directamente en sus pensamientos.
Emilio dio un paso atrás.
—“¿Quiénes son ustedes?”.
La respuesta llegó inmediatamente.
—“Somos exploradores de la Confederación Elyr”.
Hemos viajado durante generaciones para encontrar el origen de una señal. Gabriel frunció el ceño.
—“¿Qué señal?”.
La criatura permaneció inmóvil unos segundos.
—“La que acaba de despertar en su sistema solar”.
Muy lejos de allí, Hans Vollmuller recuperó la conciencia dentro de la cabina de su prototipo. La nave seguía funcionando. Pero el cielo había cambiado. No había sol.
Miles de estrellas ocupaban cada rincón del firmamento, formando constelaciones completamente desconocidas. Frente a él flotaba la inmensa esfera plateada.
Había cruzado junto a ella. El científico respiró profundamente. No sabía dónde estaba.
Solo comprendía una cosa. La Tierra había quedado atrás. Los exploradores condujeron a Emilio y Gabriel hacia una enorme sala transparente. Cuando las paredes se volvieron cristalinas, ambos quedaron sin aliento. El espacio se extendía en todas direcciones. Nebulosas verdes. Cúmulos estelares. Planetas de todas las tonalidades. Jamás imaginaron que el universo pudiera ser tan inmenso. En el centro de aquella visión destacaba un mundo gigantesco. Su superficie alternaba océanos púrpura, desiertos dorados y enormes continentes cubiertos por nubes rojizas. Tres lunas giraban lentamente a su alrededor.
—“Nuestro hogar” —explicó la voz.
Emilio permaneció contemplándolo durante varios segundos.
—“¿Es allí adonde nos llevan?”.
—“No”.
El silencio que siguió resultó inquietante.
—“Entonces… ¿por qué estamos aquí?”.
La respuesta fue tan inesperada como aterradora.
—“Porque su especie ya ha sido observada”.
Y otros también han iniciado el viaje hacia su mundo. En ese instante, una alarma inundó toda la nave. Las luces cambiaron a color rojo. Los exploradores intercambiaron rápidas miradas. La voz volvió a resonar.
—“Nos han encontrado”.
Sobre el horizonte apareció otra flotilla. No eran esferas elegantes como la que los transportaba. Aquellas naves tenían formas angulosas, cubiertas por placas oscuras que absorbían la luz. Avanzaban lentamente. Como depredadores seguros de atrapar a su presa.
La mayor de ellas medía varios kilómetros de longitud. Gabriel sintió un escalofrío.
—“¿Quiénes son?”.
Uno de los exploradores respondió con evidente preocupación.
—“Un imperio que conquista todo cuanto encuentra”.
Durante siglos han permanecido ocultos más allá del borde conocido de la galaxia.
Ahora buscan un nuevo territorio. Y han descubierto la existencia de la Tierra. La nave comenzó a maniobrar violentamente. Columnas de energía atravesaban el vacío entre ambas flotas. Distorsionaban el espacio. Donde impactaban, las estrellas parecían doblarse sobre sí mismas.
Vollmuller observaba el combate desde su pequeña nave experimental. Sabía que no podía intervenir. Pero tampoco podía escapar. Entonces recibió una transmisión. No procedía de la esfera. Venía de una frecuencia desconocida. Una voz profunda habló en un idioma incomprensible. Sin embargo, una extraña vibración hizo que las palabras adquirieran sentido.
—“Habitante de la Tierra… Escucha. Tu mundo aún ignora que pertenece a una región disputada del universo. Pronto otros vendrán. No todos traerán paz”.
La comunicación terminó tan abruptamente como había comenzado.
Dentro de la esfera, los exploradores reunieron a los tres humanos. El comandante observó detenidamente a cada uno.
—“No podemos regresar”.
Nuestra ruta ha sido comprometida. Solo queda una posibilidad. Emilio comprendió antes que nadie.
—“Llevarnos con ustedes”.
—“Sí”.
Desde este instante, ustedes ya forman parte de la historia de la galaxia. Gabriel miró a su hijo. La Tierra estaba a incontables años luz. Quizá jamás volverían. Vollmuller respiró lentamente. Toda su vida había buscado responder una única pregunta. ¿Estamos solos?
Ahora conocía la respuesta. Y era mucho más inquietante de lo que había imaginado.
No solo existían otras civilizaciones. También había guerras, alianzas y antiguos imperios extendiéndose por las estrellas. La humanidad acababa de descubrir que el universo estaba habitado. Y el universo acababa de descubrir a la humanidad.
Semanas después, los telescopios terrestres dejaron de detectar la anomalía gravitacional. Los gobiernos respiraron aliviados. Los periódicos calificaron el fenómeno como un error científico. La desaparición del piloto Emilio Varga, de su padre y del doctor Hans Vollmuller fue atribuida a un accidente aéreo sobre el océano. Con el tiempo, sus nombres comenzaron a olvidarse. Solo algunos radioaficionados aseguraban captar, durante las madrugadas, una extraña transmisión procedente del espacio profundo. No contenía palabras. Solo una secuencia rítmica de pulsos. Los astrónomos la archivaron como una interferencia sin importancia.
Pero, décadas más tarde, cuando la tecnología permitió descifrar aquel patrón, apareció un mensaje repetido una y otra vez.
«No aparten la mirada hacia las estrellas. Nosotros seguimos ahí. Algún día volveremos».
Muchos creyeron que era una leyenda nacida de la imaginación de viejos científicos.
Otros comprendieron que era el primer capítulo de una historia mucho más grande.
Mientras la humanidad contemplaba el cielo preguntándose si existía vida más allá de la Tierra, en algún lugar del vacío tres viajeros observaban el mismo planeta azul desde la distancia.
Sabían que la verdadera incursión apenas había comenzado. Y que, cuando regresaran, el destino de dos mundos quedaría unido para siempre.
AUTOR: FRANCISCO ARAYA PIZARRO (CHILE)
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Francisco Araya Pizarro. Nacido en 1977 en Santiago de Chile, Artista Digital, Diseñador Gráfico Web, Asesor en Marketing Digital y Community Manager para empresas privadas y ONGs asesoras de las Naciones Unidas, Crítico de Arte, Cine, Literatura, además de Investigador. Y Escritor de Ciencia Ficción, donde en su blog comparte sus relatos cortos en: www.tumblr.com/franciscoarayapizarro
