COLUMNA DOMINICAL
SIX SEVEN (SEUDORESEÑA DEL LIBRO MANSON, LA HISTORIA REAL DE TOM O’NEIL)
Por: Julián David Rincón Rivera (Colombia)
Correo electrónico: electrónico: rinconriverajulian@gmail.com

El rostro de un hombre es la primera impresión del libro. Pelo largo, barba espesa. Unos mechones rebeldes ocultan la mitad del rostro. La mitad visible muestra un ojo que observa algo. Una leve depresión de su boca sugiere que lo que está observando no es de su total agrado. Parece joven. La firmeza y decisión de su mirada, la desafiante expresión de su boca y el vivo brillo siniestro de su ojo visible así lo sugieren. Puede tratarse de un músico, un escritor, un pintor o alguien relacionado con el arte. Es Charles Manson. El título del libro indica que se trata de la “historia real”, sugiriendo que todo lo que se sabe de Manson no es real. ¿Qué sé de Charles Manson? No mucho, la verdad. Sé que era un asesino. No sé si alcanzó la categoría de serial, como suelen ser los asesinos de Estados Unidos. Manson es de esos personajes que se han hecho un lugar predilecto en la cultura popular. Muchos lo consideran el asesino y criminal más popular del siglo XX. El hecho de ignorar el alcance de sus crímenes sugiere que la razón de dicha popularidad no se debe única y exclusivamente a sus “maldades”.
Su historia me interesa. De hecho, todos los textos de corte biográfico me interesan mucho. Es la posibilidad de conocer a la persona detrás del espectro famoso y popular creado por la sociedad. Es la puerta de acceso para conocer sus complejos, sus luchas, sus problemas y sus dificultades. Es la demostración de que cualquier figura creada por la cultura popular es tan real, humana y palpable como usted o como yo. Es la sensatez de descubrir que es tan parecido a todos nosotros, que podemos llegar a empatizar con él. La persona REAL siempre es mucho más interesante que la figura creada y retratada por los medios. Este libro parece uno de esos textos que deja al descubierto la persona detrás de las portadas y las fachadas. Curiosamente, el protagonista del texto no es Charles Manson.
Tom O’Neil es un periodista que, a finales de los 90, no tenía trabajo y mucho menos dinero. Tenía un par de deudas. Eso era lo único que tenía. Dicen que vivía en la casa de uno de sus hermanos. Dormía en el sofá, valiéndose de la solidaridad y tolerancia de su hermano y su cuñada. Ellos sabían que Tom no era un perezoso, un vago o un desadaptado.
—Es solo que no ha tenido suerte.
A todos, tarde o temprano, nos llega eso que llaman suerte. A Tom le llegó un martes en la tarde, mientras leía el periódico local. Llegó en forma de correspondencia. La revista Premiere lo buscaba. Premiere era un espacio especializado en cine y entretenimiento con un interesante apartado en crítica cinematográfica que Tom leía de vez en cuando. Si bien Tom tenía algo de experiencia con personalidades de Hollywood, no había trabajado en crítica. Era un periodista independiente que llevaba más de cuatro meses en blanco. Ningún encargo, ningún trabajo, ninguna solicitud. Sobrevivía con algún dinero que guardó para la época de las “vacas flacas”. El problema es que las “vacas flacas” estaban durando más de lo previsto y el dinero siempre se acaba, siempre más rápido de lo previsto. La revista, en lo que sería el treinta aniversario de los asesinatos cometidos por los miembros de la familia de Charles Manson en las noches del 8 y 9 de agosto de 1969 en lo que se conoce popularmente como el caso Tate-LaBianca, pretendía publicar un texto corto explicando cómo este acontecimiento había afectado la industria y la sociedad estadounidense. Querían que Tom lo escribiera. Se sintió halagado, pero rechazó la oferta. No le interesaba el caso de Manson. Consideraba que se había hablado más de lo necesario del tema. Dos días después le volvió a llegar correspondencia. Esta vez no era Premiere, sino Leslie Van Buskirk, una vieja amiga. Leslie lo conocía. Mejor aún, conocía su trabajo. Leslie sabía muy bien de lo que Tom era capaz de hacer y hasta dónde podía llegar si algo le interesaba realmente. Lo quería para el proyecto de Premiere. Tom le dijo que no estaba interesado en el caso de Manson. Consideraba que se había dicho y escrito todo lo necesario al respecto.
—La idea es que tomes un enfoque diferente del caso.
Eso le interesó.
—Dame dos días para pensarlo —le propuso Tom.
Esa extraña obsesión por el caso Tate-LaBianca es muy curiosa. Han pasado muchos años desde que se cometieron los asesinatos y aún hoy se sigue hablando de ello. Tal vez lo que se pretende con la columna no es “conmemorar”. Tal vez se trata de un ejercicio de “recordación” en forma de reflexión para demostrar cómo estos actos afectaron no solo la generación que los sufrió, sino las nuevas generaciones que viven, crecen y se forman bajo la sombra de las consecuencias de dichos asesinatos. Lo que se busca, primordialmente, es que un evento tan atroz no se repita. Se habla de una necesidad. Sin embargo, ¿La repetición constante y obstinada de un evento hasta el cansancio no representa algo más que una simple necesidad?
Ciertamente, a los medios les interesa la rentabilidad. Saben muy bien que Charles Manson es una figura lo suficientemente atractiva, estrafalaria, curiosa y morbosa para olvidarla como cualquier otra efimeridad instantánea. No importa si es correcto o no, si es justo o necesario, si es moral o inmoral. No es una casualidad que Manson tuviera tantos seguidores bajo su influencia. Tampoco es casualidad que muchas mujeres, aun sabiendo la clase de persona que era, desearan “casarse” con él. Esto los medios lo saben muy bien. La realidad es que a Tom le interesó la recompensa económica, considerando sus circunstancias. Eso y el hecho de retomar el trabajo después de tanto tiempo, a la espera de que esa crónica le valiera para seguir recibiendo ofertas con mayor regularidad y frecuencia. De todas formas, solo se trataba de un texto corto.
Tom aceptó el trabajo, tomándose muy en serio la sugerencia de Leslie de adoptar “un enfoque diferente” para la crónica. Para ello, era necesario reconocer y entender el enfoque tradicional, así que tomó como referencia el libro más conocido y popular que conocía del caso: Helter Skelter, de Vincent Bugliosi. Esta referencia es muy importante ya que Bugliosi, como fiscal del distrito, fue el encargado de condenar a Charles Manson por los crímenes Tate-LaBianca. Nadie mejor que el mismo Bugliosi para narrar y describir los hechos. Tom leyó el libro, tomó notas e hizo algo que lo va a caracterizar a lo largo de su investigación: entrevistar a los implicados. En este caso, Bugliosi. Esta entrevista, sin embargo, le dejó más dudas que certezas. Contradicciones, incertidumbre, vacíos, dudas, malogración de datos e información. Algo olía mal. Bugliosi le sugirió, de forma indirecta, que no metiera las narices donde no le correspondía. Este comentario estimuló y alentó a Tom quien se involucró en una investigación que le llevó más de veinte años y dejó, como suele ocurrir con las buenas investigaciones, más dudas que certezas.
Al parecer, Bugliosi manipuló información, datos, testimonios y personas. Hizo llamadas, contacto gente, movió hilos e influencias para llegar a determinar que la razón (el móvil) que impulsó los asesinatos de Sharon Tate y los miembros de la familia LaBianca se trataba de una “guerra racial” estimulada por una canción de los Beatles (Helter Skelter) que Manson se había tomado “muy en serio”. Tal parece, la realidad es mucho más enrevesada que este simple hecho. La industria musical, carteles de drogas, mafias, la policía de los Ángeles, incluso la CIA resultan salpicados después de la extenuante y profunda investigación de Tom. Es precisamente esta última la que, para mi gusto, protagoniza la hipótesis más interesante de todas. Aunque se trata de una teoría conspirativa que, si bien puede parecer algo descabellada, si se piensa con detenimiento no lo es tanto.
San Francisco, finales de los sesenta, inicios de los setenta. Contracultura, movimiento hippie, verano del amor, LSD, apertura sexual. En este contexto, un grupo de científicos, investigadores y médicos decidió abrir un centro médico en San Francisco con el propósito de prestar servicios gratuitos a todas las personas que no tenían trabajo, recursos, seguridad social y que a raíz de esa expansión de experimentación presentaban graves problemas de salud. Una iniciativa de carácter humanitario que servía de tapadera para esconder las verdaderas intenciones de este centro. La CIA, en el marco de la guerra fría, buscaba una forma de manipular y controlar el comportamiento de las personas. Conocían el LSD y sus potenciales repercusiones en la psique humana. Además, dos de los médicos fundadores del centro médico ya habían experimentado con ratones y LSD. El hecho de atender de forma “gratuita” a los pacientes les daba carta blanca para tratar sin control ni vigilancia alguna con las personas. Curiosamente, por aquella época Charles Manson vivía con su familia cerca del centro hospitalario. Según varios registros e informaciones, Manson frecuentaba regularmente el centro hospitalario y mantenía estrechas relaciones con los dos médicos que tenían experiencia tratando con LSD. Muchas casualidades acumuladas en un solo lugar.
—Parece que lo acontecido en el caso Tate-LaBianca es el resultado de un experimento que salió mal —le dijo Tom a uno de sus tantos entrevistados.
—Se equivoca. Es el resultado de un experimento que salió bien.
Años más tarde, se dio a conocer el proyecto secreto e ilegal de la CIA llamado MKUltra, que tenía como principal objetivo “influir en la conducta humana” (Tom O’Neill). Si se presta atención al caso Tate-LaBianca, es fácil detallar que Charles Manson no se ensució las manos en los asesinatos. Se valió del consumo sistemático de LSD, de una exigente práctica sexual diaria y de su “liderazgo” para manipular, utilizar y sugestionar a los miembros de su familia para cometer los crímenes.
—Ese dato es muy importante —dijo Hank.
Tenía el libro en las manos, pero el ligero murmullo me impedía mantener la concentración. Abajo, todos estaban reunidos en el auditorio. Esperaban algo: Una indicación, una señal, una orden o una guía. Permanecían callados y quietos. Algunos de pie, otros recostados sobre la pared, unos pocos sentados en la baldosa roja y fría del auditorio. Parecían cansados, tristes, uno que otro desesperado. De repente, todas las luces se apagaron. Solo la luz de una pantalla en la tarima iluminaba el recinto. De esa pantalla surgió una imagen. La representación de un número. 67.
—¡Six Seven! ¡Six Seven!
Dijeron todos al unísono, moviendo alternadamente las manos, como si estuvieran haciendo malabares. La pantalla presentaba el número de diferentes formas, con animaciones coloridas y fondos psicodélicos. Al mismo tiempo, se escuchaba una canción en forma de bucle que acompañaba al número.
—¡Six Seven! ¡Six Seven!
Decían todos. El cansancio se olvidó, la tristeza se perdió y la desesperación desapareció. Parecían felices, pero su felicidad no me decía nada. Parecía una escena sacada del mundo feliz de Huxley o 1984 de Orwell.
—Eso es MKUltra —dijo Hank, visiblemente sorprendido y algo incómodo.
El MK Ultra no se desvaneció realmente con el fin de la guerra fría. Se perfeccionó, evolucionó para hacerse más eficaz, práctico, sutil, poderoso y de alcance global. El condicionamiento de la conducta humana a partir de un simple número.
Somos esclavos y somos felices de serlo. Six Seven.
AUTOR: JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
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Julián David Rincón Rivera, segundo de dos hijos, nacido en Bogotá, Colombia el 7 de abril de 1994. Profesional de Cultura Física, Deporte y Recreación.
Lector apasionado, escritor por elección, músico por diversión.
Cuenta con tres publicaciones antológicas con la editorial ITA, además de dos publicaciones en proceso, también de carácter antológico, con factor literario y la editorial mítico.
Con varias publicaciones en revistas de américa latina, encuentra en la escritura el mejor sustento para su vida.
Instagram: @relatero_literal
